Laiguana

Elogio de la tristeza

Elogio de la tristeza.-

 

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Mi máquina de escribir se ha roto. No es ningún tipo de metáfora. No me creo tan listo ni tan ingenioso. Ni es que no pueda seguir escribiendo; es que se ha roto. No me permite seguir practicando mi mediocridad en folios blancos cuya utilidad final es ser reciclados. Y yo, derrotado, me he tendido sobre mi cama, un cigarro encendido me enseña que no puedo dormirme en esta situación. Y me lo ha enseñado drásticamente, pues cuando estaba a punto de dormirme me he quemado en un dedo y he despertado sobresaltado, lógicamente. El dolor es, a veces, muy didáctico. Miro al techo y veo, revoloteando, palabras que no soy capaz de plasmar en el papel. Ideas que no soy capaz de darles una forma clara para que quien lo lea sepa de qué demonios estoy hablando. Destruyo todo lo escrito y me derrumbo. Ni lloro ni me siento angustiado, simplemente soy consciente de mi mediocridad. Miro al suelo y lo veo alejarse, rápido, miro al cielo y veo que se acerca, vertiginoso. ¿Qué quiere decir?. ¿Qué significa?. No lo sé, sólo sé que la mediocridad me supera, me atrapa, me golpea y me vence. Apago el cigarrillo y me acurruco, llorando, me tapo con las sábanas y me introduzco en un mundo, el de los sueños, donde las palabras fluyen fácilmente por mis manos y se plasman en un papel para dar forma a un poema bellísimo. En ese mundo no hay que escribir, las palabras salen de tu piel. Es como un parto sin dolor, y sin epidural. Es donde se pare la creatividad. Al despertar nunca me acuerdo de lo soñado y es que soy un mediocre. Si no fuera un mediocre sabría lo que quiero escribir a cada momento y, eso, nunca sucede.

 

Ya, dormido, veo una nube de humo morado que se me acerca, me susurra la palabra mediocre y se evapora dejando un extraño aroma en mi cuarto. Noto mi cuerpo sudar, extraños escalofríos me recorren la espalda y un miedo inhumano me inunda el cuerpo. No sé qué es lo que me provoca ese terror paralizante. Abro los ojos y veo mi cuerpo ahí abajo, acurrucado en la cama y durmiendo tranquilo. Me da la impresión de que hay alguien más en la casa que me acecha y me quiere matar. El miedo me hace querer despertar pero no puedo, es como si algo me retuviera para que pueda presenciar mi muerte. Hay una extraña risa que ilumina mi oscura vida. Una vida a la que le queda muy poco. Veo mi vida acabar, y mi arte, ya muerto, se burla de mí. De nuevo aparece ese humo, que ahora es de color gris, que lo envuelve todo y me mete en un torbellino de palabras extrañas de las que no conozco ningún significado. Me siento torpe, me siento inculto y terriblemente angustiado porque me doy cuenta de que el lenguaje es superior a mí. Me machaca. El humo gris me hace un guiño, no lo veo pero sí que lo siento, y, sonriente, se me acerca aún más. Ya envuelto en él, noto que mi cuerpo va formando parte de la gris desesperanza, se hace uno con la tristeza que me invade. Veo muerte, desesperación, intranquilidad, no es que esté mirando las noticias de la televisión porque estoy dormido, pero sí que noto que ese humo gris se ha introducido en mí cuerpo, riéndose de mi mediocre existencia, y me hace ver todo lo que miro con una terrible tristeza. A partir de ese momento veo a todas las personas que quiero que desaparecen, muriendo o simplemente marchándose a extraños lugares, para alejarse de mí. Es un espectro, comprendo, y me veo poseído por él. Y, más que verlo, siento que me invade todo el cuerpo y derrota a mi vana resistencia, mezcla de la arrogancia propia del estúpido y la tristeza propia del sabio. Me posee y me muestra la vida tan triste como es; me enseña mi vida tal y como la deben ver los demás. Me siento abrumado, desolado, derrotado y vacío. Así que doy gracias al cielo por darme la oportunidad de ver la tristeza. Porque así, pienso, podré huir de ella. No por que lo pueda utilizar para escribir; soy mediocre. Sino porque me da la visión real de todo. Entiendo que, a partir de este momento, mi vida va a experimentar un cambio; el de ver todo con absoluta claridad. La claridad del triste. A partir de ahora, la paleta de colores que colorea mi vida ha cambiado. Ahora es todo una gama de grises. No existen otros colores más luminosos. Y el gris es el color de la tristeza.

