Laiguana

School days

SCHOOL DAYS (Chuck Berry)

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Yo iba a uno de esos colegios que está plagado de niños bien. Los que tanto asco siempre me han dado. Esos que, cuando hablan, empiezan cada frase con la palabra “o sea”. Esos que van impecablemente vestidos con ropa de la marca de moda. Chicos que van con sus papás al fútbol o a comer al campo todos los domingos. Los que agachan la cabeza cada vez que les regañan. Niños de papá odiosos es lo que eran mis compañeros de escuela. Como ya habrán averiguado yo iba a un colegio privado. Normalmente en los colegios privados es donde más abunda ese tipo de gente, digo gente no compañeros. No les tenía por compañeros míos. La verdad es que nunca, ni siquiera al principio cuando éramos realmente pequeños, les he considerado amigos míos y, lógicamente, poco a poco nos fuimos distanciando. Primero fue por mi culpa, ya que entendía que no tenía nada en común con ellos; después ellos me miraban con caras raras, porque se dieron cuenta de que, efectivamente, no teníamos nada que ver.

 

Siempre he sido completamente distinto a ellos. Verdaderamente siempre he sido distinto a casi todos los que se han cruzado en mi camino, sobretodo en aquellos tiempos. Y, normalmente, lo distinto nos repugna o nos da pánico. A veces, las menos, nos atrae. Yo he sido de ésos tipos que buscan en la rareza algo que disfrutar. Pues en lo por venir, en lo distinto, en la antípoda de nuestra conciencia y de nuestra existencia estará el morbo y la intriga por saber qué hay detrás. Me ha parecido que siempre me podrá enriquecer más alguien que tenga una visión de la vida distinta a la mía que alguien que es exactamente como yo. Sin embargo hay otra gente que no están dispuestos a que les saquen de su placentera monotonía. Aún hay gente demasiado acomodada en sus sillones como para intentar averiguar si les gustaría o no saber qué esconden tipos distintos a ellos. Esta diferencia, cuando éramos pequeños, era motivo de distanciamiento; luego cuando crecemos, este distanciamiento se suele acrecentar para llegar a no ver jamás a los estúpidos que fueron tus compañeros de clase. Con un poco de suerte no vuelves a saber nada de ellos en toda tu vida. Los ridículos niños de mi clase habían bebido la comodidad en sus casas y lo distinto les aterraba porque era malo, grosero o perverso. Lo distinto en el colegio era yo y no querían tener nada que ver conmigo. Así que, como entenderán, yo iba a lo mío. No me integraba con gente que me daba asco, nunca lo he hecho. Otro motivo de nuestro distanciamiento era la conducta de uno y los otros. Pues bien, tampoco en eso tenía nada que ver con mis compañeros de clase. Mientras se comportaban sumisamente y acataban todas las normas, yo las discutía, las esquivaba y me las saltaba. Mientras ponían a prueba su conciencia ante cada decisión que tenían que tomar y perdían el tiempo pensando en si estaría bien o mal, yo ya había acabado de hacer lo que fuera y me había formado una idea bastante clara de si me apetecía o no seguir haciéndolo. Mientras se quedaban quietos, sin discutir, cuando les prohibía algo algún profesor ocioso, yo había ido y vuelto dos veces a probar qué era aquello que no debía hacer. Mientras hacían los deberes en el patio del colegio, me marchaba a fumar algún cigarro a escondidas, nunca han ido conmigo las imposiciones. En fin, que me consideraban un bicho raro por mi forma de pensar y de ver las cosas. Por mi modo de comportarme tan alejado de su pacífica existencia. De hecho, cada vez que le decía a algún profesor que algo me parecía mal se asustaban porque no era lo que les habían enseñado que debían hacer ni decir. Replicar no era lo correcto. Si no que tenían que acatar sumisa y silenciosamente las imposiciones, obligaciones, deberes y prohibiciones de los profesores. Les estaban preparando para convertirse en tiernos corderitos. Es una educación que nunca tampoco ha sido acorde con mi naturaleza. Nunca he sido un cordero, sino más bien un gato. Un gato anárquico, rebelde y salvaje. Nunca fueron capaces de entenderlo.

