Laiguana

Isabel

Isabel

Relato basado en la canción "Todo el mundo ama a Isabel" de Loquillo y los Trogloditas. Para escucharla, haz click aquí

 

http://laiguana.blogspot.es/img/Isabel.jpg 

 

Todos querían besarla y ella lo sabía. Caminaba cadenciosa y calmada por la calle sobre unos tacones de aguja que hacían que sus piernas se parecieran más largas de lo que ya eran y que resaltaban un trasero redondo y respingón que estaba embutido en una corta falda que, como los zapatos, era negra. Caminaba como una diosa de la urbe. Las medias oscuras también ayudaban a fabricar una imagen de sí misma más estilizada si cabe. Una blusa blanca, estratégicamente desabrochada, dejaba entrever un sujetador negro que sostenía un seno voluptuoso y sensual. La melena rubia al viento y unos labios rojos que invitaban a quien la miraba a besarlos Y unos ojos verdes de gata callejera que, más que mirar, te escrutaban. Era una bellísima mujer. Que, además, sabía sacar partido a sus armas de mujer.

 

Todos querían besarla. Todos los chicos, fuesen acompañados o no, la miraban y la deseaban por igual. Los codazos de los chicos con los que se cruzaba, usados para avisar al más despistado del grupo del paso de semejante beldad por delante de sus miradas, estaban a la orden del día. Del mismo modo que los enfados de las novias despechadas que veían a sus novios mirar con deseo a la chica con la que se cruzaban. Ellos la veneraban; ellas la insultaban. Ella lo sabía y sonreía para sí. Era feliz siendo deseada. Muchas veces había escuchado promesas de amor eterno de abandono de la pareja estable para irse con ella, pero ella no quería amor. En más de una ocasión, los hombres se acercaban y le decían de carrerilla sus posesiones, aunque estas no fueran más que unos cuantos billetes. Ella les miraba y, tras observarles un rato, les despachaba con un: “No, gracias” o accedía, según fuese el tipo en cuestión.

 

Los rechazados, que eran muchos, se sentían morir, pues habrían dado por ella la totalidad de cuánto poseían. Por tener un rato de sexo con semejante belleza hubieran llegado a matar o morir; llegar a abandonar a sus familias o ser abandonados por ellas; o llegar perder el trabajo o no, nada tenía importancia al lado de una noche de sexo con esa chica. No tenían ningún reparo en qué sucedería después, sólo querían conseguir sus cálidas caricias. Tal era el estado de fascinación en que sumía a sus enamorados. Por su parte, los seleccionados por ella para recibir sexo, se desesperaban por ser los dueños de su corazón. Hubieran llegado a morir o matar por haber sido los primeros que la enamorasen. Pero ninguno lo conseguiría. Ella tenía claro qué quería de cada uno de ellos y el amor no estaba entre sus pretensiones, precisamente.

 

Todo el mundo la tenía por frívola. Las mujeres con las que se cruzaba la envidiaban, odiaban, deseaban y temían por igual. Los hombres, en cambio, la deseaban con todas sus fuerzas. Pero ella no se sentía plena. Algo le faltaba. No sabía muy bien qué. ¿Estaba buscando algo? Probablemente nada. Quizás amor. Tal vez quisiera ser una persona normal y corriente. Cuando veía a las novias de los chicos con los que se cruzaba, enfadarse, le hacía sentirse deseada. No había nada en el mundo que le gustara más. Poder tener el chico que quisiera y humillarle por una noche de sexo. Desde luego, la gente estaba dispuesta a hacer unas estupideces  descomunales, pero no era su problema. Cuando algún desdichado le venía con la foto de sus hijos, a los que su engañada mujer se había llevado lejos y no le permitía volver a ver; ella no mostraba ninguna conmiseración. En cambio, por dentro, la iba minando. Aunque después se decía: “no es mi problema, él quiso, que lo hubiera pensado mejor”

 

Hubo unas cuantas ocasiones en que encerrada en el baño, desnuda, dejó correr el agua caliente de la bañera y sumergió su voluptuoso cuerpo para acercarse, llorando, una cuchilla de afeitar a la muñeca. Nunca se decidía. Le gustaba sentirse admirada, odiada y deseada. Le encantaba provocar esa sensación de impotencia en algunas mujeres y todos los hombres. Por lo que tiraba la cuchilla y se disponía a arreglarse para salir a causar . Tenía materia prima de sobra para ser deseada, amada y venerada en cantidades industriales. Porque Dios le regaló su cuerpo, un cuerpo de auténtica locura, y los hombres le dieron muchas grandes dosis de vanidad. Una vanidad que le hacía sentir bien. Se sentía viva mientras su vanidad se viese colmada. Pues esa era su mayor aspiración: sentirse deseada por cuántos la rodearan. Y a fe que lo conseguía. Eso sí, si alguna vez tenías la indecencia de intentar consolarla o, peor aún, compadecerla, te mirará con su altivez acostumbrada, te anulará y se reirá en tu cara. Y te sentirás la peor sabandija del mundo. Pues su triste risa ataca lo más hondo de tu orgullo, te hunde, te mutila, te desgaja el alma y te hace sentir un cabrón.

 

Un buen día me crucé con ella y tuve que dejarlo todo. Abandoné mi chica a su suerte. Jamás la volví a ver. Mis ojos estaban ocupados en ese cuerpo escultural. Pues sólo un deseo se apoderó de mi corazón: poseer esa mujer. Poseerla como jamás la hubiera poseído nadie. Hacerle el amor despacio, sin prisa, durante toda la noche. Saboreando cada poro de su piel. De modo que, como si la vida dependiese de ello, salí corriendo tras ella. Al llegar a su altura, me miró, sonrió y ¡Dios qué sonrisa más bella! Me dijo que la llevara a mi apartamento sin dejar de sonreír. Tomamos un taxi y llegamos a mi casa. Abrí la puerta y la dejé subir las escaleras delante mío. Me sentí transportado a otro universo. A otro mundo. Contorneaba su cuerpo mientras subía las escaleras y no pude, ni quise, apartar los ojos de sus piernas. Cuando entramos en casa hablamos un poco, si bien no recuerdo la conversación, tomamos unas copas y se desnudó tranquilamente. Hicimos el amor despacio, a mi ritmo, dejé que cada sentido se hiciese eco de lo que estaba sucediendo. Aspiré su aroma, saboreé su saliva, acaricié su cuerpo y me dejé mecer por su cálido abrazo. Estuvimos toda la noche haciendo el amor. Y me quedé dormido.

 

Al despertarme, me puse los pantalones y fui a la cocina. Allí me tomé un café y miré por la ventana la gente, quise gritarle al mundo que me había acostado con ella. Que había sido una noche maravillosa. Entonces lo vi. Mi cartera estaba abierta sobre la encimera  de la cocina. Había vaciado mi cartera, se lo había llevado todo. Mi papelina de medio gramo, mi costo, mi dinero... Todo. Me sentí como un imbécil. Me habían enamorado, engañado, estafado y robado. Así que me empecé a reír de mí, del mundo, de mi chica abandonada. Me surgió una gran risa. Al acabar el café, me puse una copa y luego otra y la risa no desaparecía, en cambio se hacía más y más persistente. ¡Qué sonrisa tiene! Aún así, engañado y estafado, quise gritarle a la gente que había ahí abajo: ¡Todo el mundo ama a Isabel!

Comentarios

Que bueno!!!!!! me encanta....., por un momento pense que hablabas de mi....pero yo no tomo drogas!!!!!jajajaja. Un besote

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