Laiguana

El Carnaval

El Carnaval

 

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La música sigue acompasando los rayos del sol; un sol que está brillando en un cielo azul. Es una melodía caribeña, típica en cada fiesta de carnaval. Los árboles, frondosos y verdes, se yerguen, crujiendo, para contemplar el espectáculo que ofrece un sol bailarín. Se oyen gritos de gente embriagada por la fiesta y el alcohol. Algún perro alborozado, se quiere sumar a la fiesta, ladrando y saltando entre todos los espectadores. Se ven ancianos que hacen esfuerzos por levantarse de sus habituales bancos del parque para contemplar la imagen festiva que, cada año, llega a su barrio.

 

La habitual lluvia de confeti, se produce con la ordinaria puntualidad; exactamente a las nueve de la tarde del Sábado de Carnaval. Este año, está aderezada por serpentinas que cimbrean en el aire. Todo ello al compás de la melodía, que, ya, suena estruendosa. Se siguen oyendo los rumores de la barriada, que vitorean a su paso a las bellas mulatas que mueven sus esplendorosos cuerpos delante de los músicos. Son cuerpos que brillan con una inusitada luminosidad, se mueven al compás de la música. Se agachan, suben, se vuelven a agachar. Todo ello lentamente con unos indescriptibles giros de sus caderas. Los ancianos, que llegan extasiados, se asombran al ver los esculturales cuerpos flotando sobre la calle manchada de confeti.

 

 Son cuerpos morenos, suaves, brillantes por el sol y el sudor, larguísimas piernas, vientres muy lisos, pechos que trotan y miradas lascivas, allá donde se mire, que acompañan cada uno de sus movimientos. Incluso las mujeres se asombran de las maravillosas bailarinas. Todas, mientras bailan, sonríen; miran a ambos lados; se acercan a la multitud; y, sin dejar de girar sus caderas, rozan los ardientes cuerpos de los hombres que las admiran. Este deja escapar un suspiro, aquél toca un trasero, y siempre son correspondidos por sonrisas de las hermosas mulatas. Y son conscientes de que sus cuerpos están siendo inundados por las miradas de deseo con que las obsequian.

 

La banda de música la componen varios trompetistas, algunos tamborileros, y un chico que toca el tambor con las manos, es algo parecido a unos bongos. Este último, un joven de aspecto desaseado, mira furtivamente el trasero de la mulata que tiene delante. No puede pensar, pierde el ritmo, contempla sus caderas, se excita; mira sus piernas, sus glúteos, sigue excitado. Mueve los labios, como si quisiera decir algo, y, es que, en realidad, está manteniendo una terrible discusión en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con un tono entre la tristeza y el derrotismo-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, como queriendo decir: “...como siempre pasa”

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir...

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –ignorando el intento de convencerse-

-         Venga, joder, no seas tonto y acércate.

 

Al final se decide a acercarse, mientras no puede dejar de mirar el culo de tan linda señorita. Es un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se mueve... ¡Dios, cómo se mueve! Luis está con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque, ya, no lo toca, lo acaricia excitado. Suda, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrocha, aún más, la camisa de flores. Muestra un torso brillante y poderoso y, deja intuir, unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraen y no dejan de hincharse, como si estuviera sintiendo el más intenso y mudo de los orgasmos.

 

Ella no deja de sonreír, a pesar de que siente miedo al ver acercarse al chico aquél. Es que, Luis, es un chico, no muy alto, bastante fuerte, casi gordo, con barba de tres días, su largo pelo recogido en una coleta. Con la camisa de chorreras floreada, que llevan todos, anudada en la espalda, lo que le deja al aire su torso impregnado en sudor. Unos dientes blanquísimos se asoman en su boca, que está haciendo unas extrañas muecas. Una piel morena, de un tono tostado. Viste unos vaqueros deshilachados y desgastados, que se ciñen a su trasero y sus piernas, y lleva unas playeras, el calzado más cómodo que ha podido encontrar –aunque, casi siempre lleva deportivas- Miranda, le mira estupefacta a los ojos, son de un azul intenso, que resuenan en el moreno de su rostro. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, interesada por aquél tipo tan apuesto.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre morbosa y caliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un suspiro ronco. Mirando los exuberantes y balanceantes senos, le dice:

 

-         Hola ¿cómo te llamas? –temiéndose lo peor-

-         Miranda, y tú. –perdiéndole el miedo por completo y, mostrando un sensual acento brasileño-

-         Yo soy Luis, pero puedes llamarme como quieras.

