Laiguana

El boicot

El boicot.

 

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Toda mi vida ha sido una sucesión de desgracias. Pero desde que nací, no se vayan a creer. Que yo no me quejo de vicio. Otro en mi lugar ya se habría suicidado. Habría cogido una cuchilla de afeitar y se la hubiera llevado a la muñeca para asestarse un buen corte. Pero yo soy un tipo valiente. ¿Quizá debería decir estúpido? Puede ser. Porque el valiente no es si no el estúpido que no se da cuenta del peligro que tiene delante. Cuando veo una de ésas películas en las que un tipo es muy “valiente” e intenta salvar a la chica de turno poniendo en peligro su vida, pienso: “Este tío es un estúpido” Aunque luego recapacito y pienso: “Quizá no todas las mujeres son como la mía y alguna merezca que se arriesgue la vida por ellas” A continuación me doy cuenta de que estamos viendo una película y se me pasa. Es muy sencillo que se me pase, no tengo más que mirar a mi mujer y mis tres niños y me doy cuenta de que jamás en la vida arriesgaría mi vida por ella. Los niños suelen ser inocentes, buenos, pícaros, traviesos... Los míos son una auténtica desgracia. ¿Por qué? Muy simple: Los ha tenido ella. Pero son míos, no se vayan a pensar que también soy un cornudo, porque ya sería lo último. Además no me suicidaría cortándome las venas porque si veo sangre me pongo malo. En serio, me quedo sin fuerzas. Hablando de fuerzas, en mi casa es mi mujer la fuerte. Para qué negarlo. Yo no soy más que un tipo corriente que se marcha a las siete de la mañana a la sucursal del banco del barrio y se mete en la caja. Cuando vuelvo a casa ahí está ella. Con esa cara horrible, sus pechos caídos y su bata raída de flores que se compró en el mercadillo de Gandía hace tres años. Porque entonces sí íbamos de vacaciones. Pero hace dos años y medio que murió mi suegro y, desde entonces, no podemos ir a ningún sitio sin la madre de mi esposa. ¡Qué bonita es una familia unida! Sí, es preciosa. Mi familia es una auténtica calamidad. Estoy asqueado de la vida que llevo. Odio mi trabajo, odio a mi mujer, odio la vida en general y odio la suerte que nunca he tenido. Porque, en serio, yo soy “El desgraciado” Si me ven por la calle, pueden llamármelo que lo tengo muy asumido.

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Mi amor no siempre ha sido una calamidad. Qué va. Porque yo fui al altar convencido de amar a Julia. ¡Qué digo convencido! Fui engañado por su familia que me hicieron ver lo que no era: Una persona extraordinaria. Hasta ahí es todo normal, porque nos ha pasado a todos. No pueden negarme que uno llega al altar convencido de que la mujer a la que va a consagrar el resto de su vida es la mujer ideal. Es lo mejor que te ha pasado en la vida, es la que hace que cada uno de tus actos tenga un significado absolutamente... ¡Tonterías! Todos y cada uno de nosotros, vamos al altar engañados por una relación idílica y llena de emociones. Somos estafados por una trama que si fuera escrita por Franz Kafka sería una novela de esas que nos dejan impresionados. Todos los hombres, porque por definición somos estúpidos y estamos enamorados (lo que nos hace aún más estúpidos, si cabe) tenemos fetiches raros, el paquete de tabaco que un buen día compraste con ella, días señalados en el calendario con fechas estúpidas como la primera vez que fuiste al cine con ella, o el día en que montaste en la noria del pueblo en la feria de verano, o ¡yo qué se!

