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El Carnaval

Escrito por laiguana 07-10-2009 en General. Comentarios (1)

El Carnaval

 

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La música sigue acompasando los rayos del sol; un sol que está brillando en un cielo azul. Es una melodía caribeña, típica en cada fiesta de carnaval. Los árboles, frondosos y verdes, se yerguen, crujiendo, para contemplar el espectáculo que ofrece un sol bailarín. Se oyen gritos de gente embriagada por la fiesta y el alcohol. Algún perro alborozado, se quiere sumar a la fiesta, ladrando y saltando entre todos los espectadores. Se ven ancianos que hacen esfuerzos por levantarse de sus habituales bancos del parque para contemplar la imagen festiva que, cada año, llega a su barrio.

 

La habitual lluvia de confeti, se produce con la ordinaria puntualidad; exactamente a las nueve de la tarde del Sábado de Carnaval. Este año, está aderezada por serpentinas que cimbrean en el aire. Todo ello al compás de la melodía, que, ya, suena estruendosa. Se siguen oyendo los rumores de la barriada, que vitorean a su paso a las bellas mulatas que mueven sus esplendorosos cuerpos delante de los músicos. Son cuerpos que brillan con una inusitada luminosidad, se mueven al compás de la música. Se agachan, suben, se vuelven a agachar. Todo ello lentamente con unos indescriptibles giros de sus caderas. Los ancianos, que llegan extasiados, se asombran al ver los esculturales cuerpos flotando sobre la calle manchada de confeti.

 

 Son cuerpos morenos, suaves, brillantes por el sol y el sudor, larguísimas piernas, vientres muy lisos, pechos que trotan y miradas lascivas, allá donde se mire, que acompañan cada uno de sus movimientos. Incluso las mujeres se asombran de las maravillosas bailarinas. Todas, mientras bailan, sonríen; miran a ambos lados; se acercan a la multitud; y, sin dejar de girar sus caderas, rozan los ardientes cuerpos de los hombres que las admiran. Este deja escapar un suspiro, aquél toca un trasero, y siempre son correspondidos por sonrisas de las hermosas mulatas. Y son conscientes de que sus cuerpos están siendo inundados por las miradas de deseo con que las obsequian.

 

La banda de música la componen varios trompetistas, algunos tamborileros, y un chico que toca el tambor con las manos, es algo parecido a unos bongos. Este último, un joven de aspecto desaseado, mira furtivamente el trasero de la mulata que tiene delante. No puede pensar, pierde el ritmo, contempla sus caderas, se excita; mira sus piernas, sus glúteos, sigue excitado. Mueve los labios, como si quisiera decir algo, y, es que, en realidad, está manteniendo una terrible discusión en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con un tono entre la tristeza y el derrotismo-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, como queriendo decir: “...como siempre pasa”

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir...

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –ignorando el intento de convencerse-

-         Venga, joder, no seas tonto y acércate.

 

Al final se decide a acercarse, mientras no puede dejar de mirar el culo de tan linda señorita. Es un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se mueve... ¡Dios, cómo se mueve! Luis está con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque, ya, no lo toca, lo acaricia excitado. Suda, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrocha, aún más, la camisa de flores. Muestra un torso brillante y poderoso y, deja intuir, unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraen y no dejan de hincharse, como si estuviera sintiendo el más intenso y mudo de los orgasmos.

 

Ella no deja de sonreír, a pesar de que siente miedo al ver acercarse al chico aquél. Es que, Luis, es un chico, no muy alto, bastante fuerte, casi gordo, con barba de tres días, su largo pelo recogido en una coleta. Con la camisa de chorreras floreada, que llevan todos, anudada en la espalda, lo que le deja al aire su torso impregnado en sudor. Unos dientes blanquísimos se asoman en su boca, que está haciendo unas extrañas muecas. Una piel morena, de un tono tostado. Viste unos vaqueros deshilachados y desgastados, que se ciñen a su trasero y sus piernas, y lleva unas playeras, el calzado más cómodo que ha podido encontrar –aunque, casi siempre lleva deportivas- Miranda, le mira estupefacta a los ojos, son de un azul intenso, que resuenan en el moreno de su rostro. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, interesada por aquél tipo tan apuesto.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre morbosa y caliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un suspiro ronco. Mirando los exuberantes y balanceantes senos, le dice:

 

-         Hola ¿cómo te llamas? –temiéndose lo peor-

-         Miranda, y tú. –perdiéndole el miedo por completo y, mostrando un sensual acento brasileño-

-         Yo soy Luis, pero puedes llamarme como quieras.

-         Ja, ja, está bien, como quieras, dime: ¿qué quieres de mí? –entre misteriosa y sensual-

-         Todo, absolutamente todo, quiero saber de tu vida, tus aficiones, quiero que me digas qué haces aquí, todo, de verdad. –con total seguridad-

-         Soy bailarina, bailar y bailar, creo que no se me olvida nada de lo que me has preguntado. –en un tono un tanto divertido-

-         De dónde eres –con un gesto que parece decir: “joder, tío eres tonto, no oyes su acento o qué-

-         Brasileña. –más divertida aún-

-         ¿Quieres tomar una copa conmigo, después que acabe todo esto?. –con un hilo de voz, pues tiene miedo de haber ido muy rápido-    

-         De acuerdo, espérame en la salida trasera del centro cívico, a las doce. –mirando la abultada bragueta de los vaqueros que lleva Luis, y con una voz decididamente sensual-

-         Vale, te voy a llevar a unos sitios que verás. –sonriendo por primera vez-

-         Ja, vale. –risueña y misteriosa, se marcha bailando, cosa que no ha dejado de hacer aunque estaba hablando con Luis-

 

A las doce menos cuarto, Luis ya está nervioso, la espera fumando un cigarro. Ya van tres. Se ha quitado la estúpida camisa y se ha puesto una camisa de Ralph Lauren, se ha cambiado varias veces y, ha decidido, que debe mostrarse tal y cómo es él. Después de otros seis cigarros, a la una menos cuarto, llega ella. El se queda alucinado al verla venir, es increíble que vaya a salir con una chica así. Lleva puesta una falda muy corta que le aprieta sus nalgas con violencia, lo que marca el minúsculo tanga, lleva una camisa blanca, casi transparente que deja entrever, pues no lleva sujetador, sus firmes y redondos pechos. Y los punzantes pezones que, parece, van a rasgar la seda de la camisa. Se ha soltado el pelo que le cae, graciosamente, por la cara. Es un cabello rizado y castaño, que aún está húmedo, lo que le transparenta totalmente la espalda.

Luis besó el rostro de la pequeña bailarina, diciendo:

 

-         Estás preciosa. –atónito pero sonriente-

-         Gracias, tú estás más guapo que esta mañana. –con la más bella de sus sonrisas-

-         No es muy difícil, llevando ese estúpido traje... –hace un gesto como de burla-

-         Ya, ¿qué vamos a hacer? –ansiosa por ir al grano-

-         ¿Quieres cenar algo? –quiere ser lo más romántico posible-

-         Sí, pero me refiero a después... –pensando: “en tú casa o en la mía...”

-         Después, déjame hacer a mí. Te gustará. –sintiéndose tremendamente seguro-

-         Vale, pero me apetece bailar un poquito... –“...vas a alucinar, te voy a poner a mil”

-         También habrá baile. Tú tranquila. –piensa: “me la llevaré a cenar al “Dómine Cabra” y después de copas por Huertas”- -después, levantando la cabeza y la mano, dice:

-         ¡Mira un taxi!

 

Después de una frugal cena en un restaurante vegetariano, pues no la pudo convencer para ir dónde él quería, se fueron a tomar unas copas tranquilos en algún bar de la zona de Huertas. En uno de ellos, cuya planta de abajo se encontraba vacía, se sentaron y se contaron chistes estúpidos, hablaron de los hombres que acosaban a las bailarinas durante el desfile y sonó la canción. Luis, súbitamente, le pidió que la bailara para él. Ella, inmediatamente, se levantó, sumisa y sonriente, se alejó. Levantó a Luis del asiento en que se encontraba, para que bailara con ella. Luis era muy torpe bailando, pero daba igual. A medida que se movían, y sin darse cuenta, el bar se empezó a llenar de gente, que contemplaron el espectáculo.