-         Ja, ja, está bien, como quieras, dime: ¿qué quieres de mí? –entre misteriosa y sensual-

-         Todo, absolutamente todo, quiero saber de tu vida, tus aficiones, quiero que me digas qué haces aquí, todo, de verdad. –con total seguridad-

-         Soy bailarina, bailar y bailar, creo que no se me olvida nada de lo que me has preguntado. –en un tono un tanto divertido-

-         De dónde eres –con un gesto que parece decir: “joder, tío eres tonto, no oyes su acento o qué-

-         Brasileña. –más divertida aún-

-         ¿Quieres tomar una copa conmigo, después que acabe todo esto?. –con un hilo de voz, pues tiene miedo de haber ido muy rápido-    

-         De acuerdo, espérame en la salida trasera del centro cívico, a las doce. –mirando la abultada bragueta de los vaqueros que lleva Luis, y con una voz decididamente sensual-

-         Vale, te voy a llevar a unos sitios que verás. –sonriendo por primera vez-

-         Ja, vale. –risueña y misteriosa, se marcha bailando, cosa que no ha dejado de hacer aunque estaba hablando con Luis-

 

A las doce menos cuarto, Luis ya está nervioso, la espera fumando un cigarro. Ya van tres. Se ha quitado la estúpida camisa y se ha puesto una camisa de Ralph Lauren, se ha cambiado varias veces y, ha decidido, que debe mostrarse tal y cómo es él. Después de otros seis cigarros, a la una menos cuarto, llega ella. El se queda alucinado al verla venir, es increíble que vaya a salir con una chica así. Lleva puesta una falda muy corta que le aprieta sus nalgas con violencia, lo que marca el minúsculo tanga, lleva una camisa blanca, casi transparente que deja entrever, pues no lleva sujetador, sus firmes y redondos pechos. Y los punzantes pezones que, parece, van a rasgar la seda de la camisa. Se ha soltado el pelo que le cae, graciosamente, por la cara. Es un cabello rizado y castaño, que aún está húmedo, lo que le transparenta totalmente la espalda.

Luis besó el rostro de la pequeña bailarina, diciendo:

 

-         Estás preciosa. –atónito pero sonriente-

-         Gracias, tú estás más guapo que esta mañana. –con la más bella de sus sonrisas-

-         No es muy difícil, llevando ese estúpido traje... –hace un gesto como de burla-

-         Ya, ¿qué vamos a hacer? –ansiosa por ir al grano-

-         ¿Quieres cenar algo? –quiere ser lo más romántico posible-

-         Sí, pero me refiero a después... –pensando: “en tú casa o en la mía...”

-         Después, déjame hacer a mí. Te gustará. –sintiéndose tremendamente seguro-

-         Vale, pero me apetece bailar un poquito... –“...vas a alucinar, te voy a poner a mil”

-         También habrá baile. Tú tranquila. –piensa: “me la llevaré a cenar al “Dómine Cabra” y después de copas por Huertas”- -después, levantando la cabeza y la mano, dice:

-         ¡Mira un taxi!

 

Después de una frugal cena en un restaurante vegetariano, pues no la pudo convencer para ir dónde él quería, se fueron a tomar unas copas tranquilos en algún bar de la zona de Huertas. En uno de ellos, cuya planta de abajo se encontraba vacía, se sentaron y se contaron chistes estúpidos, hablaron de los hombres que acosaban a las bailarinas durante el desfile y sonó la canción. Luis, súbitamente, le pidió que la bailara para él. Ella, inmediatamente, se levantó, sumisa y sonriente, se alejó. Levantó a Luis del asiento en que se encontraba, para que bailara con ella. Luis era muy torpe bailando, pero daba igual. A medida que se movían, y sin darse cuenta, el bar se empezó a llenar de gente, que contemplaron el espectáculo.

