Laiguana

El cinco de copas

El cinco de copas. Una nueva muerte.

 

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La mañana era gris, de un gris luminoso propio de un día de lluvia. Un aguacero que, tenuemente, caía sobre Madrid. Era una lluvia ligera que garabateaba las vistas del hermoso cielo de la ciudad. La gente caminaba apresuradamente para intentar librarse de las gotas de agua. Mujeres con paraguas miraban ilusionadamente los escaparates de las tiendas de la calle Goya. Hombres trajeados, también con paraguas, se detenían a mirar las portadas de los periódicos en los quioscos de prensa. Toda la ciudad mantenía su latido intacto, seguía la vida al mismo ritmo de siempre. Aunque, por la lluvia quizá, todos los movimientos de gente parecían más veloces. Los mendigos seguían pidiendo la limosna que religiosamente pagaban los viandantes. Estos mendigos sabían a ciencia cierta cuáles eran los puntos más fructíferos para su recolecta de ayudas. De hecho, en la puerta de la iglesia de la Concepción, había dos indigentes que estaban tratando de librarse del aguacero. Las cornisas de la iglesia les parapetaba del orvallo que caía. Los magníficos portones de la casa de Dios estaban abiertos para todo el mundo, como es natural. Dentro, unas ancianas estaban arrodilladas en los reclinatorios de los bancos de madera, pasando suavemente las cuentas del Rosario que rezaban como autómatas, entre sus marchitos dedos. Un murmullo invadía el silencio reinante. Era un silencio atronador en el que relampagueaban, de vez en cuando, los murmullos monocordes de las devotas mujeres. El olor de la cera ardiendo se posaba sobre cada rincón de la iglesia. Sus minúsculos puntos de luz centelleaban por toda la nave. Los pobres rayos de luz luchaban contra la penumbra, dibujando reviradas sombras grotescas en el suelo. Un monaguillo, ayudante del sacerdote, limpiaba con pasión las herramientas de trabajo de un buen cura. El altar, deliciosamente adecentado, resaltaba sobre cualquier otro punto del templo mientras destellos dorados hacían girar la cabeza hacia el maravilloso retablo. Las gotas de lluvia se precipitaban sobre los cristales de las ventanas produciendo un repiqueteo continuo que acompañaba rítmicamente las oraciones de las ancianas. En toda la iglesia imperaba una tranquilidad pasmosa.

 

Esa tranquilidad se vio aniquilada en el momento en que se abrió la puerta. Una claridad gris se apoderó de todas las sombras que se esparcían por el suelo. Las llamas de las velas bailaron conjuntamente la música inaudible, cantada por la brisa que penetró, cercenando la vida de algunas de las lucernas más cercanas a la puerta. Las ancianas se sobresaltaron y cesaron en sus oraciones, algunas de ellas se levantaron de su postración. Los murmullos se callaron y dieron protagonismo a unos apresurados pasos que semejaban el ritmo del latido de un inmenso corazón. El eco de los cojos zapatos aplacó toda la salvaje quietud que se había impuesto en el templo. El ayudante del cura giró su cuerpo tambaleándose mientras sus abultados ojos no distinguían la figura que se recortaba contra la dolorosa luz que se derramaba por la puerta. De improviso todo volvió a la calma, la puerta se cerró de un portazo. Reverberó la sombra de nuevo liberada. Pero una nueva sombra se movía confundiéndose con las otras más intrincadas y volubles. Era una sombra alargada que pugnaba con las demás por hacerse la dueña del suelo. Se retorcía impasible mientras avanzaba, a paso acelerado por toda la sala.

 

El monaguillo, cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la sombra, se sorprendió al ver la majestuosa figura del hombre que se le acercaba. Aunque mal vestido, llamaba la atención su compostura y gran elegancia en sus movimientos. Llevaba un apolillado gabán sobre un jersey de punto rojo y unos pantalones vaqueros. Calzaba unas zapatillas de deporte y llevaba en la mano un raído paraguas con las varillas oxidadas. Bajo el brazo portaba un sobre con algunos folios garabateados, en cuyo exterior –y con rotulador rojo- había escrito un nombre: Don Antonio. Era, Don Antonio, el cura de la iglesia de la Concepción de Madrid y antiguo compañero, en el convento donde habían recibido sus votos. Se acercó, refrenando su paso y persignándose, mientras le dijo al muchacho:

 

-         ¿Dónde está don Antonio? –Con una voz gutural que denotaba el cansancio que padecía el hombre cojo.