 

Se acercó con ese movimiento de caderas que vuelve loco a cualquiera y empezó a rozar su trasero con el pantalón de Luis. Estaba preciosa. Con esa larga melena rubia girando salvaje, la camisa desabrochada hasta el tercer botón dejando al descubierto sus pechos. Unos pechos brillantes y redondos; que, además, se habían endurecido por el contacto con él. Este se sentía confuso y no sabía qué hacer. Miraba como un tonto a todos los lados y la maldita Miranda seguía con ese movimiento satánico. Violentamente se dio la vuelta. Quedándose cara a cara con Luis que la miraba extasiado. Vació su copa en la mano y la metió dentro de su blusa. La camisa iba trasparentándose lentamente; Luis se iba endureciendo salvajemente y ella seguía. Cogió con sus dientes un hielo y, sin dejar de bailar desnudó su fornido y frondoso torso. Tiró la camiseta a un lado y empezó a restregarle por los pezones el hielo que tenía en la boca. Lo pasaba por el cuello, la boca, el pecho, el ombligo y seguía descendiendo muy despacio. Luis no podía más, le dolía la hinchazón. La tomó violentamente en sus brazos, cogió el hielo con sus dientes lentamente, lo escupió y besó a Miranda. Fue el beso más caliente que jamás había dado. Su lengua parecía de fuego en contacto con la gélida lengua de ella. Quería hacerla el amor salvajemente; tal y como a Miranda le gustaba. Quería que fuese su amante. Palpó la dura  y firme tripa de ella y descendía peligrosamente al abismo. Ella le cogía fuertemente el miembro a Luis que estaba a punto de entrar en erupción. Palpándose lentamente estuvieron un par de minutos y ella se apartó rápidamente –como había venido- y se marchó al cuarto de baño. La gente que los vio estaba excitada y cuando miraban a Miranda les recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Esta recogió la camisa del suelo y le dijo que se la pusiera.

 

Tomaron de nuevo un taxi y, como los dos estaban tan excitados, decidieron ir a casa de Luis, que vivía solo. El taxista no podía apartar los ojos del espejo y, se movía porque quería contemplar en todo su esplendor a Miranda, que besaba a Luis. Ella se dio cuenta de la lascivia del taxista, que le recordaba un antiguo amante suyo: el señor Chamorro. El amigo de sus padres. Ella miraba, sonriendo, mientras dejaba que el taxista se excitase, pues Luis no dejaba de besar y tocar todo su cuerpo. Ella se movía de modo que fuese más fácil para el señor Chamorro, que era como ella veía al taxista, mirara bien todo su cuerpo. Abría las piernas, para mostrarle su sexo; ahuecaba la camisa, para que se vieran sus pechos y gemía mientras miraba al extasiado conductor. El taxista sudaba. Ella recordó, entonces, su encuentro con el señor Chamorro en la fiesta en casa de sus padres. Recordó que, en la fiesta, la señora Chamorro, se había enfadado con su marido, porque no dejaba de mirar a la hija de su compañero de trabajo. Una mocosa, increíblemente guapa, que, todavía en uniforme de colegio y peinada con dos trenzas, se paseaba por toda la casa sonriendo a aquél que osara mirar su estupendo cuerpo. La señora Chamorro, no vaciló y le quitó las llaves del coche a su marido, largándose, después de varias amenazas. Al ver que su marido no hacía caso y seguía mirando a la niña, le dejó tirado en casa de esa pequeña putita, como después llamaría a Miranda. El señor Chamorro, cuando llegó el momento de irse a su casa, quería que le diera el aire, así que no dejó que el padre de Miranda, ni nadie, le llevara a su casa. La niña, se deslizó por la ventana trasera de su casa y, unos metros más allá, se acercó al señor Chamorro mirándole con una morbosa maldad brillando en sus ojos.

El pobre miraba aturdido cómo la niña, tan dulce y sensual, comía un caramelo, lo lamía, lo pasaba por sus labios y no dejaba de mirarle. Ella trazaba círculos en torno a Adolfo Chamorro moviéndose como una loca. Andaba balanceando las caderas de modo que la falda del uniforme saltaba y chocaba con sus nalgas, entraba y salía de la oquedad que su trasero y sus piernas formaban. Adolfo seguía con lascivia cada uno de los movimientos de la falda. Ella jugó el papel de ingenua. Se iba comiendo el chupachús de una forma salvajemente sensual, haciéndose la tonta. El pobre hombre miraba y se ponía a sudar. A Miranda se le cayeron las llaves y se agachó a recogerlas con las piernas rectas, la falda corta se le subió y dejó al descubierto unas redondas y brillantes nalgas. Como hacía calor se desabrochó la blusa blanca, sin sujetador, lo que mostraba sus estupendos senos ya bastante desarrollados, a pesar de sus quince años. El hombre no sabía qué hacer; era la hija de su compañero. Decidió salir corriendo y abrazarla y hacerle el amor a esa mocosa de una manera salvaje y brutal. Cuando el hombre se fue a acercar, ella se alejó corriendo e hizo que se había tropezado y caído en el césped, de modo que el compañero de su padre la encontró en el suelo boca abajo, con las piernas abiertas y la faldita subida, mientras ella lloraba. Al fingir el llanto provocaba que todo su cuerpo temblase, y, el señor Chamorro, al verla llorar y repetir, una y otra vez, esos hipos se enterneció. Abrazó a Miranda y le preguntó si se había hecho daño. Cuando giró la cabeza, la dulce niña, fue para lamerle con su lengua roja toda la cara. El hombre gemía de placer y ella empezó a hacerle un masaje en los pantalones con mucho cariño, con ternura, despacio, muy despacio. El señor Chamorro estaba a punto de explotar. Sus deseos de toda la noche se estaban haciendo realidad. Ella se puso de rodillas y le puso las manos en sus pechos. El notaba los pezones duros como piedras, pensaba que le iban a hacer sangre, que eran armas asesinas. Ella gemía como una loca y le palpaba con más fuerza el endurecido miembro. Desgarró la camisa del señor Chamorro y le empezó a chupar los pezones. Se tiró hacia atrás para que él pudiese investigar, primero con su lengua, luego con sus manos y, finalmente con su miembro lo que ella tenía entre las piernas. Se dejó caer en una espiral de placer como nunca había conocido; su mujer nunca había sido capaz de hacerle sentir tanto éxtasis. Mientras el sudor de ambos se mezclaba, ella se sentó sobre él y se empezó a mover mientras, gimiendo, le cantaba una canción caribeña muy caliente y sensual. El la cogió entre sus brazos e inspeccionó sus nalgas así le entró por detrás mientras ella dejaba caer alguna lágrima por su mejilla. Y sentía una extraña mezcla de dolor intenso y éxtasis. Estaba muy húmeda y empezó a masturbarse con su mano derecha mientras, la izquierda se perdía entre sus pechos y la boca. El señor Chamorro terminó en el césped y ella se abalanzó sobre el miembro y empezó a besarlo. Cuando se despidieron con un gélido adiós el pobre incauto tenía un brillo en los ojos que rozaba el patetismo. Posteriormente, el señor Chamorro, se hizo un habitual de la casa de Miranda. Pero, ya no le volvió a hacer caso, pues ella ya había obtenido lo que quería de él. El matrimonio de los Chamorro se fue a pique y, poco a poco, la carrera de Adolfo Chamorro también. Se hizo un asiduo de todos los burdeles y derrochó todo el dinero que tenía ahorrado en casas de citas. Poco a poco su fortuna fue extinguiéndose y se quedó en la más absoluta pobreza. Mientras, Miranda seguía yendo a clase de baile y crecía escultural y preciosa.

Un claxon devolvió a Miranda al taxi donde estaban. Habían estado a punto de sufrir un accidente. Si no se produjo, fue por la pericia del conductor del otro coche, que frenó a tiempo. El taxista había sido poseído por un inmenso placer, se calló y dejó que Luis y Miranda se masturbaran en el asiento trasero de su coche. Mientras se acercaban al destino que le habían dicho. Los cristales se iban empañando. Las ganas de sexo que estaban apoderándose del taxista iban en aumento. Y, ya había decidido, que, a pesar de ser su primera carrera y que acababa de salir de su casa, iría a algún club a sepultar sus deseos sexuales dentro de alguna mujer fácil.