 

Se acercó con ese movimiento de caderas que vuelve loco a cualquiera y empezó a rozar su trasero con el pantalón de Luis. Estaba preciosa. Con esa larga melena rubia girando salvaje, la camisa desabrochada hasta el tercer botón dejando al descubierto sus pechos. Unos pechos brillantes y redondos; que, además, se habían endurecido por el contacto con él. Este se sentía confuso y no sabía qué hacer. Miraba como un tonto a todos los lados y la maldita Miranda seguía con ese movimiento satánico. Violentamente se dio la vuelta. Quedándose cara a cara con Luis que la miraba extasiado. Vació su copa en la mano y la metió dentro de su blusa. La camisa iba trasparentándose lentamente; Luis se iba endureciendo salvajemente y ella seguía. Cogió con sus dientes un hielo y, sin dejar de bailar desnudó su fornido y frondoso torso. Tiró la camiseta a un lado y empezó a restregarle por los pezones el hielo que tenía en la boca. Lo pasaba por el cuello, la boca, el pecho, el ombligo y seguía descendiendo muy despacio. Luis no podía más, le dolía la hinchazón. La tomó violentamente en sus brazos, cogió el hielo con sus dientes lentamente, lo escupió y besó a Miranda. Fue el beso más caliente que jamás había dado. Su lengua parecía de fuego en contacto con la gélida lengua de ella. Quería hacerla el amor salvajemente; tal y como a Miranda le gustaba. Quería que fuese su amante. Palpó la dura  y firme tripa de ella y descendía peligrosamente al abismo. Ella le cogía fuertemente el miembro a Luis que estaba a punto de entrar en erupción. Palpándose lentamente estuvieron un par de minutos y ella se apartó rápidamente –como había venido- y se marchó al cuarto de baño. La gente que los vio estaba excitada y cuando miraban a Miranda les recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Esta recogió la camisa del suelo y le dijo que se la pusiera.

 

Tomaron de nuevo un taxi y, como los dos estaban tan excitados, decidieron ir a casa de Luis, que vivía solo. El taxista no podía apartar los ojos del espejo y, se movía porque quería contemplar en todo su esplendor a Miranda, que besaba a Luis. Ella se dio cuenta de la lascivia del taxista, que le recordaba un antiguo amante suyo: el señor Chamorro. El amigo de sus padres. Ella miraba, sonriendo, mientras dejaba que el taxista se excitase, pues Luis no dejaba de besar y tocar todo su cuerpo. Ella se movía de modo que fuese más fácil para el señor Chamorro, que era como ella veía al taxista, mirara bien todo su cuerpo. Abría las piernas, para mostrarle su sexo; ahuecaba la camisa, para que se vieran sus pechos y gemía mientras miraba al extasiado conductor. El taxista sudaba. Ella recordó, entonces, su encuentro con el señor Chamorro en la fiesta en casa de sus padres. Recordó que, en la fiesta, la señora Chamorro, se había enfadado con su marido, porque no dejaba de mirar a la hija de su compañero de trabajo. Una mocosa, increíblemente guapa, que, todavía en uniforme de colegio y peinada con dos trenzas, se paseaba por toda la casa sonriendo a aquél que osara mirar su estupendo cuerpo. La señora Chamorro, no vaciló y le quitó las llaves del coche a su marido, largándose, después de varias amenazas. Al ver que su marido no hacía caso y seguía mirando a la niña, le dejó tirado en casa de esa pequeña putita, como después llamaría a Miranda. El señor Chamorro, cuando llegó el momento de irse a su casa, quería que le diera el aire, así que no dejó que el padre de Miranda, ni nadie, le llevara a su casa. La niña, se deslizó por la ventana trasera de su casa y, unos metros más allá, se acercó al señor Chamorro mirándole con una morbosa maldad brillando en sus ojos.