 

He quedado con la chica con la que comparto mi mediocridad que, a ratos, me hace sentir bien. Porque me hace olvidar que soy mediocre, aunque cuando se va ese pensamiento vuelve con más fuerza y se revuelve contra mí. Es mi novia. Ella es un poco ignorante porque siempre que le enseño algo escrito por mí, se pone muy contenta y me dice que voy a ganar tal o cual premio literario, que le parece que soy muy bueno, que tengo mucha inventiva e imaginación... Pobrecilla, si supiera que nunca envío mis escritos a ésos premios. Es normal, yo soy consciente de mi ignorancia. Pero , la pobre, cree que soy un maestro de las letras; si supiera la verdad. A veces me siento triste al engañarla, pero una vez que te montas en la noria de la mentira no hay quien te baje de ella, y menos aún si no hay nadie que la detenga y yo no voy a ser quien lo haga. Yo soy triste pero no quiero mi tristeza para los demás. Normalmente me mira, con un brillo cegador en los ojos, y me dice que soy el hombre de su vida y un genio escribiendo. He quedado hoy con mi ignorante novia. Voy decidido y dispuesto a decirle todas las verdades que le he estado ocultando. No es que le haya puesto los cuernos; yo soy un tío fiel. Es, por ejemplo, lo de los premios literarios, o que no, no me gusta como guisa su madre, o que no soporto la estupidez, tanto la suya como la de su padre. Y le tengo que decir que no puedo seguir estando con ella porque la arrastraré en un torbellino de ignorancia, mediocridad y tristeza. Y, aunque yo sea capaz de soportar mi tristeza, no quiero ver que las demás personas que están a mi alrededor se sienten invadidos por esa amargura que me tiene embotado y sin fuerzas para reaccionar ante nada.

 

Se lo he dicho, no se pueden imaginar lo triste que se ha puesto. Ya lo sabía yo pero debía ser así, debe rehacer su vida con alguien que la merezca, con alguien que no se parezca a mí. Espero que lo consiga porque es alguien que me importa. Sé que se ha puesto muy triste por mi culpa, es normal tengo la curiosa virtud de transformar todo lo que toco en tristeza. Soy el rey Midas de la tristeza y poseo el don divino de hacer llorar a toda la gente que me importa, y a la que importo también. He dejado que me dijera de todo, y lo he hecho con bastante entereza aunque, en el momento en que me ha dicho que prefería estar triste conmigo que alegre con cualquier otro, casi he tenido que suplicar que se fuera de mi lado. Pero, como ya les he dicho, es una ignorante. Creo que, ni siquiera, sabe el significado de la palabra tristeza. Yo un amanecer que a cualquiera le parecería una escena bucólica y preciosa, lo veo como una muerte. La muerte de la noche anterior, ni siquiera como la llegada o nacimiento de un nuevo día. Hay gente que ve el vaso medio vacío. Yo soy ese vaso y, en estos momentos, estoy desierto y triste. He seguido sentado mucho tiempo después de que ella hubiera derramado su última lágrima. O una de las últimas. De hecho, he tenido que cenar en este bar porque he empezado a escribir algo en unos folios y, por supuesto, los he destruido. No quiero dejar constancia de mi incultura e impotencia, sólo quiero que sepan lo que le pasa a un ser triste, orgullosamente triste, como yo. Cuando se ha marchado, como siempre suele suceder, todo el mundo estaba mirando. No es que hayamos hecho una escena como las de las películas baratas que emiten en televisión para propagar un sopor a todos los televidentes y hacer que siga viva la tradición de la siesta. Les he interrogado con la mirada y he visto la tristeza que les producía. Algunos, los de las mesas más cercanas, han llegado a negar con la cabeza mientras me miraban como si no entendiesen lo que estaba haciendo. Pero lo que era más significativo es la tristeza que ellos me producen. Son estúpidos y tristes seres que se creen mejores que los demás, por sus sueldos, el tamaño –enorme- de su coche o el de su teléfono móvil –minúsculo- . Se creen todos tan a salvo de la tristeza y la amargura, que me dan asco. A salvo de qué, se preguntarán. Es muy sencillo: a salvo de la ignorancia, la mediocridad, el absurdo, el odio, las guerras, de cualquier cosa que nos invade. Están demasiado metidos en su mundo, tanto que no saben que existen desgraciados y, lo que es más triste, ignoran que ellos mismos son unos desgraciados. Yo había creado una desgraciada pero era para proporcionarle un poco de paz. Más desgraciada sería si hubiera seguido compartiendo mi tristeza y desolación. La paz de vivir lejos de mí, que no es poca paz, teniendo en cuenta el futuro que me estaba aguardando allí mismo.