 

Cuando llegaron a la casa de Luis se bajaron del taxi y le dejaron otra suculenta propina, ésta monetaria. Miranda se acercó al taxista, desde el asiento de atrás y le dijo: “Algún día repetiremos lo del parque, infeliz” El taxista, asombrado, se largó de allí para ir a parar al burdel más cercano. Y, es que, Miranda provocaba la lujuria de todos los hombres que la veían. Llegaron al portal de Luis y, ya en el ascensor,  continuaron tocándose. Lentamente y despacio fueron inspeccionando todos los orificios del cuerpo de Miranda. Las manos de los dos entraban y salían de su boca, su vagina y su trasero. Luis, entonces, dijo que él iba a ser policía para ella, y que la iba a cachear cuando entrara a su casa. A lo que ella contestó con una sonrisa y un cálido “sí”. El ascensor se detuvo en la séptima planta. Luis abrió la puerta de su casa y dejó que Miranda se adelantara al entrar. Sin dejar de mirar el escultural cuerpo de la brasileña, cerró la puerta tras de sí.

 

Sin dar tiempo a reaccionar a Miranda, se abalanzó sobre ella y la empujó hasta la pared. Miranda sostuvo las manos en alto, bien abiertas, casi en cruz, de cara a la pared. Luis le abrió las piernas más de lo que la pequeña falda permitía, lo que hizo que ésta se subiera dejando entrever el trasero redondo de ella. Luis comenzó a palpar los brazos de Miranda, comenzó a acariciar suavemente las muñecas de ella y descendía pausadamente. La pausa de los movimientos de Luis la ponía muy nerviosa y la excitaba. Siguió bajando hasta llegar a los hombros, unos hombros redondos y bien torneados, dorados como el resto de la piel de la mulata. Acarició su cuello y hombros dulcemente, y ella únicamente podía gemir, estaba poniéndose ansiosa. Luis eludió los senos ingrávidos de Miranda, y siguió palpando la tersa y dura tripa con ambas manos y con infinita calma. Miranda comenzó a balancear su cuerpo muy despacio, al ritmo que Luis imponía. El, descendiendo, casi arrodillado, pasaba dulcemente las manos por esas piernas largas y duras, tratando con esmero cada milímetro de su piel. No dejaba que ella se desbocara, la sostenía con las suaves caricias. Entonces volvió a levantarse y repitió la operación, pero ahora se ayudaba de su lengua y labios. Besaba el cuello de la diosa del sexo. Mientras sus pacientes manos manoseaban la cara de Miranda, cuya boca buscaba con anhelo los dedos ásperos de él. Dejó que la boca de Miranda se entretuviera con sus manos. Entonces comenzó el masaje en los ardientes y deseosos senos de Miranda. Los pezones de la chica miraban el cielo, al igual que el miembro de Luis. Estaban duros y alegres siendo bendecidos por tan amable mano. El masaje comenzó a ser más rápido y descendía a las calderas de Miranda. Ella se balanceaba con más energía, él, casi, no podía contenerla. Desgajó la camisa de Miranda de un movimiento brusco y tiró de la falda hacia el suelo. El desnudo cuerpo de ella resplandeció, solo mantenía el tanga, que, momentos después, saltó por los aires arrancado por los dientes de Luis. La saliva y el sudor se confundían en el cuerpo de ella, que palpitaba con un inmenso placer. Entonces Miranda se liberó, giró sobre sus talones y arrancó la camisa de Luis. Besó el fornido pecho de él. El cuerpo de Luis se convulsionaba a cada beso de la chica. Le desabrochó los pantalones y vio salir de sus calzoncillos un inmenso pene, lo besó y lo acarició durante un largo rato. Se tomó la revancha de la pausada y meticulosa inspección que le había realizado Luis. Entonces, mientras tarareaba la canción caribeña del carnaval, comenzó a levantarse bailando al son de la música, rozando todo su escultural cuerpo con el salvaje sudor de Luis que se retorcía en una febril pasión. Los gemidos se confundían con la melodía que ella entonaba. La desnudez de ambos se echó en el suelo para proseguir la danza ritual en una espiral de convulso éxtasis. En un interminable abrazo Luis entró en ella y comenzó a cabalgar con desesperación. Salvajemente encima de ella. Mientras Miranda se movía con gran entusiasmo y placer y cantaba cada vez más alto. Luis cambió varias veces la posición de sus cuerpos, que se convirtieron en una amalgama de gritos, humores y sudor. Ella, terriblemente ansiosa de que le entrara por detrás, le tumbó con dulzura y le indicó con gestos que dejara que ella tomara el relevo. Así que Luis se tumbó mirando el techo, con un gesto de incontenible pasión, y dejó que se sentara de espaldas a él introduciendo todo su miembro en sus nalgas. Luis gritó salvajemente y sintió la oscura estrechez mientras Miranda cantaba y bailaba como una posesa. Cuando estaba a punto de terminar, Miranda lo notó por las convulsiones inconfundibles en el pene de Luis, saltó como una gata salvaje y besó la totalidad de Luis. Ambos, jadeantes, se encendieron un cigarro y, mientras Miranda se daba un baño, Luis recogió la casa y encargó, ya a las diez de la mañana, comida china. Enrollada en una toalla, salió del cuarto de baño. Posteriormente entró Luis, que se duchó rápidamente. Al salir de la ducha escuchó cómo se cerraba la puerta y, se entregó al aroma de la comida china que acababan de dejar en su casa. Cenaron juntos y se dispusieron a dormir en la cama de matrimonio que Luis tenía en su apartamento. Se entregaron al sueño con vehemencia y pasión. Ni siquiera pasaron diez minutos desde que se acostaron y, ambos, se durmieron. A las cuatro de la tarde Miranda se disponía a marchar y llamaba suavemente a Luis, que dormía plácidamente. Después de varios golpes suaves en la cara, Luis empezó a abrir los ojos.

 

Al despertar vio el cielo azul, el sol impregnando todo el barrio. Escuchaba nítidamente la canción que le había hecho el amor. Miranda seguía bailando delante suyo. Así que se decidió a acercarse. No podía pensar, perdía el ritmo, contemplaba sus caderas, se excitaba; miraba sus piernas, sus glúteos, estaba cada vez más excitado. Esta sensación le resultaba extrañamente familiar. Movía los labios, como si quisiera decir algo, y le recordaba algo. Estaba manteniendo una lucha interior. Recordaba, cada vez más nítidamente, lo que había pasado. A pesar de ser consciente de que esto lo había vivido, no podía olvidar la terrible discusión que mantuvo, o, quizá mantiene, en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con una terrible tristeza e impotencia-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, pensando: “Esto lo he soñado...”-

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir... –“...coño, cómo me suena esto...”

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –“...entonces ¿nada ha sucedido?-

-         Venga, tío, no seas tonto y acércate. –llorando desconsoladamente, comprendiendo que fue un sueño-

 

Al final decidió acercarse, mientras no podía dejar de mirar el trasero de tan linda señorita. Era un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se movía... ¡Dios, cómo se seguía moviendo! Aunque él ya sabía cómo se movía y cómo era capaz de usarlo. Lo ha probado, ha probado ese cuerpo. Luis está, todavía, con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque ya no lo toca, tiene las manos caídas, derrotado. Sudó, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrochaba, pues se estaba ahogando, la fea camisa de flores. Desnudó su torso brillante y poderoso y unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraían en un llanto de pérdida y confusión. Sentía el más intenso y mudo de los llantos. Unas lágrimas recorren su rostro, está desesperado y triste. No, esto no le puede suceder a él.

 

Ella sigue sin dejar de sonreír, a pesar de que sigue sintiendo miedo al ver acercarse al chico aquél. Viste unos sucios y rotos vaqueros y lleva deportivas. Miranda, le mira estupefacta a los ojos, que son de un azul intenso húmedos y enrojecidos. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, asqueada de ver aquél cerdo acercarse. Estaba tan triste que, aunque ella deseaba romperle el cuello por lo que había hecho, no pudo en un primer momento.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre dolida y doliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un llanto ronco. Mirando al público que le observa extrañado y, entre sollozos, le dice:

 

-         Hola Miranda –temiéndose que ella no lo recuerde-

-         Hola Luis. –con un sensual acento brasileño, mirándole fríamente-

-         ¿Cómo sabes mi nombre?