El pobre miraba aturdido cómo la niña, tan dulce y sensual, comía un caramelo, lo lamía, lo pasaba por sus labios y no dejaba de mirarle. Ella trazaba círculos en torno a Adolfo Chamorro moviéndose como una loca. Andaba balanceando las caderas de modo que la falda del uniforme saltaba y chocaba con sus nalgas, entraba y salía de la oquedad que su trasero y sus piernas formaban. Adolfo seguía con lascivia cada uno de los movimientos de la falda. Ella jugó el papel de ingenua. Se iba comiendo el chupachús de una forma salvajemente sensual, haciéndose la tonta. El pobre hombre miraba y se ponía a sudar. A Miranda se le cayeron las llaves y se agachó a recogerlas con las piernas rectas, la falda corta se le subió y dejó al descubierto unas redondas y brillantes nalgas. Como hacía calor se desabrochó la blusa blanca, sin sujetador, lo que mostraba sus estupendos senos ya bastante desarrollados, a pesar de sus quince años. El hombre no sabía qué hacer; era la hija de su compañero. Decidió salir corriendo y abrazarla y hacerle el amor a esa mocosa de una manera salvaje y brutal. Cuando el hombre se fue a acercar, ella se alejó corriendo e hizo que se había tropezado y caído en el césped, de modo que el compañero de su padre la encontró en el suelo boca abajo, con las piernas abiertas y la faldita subida, mientras ella lloraba. Al fingir el llanto provocaba que todo su cuerpo temblase, y, el señor Chamorro, al verla llorar y repetir, una y otra vez, esos hipos se enterneció. Abrazó a Miranda y le preguntó si se había hecho daño. Cuando giró la cabeza, la dulce niña, fue para lamerle con su lengua roja toda la cara. El hombre gemía de placer y ella empezó a hacerle un masaje en los pantalones con mucho cariño, con ternura, despacio, muy despacio. El señor Chamorro estaba a punto de explotar. Sus deseos de toda la noche se estaban haciendo realidad. Ella se puso de rodillas y le puso las manos en sus pechos. El notaba los pezones duros como piedras, pensaba que le iban a hacer sangre, que eran armas asesinas. Ella gemía como una loca y le palpaba con más fuerza el endurecido miembro. Desgarró la camisa del señor Chamorro y le empezó a chupar los pezones. Se tiró hacia atrás para que él pudiese investigar, primero con su lengua, luego con sus manos y, finalmente con su miembro lo que ella tenía entre las piernas. Se dejó caer en una espiral de placer como nunca había conocido; su mujer nunca había sido capaz de hacerle sentir tanto éxtasis. Mientras el sudor de ambos se mezclaba, ella se sentó sobre él y se empezó a mover mientras, gimiendo, le cantaba una canción caribeña muy caliente y sensual. El la cogió entre sus brazos e inspeccionó sus nalgas así le entró por detrás mientras ella dejaba caer alguna lágrima por su mejilla. Y sentía una extraña mezcla de dolor intenso y éxtasis. Estaba muy húmeda y empezó a masturbarse con su mano derecha mientras, la izquierda se perdía entre sus pechos y la boca. El señor Chamorro terminó en el césped y ella se abalanzó sobre el miembro y empezó a besarlo. Cuando se despidieron con un gélido adiós el pobre incauto tenía un brillo en los ojos que rozaba el patetismo. Posteriormente, el señor Chamorro, se hizo un habitual de la casa de Miranda. Pero, ya no le volvió a hacer caso, pues ella ya había obtenido lo que quería de él. El matrimonio de los Chamorro se fue a pique y, poco a poco, la carrera de Adolfo Chamorro también. Se hizo un asiduo de todos los burdeles y derrochó todo el dinero que tenía ahorrado en casas de citas. Poco a poco su fortuna fue extinguiéndose y se quedó en la más absoluta pobreza. Mientras, Miranda seguía yendo a clase de baile y crecía escultural y preciosa.

Un claxon devolvió a Miranda al taxi donde estaban. Habían estado a punto de sufrir un accidente. Si no se produjo, fue por la pericia del conductor del otro coche, que frenó a tiempo. El taxista había sido poseído por un inmenso placer, se calló y dejó que Luis y Miranda se masturbaran en el asiento trasero de su coche. Mientras se acercaban al destino que le habían dicho. Los cristales se iban empañando. Las ganas de sexo que estaban apoderándose del taxista iban en aumento. Y, ya había decidido, que, a pesar de ser su primera carrera y que acababa de salir de su casa, iría a algún club a sepultar sus deseos sexuales dentro de alguna mujer fácil.