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La madre de tu novia es, o suele ser, una señora algo rechoncha que siempre te prodiga sus sonrisas y de la que te sorprende la habilidad que tiene para preparar unas estupendas comidas siguiendo los pasos de algún afamado cocinero que sale en televisión. O eso es lo que te cuenta ella, entre extrañas sonrisas. Años más tarde te darás cuenta que todo lo que hacía con tanto esmero eran platos cocinados por alguna vecina mañosa o pedidos en el bar de la esquina. El padre es ese señor que está en el sillón sin decir nada arropado con una raída bata de cuadros y con las zapatillas llenas de agujeros, y lo único que hace es que te mira con cara de terror mientras niega con la cabeza. Nunca se sabe lo que pinta en el sillón (a veces piensas que ve la televisión, pero no puede ser porque normalmente estará viendo el programa preferido de la señora rechoncha sin decir una palabra, solo te mira apenado) pero te acostumbras. A veces cometes el error de saludarlo. Él, solícito, se levantará y te dará la mano, hasta que la madre le dice: “Mario, quédate sentado en el sillón, que con el lumbago que tienes...” Una de las veces que peor lo pasé al entrar en casa de Julia fue cuando me enfrenté a la prueba de: “Mira que cuadro más bonito ha comprado mamá en la subasta del hostal Loli” Pues bien, miras, escudriñas y te quedas absorto un buen rato. He de reconocer que jamás he tenido el menor impulso artístico y que el arte abstracto y moderno no lo entiendo en absoluto. Eso de fotografiar un huevo frito y decir que es la torre Eiffel no va conmigo. El cuadro en cuestión era un conjunto indescriptible de rayas de distintos colores, todos ellos vivos, con unos círculos inmensos de colores algo más difuminados que englobaban todas esas rayas extrañas. No sabes qué decir hasta que el título te saca de dudas: “Escarabajo” Dices: “¡Vaya, me recuerda uno de ésos documentales de la dos en los que salían numerosos coleópteros volando” y sales del trance más o menos bien. Te das cuenta del error que estás cometiendo cuando ves que el padre se mueve en el sillón y, tras lanzarte una mirada triste y melancólica, niega con su cabeza una vez más. Hay un momento en el que puedes leer en sus ojos: “Pobrecillo, está entrando de lleno” aunque eso lo descubrirás años después. Cuando el padre en bata de cuadros y tú seáis parte del mobiliario e intercambiéis miradas cómplices llenas de rabia. Mirando a todos los lados ves algún objeto que te puede sacar del apuro y desviar la atención del cuadro. No sabes qué hacer. Ya está, has visto un hermoso jarrón de color azul marino y dices: “De todos modos, a mí me gusta mucho más ese jarrón de allí porque como no entiendo el arte moderno...” Tu novia te mira con cara rara, los ojos brillantes por no se qué extraña razón. La madre, sonriente (como siempre) te dice: “Ese se lo regaló a Julia, Iván, su ex, es de jade” te quedas mirando al más allá con cara de bobo: “¿Jade? ¿Azul marino?” y te extrañas. Sin saber dónde meterte, al haber mencionado al ex de tu novia, dices, nervioso y mirando a todos los lados, pero sobretodo, buscando al padre que sigue haciéndose el remolón en el sillón: “¿Podemos cenar ya? es que traigo un hambre...” La madre mira el jarrón con un infinito cariño. Mira a Julia con cara de resignación y me prodiga una malévola sonrisa para continuar con su emoción. En todos esos momentos es cuando ves la certeza del famoso dicho: “Tierra, trágame”

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Pero bueno, yo ya he pasado por todos esos tragos absurdos. Me engañaron. Fui embaucado por una especie de secta familiar para que me casara con su hija Julia, la envidia de sus primas (por su belleza) y un primor en el colegio y en las clases de danza clásica. Después sería una arpía. Se convirtió en arpía desde el mismo momento en que dijo: “ Sí quiero” en el fatídico altar, el triste y lluvioso día de mi boda. Es curioso, debía haber hecho caso a las señales divinas, porque casarme el diecisiete de julio y que lloviera tenía que ser algún tipo de mensaje divino. A lo mejor significaba que mi vida iba a ser llantos continuos. Si hubiera querido decir eso no se habría equivocado lo más mínimo.

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Siempre me he preguntado por qué razón los novios en el día de su boda están tan nerviosos. ¿Será porque entran dudas? ¿Acaso porque, el novio en cuestión, se ha dado cuenta que ha sido embaucado por una familia que ha conspirado para llevarle hasta el altar? No lo sé. Lo único que sé es que, si me volviera a pasar, me dejaría engañar de nuevo. ¿Qué pasa? ¡soy un hombre! El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Sólo hay algo más tonto que un hombre: dos hombres.