-         Tú eres Luis ¿no? El chico a quién todos llamaban para que dejara de jadear y masturbarse delante de todo el mundo gritando mi nombre. –totalmente enfadada, con ganas de ver morir al cerdo aquél-

-         ¿He hecho eso?. –casi sin poder hablar, pues el llanto le corta las palabras-

-         Sí. ¡eres un cerdo! Mis hijos estaban ahí mirándote extrañados. Luis, mi marido, me miraba, porque no hacías más que gritar mi nombre como un loco. –apenándose de la triste imagen que tiene delante; es la imagen de la tristeza y la derrota-

-         Tu marido ¿se llama Luis? –con una extraña luz en los ojos y sin dejar de llorar-

-         Sí, le conocí aquí hace siete años. Mientras bailaba se me acercó y, dejando a un lado el tambor que tocaba con sus manos, se puso a hablar conmigo. Después de varias noches de amor y locuras, tuve que volver a Brasil, pues no tenía permiso para quedarme más tiempo. El trabajó de todo, desde albañil a pintor, para traerme de vuelta. A los trece meses, y cuando creía que se había olvidado de mí, me escribió diciendo que tenía suficiente dinero para pagar mi viaje. Así que vine y nos casamos. Ahora tenemos dos hijos y somos muy felices. –observando la cara de estupefacción del chico que, con el torso desnudo, lloraba ante ella-

-         Miranda, me alegro de que seas feliz, de verdad. Espero que tu vida sea una felicidad continua. Que tu amor dure eternamente. Creo que me voy a marchar. He hecho bastante el ridículo por hoy ¿no crees? Así que hazme una promesa, no pienses y dime que me lo prometes. –dejando de llorar, o, al menos, haciendo un titánico esfuerzo para aguantar el llanto-

-         ¿Cuál? –observando con ternura el chico que contenía el llanto en un gesto de terrible pesar-

-         No, tienes que decir que la haces sin saber cuál es. –brillando los ojos y forzando una tenue sonrisa-

-         Pero... no voy a poder... estoy casada. –temiendo que se trata de algún favor sexual-

-         Bueno, ese es el trato. Tan sólo tienes que decir que sí, que me lo prometes. Luego eres libre de hacer lo que quieras. –sonriendo abiertamente, pues, cada vez, se siente mejor-

-         Está bien, sí. –temiéndose lo peor del exhibicionista aquél-

-         Pues no cambies nunca. Prométeme que no cambiarás. –guiñándole un ojo al amor de su vida, antes de dejarla marchar para siempre-

-         De acuerdo. Lo intentaré pero eso no sólo depende de mí. –suspirando con una amplia sonrisa-

 

Luis, cabizbajo y triste se largó. Nunca jamás, nadie le vio por el barrio de nuevo. Pero, tampoco, nunca jamás, nadie le olvidó. Mientras vivieron los asistentes al carnaval del año noventa y nueve recordaron, entre divertidos y asombrados, la estúpida y funesta reacción de Luis. Acabó sus días viviendo sólo en Potes. Allí vivía de lo que recolectaba en un huerto pequeño que tenía. El no era consciente de que la gente no le olvidaría, aunque uno de sus sueños –como lo es de otras muchas personas- era ser recordado. Miranda, fue feliz siempre, nunca cambió. Cumplió la  promesa que hizo a aquél joven tan apuesto que recordaba de los carnavales del barrio, donde se quedó a vivir para siempre. No dejó de estar bella. De hecho, hasta el día de su muerte, la gente admiraba la belleza que poseía. Admiraban la irresistible dulzura del rostro de aquél cadáver. Su marido, Luis, la sobrevivió varios años. Estuvo triste y melancólico. Nunca olvidó el día en que estuvo en los carnavales de Rivas. Primero porque, en ellos, encontró a la mujer de su vida; de todas sus vidas. Y después, porque su mujer le dijo que el tamborilero que ejercía de exhibicionista, le hizo prometer una cosa. Y, para ella, aquélla había sido la prueba de amor más bonita que, nunca, le habían hecho. Ya nadie olvida los carnavales de Rivas. No es que sean grandes ni espectaculares. Es que son, es que existen. Y, nadie los olvidará, cada uno tiene sus razones, pero nunca serán olvidados. Y, como suele suceder, ahora, se han convertido en la mayor atracción del barrio.

Verdesespero

Escrito por laiguana 10-09-2009 en General. Comentarios (2)

Verdesespero

 

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Cuando se despertó vio que estaba tumbado en una habitación verde. Tenía las paredes verdes, el suelo y el techo verde. Hasta la luz era verde. No había ninguna salida. Buscó debajo de la verde cama; nada. Buscó detrás del verde armario; nada. Buscó palpando en las verdes paredes; nada. Cuánto más buscaba, más se desesperaba. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Se preguntaba. No se acordaba de lo que había hecho el día anterior. “Debo haberme pasado con las drogas”, pensó. Pero no, no era eso. Intentó recordar el día anterior. Nada. Fue un día de lo más normal. Se despertó por la mañana, fue al trabajo, se tomó un café con sus compañeros, en fin, lo de siempre. No había nada anormal. O al menos él no lo sabía. Lo único que había en la habitación era una mesa sobre la cual había unos papeles y unos lapiceros. Todo era de color verde, la mesa, los cuadernos, los colores, absolutamente todo. Se sentó a esperar y se fue desesperando por momentos. Se agarraba el cabello con ambas manos y tiraba violentamente, se arrancaba mechones de cabello que caían sobre la verde mesa. Sus lágrimas caían a borbotones por sus mejillas, estaba completamente desesperado. Pero seguía esperando que sucediera algo. Como pasaban las horas y no venía nadie decidió ponerse a dibujar. Dibujó todo lo que pasaba por su cerebro. Hasta dibujó lo que no había sido filtrado por su mente. Puso su cabeza en blanco y se dispuso a dibujar. Dibujó hasta que el sueño le venció. Estuvo las veinticuatro horas de ese extraño día dibujando con colores verdes sobre las verdes hojas. Se quedó dormido sobre la mesa y, cuando tuvo la sensación de que la espalda le dolía, se levantó y fue a su cama.

 

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Se despertó en su casa. En su casa de siempre, en la casa de sus padres. Sobre la cama que siempre había tenido; chirriaba, ésta, anunciándole un nuevo día. El despertador sonó y se arrodilló delante de su vieja mesa de estudio. Tenía la habitación llena de dibujos. Los dibujos verdes, unos bonitos y otros feos, inundaban la habitación. Cuando descendió por las escaleras para desayunar, se detuvo delante del calendario que siempre había adornado la mesa de la cocina. Había pasado un mes. No podía entenderlo, salió corriendo a encender el televisor y de nuevo le anunciaron el mismo día. Unos ruidos de pasos por el pasillo le sacaron de su ensimismamiento, era su madre. Su madre estaba ojerosa. Lo que indicaba que había estado llorando mucho tiempo la pérdida de su hijo. Hablaron durante el almuerzo. Había sido despedido del trabajo. Su novia no le volvería a llamar porque hacía un mes que habían discutido y él no se había dignado a llamar. Su padre había muerto en un accidente de coche el mismo día que desapareció. Acunó su cabeza entre sus manos y, entre fuertes hipidos provocados por el llanto, le contó a su madre lo que había pasado. Para él todo había sucedido en un día, pero en su casa había pasado un mes. Estaba sin trabajo, sin novia, sin padre, era terrible, no sabía cómo pero había pasado un mes, aunque él pensaba que era un día, en aquélla extraña casa verde. Cuando se lo contó a su madre, ésta se extrañaba de la extraña expresión de los ojos de su hijo, el reguero de lágrimas que le caían hasta que goteaban por la barbilla, pero ella estaba demasiado dolida por todo lo acontecido. Y, por supuesto, no le creyó. Él mecía su cabeza con sus candorosas manos mientras lloraba desconsoladamente. En, lo que él pensaba que era un día, lo había perdido todo.

 

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Al llamar a su novia ella no se quiso poner al teléfono. En su trabajo ya le habían sustituido; total, no era indispensable. Administrativos los hay a patadas, le dijeron. Pero con su padre no pudo hablar. Había muerto. Lloró mucho recordando todo lo que habían pasado juntos. No era poco. Su padre le había llevado a cazar con su primo y su tío por primera vez. A él le había querido mucho; no en vano era su único hijo. Lloró mucho por la pérdida irreparable de su padre. Estaba totalmente angustiado. No podía respirar sin que le doliera. Recordó dónde trabajaba su novia y se fue a buscarla al salir. Tenía que recurrir a lo que nunca fallaba y ésa era su novia. Ella era una buena chica; le ayudaría en lo que pudiera, estaba seguro. Cuando la vio salir del trabajo quiso pararla en la calle pero ella le dijo que mejor se fueran juntos a comer. Le contó cuanto había pasado. No le creía, es difícil creer que a alguien le pase eso. “No me pongas excusas tontas para disculparte por lo del mes pasado, no te creo”, dijo, y se detuvo en desmigar una barra de pan con los ojos llorosos. Pero no podía creerle era demasiado. Cuando discutieron, hacía más de un mes, se debió a que él le había dicho que no vería mal que se tomaran un descanso en su relación, estaban yendo demasiado rápido y eran demasiado jóvenes para plantearse comprar un piso. Ella quería casarse y él no sabía lo que quería. Era un chico orgulloso y estaba intentando aguantar su rabia y su indignación en ese restaurante en el que estaba frente a su novia. Para ella él era un chico extraño no demostraba nada de lo que él era. Y, así, tras estar unos tensos minutos en silencio sollozando, él no pudo más. Se derrumbó, quiso no mostrar debilidad porque era un chico orgulloso, pero se derrumbó. Era más de lo que un solo cuerpo podría aguantar. Lloró muchísimo delante de ella. No le dio ningún reparo. Se levantó de la mesa y se fue a su casa corriendo, dónde se encerró en su habitación tras un portazo. Su madre le llamaba a la puerta, que estaba cerrada por dentro con el candado que él mismo había instalado, hacía tiempo. La madre estaba desesperada, no sabía que hacer y se decidió a llamar al trabajo y a la novia de su hijo. Tras una conversación algo tensa, en ambos casos le dijeron que no podía ser, que no podían permitir que estuviese un mes sin dar señales de vida y pretender que no ha pasado nada. La madre estaba triste y no sabía qué podía hacer por su hijo. Estuvo allí encerrado seis días sin comer ni beber nada en absoluto.