 

Cuando llegaron a la casa de Luis se bajaron del taxi y le dejaron otra suculenta propina, ésta monetaria. Miranda se acercó al taxista, desde el asiento de atrás y le dijo: “Algún día repetiremos lo del parque, infeliz” El taxista, asombrado, se largó de allí para ir a parar al burdel más cercano. Y, es que, Miranda provocaba la lujuria de todos los hombres que la veían. Llegaron al portal de Luis y, ya en el ascensor,  continuaron tocándose. Lentamente y despacio fueron inspeccionando todos los orificios del cuerpo de Miranda. Las manos de los dos entraban y salían de su boca, su vagina y su trasero. Luis, entonces, dijo que él iba a ser policía para ella, y que la iba a cachear cuando entrara a su casa. A lo que ella contestó con una sonrisa y un cálido “sí”. El ascensor se detuvo en la séptima planta. Luis abrió la puerta de su casa y dejó que Miranda se adelantara al entrar. Sin dejar de mirar el escultural cuerpo de la brasileña, cerró la puerta tras de sí.

 

Sin dar tiempo a reaccionar a Miranda, se abalanzó sobre ella y la empujó hasta la pared. Miranda sostuvo las manos en alto, bien abiertas, casi en cruz, de cara a la pared. Luis le abrió las piernas más de lo que la pequeña falda permitía, lo que hizo que ésta se subiera dejando entrever el trasero redondo de ella. Luis comenzó a palpar los brazos de Miranda, comenzó a acariciar suavemente las muñecas de ella y descendía pausadamente. La pausa de los movimientos de Luis la ponía muy nerviosa y la excitaba. Siguió bajando hasta llegar a los hombros, unos hombros redondos y bien torneados, dorados como el resto de la piel de la mulata. Acarició su cuello y hombros dulcemente, y ella únicamente podía gemir, estaba poniéndose ansiosa. Luis eludió los senos ingrávidos de Miranda, y siguió palpando la tersa y dura tripa con ambas manos y con infinita calma. Miranda comenzó a balancear su cuerpo muy despacio, al ritmo que Luis imponía. El, descendiendo, casi arrodillado, pasaba dulcemente las manos por esas piernas largas y duras, tratando con esmero cada milímetro de su piel. No dejaba que ella se desbocara, la sostenía con las suaves caricias. Entonces volvió a levantarse y repitió la operación, pero ahora se ayudaba de su lengua y labios. Besaba el cuello de la diosa del sexo. Mientras sus pacientes manos manoseaban la cara de Miranda, cuya boca buscaba con anhelo los dedos ásperos de él. Dejó que la boca de Miranda se entretuviera con sus manos. Entonces comenzó el masaje en los ardientes y deseosos senos de Miranda. Los pezones de la chica miraban el cielo, al igual que el miembro de Luis. Estaban duros y alegres siendo bendecidos por tan amable mano. El masaje comenzó a ser más rápido y descendía a las calderas de Miranda. Ella se balanceaba con más energía, él, casi, no podía contenerla. Desgajó la camisa de Miranda de un movimiento brusco y tiró de la falda hacia el suelo. El desnudo cuerpo de ella resplandeció, solo mantenía el tanga, que, momentos después, saltó por los aires arrancado por los dientes de Luis. La saliva y el sudor se confundían en el cuerpo de ella, que palpitaba con un inmenso placer. Entonces Miranda se liberó, giró sobre sus talones y arrancó la camisa de Luis. Besó el fornido pecho de él. El cuerpo de Luis se convulsionaba a cada beso de la chica. Le desabrochó los pantalones y vio salir de sus calzoncillos un inmenso pene, lo besó y lo acarició durante un largo rato. Se tomó la revancha de la pausada y meticulosa inspección que le había realizado Luis. Entonces, mientras tarareaba la canción caribeña del carnaval, comenzó a levantarse bailando al son de la música, rozando todo su escultural cuerpo con el salvaje sudor de Luis que se retorcía en una febril pasión. Los gemidos se confundían con la melodía que ella entonaba. La desnudez de ambos se echó en el suelo para proseguir la danza ritual en una espiral de convulso éxtasis. En un interminable abrazo Luis entró en ella y comenzó a cabalgar con desesperación. Salvajemente encima de ella. Mientras Miranda se movía con gran entusiasmo y placer y cantaba cada vez más alto. Luis cambió varias veces la posición de sus cuerpos, que se convirtieron en una amalgama de gritos, humores y sudor. Ella, terriblemente ansiosa de que le entrara por detrás, le tumbó con dulzura y le indicó con gestos que dejara que ella tomara el relevo. Así que Luis se tumbó mirando el techo, con un gesto de incontenible pasión, y dejó que se sentara de espaldas a él introduciendo todo su miembro en sus nalgas. Luis gritó salvajemente y sintió la oscura estrechez mientras Miranda cantaba y bailaba como una posesa. Cuando estaba a punto de terminar, Miranda lo notó por las convulsiones inconfundibles en el pene de Luis, saltó como una gata salvaje y besó la totalidad de Luis. Ambos, jadeantes, se encendieron un cigarro y, mientras Miranda se daba un baño, Luis recogió la casa y encargó, ya a las diez de la mañana, comida china. Enrollada en una toalla, salió del cuarto de baño. Posteriormente entró Luis, que se duchó rápidamente. Al salir de la ducha escuchó cómo se cerraba la puerta y, se entregó al aroma de la comida china que acababan de dejar en su casa. Cenaron juntos y se dispusieron a dormir en la cama de matrimonio que Luis tenía en su apartamento. Se entregaron al sueño con vehemencia y pasión. Ni siquiera pasaron diez minutos desde que se acostaron y, ambos, se durmieron. A las cuatro de la tarde Miranda se disponía a marchar y llamaba suavemente a Luis, que dormía plácidamente. Después de varios golpes suaves en la cara, Luis empezó a abrir los ojos.