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De hecho, a mí me engañaron hace ya cinco años. Tengo una casa, una mujer, un trabajo ridículo (con un sueldo aún más ridículo), tres diablos que se han disfrazado como si fueran mis hijos, un perro que antes era bueno y al que ahora han embaucado también para ponerle en mi contra... ¡Ah! y una suegra. Mi suegra. ¿Hay que hablar de ella? Prefiero que no, a ver si va a estar escondida por ahí... ¡Me da un miedo...! Lo que iba a contarles es tan sencillo como un día normal y corriente en mi casa. Concretamente el viernes. Tras estar toda la semana estresado y nervioso quieres llegar a casa para descansar de tu semana laboral. Pero ¡cómo vas a descansar! Según llegas te asaltan tres niños que te empiezan a preguntar cosas del estilo: “Papá, papá ¿la raíz cuadrada de 169?” ¡Yo que sé! Que se lo pregunten a su madre que es la que guarda todo. El otro, el mediano, te dice: “¿Por dónde pasa el río Cares?” Pues debe pasar por el salón porque con las humedades que tenemos... Y llega la pequeña Andrea, a ésa no la han podido poner aún en mi contra, se echa en mis brazos y me besa, mientras, con su graciosa voz, me dice: “¿Qué es follar?” Sus hermanos se hinchan a reírse. Me desplomo en el sillón y empiezo a sollozar. Pero es que es igual todos los viernes. Bueno, todos los viernes no me pregunta mi niña pequeña que qué es follar, porque sino me tendría que asustar. Si sólo piensa en eso con tres años... ¡Se va a convertir en una golfa! A lo mejor tiene suerte y se lía con algún famoso. ¡Qué sé yo! Hay que ver el aspecto positivo.

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Llega un hedor insoportable de la cocina. No me gustan las sardinas, no me gustan nada las sardinas. Pregunto, sabiendo la respuesta de antemano: “Cariño ¿qué hay hoy de cena?” Y la arpía responde lacónica y cortante: “¡sardinas!” Ya, ya lo sabía. Era por si, por una extraña conjunción de Saturno con Urano, ese hedor irresistible llegaba de la cocina de algún vecino. Terminas de cenar, o de hacer que cenas, porque no hay quien me haga comer sardinas. Con un magnífico truco que aprendí en la mili, las aparto a un lado para, tras mucho disimulo, echárselas en el plato a mi hijo mayor. Pero ella que es un sabueso se da cuenta, así que, tras discutir con mi mujer, me pongo a cocinar una tortilla francesa que me salen muy bien, quemadas pero bien. Devoro la tortilla sabor a sardina (pues se me ha olvidado coger una sartén nueva) y me tomo un vaso de leche con galletas que eso sí que alimenta: tienen no sé cuántas vitaminas y hierro. Tras cenar opíparamente nos vamos al salón-comedor-cuarto de estar-cuarto de la plancha-tendedero y ponemos la fabulosa televisión de quince pulgadas. Tenemos que sentarnos cerca para poder verle la cara al presentador del telediario.

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Es increíble si has tenido un día malo no hay nada como el telediario para que te entren náuseas y ganas de darte al alcohol y las drogas. Pero a las duras ¡sin chorradas! Tú te sientas a ver la tele con tu familia, tranquilamente, y ves que ha habido siete asesinatos, miras a tu mujer con una sonrisa cómplice. Catorce intentos de suicidio, acaricias la cabecita del niño que tienes más a mano con los ojos entrecerrados imaginándote un mundo mejor. Un atentado horrible en Estados Unidos, piensas en la casa de tu suegra y te repantingas en el sillón. En los deportes anuncian que tu equipo de fútbol ha vuelto a perder. De todos modos, y tras meditar un buen rato, piensas: “Los americanos sí que son listos” En serio, porque en cinco minutos ya sabían que el loco que había hecho el atentado ése se llamaba Iván. Luego te enteras de que los talibán son una especie de secta musulmana que deben ser parientes cercanos de mi familia política por lo malos que dicen que son. Y, hablando de política, te tragas ocho o nueve casos de corrupción que te hacen pensar: “No tendré yo un familiar, por lejano que sea, ejerciendo la política y que pueda enchufarme en algún ministerio” Pero, da igual, con la suerte que tengo, si tuviera un familiar que ejerciera la política, seguro que sería el único honrado y jamás llegaría a proponerme nada. Cuando va a salir el hombre del tiempo te empiezas a estirar porque te das cuenta que estás realmente cansado. No puedes con tu alma, estás destrozado. ¡Ha perdido tu equipo de fútbol! Desde luego en este mundo no hay justicia. Así que te marchas a la cama abatido y derrotado.