 

Al principio, en el colegio, solo hablaba con dos chicos mellizos: Pablo y José María. Éramos los más grandes de nuestro curso porque, aunque Pablo era más bajo de estatura que nosotros, estaba más gordo y tenía mucha fuerza; sin embargo José María y yo éramos los más altos de nuestro curso y de los más altos de todo el colegio incluidos los alumnos de algunos cursos superiores al nuestro. Ellos dos tampoco les tenían demasiado cariño a los chicos de nuestro colegio. Quizá por nuestra mutua aversión al resto de compañeros del colegio fue por lo que nos unimos. O puede ser que la gente alta y grande busca gente de su mismo tamaño para relacionarse. De todos modos, los tres teníamos bastante manía al resto de compañeros del colegio, así que empezamos a divertirnos a su costa. Nuestra diversión consistía en ir pegando y martirizando a los demás chicos de la clase que marchaban llorando a decirle a algún profesor lo malvados que éramos con ellos. Por supuesto nos castigaban por golpear indiscriminadamente a todos los compañeros de nuestro curso y de algún curso más avanzado. Los chicos de clase nos miraban divertidos mientras estábamos castigados. Pero el castigo solía merecer la pena. A veces, cuando el delito es divertido, el castigo es más llevadero. Aquél era nuestro caso: nos divertía martirizar a aquellos idiotas y el castigo lo asumíamos con total deportividad. Nuestra actitud para con los demás niños hizo que los profesores nos vigilaran a todas horas para, después acabar marchándose con el chivatazo al padre del imbécil que lloraba más que el resto. Normalmente el padre del llorón ése siempre era un profesor del colegio que después llegaría a ser el director del centro. El llorón cumplía con su obligación y lloraba aunque no le pegásemos. Su hijo nos tenía auténtico terror, en cuanto nos acercábamos a dos metros de distancia ya se ponía a llorar desconsoladamente hipando, tapándose la cara con las manos y agachado en un rincón. Era el clásico llorón de los de toda la vida. Desde entonces detesto a los llorones. A todos los llorones.

 

Así que los profesores nos miraban con lupa desde muy pequeños por nuestros castigos físicos al resto de compañeros. Nos sentíamos observados y vigilados por todos los profesores del colegio. Lo que, lejos de evitar nuestra salvaje conducta o hacernos pensar que aquello no estaba bien, nos producía más placer a la hora de pegarles a escondidas. Cuando detestas algo la conciencia no entra en juego, además, la clandestinidad habitualmente siempre ha sido placentera. Casi todo lo que se hace fuera de las normas establecidas y lejos de la mirada inquisitiva de tus perros guardianes suele tener mejor sabor. Sembrábamos el terror entre los niños de nuestra clase y nos reíamos de ellos. Pero, como todo lo bueno acaba, los días felices se fueron de un plumazo: Pablo y José María se marcharon del colegio al año siguiente. Sus padres se mudaron a otra ciudad a vivir y se largaron, así de sencillo. Después, aunque aún pegaba a algún que otro chico por mi cuenta, ya no era lo mismo. Me quedé solo contra todos.

 

Estaba solo frente a ellos. No estaba acostumbrado a estar solo. Al principio la soledad asusta y te hace pensar si lo que piensas está bien o mal. Pero cuando recuerdas el éxtasis de la felicidad que te producía ser distinto al resto, la conciencia no te agobia. Esa diferencia te hace fuerte y te sientes orgulloso de mostrar tu rareza al resto de la gente. Aunque eso cuesta descubrirlo, como casi todo. Antes de descubrir lo divertido que es ir contra corriente te sientes mal, te preguntas todo lo que haces, te paras a pensar si es cierta esa diferencia o una invención tuya. Aquellos años de colegio los recuerdo básicamente así: nadando a contracorriente. Era como el salmón que surca los ríos al revés y remonta todo tipo de obstáculos, pues yo me sentía un poco salmón. Pero la soledad puede llegar a convertirse en un oso agazapado intentando pescarte. Es dura la soledad. Más cuando te dices: “Bueno, vamos a intentarlo. Seamos como ellos” Pero hay cosas que no pueden suceder nunca. Remonté el río y esquivé el oso para seguir a mis anchas el camino hacia el mar, que era mi libertad. Pero en aquélla época aprendí a base de cabezazos contra los bordillos que no estaba en un río sino en una piscifactoría. Y los chichones dolían mucho estando solo. Era considerado por el resto del colegio algo así como un delincuente y me rechazaron. Cuando se marcharon mis amigos intenté integrarme en clase, pero la gente normal y acomodada no acepta las disculpas de alguien distinto a ellos y me dieron la espalda. Hicieron que me reafirmara en mi aversión a todo lo que ellos significaban. Al principio me sentía angustiado y terriblemente discriminado puesto que los compañeros de clase se asustaban de mí y no se acercaban. Así que, poco a poco, mientras ellos me detestaban y no conseguían perdonarme, yo por mi parte, no me acercaba a ellos porque me empezaban a dar verdadero asco. Solamente hablaba con los dos hermanos que se habían marchado y la única relación que tenía con el resto de compañeros de clase eran las bofetadas que les había propinado proporcionándome un inmenso placer. Así que tragué saliva, apreté los puños, respiré hondo y seguí adelante bien erguido y orgulloso de mostrarles mi diferencia. Además ellos tenían la protección de los profesores que parecían estar guiados por la mano maestra de un tipo siniestro y malvado: el padre del llorón, el profesor que posteriormente sería director del colegio.

