Laiguana

El Hogar

 

El hogar.

 

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La habitación estaba decorada de color salmón, con grandes y manufacturadas alfombras llenas de detalles preciosos que ornaban sus, ya de por sí, hermosos tejidos. En las paredes había cuadros de los pintores más cotizados del momento perfectamente alineados y con unos marcos bellísimos que hacía que ensalzaran aún más su belleza al contrastar con la pared empapelada en color salmón. En el techo pendían solemnemente dos lámparas con múltiples perlas cristalinas que emitían y multiplicaban la luz que salía de ellas. Miríadas de rayos luminosos iluminaban unos sofás tapizados en burdeos y resaltaban el ambiente festivo de la habitación. Al fondo los dos sillones cerraban su afectuoso abrazo a la chimenea de la que salía un cálido confort, rompiendo la configuración de la habitación y creando dos ambientes distintos. Además de los sillones, un majestuoso escalón separaba dichos ambientes. La sensación del que entrase en esta habitación era que se trataba de una habitación dotada de un tono festivo y solemne. La gran mesa que estaba al otro lado del escalón y tras los sillones estaba repleta de fuentes de las que salían los más sabrosos olores. Había en platos pequeños trufas perfectamente aliñadas y condimentadas dispuestas a ser ingeridas, el paté de oca servido en pequeñas bandejas de plata, que hacían juego con la cubertería engalanada que rodeaban las servilletas perfectamente dobladas y colocadas que eran iluminadas por las velas de dos grandes candelabros, también de plata. Las fuentes que escondían otros deliciosos manjares, al igual que el resto de la cubertería y los candelabros, era de plata. Una plata perfecta y delicadamente bruñida que brillaba con un tono majestuoso y preciosista. El mantel y las servilletas eran de hilo y estaban tejidas a mano por algún virtuoso de las agujas. Las grandes cortinas de colores rojizos tapaban una ventana cerrada a cal y canto. Esa ventana no se podía abrir por lo que la única iluminación de la estancia la daban los candelabros y la estupenda lámpara del otro lado del salón. Y allí, tras la mesa, en el rincón más oscuro de la habitación un hombre estaba tiritando, llorando y angustiado. Miraba a la ventana con desesperación pues era consciente de que no se podía abrir. Había intentado infructuosamente abrirla en varias ocasiones. Igual que pasaba con el resto de la casa, no permitía que nadie se alejara de ella. Es más, parecía que era la propia casa la que decidía si se podía o no abrir. Fue tambaleándose hasta la puerta corredera de caoba deteniéndose para mirar con cara de asco los manjares que estaban servidos a la mesa y echar un último vistazo a la habitación pues sabía que nunca la volvería a encontrar. En un gran cuadro había representado un amanecer en el mar, en alguna remota isla de un remoto continente. El hombre, al observarlo detenidamente, no pudo contener las lágrimas. El deseo de abandonar esa casa le causaba un trastorno ciertamente grande. Estaba muy triste y, más si cabe, cada vez que pensaba en lo que habría fuera de la casa. Quería salir de esa maravillosa habitación. Así que, con paso decidido, se acercó a las puertas correderas y las abrió. No sin antes intentar, sin éxito, reprimir un hipido y evitar que una lágrima cayera, tras aspirar profundamente salió y cerró las puertas tras de sí.

 