-         Debe de estar al llegar, si quiere puede pasar a la sacristía y le espera usted allí. –Le hizo un gesto con la mano, mientras le escrutaba con el rabillo del ojo.

-         No, déjalo, no me vendrá mal rezar un poco. Además, creo que me sobra el tiempo. –Dijo , como anhelante, mientras miraba de reojo la puerta de la iglesia.

-         Pues, ya le digo, don Antonio tiene que venir enseguida, ha ido a hacer unas gestiones. –Se sonrió el muchacho al escucharse decir semejante estupidez.

 

Qué es una gestión, pensaba, cualquier cosa que se vaya a hacer. Mientras, vio cómo, sin que casi hubiera podido darse cuenta, el hombre que acababa de preguntar por el sacerdote, se había sentado en un banco alejado de las señoras que rezaban. Después de depositar cuidadosamente el legajo en el banco, se arrodilló y empezó a mover la boca de un modo casi imperceptible.

 

Las sombras le ocultaban la mitad del rostro, al postrado caballero. Tenía la cara alargada, tanto que parecía un inmenso pasillo de sufrimiento y pesar, pues, aunque joven, unas profundas arrugas le horadaban la cara. La nariz aguileña y afilada se dejaba caer sobre su poblado bigote. La nuez abultada y quejumbrosa remataba la profusa invención de ángulos que iluminaban al extraño. Nadie le conocía en aquélla iglesia, pensaba, así que un rato de descanso no le vendría mal. Tenía que ver a su antiguo amigo, pues sólo un sacerdote que todavía estuviera en activo podría ayudarle a confesar sus pecados. Quería quedar en paz con Dios, pues sabía que estaba a punto de morir. Lo comprendió cuando le llegó una incompleta baraja de cartas a su casa.

 

Las sombras se agitaron de nuevo. El velo de tranquilidad que reinaba en la iglesia volvió a verse aniquilado. Esta vez los pasos fueron más presurosos y el hombre arrodillado seguía rezando haciendo caso omiso a los recién llegados. Las sombras danzaron con un ritmo incesante y macabro. La luminosidad de algunas de las velas que permanecían encendidas dejó de existir. El monaguillo miró con los ojos crispados a los dos recién llegados. Eran un hombre y una mujer vestidos de negro y que se dirigían presurosamente hacia el hombre arrodillado. El monaguillo no podía ver sus caras. Solo percibió un leve movimiento en los labios, producto de sus rezos, del hombre que le acababa de preguntar por Don Antonio. Cuando los dos recién llegados estuvieron a la altura del beato, éste, sin dejar su postura arrodillada y clemente, preguntó con una voz crispada que se hizo audible para todos los feligreses: “¿Es la hora?” Un leve movimiento en los labios de la mujer y el hombre arrodillado alzó los brazos en cruz y alzó la cabeza al cielo, dejando que su frente fuese un blanco perfecto. Sin dejar de mirar el crucifijo que pendía sobre el altar murmuró: “Esto es hecho, Señor”. Un brillo metálico aterrorizó al monaguillo que se quedó echado en el suelo, bajo la protección del altar, cuán largo era. Al ver el revólver no pudo contener sus intestinos y un ruido gutural salió de sus entrañas. Un sonido seco y profundo como un trueno llenó la estancia. El resplandor del disparo iluminó la cara del Cristo. Las plañideras se sobresaltaron y callaron sus rezos. Los recién llegados giraron y, tras lanzar algo al suelo, se marcharon como habían venido. Nadie supo ni siquiera exhalar un suspiro de angustia. Y el hombre yacía muerto en el suelo. Al acercarse al cadáver pudieron ver nítidamente que a su lado había un naipe. Un inocente cinco de copas.

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