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Cuando te acuestas una ligera mejoría inunda tu cuerpo. Toda la cama para ti, pues tu mujer tardará unas horas en llegar al lecho marital. Aprovechas para practicar ese deporte que tanto te gustaba de pequeño. Arropado hasta las orejas y tirándote pedos sin parar. Una risa efímera asoma a tus labios. Estás recordando tu niñez y tu juventud, cuando eras libre. Ni más ni menos. Ahora miras el techo. Una nueva gotera, es estupendo. Si vinieran los del seguro a arreglarlo... Pero, qué mas da, si cuando vienen ésos chapuzas te exasperas, porque te hacen cada canallada terrible. Así que decides no llamarles hasta que les veas a los vecinos de arriba por algún agujero del techo. Ahuecas las mantas para que el hedor de tus gases salga directamente a tu cara y te vuelves a reír. Así, te quedas dormido como un santo. De lado, en posición fetal y con una sonrisa en los labios. Hasta que llega tu mujer. Entra en la cama y, como si de un okupa se tratase, de dos patadas te manda a la cruda realidad de tu esquinita. Adiós a la posición fetal, adiós a los pedetes graciosos... ¿o no? Si, tu me arrinconarás, pero yo te voy a... ¡Pffft! Se lo tira ella antes para que te enteres de con quién estás jugando. Te tapas en tu zulo catril y procuras que no haya ninguna rendija para que el hedor no traspase y te llegue directamente a la nariz. Pero ¡zas! Justo en ese momento, ella se mueve y hace que todo su pedo salga directamente a tus fosas nasales. Con arcadas y todo, intentas sobreponerte y dormir. Cuando estás a punto de caer, empiezan unos sonidos extraños. Una vieja añoranza te llega a través del oído: Los vecinos de arriba están haciendo el amor. Tú ni te acuerdas de cuando fue la última vez que lo hiciste. Sí, si que te acuerdas, porque ¿cuántos años tiene Andrea? 3 ¿no? Pues ahí está la respuesta. Así que giras sobre tu cuerpo con un esfuerzo sobrehumano y acaricias suavemente a tu mujer, con un esfuerzo aún mayor. No te hace caso y tú sigues acariciándola, pues tienes unas ganas locas de hacer el amor, aunque sea con tu esposa. Ella, no tiene demasiadas ganas, porque no te hace caso. Así que, con su más que delicada y primorosa mano (y gracias a las clases que religiosamente le pagas de defensa personal), te da un tortazo para que te estés quieto y vuelvas a tu zulo. Mientras, te ha arrebatado la manta. Te levantas y, tras coger la bata, te metes en tu rincón de la cama. No sin antes echarla un vistazo. Ahí está ella: Despatarrada y a sus anchas y miras tu pequeño escondite. Pones cara de resignación y te duermes.

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Evidentemente sueñas con todo lo que te gustaría hacer. Estar con tus amigos en casa viendo el fútbol, mientras tu mujer a golpe de palmada en el trasero os trae las cervezas. Los niños dormidos en la cama sin hacer ruido, y tú disfrutando de la velada futbolística. Tu equipo va ganando dos a cero. Estás realmente contento. Tu mujer te trae una cerveza y, tras besarte en la oreja, te promete una noche de lujuria y desenfreno. Te dice: “Cariño” Tú la miras con cara de felicidad. Tu amigo le da en el trasero y ella, obediente, va a la cocina y trae otra cerveza para él. Tú les sonríes a todos. Estás pletórico, es tu sueño. “Cariño” El perro está dormido a tus pies y tu mujer, espléndida, sensual y displicente, trae cervezas y aperitivos a mansalva. “¡Cariño!” Y te despiertas. Estás un poco desubicado, pero la cruda realidad está ahí: Bata de guatiné, redecilla con los rulos en el pelo, la cara llena de crema y, con una voz que no es para nada sensual, te dice: “¿Es que no te acuerdas que hemos quedado con mi madre para ir al campo?” ¿Cómo lo ibas a olvidar? Una vieja bruja, sin escrúpulos, que critica todo lo que haces, lo que dices, lo que piensas, lo que no has llegado a hacer, ni a decir y, ni siquiera, has podido pensar. Cierras de nuevo los ojos como intentando llegar al onírico paraíso del que te acaba de sacar tu mujer. Pero es absurdo, su voz sigue martilleando tus, ya de por sí maltrechos oídos (producto de sus ronquidos durante las tres horas que has podido dormir): “Tenemos que ir a por mamá” “¡Venga, levántate!” Y tú, cuando ya creías que el peligro había pasado oyes las famosas pisadas de los tres pequeños que vienen a lanzarse en tromba sobre ti. Al unísono gritan como posesos: “!Al campo, al campo!” El perro, babeando y ladrando entra en la habitación y me lame la cara. Ya no puedo más. Me voy a duchar.