El pasillo que se adentraba en la oscuridad daba a entender que la casa a la que pertenecía era una hermosa mansión inglesa de estilo claramente victoriano. El hombre palpó la pared y dejó las huellas de sus manos sucias de carbón, pues también había intentado huir por la chimenea del salón. La pared estaba manchada y las manchas rodeaban el interruptor de la luz. La mano temblorosa del hombre dio en la clavija adecuada y una inmensa y preciosa lámpara se encendió iluminando todo el pasillo. En él habían múltiples cuadros de los mismos pintores que había en la habitación anterior. El hombre soltó un suspiro, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Había pasado por ese mismo pasillo unas treinta veces y, cuánto más pasaba, más le daba la impresión de que disminuía de tamaño. La tarima del suelo estaba perfectamente pulida y emitía continuamente un fulgor alimentado por la lámpara que estaba en medio del pasillo distribuidor. En ese pasillo había doce puertas. Haciendo memoria el hombre recordó que antes habría unas veinticuatro. Pero ahora sólo había doce, indiscutiblemente estaba disminuyendo la casa a medida que pasaba el tiempo. Bueno, se dijo, si sigue así, no tardará en ser tan pequeña que me permita salir. Pero otra duda le asaltó ¿y si la casa decidiera engullirlo y matarlo aprisionándolo entre sus paredes? La rabia no le dejó pensar. Había ocho puertas a la derecha, unas correderas a la izquierda –que era la habitación de la que acababa de salir- y tres al fondo. La puerta que había en el centro de las tres del fondo daba la impresión de ser la de la calle, salvo por la extraña silla que había a su lado, como si un vigilante tuviera allí su puesto de guardia. Era una silla de madera y mimbre sin curtir ni barnizar. Y a la derecha de la silla, entre una puerta toscamente decorada y la que parecía ser la de la calle había una escalera de caracol. Las paredes del pasillo estaban pintadas de un color blanco inmaculado y reflejaba la luz dando la sensación de ser un pasillo increíblemente iluminado. El hombre siguió llorando al ver la imagen que tenía ante sí. Estaba completamente destrozado y tropezó varias veces golpeando el hombro con las paredes antes de llegar a la puerta que parecía ser la de la calle y aferrarse al picaporte manchándolo de carbón. Con una inhalación profunda suspiró con franqueza e hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir la puerta y no pudo. Se derrumbó justo al descubrir de nuevo que no era capaz de abrirla. Apoyó su espalda contra ella y lloró desconsoladamente. Pero otro impulso le hizo cerrar los ojos y entrar en la puerta de al lado que era pequeña y daba la sensación de que daba a una habitación lóbrega y oscura. No era tan hermosa como el resto de las puertas, era más bien tosca.

 

La habitación que se abría ante él le hizo cambiar el semblante y poner un gesto de terrible angustia y desesperación. Su boca se abrió para dejar escapar un grito de terror con los ojos desorbitados y un temblor en las manos se quedó paralizado. Tal era el miedo que sentía que, tras el grito sobrehumano, fue incapaz de emitir sonido alguno quedándose llorando seca, profunda y calladamente. Era una habitación que él conocía muy bien. La habitación que tenía en la casa de sus padres, hacía ya muchos años, en su antigua casa de la playa. Estaba tal y como la recordaba, con las raídas y amarillentas cortinas en la ventana con una de las bisagras rotas que había ante su mesa donde solía estudiar de pequeño, la cama a un lado de la puerta y poco más. Algún juguete polvoriento y abandonado yacía en el suelo roto y triste pues nadie lo utilizaba para divertirse desde hacía largos años. Sus ojos se empañaron por las lágrimas y todo se volvió borroso a su vista. Miles de recuerdos se agolparon en su cerebro y prefirió cerrar la puerta llorando y tembloroso, tarea que le llevó más tiempo del que deseaba. De nuevo en el pasillo y, tras apoyar su espalda en la habitación que acababa de abandonar, se detuvo a contemplar las otras tres puertas con miedo. Contó con desesperanza las puertas que se podían ver y eran seis. Las tres de su izquierda y tres a la derecha. Con pasos dubitativos se acercó a la puerta de su derecha y tras coger el pomo se detuvo y respiró profundamente mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano izquierda.

 