 

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Al séptimo día fue cuando salió. Aprovecho el rato en que su madre se iba a comprar al mercado, destruyó todos los objetos decorativos que hubiera en su casa y que tuvieran alguna tonalidad en verde. Al regresar su madre de la compra le dijo que estaba loco, pero él no le hizo caso seguía con los ojos en blanco quemando cada porción, por minúscula que fuese, con su mechero con una media sonrisa en el rostro. La madre, horrorizada llamó a la policía, lo denunció. Le llevaron a comisaría, le tomaron declaración, y, por supuesto, no le creyeron. Le indicaron que debía ir a recibir asistencia psicológica. El psiquiatra que le atendió le dijo que debía ser aislado en algún centro para que no pudiera causar ningún daño, debido a sus arrebatos de cólera. Encerrado, en el cuarto que le asignaron, en el centro psiquiátrico, no hacía más que pedir algo donde dibujar y con lo que dibujar. Le dieron unas pinturas y un bloc de dibujo. Una noche, cuando ya había terminado todas las hojas de los dieciséis cuadernos que le pudieron hacer llegar, decidió clavarse el lapicero verde en el cuello.

 

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Su mano, que, previamente, había pintado un hermoso paisaje y el busto de una mujer, aferró el lapicero verde y se lo clavó en el cuello. Se produjo un agujero en la tráquea, por lo que se ahogó en el espeso color rojo que era su sangre. Y, es que, el color rojo siempre ha sido el enemigo del verde. El  mayor enemigo de todos.

 

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El Rostro

Escrito por laiguana 10-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

El Rostro.-

 

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El joven Lucas salió de su despacho como cada día y, también como cada día, se fue fijando en las piernas de las chicas. Miraba el contoneo de los cuerpos de las mujeres con que se cruzaba con el rostro contraído por el deseo. Detenía su mirada en las caderas y las nalgas de las mujeres, le daba igual su edad; miraba a todas. Era lo mismo que fueran madres, jóvenes, colegialas, señoras bien vestidas... Le gustaba mirarlas a todas. Salió del edificio mirando a las secretarias y continuó mirando sin descanso a cuantas mujeres se cruzasen en su camino. No dejaba de mirar a cuantas mujeres se cruzasen en su camino. Su despacho estaba en la parte empresarial de la ciudad, un lugar céntrico y atestado de coches, el trafico era infernal. Vivía en un piso céntrico de la ciudad por lo que nunca cogía el coche para llegar a su trabajo. Tenía un gran éxito en su trabajo. Era un abogado de prestigio, guapo e interesante para la mayoría de las mujeres que le conocían. Pero no por eso iba a dejar de mirar a las mujeres puesto que no tenía novia. Razón por la que pensaba que sus miradas no podían hacer daño a nadie. A pesar de su juventud, apenas rebasaba la treintena, se había granjeado una gran reputación en su despacho y no pocas envidias. Pues al ser uno de los más apasionados y vehementes abogados de todos los que participaban en los juicios tuvo una extensa racha de victorias en el terreno judicial que hacía que fuera la envidia de muchos otros compañeros puesto que los jefes lo veían como un ejemplo a seguir para cualquiera que quisiera dedicarse a la abogacía. Era un chico joven, de éxito y con gran talento para parecer simpático a cualquiera que cruzase con él unas palabras. Pero ahora se estaba perdiendo, estaba pensando en sus cosas mientras miraba a las chicas pasar. A veces le pasaba que, al ir mirando a las chicas, no sabía donde se encontraba. Ese día fue igual excepto en que se fue alejando de una ruta trazada en su cerebro desde hacía varios años. Pues ya llevaba un tiempo trabajando para el mismo bufete. Sin saber muy bien porqué se alejó más de la cuenta del camino habitual de vuelta a casa. Lo único que recordaba al llegar a aquél lugar oscuro y deshabitado es que se había quedado mirando a una mujer que le sonreía y se contoneaba más de la cuenta al percatarse de las calenturientas miradas del chico. Esa mujer le estaba provocando y sonreía al ver que el chico la seguía hipnotizado por el serpentear de sus curvas. Era una mujer madura, de unos cuarenta años, alta y extremadamente delgada que, tal como vino, desapareció. Dejando a Lucas con sus sueños lujuriosos. Notó el bulto en su bragueta y se ruborizó porque nunca había tenido una erección tan salvaje tras mirar a una mujer que caminaba por la calle. Cuando volvió a la realidad sonrió y, haciendo una extraña mueca de sorpresa –pues no sabía donde se encontraba- , miró a su alrededor y vio que se encontraba en un solar en obras vallado y que se encontraba rodeado por escombros. De hecho, estaba sobre un montículo de escombros y no sabía como había ido a parar allí. Al mirar al frente detuvo su vista en un hombre extraño. Vestía, aquél hombre, todo de negro y con un aspecto algo pasado de moda. Llevaba unos pantalones de pinzas negros de estilo italiano, unos relucientes zapatos de charol negro, una chaqueta oscura, la corbata negra y una levita del mismo color. Iba tocado con un sombrero de ala ancha negro bien calado que mantenía sus ojos alejados de la luz, en una triste penumbra, dándole un cierto aspecto de misterio y tinieblas al extraño caballero del traje oscuro. Era un hombre delgado y bastante alto pues, aunque Lucas no era pequeño, le sacaba unos veinte centímetros de estatura al menos. Pero lo que más le llamó la atención al joven Lucas, cuando lo tuvo lo suficientemente cerca para observarlo detenidamente, fue su rostro.

 

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El rostro del hombre era alargado y ligeramente triangular, haciendo la barbilla las veces de vértice coronado por un gracioso hoyuelo. Estaba perfectamente afeitado, con el cutis brillante y el mentón muy marcado como si estuviera haciendo presión con los dientes. Los músculos de la mandíbula se marcaban fuertemente a intervalos como si estuviese masticando algo. Sus labios, curvados en una sonrisa, estaban aún apretados en un rictus de duda o hambre, eran gruesos y sonrosados perfectamente perfilados a pesar de no llevar ningún tipo de maquillaje. La nariz ancha, de proporciones ligeramente exageradas para la cara alargada del hombre, tenía las ventanas abiertas, dando la impresión de olisquear algo de un modo tal como hiciera un sabueso. Tenía los pómulos marcados y en penumbra por el sombrero que se ajustaba hasta casi las cejas. Unas cejas pobladas aunque escrupulosamente colocadas. Las orejas eran ligeramente puntiagudas y con los lóbulos minúsculos, tan pequeños que parecía carecer de ellos. Las ojeras, hinchadas y amoratadas, parecían más oscuras debido a la sombra que se cernía sobre su mirada proyectada por el ala del negro sombrero. Era una mirada tranquila, apacible, serena y profunda que salía de unos ojos huidizos y pequeños que, más que mirar, escrutaban al que observaba. La frente era ancha y despejada, aunque surcada por alguna que otra arruga que la atravesaba. Debajo del oscuro sombrero se dejaban caer algunos mechones de pelo lacio y grisáceo que no tenían nada que ver con el rostro juvenil que veía Lucas. El extraño tono de esos mechones le daban al hombre un aspecto intemporal. Cualquiera que le viese no sería capaz de discernir cuál era la edad que tenía, por mucha que esta fuese.