 

Era un hombrecillo calvo y estúpido que, antes de ser nombrado director se portaba estupendamente con todo el mundo, o con casi todo el mundo. Era profesor de química y quería mostrarse como un alumno más. Intentaba aparentar estar en la honda de los jóvenes alumnos o que se sentía identificado con nosotros. Con algunos quizá, conmigo nunca intentó portarse bien. Además hablaba mal a espaldas del anterior director criticando todo cuánto decía o hacía. Intentaba crearse una complicidad amistosa con los alumnos del colegio. E intentaba embaucar al resto de profesores para que le votasen como director. Inventaba rumores acerca de la incapacidad de su predecesor y el resto de profesores le creyeron. Pensaba ser como un reducto hippie de los años sesenta. Iba de coleguita de los niños y de consejero espiritual de los profesores. Iba de informal para que le creyesen un rebelde y un tipo encantador que sería capaz de sacar al colegio de la crisis en que estaba inmerso. En tiempos fue un colegio estupendo, con alumnos estupendos y profesores sabios. Después se convirtió en la basura que yo conocí. Decía que iba de inconformista. De hecho vestía con unos jerseys realmente feos y grandes. De no ser por su calvicie, parecería uno de ésos melenudos que salen en los documentales de los años sesenta. Pero pronto se descubriría su engaño. Porque después, cuando con sus malas artes le usurpó el puesto al director anterior que tanto criticaba para colocarse en su posición, vestía con trajes de saldo creyéndose el personaje más importante del mundo y el más elegante de los que había pisado la faz de la tierra. Era tan tonto que, seguro, creía pertenecer a una de ésas familias tan estiradas de la aristocracia. Tanto se subió a la nube de sus nuevos poderes que no te llamaba por tu nombre sino que te chistaba por los pasillos. No estábamos a la altura de su calidad humana como para poder tutearle y menos aún yo que había estado martirizando a su hijo y era un delincuente. Era realmente estúpido porque se creía una mezcla de Ángel Vengador y Quevedo. Era muy desagradable. Nunca me cayó bien. Al principio por ser un cotilla que se metía con todo el mundo a sus espaldas. Jamás aguanté a los cobardes. Siempre he preferido al tipo que te insulta a la cara antes que al pipiolo que te pone verde por detrás. Tampoco aguanto a los patosos que van de simpáticos y el director me asqueaba porque también iba de gracioso. Se creía muy ingenioso, pero era un auténtico imbécil. Es asombroso ver en qué llegan a convertirse las personas cuando les dan algún poder sobre otros, por mínimo que este sea. Cuando era un profesor normal y corriente de Química, era el típico que se ponía a hablar con todo el mundo muy amistosamente, dejaba que le tutease todo el mundo y quería que todos sintiesen afinidad hacia su persona. Todo era una artimaña para conseguir el puesto de director. Hacía ver que se preocupaba por los problemas de los alumnos, pero todo era falso, pues le estaba haciendo la zancadilla al antiguo director. El típico lobo con piel de cordero. Era un imbécil que se creía uno de esos humoristas de medio pelo que abundan en clubes tan selectos como Cleofás. Era realmente un auténtico mamarracho detestable. Todo un personaje maquiavélico, el tiparraco aquél.