Abrió la puerta pesadamente y, con miedo, miró en el interior de la habitación. No era la que buscaba pero era una habitación vestida de verde pálido, llena de cuadros con escenas de caza y una gran mesa que estaba rodeada por sillas de madera ancha con el respaldo y el asiento forrados en tela verde oscuro. Sobre la mesa se podían ver algunos platos con pasteles y pastas y, en torno a ellos, los platos pequeños con las tazas y los cubiertos del café. A la izquierda de la mesa había un gran mueble bar que contenía una inmensa gama de botellas de los más diversos licores. El doble ventanal dejaba entrar una pálida luz gris que iluminaban someramente el asiento y las teclas de un gran piano de cola. Se lanzó frenéticamente contra la ventana pero sabía de antemano lo que iba a suceder: nada. La habitación le produjo una sensación de tranquilidad, aunque era una habitación para quedarse en ella y disfrutar de su comodidad y él quería huir de ese maldito hogar. Salió de nuevo a la espesura del pasillo distribuidor que había abandonado hacía unos minutos. Al salir se detuvo en recordar cómo era ese corredor minutos antes. Antes había seis puertas y ahora sólo cuatro. Aquello le estaba desquiciando. La escalera de caracol que había a la derecha de lo que parecía ser la puerta de la calle, había desaparecido y en la silla que había al lado de dicha puerta había una señora muy mayor bordando algo metódica y lentamente, con una adusta sonrisa en el corte que tenía debajo de la nariz que parecía que eran los labios, pues, al no tener dientes, éstos se introducían dentro de su boca. Lo que tejía tan afanosamente parecían ser servilletas y manteles como los que había en la habitación decorada en tonos salmón.

 

Miró de nuevo hacia la puerta de la habitación que le había dado tanto miedo y huyó de ella sin refrenar el paso ni mirar hacia atrás. El pasillo también había cambiado, pues era más pequeño y oscuro. El suelo era ahora de terrazo, de un terrazo color gris muy extraño. Era casi un cuadrado que en cada lado tiene una puerta. La gran lámpara que había antes, había desaparecido y en su lugar había una pequeña bombilla colgando de unos cables que apenas iluminaba. El traqueteo de la silla de la vieja que estaba cosiendo, el rechinar de sus dientes, las punzadas en la tela negra y el murmullo incesante que emitía ella –como si estuviese rezando- se hicieron de improviso perceptibles. El hombre se acercó a mirar la lámpara desde abajo, para ver si estaba estropeada, y cuando llegó al centro del pasillo pudo ver cómo se movían las paredes de la casa y el pequeño cuadrado con cuatro puertas, en el que sólo cabía la vieja sentada en su silla y él mirando estupefacto a todos lados, se movían hacia él. Los ruidos emitidos por la anciana, que cosía más rápido, se hacían cada vez más fuertes, hasta que se convirtieron en un ronco, continuo y quejumbroso murmullo que le enloquecía. La vieja dejó de tejer y todo se detuvo de repente. Las paredes dejaron de moverse, la anciana dejó de coser y le observaba divertida. El hombre se acercó a ella todo lo posible y, sin decir una palabra, le imploró una respuesta a lo que estaba pasando. Ella continuaba sonriendo. Y sólo dijo la palabra muerte. El hombre le dijo: “Por favor señora explíqueme qué está pasando” Escuchó horrorizado cómo su voz era la de un anciano. Era como si estuviera en el umbral de la muerte. La anciana levantó los ojos al techo y le dijo: “Ese hogar que tan desesperadamente querías abandonar, era tu vida” tosió un poco y arreglándose el pelo coqueta, continuó: “No has sabido aprovechar los increíbles dones que la vida te tenía reservado, los has ido rechazando uno a uno” Lanzó una sonora y sonrojante carcajada, para terminar: “Ahora todo lo que te queda es morir” Dicho esto desapareció. El hombre se quedó con la boca abierta, intentó decir algo. Se llevó las manos a la garganta, de la que no salía sonido alguno, y con los ojos desorbitados vio que las paredes de la casa estaban cayéndose. Las puertas que estaban cerradas se abrieron desgajándose por los goznes y cayendo sorda y estrepitosamente. Los ladrillos y el resto de escombros que iban cayendo, se convertían en un extraño polvo blanquecino y, cuando todos los escombros que caían destrozando la casa desaparecieron, dieron paso a un extenso desierto de un color gris. Toda la vida se había pasado queriendo salir de la casa y lo único que había más allá era la muerte, el desierto. La muerte y el desierto fueron su meta. Se miró las manos y vio que no eran las suyas sino las de un anciano decrépito. Lloró amargamente y murió. Mirando con ojos llorosos al cielo gris y al oscuro y extraño sol, murió.

 

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