 

Volviendo hacia mi casa he visto un pobre que estaba tumbado en el suelo sobre unos cartones y le he ofrecido mi ayuda. Se ha negado a recibirla, no lo entiendo pero se ha negado. Aunque yo sea triste, le he dicho, yo no comparto mi vida con nadie. Le podía ofrecer un poco de comida, de bebida, de alojamiento, incluso le invitaría a soportar mi decepcionante existencia. Total como el mendigo no me importa, me da igual compartir mi tristeza con él. Pero se ha negado. El orgullo no le deja ser feliz. Su orgullo le va a provocar tal tristeza que le va a devorar ávidamente sus raídas vísceras y le va a hacer morir en soledad y agonía. Pero yo debo seguir mi camino, lo siento por ti pero mi presencia te produciría más tristeza. Igual lo que pasa es que es tan sumamente inteligente que ha preferido su propia tristeza que la que le puedo provocar yo. Supongo que el pobre lo ha sabido ver y por eso ha denegado mi auxilio. Recuerdo un día que fui a misa con mis padres y, un cura regordete y triste, hablaba de la humildad de Jesús. Claro que Jesús era humilde, Jesús era Dios. Tenía que tener todas las virtudes y, una de ellas, era vivir tristemente. Así que supongo que yo tengo algo de Jesús. Debería seguirme la gente para propagar mi triste evangelio. Quizá no, quizá esté equivocado. El caso es que me hace mucha gracia que la gente diga como debemos vivir los demás sin darnos ejemplos de cómo se debe vivir, como hizo Jesús. Me acabo de cruzar con un sacerdote por la calle y hemos mantenido una discusión muy animada. Era sobre la soberbia. El cura decía que Jesús era su ejemplo. Le he insultado, claro.

 

Después de enumerarle las razones por las que yo creo que la Iglesia, actualmente y desde hace algunos siglos, ha dejado de ser la Iglesia, se ha marchado llorando. Creo que el cura lloraba por la minuciosa crítica que he realizado contra su jerarquía. Aunque también puede ser por el ejemplo que le he puesto delante de sus narices: Le he dado un bofetón tremendo y le he dicho que pusiera la otra mejilla. Me ha dado tal puñetazo, justo después, que me ha sentado de culo. A eso me refería con lo de la soberbia, debería dar ejemplo, señor cura. Creo que lloraba por mis palabras: “Da ejemplo y pon la otra mejilla”. Aunque creo que ha podido ser por la ira que le ha invadido. Al fin y al cabo son curas y un poco raros. Cierto es que la mayoría no merecen ese apelativo de sacerdotes de la ley cristiana, pero me ha dado una lección: sabe vivir tristemente, sino por qué extraña razón se habría ido llorando.