 

Cuando se marcharon mis amigos me fui convirtiendo en un tipo solitario. Consiguieron que me fuese encerrando más y más en mi caparazón. Es sencillo entender que empecé a aislarme del mundo del colegio. Les tomé manía a todos ellos viéndoles como el enemigo, dejé de lado a todos los que me rodeaban, replicando constantemente a los profesores que sabía conjurados contra mí. El Ángel Vengador en que se había convertido el director orquestaba una Cruzada contra los delincuentes que había en el colegio. Uno de esos delincuentes a exterminar era yo. Estaban intentando cazar a un gato salvaje. Se estaban equivocando. Yo seguía igual que siempre; golpeando, saltándome las absurdas y abusivas reglas impuestas por el director y enfrentándome a los profesores cuando decían o hacían algo con lo que no estaba de acuerdo. Mientras, como siempre, el resto de compañeros me miraban con disgusto cuando les replicaba. No solo me miraban mal, si no que empezaron a cuchichear y a chivarse ellos mismos a los profesores de todo lo que hacía. A veces también de todo lo que nunca he llegado a hacer. Son gajes del oficio de rebelde. Les ignoraba con total devoción. Tampoco es que me disgustase que mis compañeros me mirasen mal, pero yo no era un cordero como ellos. Quisieron domesticar un alma salvaje y eso no es tan fácil. Desde muy pequeño me di cuenta que no había nacido para obedecer. Odiaba que me dijeran lo que tenía que hacer, y más aún si no daban una razón a las tareas que nos encomendaban o a la prohibición que nos imponían. Eso de tener que hacer las cosas porque al vago de turno le apetece, nunca ha ido conmigo. Si me hubieran hecho cómplice suyo de alguna manera, hubiera sido el mejor estudiante del colegio. Pero simplemente me negaba a hacer los deberes ni nada que me impusieran por lo que mis compañeros de clase, que se conducían como unos auténticos borregos aunque muy educados ellos, no me entendían. Cuando había que hacer un trabajo en grupo, yo lo hacía solo y nunca de los temas que proponía el profesor sino de lo que me apeteciera. Hubo un trabajo que había que hacer sobre la revolución francesa y yo lo hice sobre Elvis, me interesaba y me apetecía mucho más. Por supuesto fui castigado. Cuando me castigaban por hacer mi santa voluntad, yo les replicaba diciendo que porqué tenía que hacer lo que a ellos les apeteciese. Mis compañeros de clase miraban extrañados a quien pedía explicaciones por cada cosa que se empeñaban los profesores que hiciéramos, o que dejásemos de hacer. Además se ponían muy nerviosos ante mis enfados y réplicas. De hecho más de una y de dos veces he salido airado y enfadado de clase dando un portazo para largarme a fumar a las gradas del campo de fútbol completamente solo. Era por lo que me empezaron a llevar al despacho del director y del jefe de estudios más a menudo de lo recomendado. Cuando tienes a todo el mundo en contra no puedes mostrar debilidad si no te hunden y te hacen uno de ellos. Los profesores me enviaban raudos al psicólogo, que también era el jefe de estudios, cuando me quedaba callado ante ellos o les rebatía todo lo que proponían con mis argumentos. Hiciera lo que hiciese iba al despacho del psicólogo. Otras veces, por mi afición a la lectura de algún cómic para adultos también iba a su despacho. Allí, el psicólogo del colegio me hacía tests constantemente y yo los pasaba con suma facilidad, por lo que llegaron a la conclusión que no era un problema de falta de inteligencia, quizá fuese lo contrario. No supieron encauzar todo mi odio y toda mi rabia hacia el mundo que ellos querían hacer. Lo único que sucedía es que yo siempre rebatía las órdenes impuestas por nuestros profesores porque quería saber cuál era la misión de los ejercicios y tareas que nos imponían. Eso les decía a ellos aunque, para ser sincero, les preguntaba que por qué razón nos imponían las tareas. El hacer las cosas porque sí no era algo que me gustase. Intentaba razonar con ellos pero era imposible. Cuando hablas con gente que carece del menor estímulo por la enseñanza y la educación pasan esas cosas. Las luces de los profesores debían estar totalmente apagadas. Mi pregunta preferida era “¿Por qué?” Pero nunca sabían qué contestarme. El profesor de turno decía: “hay que hacer estos ejercicios de sociales para mañana por la mañana”. Le replicaba: “Por qué”. Y hubo algún profesor que decía: “porque lo digo yo y punto” Evidentemente esos deberes no iban a estar hechos al día siguiente, ni al mes siguiente, ni al año siguiente, ni, probablemente nunca. Al menos por mí.