 

Al despertar vio el cielo azul, el sol impregnando todo el barrio. Escuchaba nítidamente la canción que le había hecho el amor. Miranda seguía bailando delante suyo. Así que se decidió a acercarse. No podía pensar, perdía el ritmo, contemplaba sus caderas, se excitaba; miraba sus piernas, sus glúteos, estaba cada vez más excitado. Esta sensación le resultaba extrañamente familiar. Movía los labios, como si quisiera decir algo, y le recordaba algo. Estaba manteniendo una lucha interior. Recordaba, cada vez más nítidamente, lo que había pasado. A pesar de ser consciente de que esto lo había vivido, no podía olvidar la terrible discusión que mantuvo, o, quizá mantiene, en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con una terrible tristeza e impotencia-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, pensando: “Esto lo he soñado...”-

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir... –“...coño, cómo me suena esto...”

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –“...entonces ¿nada ha sucedido?-

-         Venga, tío, no seas tonto y acércate. –llorando desconsoladamente, comprendiendo que fue un sueño-

 

Al final decidió acercarse, mientras no podía dejar de mirar el trasero de tan linda señorita. Era un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se movía... ¡Dios, cómo se seguía moviendo! Aunque él ya sabía cómo se movía y cómo era capaz de usarlo. Lo ha probado, ha probado ese cuerpo. Luis está, todavía, con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque ya no lo toca, tiene las manos caídas, derrotado. Sudó, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrochaba, pues se estaba ahogando, la fea camisa de flores. Desnudó su torso brillante y poderoso y unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraían en un llanto de pérdida y confusión. Sentía el más intenso y mudo de los llantos. Unas lágrimas recorren su rostro, está desesperado y triste. No, esto no le puede suceder a él.

 

Ella sigue sin dejar de sonreír, a pesar de que sigue sintiendo miedo al ver acercarse al chico aquél. Viste unos sucios y rotos vaqueros y lleva deportivas. Miranda, le mira estupefacta a los ojos, que son de un azul intenso húmedos y enrojecidos. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, asqueada de ver aquél cerdo acercarse. Estaba tan triste que, aunque ella deseaba romperle el cuello por lo que había hecho, no pudo en un primer momento.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre dolida y doliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un llanto ronco. Mirando al público que le observa extrañado y, entre sollozos, le dice:

 

-         Hola Miranda –temiéndose que ella no lo recuerde-

-         Hola Luis. –con un sensual acento brasileño, mirándole fríamente-

-         ¿Cómo sabes mi nombre?