 

Lucas se había quedado paralizado sin saber porqué al ver a ese extraño hombre vestido de negro que se acercaba con movimientos lentos, suaves, sinuosos, hipnóticos como si de una serpiente se tratase. Sin darse cuenta ese hombre de movimientos pausados y tranquilos se había acercado hasta él. Estaba muy cerca, peligrosamente cerca. Lucas no fue capaz de contestar al saludo silbante del hombre que, al sonreír, dejó ver unos dientes pequeños, puntiagudos y amarillos, así como la afilada lengua de movimientos rápidos e intermitentes, pues salía y entraba de la boca, que era de un color rojo vivo. La silbante voz del caballero de negro era suave y pausada como si estuviera intentando hipnotizar al, de por sí ya, ensimismado chico. Lucas no se dio cuenta de que se le resbaló de las manos el maletín cayendo a un lado y desparramando su contenido. Estaba repleto de la documentación de los casos que tenía entre manos pero ninguno de los dos se inmutó al escuchar el estruendo del maletín al caer. Lucas se mantenía mirando al vacío, como si no pudiese ver nada más que al oscuro señor, y sus manos se aflojaron dejando caer el maletín. En un movimiento vertiginoso, antes de que el maletín cayese al suelo dejando ver lo que había en su interior, el hombre del traje oscuro, pues Lucas ya no estaba tan seguro de que fuese negro, volteó al chico poniéndose a su espalda y de un salvaje empujón fue a dar con los huesos de Lucas en el suelo, justo sobre el desolado paisaje en obras donde se encontraban. Aún estaba Lucas asimilando los matices del rostro del hombre cuando éste, con una fuerza y velocidad sobrehumanas le arrancó la ropa y le dejó desnudo de espaldas a él. Estaba el joven tirado en el montón de escombros que tenía ante sí, lo que le produjo heridas en el vientre y el pecho de cierta consideración. No le produjeron ningún daño los cristales y cascotes que cortaron su piel y le hicieron sangrar abundantemente, tal era el ensimismamiento de Lucas. No fue consciente de que le violaban hasta que algo extraño y caliente golpeó violenta y repetidamente sus nalgas. A la par de esos empellones salvajes, rítmicos y violentos, notó una respiración entrecortada y jadeante en la nuca que le hizo paralizarse aún más de terror. Encogió las manos aferrándose al suelo ignorando los cortes que le proporcionaban los cascotes en su desnudo torso, cerró los ojos y puso un gesto de asco, angustia y pánico. La saliva le resbalaba por el cuello abrasando la piel de Lucas a su paso. Era una saliva espesa, tibia y con espuma. Los jadeos del hombre se fueron haciendo más roncos y salvajes, más sonoros. Hasta que se convirtieron en unos extraños gritos mezclados con una risa inhumana. Sus ojos se desorbitaron al observar como las manos del extraño hombre que le estaba violando se cubrían de un bello negro y áspero como la hierba de los campos de Escocia. Las uñas de esas manos cubiertas de pelo negro y salvaje se fueron afilando y convirtiendo en unas garras que amarilleaban, o eso le pareció a Lucas. Los gritos y risas salvajes fueron enronqueciéndose más aún y los golpes en su espalda cada vez más violentos le hacían sentirse más y más dolido, indignado y humillado. Un frenético rugido semejante al de algún animal salvaje dio paso a unos golpes más salvajes en la espalda, que se le amorataba por segundos. Sentía esos inmensos golpes en su espalda y seguía ignorando los cortes y las profundas heridas que le hacían los escombros en su torso. Los violentos empellones en sus nalgas se hicieron más y más inhumanos sintiendo como si su cuerpo se estuviera desgajando por completo. Lucas cerró los ojos, pues las lágrimas le escocían y una imagen se introdujo en su cerebro. Sabía que no iba a poder borrar esa imagen de su cabeza. Los matices de ese rostro le vinieron, con cada empellón, una y otra vez a la cabeza. Una imagen que le estaba martilleando el cerebro, como si de una tortura se tratase. Sabía que jamás iba a poder olvidarse de esa oscura cara.

 

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Todo acabó tan rápido como había empezado. Estaba tirado sobre cascotes y un charco de sangre y todavía sentía los empujones frenéticos. Pero ya no sentía el peso del hombre de negro a su espalda, ni escuchaba los gruñidos, ni sentía su aliento en la nuca, así que todo debía haber acabado. Cuando fue consciente de que todo había terminado miró hacía atrás y no vio nada. Sólo una luna redonda y plateada coronando el oscuro cielo. Un llanto profundo y sereno le sobrecogió. Cuando los hipidos y el llanto cesaron, miró el reloj y se dio cuenta que habían pasado más de tres horas. Hacía más de seis que no probaba bocado, pero le dio igual. No tenía hambre en absoluto. No le apetecía ingerir ningún tipo de alimento. El vacío de su estómago le soliviantaba con ardores frenéticos que le encogían el corazón. Sentía náuseas pero no tenía alimento alguno en su cuerpo. Agachó su cabeza y miró hacia donde había estado tumbado unos momentos antes. Estaba totalmente encharcado de sangre. Las lágrimas le volvieron a escocer en el rostro cayendo imperturbables. Abrió la boca y dejó salir un espeso hilo de saliva que sabía terriblemente amarga. Vomitó absolutamente todo lo que tenía en su interior. Llegó a asustarse al ver sangre en su vómito. Pero las lágrimas que habían regresado no le permitieron ver nada más. Se recostó y golpeó con los puños los cascotes de piedra que tenía bajo su cuerpo ensangrentado y dolorido. Un pezón había sido arrancado por un cristal que había en el suelo. Estaba herido con suaves y profundos cortes por todo su torso. Incluso en la cara tenía algún corte y numerosos golpes. La espalda entera era un hematoma. Siguió llorando desesperado e intentó gritar, pero no pudo. La voz no le salía de su cuerpo roto. Así, destruido y acabado, se puso la ropa como pudo. Víctima, como era, de un ataque de pánico y miedo, tardó más de media hora en vestirse. Cuando sintió que sus piernas dejaban de temblar y pudo hacer acopio del valor suficiente para levantarse, decidió salir a alguna calle cercana y así poder saber dónde demonios se encontraba y hacia donde tenía que partir. Sólo quería volver a casa. Las sombras que le acechaban en la noche parecían haberse aliado con los extraños ruidos que le llegaban nítidamente para burlarse de su desgracia. Lucas se tapaba los oídos pero las oscuras risotadas y los temibles gemidos del ser que le había humillado le venían una y otra vez martilleando su razón.

 

Llegó a una gran avenida que sólo estaba iluminada por alguna farola y los semáforos en rojo y miró hacia todos lados. Pero no había nadie. Absolutamente nadie, ni siquiera un coche para hacer auto-stop, un taxi que coger o una persona a quien pedir ayuda. Decidió caminar hacia la izquierda, porque hacia la derecha no le sonaba en absoluto, y en algún cruce podría ver el cartel con el nombre de la calle para saber donde estaba. Estaba totalmente perdido. Las lágrimas volvieron a aflorar en sus ojos enrojecidos y dolidos, al recordar ese rostro maldito. Esa imagen le iba y le venía intermitentemente junto con los terribles sonidos de su desgracia. Nuevas náuseas le sorprendieron aunque nada pudo vomitar. Un bulto extraño en la lejanía salió de una bocacalle y se alejaba tambaleándose. Pensó que si se acercaba a esa persona podría preguntarle cómo ir a su casa desde ese maldito lugar. Debía ser algún borracho así que, al fin y al cabo, no estaba solo en esa maldita calle. Aunque estuviese borracho, por lo menos era otra persona. Fue acercándose desde atrás, lentamente y con miedo, pues no sabía el efecto que podía causar en el borracho al verle con ese aspecto tan patético. La camisa chorreaba sangre, caminaba afectadamente, tenía el rostro golpeado y la mirada perdida y hundida como su moral. Qué pensaría el borracho al encontrarse con alguien así. Le dio igual pues corrió hasta que se dio cuenta de que era un chico joven que no parecía tener nada que ver con el perverso ser que lo había humillado. Se puso a la altura del joven, que se tambaleaba producto de una borrachera considerable y, jadeando, le habló con una voz tan profunda, ronca y sofocada que le dio miedo. ¡Era su propia voz y la temía! Al darse la vuelta el chico borracho puso cara de asco y asombro al ver a Lucas así, y le dijo:

 

-         ¿Qué te ha pasado? ¿te han pegado una paliza, tío? –deslizaba las sílabas, como si estuviera intentando hablar normalmente o intentara disimular su borrachera.