 

Si hay algo que produzca aún más tristeza que ver tanta degradación en toda esta sociedad, y tanta decadencia. Es la política. Es la forma más asquerosa de engañar a todo un pueblo, o un país, para que alguien se siente en una poltrona a recibir dinero bajo cuerda. Es triste ver cómo se producen guerras por esta basura de la política y por la falsedad de las religiones, más aún. Todas predican el amor al prójimo pero ninguna lo lleva a cabo sino que luchan para ver cuál tiene razón. Pero a mí me parece estupendo que se apasionen con esta mierda de la política. Tengo tanto asco a la vida en general que creo que me voy a suicidar. No sé, me ha dado por ahí. Sería lo mejor que podría hacer así la gente no se sentiría triste en mi presencia. Largarme con mi ignorancia y mi mediocridad a un lugar estupendo del que no debo salir: el cielo. Debe ser algo así como estar soñando eternamente. Porque, al ser casi como el Jesús de Nazaret de la tristeza, éste sería mi sitio. Debería huir de este mundo, o de esta sociedad porque no puedo vivir viendo tanta tristeza en el mundo y provocándosela a toda la gente con la que me cruzo. Tanto la producida por mí como la que les producen los demás a mi triste vida.

 

Al pasar delante de una escuela he matado a una niña para que no sufra mi tristeza: la tristeza de esta agobiante vida. Su padre ha venido para defenderla y se lo he explicado, aunque como era más ignorante que yo, no lo entendía y le he tenido que matar también. No ha sido nada macabro, ni nada. Simplemente la he cogido del cuello con mis manos y he apretado hasta que se ha puesto morada y con los ojos desorbitados. Su boca se contrajo en una extraña mueca. El padre, al verlo, se ha puesto hecho una furia. Decía que me iba a matar o no se qué tonterías. A ver, le he dicho, ¿no comprendes que lo he hecho por el bien de su hija? Me ha dado varios golpes y me he sentido triste por la mediocridad del miserable ése. Es un ignorante. Se lo he dicho, y casi ha sido peor, me ha pegado más y más fuerte. Entonces ya me he hartado de poner la otra mejilla y le he asfixiado con mis tristes manos. También ha puesto la extraña mueca que su hija había puesto unos minutos antes. He sentido sangre que me caía por la cara desde la ceja izquierda. Después he escuchado sirenas de policía.

 

Me largo, al huir de la policía, corriendo a toda prisa por las calles de la ciudad. Está anocheciendo y me estoy cansando de correr. Así que he llegado a una alcantarilla, he levantado la tapa y me he metido dentro. Mi casa ahora es una alcantarilla de la que no salgo porque no quiero ver nada. No quiero, tampoco, que nadie me vea. Así que cuando alguien baja a la alcantarilla, o bien hago ruidos extraños para asustarles o me acerco sigiloso y les mato. Ya he matado a tres o cuatro en los dos meses que llevo. Me sirven de alimento. Es increíble la cantidad de comida que puede haber en el cuerpo de un hombre de unos setenta kilos. Cuando no viene nadie a importunarme sólo me alimento de líquenes y ratas. Mi cama la he hecho con algunos brotes de una extraña y maloliente maleza que crece en esta alcantarilla de las afueras de la ciudad. Es una cama muy mullida que nada tiene que envidiar a las camas de la mediocre y triste gente de la ciudad. Aquí tengo todo lo que puedo desear. Me paso el día durmiendo tranquilamente sin que nadie me moleste con sus tonterías. Algunas veces, cuando no tengo comida, salgo y mato a algún mendigo. Lo bajo y ya tengo alimento suficiente para unas semanas. De repente, un día mientras duermo, vuelve ese humo gris que vino a mi casa hace un año, y me muero envuelto en un humo gris. La tristeza no se ha desvanecido porque, al volver a sentirme tal y como era antes he vuelto a sentir lo mismo por las personas que he abandonado. No había sido consciente de todo el mal que estaba haciendo a gente que merecía la pena. Es triste. La verdad es que no era consciente de nada. Únicamente mi tristeza era lo que me importaba. Nada más merecía mi atención. He tratado mal a mucha gente y, al menos, algunos, no lo merecían. Me duele. De hecho, estoy destrozado por todo lo que he hecho en este último año. Voy al cielo y al infierno y me quedo en este último para ver cómo es eso. No es muy triste y debería serlo, pienso. Bueno, ya he llegado yo para darle la forma adecuada a todo esto. Estoy intentando, al vivir con ellos en triste armonía, enseñar a todos a ser más parecidos a Cristo. Pero se enfadan.

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