-         Tú eres Luis ¿no? El chico a quién todos llamaban para que dejara de jadear y masturbarse delante de todo el mundo gritando mi nombre. –totalmente enfadada, con ganas de ver morir al cerdo aquél-

-         ¿He hecho eso?. –casi sin poder hablar, pues el llanto le corta las palabras-

-         Sí. ¡eres un cerdo! Mis hijos estaban ahí mirándote extrañados. Luis, mi marido, me miraba, porque no hacías más que gritar mi nombre como un loco. –apenándose de la triste imagen que tiene delante; es la imagen de la tristeza y la derrota-

-         Tu marido ¿se llama Luis? –con una extraña luz en los ojos y sin dejar de llorar-

-         Sí, le conocí aquí hace siete años. Mientras bailaba se me acercó y, dejando a un lado el tambor que tocaba con sus manos, se puso a hablar conmigo. Después de varias noches de amor y locuras, tuve que volver a Brasil, pues no tenía permiso para quedarme más tiempo. El trabajó de todo, desde albañil a pintor, para traerme de vuelta. A los trece meses, y cuando creía que se había olvidado de mí, me escribió diciendo que tenía suficiente dinero para pagar mi viaje. Así que vine y nos casamos. Ahora tenemos dos hijos y somos muy felices. –observando la cara de estupefacción del chico que, con el torso desnudo, lloraba ante ella-

-         Miranda, me alegro de que seas feliz, de verdad. Espero que tu vida sea una felicidad continua. Que tu amor dure eternamente. Creo que me voy a marchar. He hecho bastante el ridículo por hoy ¿no crees? Así que hazme una promesa, no pienses y dime que me lo prometes. –dejando de llorar, o, al menos, haciendo un titánico esfuerzo para aguantar el llanto-

-         ¿Cuál? –observando con ternura el chico que contenía el llanto en un gesto de terrible pesar-

-         No, tienes que decir que la haces sin saber cuál es. –brillando los ojos y forzando una tenue sonrisa-

-         Pero... no voy a poder... estoy casada. –temiendo que se trata de algún favor sexual-

-         Bueno, ese es el trato. Tan sólo tienes que decir que sí, que me lo prometes. Luego eres libre de hacer lo que quieras. –sonriendo abiertamente, pues, cada vez, se siente mejor-

-         Está bien, sí. –temiéndose lo peor del exhibicionista aquél-

-         Pues no cambies nunca. Prométeme que no cambiarás. –guiñándole un ojo al amor de su vida, antes de dejarla marchar para siempre-

-         De acuerdo. Lo intentaré pero eso no sólo depende de mí. –suspirando con una amplia sonrisa-

 

Luis, cabizbajo y triste se largó. Nunca jamás, nadie le vio por el barrio de nuevo. Pero, tampoco, nunca jamás, nadie le olvidó. Mientras vivieron los asistentes al carnaval del año noventa y nueve recordaron, entre divertidos y asombrados, la estúpida y funesta reacción de Luis. Acabó sus días viviendo sólo en Potes. Allí vivía de lo que recolectaba en un huerto pequeño que tenía. El no era consciente de que la gente no le olvidaría, aunque uno de sus sueños –como lo es de otras muchas personas- era ser recordado. Miranda, fue feliz siempre, nunca cambió. Cumplió la  promesa que hizo a aquél joven tan apuesto que recordaba de los carnavales del barrio, donde se quedó a vivir para siempre. No dejó de estar bella. De hecho, hasta el día de su muerte, la gente admiraba la belleza que poseía. Admiraban la irresistible dulzura del rostro de aquél cadáver. Su marido, Luis, la sobrevivió varios años. Estuvo triste y melancólico. Nunca olvidó el día en que estuvo en los carnavales de Rivas. Primero porque, en ellos, encontró a la mujer de su vida; de todas sus vidas. Y después, porque su mujer le dijo que el tamborilero que ejercía de exhibicionista, le hizo prometer una cosa. Y, para ella, aquélla había sido la prueba de amor más bonita que, nunca, le habían hecho. Ya nadie olvida los carnavales de Rivas. No es que sean grandes ni espectaculares. Es que son, es que existen. Y, nadie los olvidará, cada uno tiene sus razones, pero nunca serán olvidados. Y, como suele suceder, ahora, se han convertido en la mayor atracción del barrio.

Comentarios

Ya encontré tu dirección!! Como firmaste los dos comentarios de manera distinta, no había caído. Te debo la lectura de tus escritos... no tengo internet en casa y sólo veo los mails un ratito en un bar. Gracias por visitarme!!! Saludos, L.

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