 

No me comportaba demasiado correctamente con ellos pero tampoco se merecían mi buena conducta. No concibo el hecho de imponer las cosas, ni que tengan que quedar por encima de ti tipejos a los que, sin saber muy bien por qué razón ni su capacidad, les han dado cierto poder sobre ti. Algunos había que además de intentar imponer sus deberes y prohibiciones, las intentaban reafirmar con golpes. En mi caso la letra con sangre jamás entró. Además siempre he considerado que los golpes son el recurso de los que no tienen argumentos para defender sus ideas. De hecho sus únicos argumentos eran los golpes y los gritos. Había un profesor en concreto que se divertía mucho golpeando en la cabeza de los alumnos con una pluma que llevaba. Ni que decir tiene que el que más golpes se llevó en la cabeza con la pluma esa fui yo. Ya me tenía harto. Un día que le pude arrebatar la pluma, ésta salió volando por la ventana que daba al patio. Con el consiguiente enfado del profesor y mi malévola sonrisa ante su cara desencajada y roja de ira mientras me gritaba. Me levanté de mi asiento lentamente y me encaminé hacia la puerta, luego eché un vistazo sonriente aún al resto de la clase y di un portazo terrible. Los demás chicos de clase se asustaron mucho de mi comportamiento, lógicamente. Visité de nuevo al psicólogo. Tuve que hacer no sé cuántos tests.

 

Se preguntarán que qué pasaba en mi familia. Qué pensaban mis padres, que me decían. Normalmente no me decían nada, porque nada sabían de mi comportamiento. Nunca les contaba mis problemas del colegio. De siempre he aprendido, o he intentado aprender, a sacarme yo solo las castañas del fuego. A veces les llamaban a ellos y pasaban un tiempo en el despacho del director. Luego en casa me preguntaban por lo que había sucedido y nunca se lo contaba. Quizá fuese un error porque la única versión que sabían era la que les había querido explicar el director del colegio. Me quedaba callado delante de ellos y no les decía nada en absoluto. Miraba absorto las baldosas del suelo, sentado en la banqueta de la cocina, mientras mis padres me regañaban yo estaba de visita en otros mundos alejados de aquella cocina. Los niños de mi clase, sin embargo, cuando tenían un problema corrían a hablar con sus padres para que se lo solucionara. Mi afán por ser distinto de ellos me hizo querer ser diferente también en eso. Eso era de gente que no tiene iniciativa y no se sabe solucionar sus problemas; y de gente cobarde que no sabe imponerse a sus dificultades. Así que, como yo había visto que a ellos les sacaban las castañas del fuego siempre, les consideraba débiles y cobardes. Nunca quise que nadie me ayudase. Me bastaba para defenderme de todos ellos yo solito. Además sentía que me sobraban fuerzas para aguantar todos los castigos que quisieran imponerme y fueron muchos. Hubo una vez que me castigaron sin razón por haber robado algo que yo no me había llevado. Como me consideraban el delincuente del colegio, me lo tenía que haber llevado yo. Ni siquiera le di la menor importancia. Me quedé castigado el sábado por la mañana y ya está. No lloraba ni pataleaba y, pienso, que eso les sacaba más aún de sus casillas. Había algunos profesores que me miraban con cara de auténtico asco y alguno hay que se habrá quedado con ganas de darme una buena paliza. Tampoco hubiera rechistado. Cuando el verdugo no ve el miedo ni que los nervios se apoderan del castigado, normalmente se debilita y el apresado pasa a ser el poderoso.

 