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Ya estás en el baño. Y, cuando llevas cinco minutos (si llegan), te empiezan a aporrear la puerta. No has podido terminar de enjabonarte y ya te están metiendo prisa. La dulce voz de los niños está recordándote que tienen que miccionar: “¡Papá, que me estoy meando!” La niña, que es más sutil, te dice: “Ya llevas ahí dentro dos horas ¿qué haces? Da palmas, por si acaso, ¡cerdo!” Así que te das un agua (si llega) y les dejas el baño a ellos, que entran como una jauría. A ti no te a dado tiempo a aclararte la cabeza del todo y el champú ha entrado en tus ojos a borbotones con lo que los tienes realmente enrojecidos. Tu mujer te trae, solícita, un colirio que debe estar caducado porque no paran de escocerte los ojos y se han producido seis derrames en cada uno. Pero da igual. Ellos ya están listos y ya es la hora (sí que llega, porque esa fatídica hora siempre llega) de ir a por mi suegra.

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Entramos en el parking con cerca de trescientas cuarenta y seis bolsas para un día de campo. ¡Un día! Pero, cualquiera le dice algo a mi esposa. Yo no. Vemos en el aparcamiento de al lado el coche de Pedro. Un Audi A-4, precioso que se compró gracias a mí. Aunque mi mujer lo niegue estoy seguro de que fue él. A ver: Yo compré el boleto de la lotería primitiva y puse los números: 6, 10, 17, 22, 36, 41. El seis por el día en que nació mi hijo mayor, el seis de Febrero, el 10 por el día en que nació mi hijo mediano, el 10 de Agosto, el 17 por el día de nuestra boda, el 17 de julio, 36 que son los años de Lucía y 41 que son los míos. Es que soy un romántico en el fondo. Bueno pues estábamos viendo la televisión y en las noticias salieron los números premiados. Yo me levanté del sillón de un salto y grité: “¡Nos ha tocado la primitiva!” Mi mujer me miró con los ojos desorbitados, yo le dije: “Haz las maletas” me dijo: “¿Meto ropa de invierno o de verano?” Y yo, en un ataque de sinceridad, le dije: “Métela toda que te marchas de casa” Pero, justo en ese momento, me llegó a los oídos la voz de mi “querido” vecino. Se repetía la escena pero en su casa. Yo me asusté. Le dije a mi mujer: “¿Qué has hecho con los pantalones que me puse ayer?” y cerré los ojos esperando la respuesta. “Ah, pues lo de siempre, la sacudí por la ventana” En el bolsillo de la camisa amarilla que nunca me he vuelto a poner, ahí. Dobladito, guardadito, esperando que lo sacaran para hacerme millonario, ahí, justo ahí estaba mi boleto premiado. Mientras mi vecino se compraba el Audi, se hacía un tríplex en la casa, y echaba a su mujer (justo lo que yo había pensado hacer) mi vida se iba derrumbando poco a poco. Pero ella dice que no vio que se cayera nada de los bolsillos. Un día tiró mi móvil que estaba en unos pantalones vaqueros y no se dio cuenta. Y eso que era de los grandes. Es uno de esos que parece un ladrillo con teclas. Con mil móviles como el mío te puedes hacer un chalet pareado. Ahora, el móvil de mi vecino es minúsculo y el mío sigue siendo el gigante, además de estar adornado con cinta aislante. Si en vez de sonar una de las canciones de operación triunfo suena una especie de zumbido raro...

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El caso es que abrimos el maletero. Yo nunca he sabido jugar al tetris, pero lo de meter las maletas en el maletero debe ser muy parecido. Pásame la bolsa alargada de Luisito, ahora dame la mochila de Andrea, Lucía haz el favor de acercarme tu Samsonite, ¡ah!, que no se te olvide por favor, mi bolsa de alcampo. Tras echar la partida de tetris que supone la acción de introducir las maletas en el maletero, nos vamos de camino a casa de mi suegra. Vive en la plaza de Castilla. No hay tráfico para ir ¿sabes? Podemos estar parados durante horas. Al llegar a la Castellana tenemos que dar la vuelta y volver a casa porque son las diez de la noche. Con el consiguiente reproche por parte de mi esposa y las peleas de mis hijos. Pienso nuevamente en las noticias de la televisión y sonrío. Regresamos al hogar familiar, con sus goteras, sus vecinos estupendos y con tus ganas de hacer el amor reprimidas por tu mujer. Empiezas a comprender el sentido de la palabra suicidio.

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Comentarios

el probre tio este ,escribio esto en el 2009 ahora en el 2012 debe estar quemado jajjajajajjaj si es que sigue vivo.

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