-         ¿Eh? Ah, no... Pe... Perdona, ¿sabrías decirme dónde estoy? –Miraba a todas partes y procuraba no mirar la cara del joven, pues estaba avergonzado y se sentía asqueado y dolido.

-         Joder tío, estás peor que yo. Ja, ja. ¡Uy perdón! No es que me ría de ti... ¿O sí? Ja, ja, ja. –Ya le dio igual parecer o no un borracho y hablaba sin disimulo- Estamos en la calle Granada. ¡Joder, sí que estás mal, tío! Ha, ha, ha.

-         ¿Perdón? –pero al reparar en la cara del chico, se dio cuenta de los ojos huidizos que tenía, de sus pómulos marcados, de sus puntiagudas orejas carentes de lóbulos... Se sobresaltó y su mirada se endureció. Una idea le pasó por el cerebro. La voz del joven también era silbante.

-         ¿No conoces esta calle? Je. Te han pegado ¿Eh, chavalín? ¡Venga, no tengas miedo! Díselo a papá. Ja, ja, ja, ja.

 

No hizo caso de sus burlas, ni de sus gracias. Una idea se había alojado en su cerebro. No contestó nada sólo se quedó mirando con ojos carentes de emoción al aterrado chico que estaba viendo cómo el chico al que habían pegado y que le había preguntado, estaba totalmente fuera de sí. Respiraba pesadamente, le miraba con una extraña expresión y movía los dedos como si llevara un revólver en el bolsillo. El borracho miró detrás suyo y volvió su vista de nuevo hacia Lucas que estaba mirando alrededor como si acabara de caer de algún platillo volante y no pudiera terminar de creérselo. Estaba realmente asustado el joven borracho al ver al perplejo Lucas con una sonrisa extraña que repentinamente asomó a los labios mientras miraba a los ojos del chico que, cada vez más presa del pánico, tiritaba inmóvil.

 

Lucas cogió del brazo al joven y lo llevó arrastras por toda la calle hasta que llegaron a una casa oscura y deshabitada. Al cruzar la siguiente calle se dieron cuenta de que la entrada a la casa estaba allí. Así que Lucas le levanto cogiéndole fuertemente del brazo y, en volandas, sin que el chico pudiera decir una palabra, le arrastró hasta el interior. Los ojos del chico se llenaron de miedo. Un miedo que no le dejó gritar, aunque tenía la boca abierta exageradamente. Allí, en la oscuridad de la casa abandonada, solo brillaban dos ojos. Los ojos de Lucas, que estaba totalmente fuera de sí, con un brillo relampagueante y salvaje. Era como si el hombre de negro hubiera adoptado otra forma distinta, o eso le pareció a Lucas. En este caso había adoptado la de un jovencito borracho para atormentarlo. Aunque ahora no le pillaba desprevenido, no. Quizá se hubiera equivocado... Pero esa sonrisa... Esas orejas... Esa mirada... No, no era posible que se hubiera equivocado. El rostro de ese chico era el mismo del que tenía el hombre de negro que le había violado. Sin darle tiempo a reaccionar, y cuando el joven estaba calmándose, la emprendió a golpes. Al primer puñetazo de Lucas el chico cayó al suelo hecho un ovillo y gimiendo lastimosamente. Lucas no se detuvo a pesar de los apagados gritos del joven pidiendo clemencia. Ni a pesar de que esos gritos, que iban subiendo de volumen, pudieran alertar a algún vecino curioso. Lucas siguió golpeando sin detenerse. Le dio patadas en todo su cuerpo. Una patada le rompió la nariz haciéndole sangrar abundantemente por una herida que dejaba el hueso al descubierto. Los dos ojos estaban morados y con derrames. Los pómulos y las cejas le sangraban. Tenía rotos tres dedos de la mano izquierda y retorcidos en un gesto casi ridículo. El chico estaba magullado, no tenía dos dientes y, probablemente también había sufrido la fractura de alguna costilla, pues un hilillo de sangre manaba de su boca y se convertía en un borbotón a cada sacudida provocada por un nuevo golpe. Tenía el rostro completamente hinchado y magullado. Estaba llorando y con una brecha en la cabeza. A Lucas esto le producía un extraño placer y una gran risa. Una nueva patada le rompió la tráquea, abriendo un agujero en el lugar donde debía estar la nuez que sangraba abundantemente. Una extraña espuma roja se formó en torno a su cuello, producto del aire que salía de sus pulmones al intentar infructuosamente respirar. El joven estiró los brazos como intentando agarrarse a algo mientras iba cayéndose hacia atrás y dejó de respirar entre las extrañas y enajenadas risotadas de su asesino que no le quitaba la vista de encima. No contento con eso, Lucas siguió golpeándolo hasta que con una piedra, tras arrodillarse sobre el joven, le golpeó repetidas veces en la cabeza. Aplastándosela literalmente contra el suelo. La habitación de la casa abandonada estaba totalmente salpicada de la sangre del chico. El cadáver destrozado se quedó en la habitación de esa casa abandonada, abrazando el suelo de terrazo solo surcado, de vez en cuando por alguna que otra asustada rata. Las ratas, cuando Lucas se marchó, aparecieron lentamente para alimentarse ávidamente del  cadáver que yacía en el centro de la habitación. Hubo un momento en que era imposible ver el cuerpo del joven muerto por la ingente cantidad de ratas que se agolpaban sobre su cadáver para alimentarse. Cuando, unos días después encontraron sus restos, sólo pudieron encontrar unos cuantos huesos, no muy grandes, raídos por las ratas. Ni siquiera dejaron su ropa. Lo devoraron absolutamente todo.

 

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Lucas estaba pletórico, alegre y bañado de pies a cabeza por la sangre del chico. Caminaba con el herido pecho hinchado por la emoción de la venganza consumada. Pero ese rostro, perteneciente al hombre vestido de oscuro, lo seguía asaltando en cada esquina. Las sombras y los ruidos de la noche seguían acechándole provocando que tiritase del miedo que le provocaban esos ruidos y la sensación de la inminente cercanía de su violador. Comenzó a esconderse del rostro tapándose la cara con las manos. Huyendo de las sombras. Pero la imagen del rostro le seguía martilleando la cabeza. La extraña sonrisa del hombre de negro le recordaba algo, una hiena quizás, pero no podía borrársela fácilmente de la cabeza. Así fue, poco a poco, entrando de nuevo en una extraña tristeza que se iba apoderando de él. A medida que el miedo se iba abriendo un hueco en su corazón. Una punzada de angustia le corrió por el pecho ¡Había matado a una persona! Pero lo peor de todo es que se había sentido muy feliz al pensar en el cadáver del pobre chico. Su pragmatismo judicial le asaltaba una y otra vez dañando su conciencia, mientras que su instinto enajenado le decía que había hecho bien. Pero era feliz por una venganza consumada. ¿Qué venganza? El que le violó era un hombre mayor, o eso parecía, y éste era un pobre chico borracho que había tenido la mala fortuna de parecerse al violador. ¿Se parecía realmente al violador? ¿Estaría volviéndose loco? No debía haberlo matado, le decía una voz interna. Pero, poco después, otra le felicitaba por lo que había hecho. Reía y lloraba, lloraba y reía. Todo dependía de si le hablaba su conciencia o su instinto. Recordó un juicio que tuvo lugar hacía algún tiempo. Una joven había sido violada por un hombre y pedía una y otra vez que lo mataran. En aquél entonces no lo entendió, pero ahora estaba seguro que él quería que le pasara lo mismo al extraño ser de negro que le había violado a él. No, no podía ser, tenía que ser juzgado y condenado justamente. Su conciencia y su instinto le estaban volviendo loco. Lloraba y reía. No sabía porqué pero la chica aquella a la que había defendido hacía ya tres años le dijo algo que se le quedó grabado cuando él le recomendó que se tranquilizara porque había ganado el juicio. “Ya está, hemos ganado” Le dijo Lucas con una sonrisa de satisfacción. Ella, sin cambiar su gesto serio y mirando con cara de odio al hombre que la había violado, le replicó: “Sólo estaré contenta cuando sepa que ese cerdo está muerto y enterrado” Antes no podía entenderlo, pero ahora era totalmente consciente de los sentimientos que abordaban a la chica. ¿También ella sentía lo que él? ¿Una parte le pedía su muerte y otra estaba contenta? Ese recuerdo le atormentó aún más. Pues le hizo crecer las dudas. Era un hombre de leyes y no concebía la muerte de un ser humano y tampoco la venganza. Había que confiar en la justicia, a pesar de lo que dictara el instinto. Debía ser juzgado y sentenciado, pero él era consciente de los entresijos y trampas legales existentes para evitar una sentencia de más de treinta años por violación. De hecho, si hubiera tenido que defender al violador, los habría utilizado. Al pensar en ello, le dio aún más asco. Sentía mil dudas que le bombardeaban la cabeza. Una tormenta de dudas, pero de todos modos, cada vez que le entraban ganas de reír se repetía: “¡por Dios, he matado a un chico!” Reía y lloraba.