Pasados un par de años ya me sentía un completo incomprendido ¡y estamos hablando de la época escolar! Mi repulsa hacia mis compañeros y profesores fue aumentando más y más a medida que pasaban los años. Me asqueaba ver que unos gritaban y golpeaban y los otros se comportaban del modo más triste y patético que existía para mí: como corderos sumisos y obedientes incapaces de rebatir nada. No entendían que hay otra forma de educar a las personas que no son castigos, ni golpes o gritos. Jamás supieron el significado del verbo “motivar”. A veces basta una palabra de aliento para hacer que alguien ceda, sin embargo, los golpes hacen que ya nunca ceda el agredido. Este, al menos, era mi caso. Cuanto más quisieran conducirme menos me iba a dejar conducir. Necesitaba otro tipo de estímulos y eso nunca lo consiguieron entender. Algo iba mal porque ya no solo era el típico borde y, para ellos, un “delincuente” que luego aprobaba fácilmente todos los exámenes. En mis notas no había únicamente observaciones de los profesores, tutores, el director o el jefe de estudios referentes a mi comportamiento: empecé a obtener malas calificaciones. No es que fuera muy mal estudiante la verdad. Con el asco que les tenía no podía ni ver los libros. No estudiaba en todo el año y en los tres meses de verano, sin castigos ni profesores que me acosaran, estudiaba todas las asignaturas que me habían quedado para septiembre –normalmente casi todas- y las aprobaba con soltura. Como no tenía amigos con los que salir en verano porque normalmente en edades tan tempranas los amigos son los del colegio. Tenía bastante facilidad a la hora de estudiarme las lecciones. Con un par de veces que me las leyese me bastaba para aprenderlas. Con lo que las calificaciones eran malas por mi inapetencia a la hora de hacer los deberes y estudiar. En verano, sin embargo, cuando estaba con mis padres, que no me golpeaban sino que me alentaban a hacerlo bien, sacaba las asignaturas con suma facilidad. Al ir cogiendo ese asco por quienes impartían las clases, por mis compañeros y por las clases en general, empecé a perder el interés por ir al colegio. Sus golpes y sus gritos me quitaron cualquier anhelo por aprender sus asignaturas.

 

Empecé a conversar con chicos de cursos más adelantados, pues les gustaban las mismas cosas que a mí, aunque después me daría cuenta que eran tan estúpidos como los chicos con quienes compartía el aula. Más grandes o más pequeños pero todos eran de la misma calaña. Era más grande que la mayoría de los chicos mayores y no se atrevían a decirme a la cara las cosas que decían a mis espaldas, ni a decirme que no volviese a ir con ellos. Les asustaba la idea de que me enfadase. Ya, algún tiempo atrás, algunos de esos chicos mayores habían aprendido cómo me las gastaba cuando me enfadaba. Como no quería tener nada que ver con los chicos de mi clase, éstos me fueron dando de lado. Además como me veían con los chicos mayores, tenían más excusas a la hora de esconderse de mi. Ni siquiera me miraban. Pensaban que si era capaz de enfadarme de ése modo con los profesores con ellos sería extremadamente malvado. Razón no les faltaba. La cuestión es que me ignoraban y yo a ellos. Les agradecía de todo corazón ese gesto tan amable de no hablarme ni mirarme, y, en más de un caso, de huir de mi. Les detestaba y me odiaban por lo que, cuando iba a clase, me comportaba como un autista. Me sentaba en la última fila de clase y no les hacía ningún caso. Ni les reía las gracias, ni ellos las mías, tampoco nos dirigíamos la palabra y pasábamos absolutamente los unos del otro. Yo, además pasaba de los profesores que daban clase, pero debía seguir yendo al colegio. Era mi deber y se estaba convirtiendo en mi castigo. Cuando hablaba con alguien era, cada vez más a menudo, con los chicos más mayores. Pero no había química entre ellos y yo. Ellos eran corderos. Más mayores, pero corderos. Nada cambiaba sino la edad. No les gustaba mi música, no entendían mi comportamiento, a su lado también era un bicho raro. A veces venía más gente de su clase para ver cómo hablaba y las cosas que les decía. Se creían que no me daba cuenta, pero el caso es que a mí me daba igual lo que pensaran. Era una especie de monstruo de feria al que todos querían mirar para correr a inventarse historias sobre mi persona. Nunca fue conmigo eso del qué dirán. El recreo era el momento en que me marchaba a fumar a escondidas con esos chicos mayores. Al principio suponía algo así como una especie de oasis entre tanto niño pijo que había en mi clase. Pero poco después me di cuenta que todo era igual. Eran más mayores pero pijos al fin y al cabo. La verdad es que los chicos mayores no eran mejores; de hecho, si les hubiera visto uno de esos fines de semana que me relataban entre las caladas de algún cigarro, no les hubiese hecho el menor caso. Tampoco es que yo saliera mucho los fines de semana, me quedaba en casa escuchando música tranquilamente. Leía algún libro y miraba los tebeos que tanto me gustaban. Seguía sin tener amigos con los que marcharme por ahí. Porque el resto de mi barrio estaba plagado de niños pijos como los de mi colegio. Si hablaba con algún vecino de algo no pasaba de “hola” y “adiós”. Si alguna vez fue más amplia la conversación no encontraba gente que le gustara la música que me gustaba a mi, ni gente que entendiera mi modo de divertirme. Ellos escuchaban la música que ponían en las radio fórmulas y compraban discos de grupos que me eran totalmente detestables. Aún así, y siendo consciente de nuestra diferencia, hablaba con los chicos mayores. Además como me tenían miedo podía fumar de gorra más de una mañana. Iba con ellos porque me tenían miedo, fumaban y hablaban de la cantidad de cerveza que habían bebido o de la música que escuchaban. Aunque no conocían a los grupos que yo escuchaba, que solían ser cintas de música de grupos de los años cincuenta que tenía mi padre por casa. Mientras mis compañeros de clase jugaban al fútbol, yo fumaba hablando de música o de lo que había sucedido el fin de semana en nuestras tempranas vidas. A mí nunca me han interesado las cosas que hacían los chavales de mi clase. Eran unos corderitos, como los mayores, pero éstos al menos entendían de lo que les estaba hablando, mientras aquellos no hubieran sabido de qué demonios se trataba. Hablábamos de tiendas de discos donde comprar música y de la belleza de las chicas que había en mi cómic. Los chicos de mi clase gritaban: “Gol” y nosotros nos reíamos a carcajadas de los pechos de la rubia de la portada. Está claro que, yendo a un colegio privado, estar rodeado de pijos tontos es lo menos que te puede pasar. Les fui detestando pues, aunque hablaran de música –que no era la mía- y fumaran cigarros a escondidas, no eran de los míos. No me sentía para nada entre iguales. Fui aborreciendo poco a poco su compañía.

 

Estaba sintiendo realmente asco por todos los que me rodeaban y eso no es nada bueno para un chico de unos doce años. Simplemente no quería ser como ellos, ni mezclarme con ellos en absoluto, los detestaba con total odio. Mi error fue no decirles a mis padres que me cambiasen de colegio. Aunque no vale compadecerse ni pensar en qué hubiese sido mejor. Todo se ve mejor cuando ya ha pasado, lo difícil, normalmente, es tomar la decisión oportuna en el momento adecuado. No lo hice, pero no quería estar con esa gente. Como detestaba cada vez con más rabia estar entre ellos, los novillos fueron la ocupación fundamental en mis horas lectivas. La verdad es que iba poco a clase, aunque había clases que no me perdía a pesar de todo. Cuando faltaba los profesores no pasaban el mal rato de mis réplicas; mis compañeros no tenían que temer cruzarse conmigo por el patio; los mayores no tenían que venir en procesión a ver al bicho raro; y yo no me asqueaba con sus “enseñanzas”, sus miradas y su triste compañía. En las horas de las clases que detestaba me marchaba solo con mi radio a escuchar buena música y buscaba cualquier ocupación que distrajera el aburrimiento de no saber qué hacer cuando ante ti tienes tres o cuatro horas sin nada que hacer. Esas ocupaciones eran tales como trepar muros, leer algún libro a solas o mirar algún cómic para adultos, como “El Papus”, “El Jueves” o “El Makoki” mientras en el estanco compraba tabaco “Tres Carabelas” sin filtro y me lo fumaba tranquilamente.

 

La desidia me llevó a pasear por las calles de mi barrio esquivando la zona del mercado donde estaría haciendo la compra mi madre. Vi un grupo de chicos a la puerta de lo que yo creí que sería un bar. Como estaba acostumbrado a que no me aceptasen yo no quería acercarme a ellos. Así que me escondía y les espiaba. Tanto iba por allí que decidí entrar. Resultó que eran unos billares y descubrí el alborozo de jugar a las maquinas de marcianitos. Poco a poco fui frecuentando los billares del barrio y convirtiéndome en un asiduo de las maquinitas. No hablaba con nadie y me dedicaba a jugar yo solo tranquilamente. Con la práctica fui siendo bastante bueno a las maquinitas. Se formaba un corro de gente a mi alrededor para ver en cuanto dejaba el récord de la máquina. Entre exclamaciones de sorpresa ante mi excelente dominio del juego fui intercambiando algunas palabras con los chicos que pasaban su tiempo en los billares. Así fue como empecé a hablar con otros chicos que eran bastante parecidos a mi. Sabían de la existencia de las revistas que siempre llevaba encima. Conocían la música que a mí me gustaba y me prestaban discos y cintas para que empezase a escuchar otros grupos que tocaban el mismo estilo de música que me encantaba. Cada vez fui queriendo estar con ellos más y más. Era distinto a ellos porque solían vestirse y peinarse al estilo de los chicos que aparecían en las portadas de los discos que me dejaban. En cambio yo iba vestido con el uniforme del colegio y me peinaba con la raya a un lado, como un auténtico idiota. Poco a poco mi forma de vestir, de peinarme y de hablar fue cambiando. Estábamos formando nuestra pandilla. Porque esos tres chicos son la pandilla junto a la que pasé el resto de mi vida como si de una familia se tratase.