 

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Su camino ya le era totalmente conocido porque se encontraba en la calle donde vivía. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Se encaminó hacia su casa y se detuvo en su portal. Intentó calmarse antes de meter la llave en la puerta del portal pues su pulso no le dejaba introducirla en la cerradura. Tras varios intentos abrió la puerta con una tremenda dificultad. Cuando entró en el ascensor no quiso mirarse al espejo, debía tener un aspecto horrible. Luchó con un extraño impulso que le llamaba para que se mirase en el espejo, luchó y venció porque hasta que el ascensor no se detuvo en la séptima planta mantuvo sus manos pegadas a sus ojos de los que, de nuevo, brotaban las lágrimas. Seguía teniendo la sensación de que esa sonrisa le estaba acechando. Los chirridos del ascensor y los ruidos de la puerta del portal le recordaban los gritos y gemidos de su violador. Las lágrimas le volvían a abrasar el rostro. Sus hombros subían y bajaban y lloraba pesadamente. Unas lágrimas gruesas y espesas de abatimiento y angustia le surcaron el rostro, limpiando en regueros de su cara la sangre seca del muchacho al que había asesinado y que le había salpicado el rostro hacía escasamente una media hora. Abrió la puerta de su casa y, sin encender la luz, se quitó el traje y lo tiró a la basura sin contemplaciones y con un gesto de rabia en la cara. Se quedó completamente desnudo. No reparó en nada, lo tiró absolutamente todo, no dejó en su cuerpo ningún recuerdo de lo que había pasado esa noche. Estaba asqueado por la violación y por el asesinato. Se sentía abatido y no tenía fuerzas para nada. La cadena que le regaló su madre el año pasado por su cumpleaños acabó en la basura, igual que el reloj del que estaba tan orgulloso, pues lo compró con su primer sueldo. Al mirar el reloj de la cocina se dio cuenta de que eran las tres y cuarto de la madrugada. No estaba cansado, sólo se sentía sucio. Abatido, angustiado y sucio. Así que se fue directamente al cuarto de baño y se metió en la bañera. La llenó hasta arriba de un agua caliente y humeante y se sumergió una y otra vez. El agua se tiñó de rojo. Frotó su cuerpo con tanta fuerza que la esponja le hizo heridas a lo largo de todo el cuerpo. Las heridas que le había producido el violador se volvieron a abrir, provocando una gran hemorragia. Cuando creyó estar lo suficientemente limpio salió de la bañera y se enrolló en una toalla. Poco a poco la toalla se empapó de la sangre que manaba de las heridas. El impulso que lo abordó en el ascensor para que mirase al espejo volvió con más fuerza y esta vez no pudo hacer nada por detenerlo. Esta vez le venció. Miró al espejo... Ahí estaba la maldita cara de nuevo. Era un rostro que conocía muy bien. ¡Era su cara! El terror y el odio le transfiguraron el semblante y, sin pensarlo dos veces, le dio un puñetazo al espejo que, riéndose de él le devolvía la cara del hombre que lo había violado. Su propio rostro. Estaba huyendo de su propio rostro. El hombre que le había violado era el poseedor de su cara. Le estaba acechando su propia imagen.

 

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Al golpear el espejo con su puño se cortó en la muñeca y el antebrazo. El espejo saltó haciéndose añicos y, al mirar los trozos esparcidos en el suelo vio que la cara se había multiplicado, repitiéndose en cada uno de los pequeños trozos rotos esparcidos por el suelo devolviéndole una sonrisa. Una cara, la suya, que le sonreía hirientemente. No reparó en el profundo corte que se había hecho en la mano al asestar el golpe al espejo. La sangre cayó sobre el espejo tiñendo la cara de rojo. Cogió con su temblorosa mano un trozo triangular del cristal que se había quedado sobre el lavabo y, sonriendo, se hizo un profundo corte en el rostro. Parte de la mejilla le colgaba mientras un gran chorro de sangre le caía por el torso desnudo. La imagen sangraba y Lucas se reía. El rostro del hombre que le había violado estaba herido. Siguió asestando golpes a su rostro, el rostro de quien le había violado. Se produjo cortes en los labios, se cortó una oreja y la contempló caer divertido sobre un charco de sangre espesa. Se reía de las heridas que se producía en la cara. Trozos de carne de su cara cayeron al suelo y por las heridas que se producía podía verse el hueso del pómulo. Un ojo le explotó al ser atravesado por el espejo que le devolvía aquel maldito rostro. Dejándole un reguero de sangre por toda la cara que chorreaba por la barbilla abundantemente. Lucas se reía y cuánto más se reía más se moría. Se estaba matando. Las risas eran escandalosas y salvajes, una risa sobrehumana que le invadió de repente. Los jirones de carne caían esparciéndose sangrantes sobre el suelo del cuarto de baño que estaba moteado por la sangre que había saltado por las paredes y el techo del cuarto de baño. Se atacó con tanta violencia que se arrancó varios dientes de raíz. Por la pérdida de sangre y por los profundos cortes en el cuello que se produjo, empezó a sentirse cansado y soñoliento. Cuando miró el espejo por última vez, Lucas se reía, hasta que el rostro del hombre vestido de negro se le presentó tal y como lo recordaba, con esa sonrisa extraña y macabra e intacto. Lucas borró su sonrisa y murió sobre un charco de sangre con un rictus de angustia y terror en su cara. Mientras el hombre de negro se reía en el espejo. La risa era cada vez más a un volumen mayor hasta que el cuarto de baño de Lucas se sumergió en un concierto de escandalosas risotadas mientras la sangre de Lucas recorría todo el cuarto de baño. Las risas se detuvieron de improviso y en la ventana se podía ver una luna plateada y redonda que lo dominaba todo.

 

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No muy lejos de allí un hombre vestido de negro se acercaba con movimientos pausados y tranquilos, parecidos a la danza macabra de una serpiente al divisar una presa, a un mendigo borracho que lo miraba estupefacto mientras intentaba infructuosamente levantarse de los cartones que él denominaba su hogar. El mendigo se caía una y otra vez al intentar incorporarse producto de la borrachera que tenía. Este no podía apartar la vista del extraño caballero vestido de negro que se estaba acercando a él pausada y serenamente. El anciano borracho estaba absorto mirando al ser que había aparecido no sabía muy bien de donde. Estaba bailando o algo parecido. Se quedó impresionado del impecable traje negro que llevaba y del brillo de los zapatos. Los movimientos eran raros e hipnóticos, y no podía apartar la vista de ese hombre, pero lo que más le llamó la atención fue el rostro.

Bienvenida

Escrito por laiguana 10-09-2009 en General. Comentarios (2)

Empieza una nueva temporada de "mecagoenlalechemerche" o, como la llaman los fans Cuéntame. Argentina está a punto de no clasificarse para el mundial de Sudáfrica. Acabo de leerme una novela de Heidi James llamada "Carbono" y mi hijo se acaba de dormir...

 

¿Qué más se puede pedir?

 

Teniendo en cuenta que me la pela lo que le pase a la selección de fútbol de Argentina, que no me gusta Cuéntame y que lo único satisfactorio de esta jornada ha sido ver a mi retoño y leer el libro, podría pedir muchas más cosas, ciertamente. Aunque, siendo optimistas, he de decir que las cosas que están bien suponen el cincuenta por ciento de las realizadas así que no está tan mal...

 

¿Entonces?

 

Entonces, como no sabemos lo que nos deparará la crisis, la SGAE, la gripe A, el partido de la oposición ni el del gobierno; tendremos que agarrarnos al clavo ardiendo del arte y de la literatura para salir de este estúpido mundo y adentrarnos en otros paisajes más llamativos y más edificantes. Tendremos que ponernos la música que nos guste, a pesar de la SGAE, y leámonos un buen libro...

 

Mañana comienzo a leer "Colgados en Murder Mile" de Tony O`Neill. Y este fin de semana o el que viene iré a ver la exposición de Matisse.

 

Os contaré.