 

Cuando salía de casa me marchaba con esos chicos que, al igual que yo, eran considerados por todo el mundo como bichos raros. Cuando la gente de nuestra edad nos veía por la calle a los cuatro juntos intentaban disimular su descontento y, algunos su miedo. Incluso había veces que cruzaban de acera antes que tener que pasar cerca. Pero no hacíamos daño a nadie, simplemente queríamos estar juntos porque no teníamos nada que ver con el resto de la gente del barrio. La gente nos aborrecía y nosotros aborrecíamos a la gente. Nos denegaban su compañía y les denegábamos la nuestra. Nos pasábamos las horas muertas jugando al billar y al futbolín mientras hablábamos de la música que nos gustaba comentando el último disco que nos habíamos dejado, leíamos juntos el último número del tebeo que llevábamos y, a veces, comprábamos alguna revista de música porque salía en portada la fotografía de algún grupo que nos gustaba. También solíamos ir a una vía muerta de tren y, tras comprar unas cervezas, nos las bebíamos escuchando música y fumando cigarros sin filtro. El sabor de aquellas cervezas y el humo de aquel tabaco se quedaron grabados a fuego en mi alma. Fueron tiempos felices.

 

Cuando los estúpidos chicos de mi edad estaban jugando al fútbol, al escondite o las chapas, yo me marchaba a beber las primeras cervezas y fumar cigarrillos a escondidas. A veces íbamos a la salida del colegio y nos apoyábamos en la tapia, para ver a los chicos de mi clase que tanto miedo nos tenían. Nunca les hicimos nada pero nos divertía mucho ver el miedo en sus ojos cuando pasaban a nuestro lado. Nosotros nos apoyábamos en la tapia del colegio con una cerveza de litro en el suelo, un cigarro en la boca y una maléfica sonrisa en el rostro. Ellos abrazaban fuertemente sus carpetas forradas con fotografías de los cantantes de moda o de los futbolistas de la época y miraban al suelo mientras aceleraban el paso para dejarnos atrás cuanto antes. Nos reíamos del miedo que les provocábamos. Alguna vez alguno de esos chicos  ha tropezado delante nuestro y nos hemos reído a mandíbula batiente a costa de su ridícula torpeza. Normalmente teníamos un brillo alcohólico en los ojos y la sempiterna sonrisa. Algunos de los chicos que me acompañaban les decía alguna guarrería a las chicas que se ruborizaban y se largaban mirando al suelo. Era nuestra forma de decirles que estábamos ahí, que éramos distintos y que eso nos hacía sentir muy bien. Sabíamos que estábamos fuera de su sociedad y de su vida, pero no por ello íbamos a escondernos. Cuando no se quiere ser como alguien no hay que demostrar temor ante la diferencia sino sentir orgullo de la distinción. Aunque el distinto sea uno solo.

 

No sé cuál es la razón pero cuanto más te intentan obligar a hacer algo, o dejar de hacerlo, más tentado te sientes a intentar no hacer lo que quieren que hagas. No se daban cuenta que prohibir no es un modo de educar. Es mejor informar que reprimir. Aunque claro, yo era un bicho raro. Por lo menos para su modo de ver éramos chicos muy malos y auténticos bichos raros. Todos criticaban en el colegio mi modo de actuar a mis espaldas. Para ellos era un “macarra” mientras que ellos eran auténticos modelos de conducta. Me daba igual, siempre tuvieron bastante facilidad a la hora de poner etiquetas a todo lo que no les gustaba. Evidentemente yo no les gustaba. Eso era algo que me hacía sentir muy bien. Ellos se debían creer que me molestaba que me llamaran esas cosas, pero no. Les detestaba y yo no les gustaba en absoluto así que todos tan contentos. Mientras no me molestaran, yo no iba a molestarles a ellos. Que me dejaran vivir mi vida en paz era mi deseo. Que me olvidara de ellos, era el suyo. Por supuesto yo estaba abierto a concedérselo con todo mi cariño.

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