Laiguana

relato

Isabel

Escrito por laiguana 18-05-2011 en General. Comentarios (1)

Isabel

Relato basado en la canción "Todo el mundo ama a Isabel" de Loquillo y los Trogloditas. Para escucharla, haz click aquí

 

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Todos querían besarla y ella lo sabía. Caminaba cadenciosa y calmada por la calle sobre unos tacones de aguja que hacían que sus piernas se parecieran más largas de lo que ya eran y que resaltaban un trasero redondo y respingón que estaba embutido en una corta falda que, como los zapatos, era negra. Caminaba como una diosa de la urbe. Las medias oscuras también ayudaban a fabricar una imagen de sí misma más estilizada si cabe. Una blusa blanca, estratégicamente desabrochada, dejaba entrever un sujetador negro que sostenía un seno voluptuoso y sensual. La melena rubia al viento y unos labios rojos que invitaban a quien la miraba a besarlos Y unos ojos verdes de gata callejera que, más que mirar, te escrutaban. Era una bellísima mujer. Que, además, sabía sacar partido a sus armas de mujer.

 

Todos querían besarla. Todos los chicos, fuesen acompañados o no, la miraban y la deseaban por igual. Los codazos de los chicos con los que se cruzaba, usados para avisar al más despistado del grupo del paso de semejante beldad por delante de sus miradas, estaban a la orden del día. Del mismo modo que los enfados de las novias despechadas que veían a sus novios mirar con deseo a la chica con la que se cruzaban. Ellos la veneraban; ellas la insultaban. Ella lo sabía y sonreía para sí. Era feliz siendo deseada. Muchas veces había escuchado promesas de amor eterno de abandono de la pareja estable para irse con ella, pero ella no quería amor. En más de una ocasión, los hombres se acercaban y le decían de carrerilla sus posesiones, aunque estas no fueran más que unos cuantos billetes. Ella les miraba y, tras observarles un rato, les despachaba con un: “No, gracias” o accedía, según fuese el tipo en cuestión.

 

Los rechazados, que eran muchos, se sentían morir, pues habrían dado por ella la totalidad de cuánto poseían. Por tener un rato de sexo con semejante belleza hubieran llegado a matar o morir; llegar a abandonar a sus familias o ser abandonados por ellas; o llegar perder el trabajo o no, nada tenía importancia al lado de una noche de sexo con esa chica. No tenían ningún reparo en qué sucedería después, sólo querían conseguir sus cálidas caricias. Tal era el estado de fascinación en que sumía a sus enamorados. Por su parte, los seleccionados por ella para recibir sexo, se desesperaban por ser los dueños de su corazón. Hubieran llegado a morir o matar por haber sido los primeros que la enamorasen. Pero ninguno lo conseguiría. Ella tenía claro qué quería de cada uno de ellos y el amor no estaba entre sus pretensiones, precisamente.

 

Todo el mundo la tenía por frívola. Las mujeres con las que se cruzaba la envidiaban, odiaban, deseaban y temían por igual. Los hombres, en cambio, la deseaban con todas sus fuerzas. Pero ella no se sentía plena. Algo le faltaba. No sabía muy bien qué. ¿Estaba buscando algo? Probablemente nada. Quizás amor. Tal vez quisiera ser una persona normal y corriente. Cuando veía a las novias de los chicos con los que se cruzaba, enfadarse, le hacía sentirse deseada. No había nada en el mundo que le gustara más. Poder tener el chico que quisiera y humillarle por una noche de sexo. Desde luego, la gente estaba dispuesta a hacer unas estupideces  descomunales, pero no era su problema. Cuando algún desdichado le venía con la foto de sus hijos, a los que su engañada mujer se había llevado lejos y no le permitía volver a ver; ella no mostraba ninguna conmiseración. En cambio, por dentro, la iba minando. Aunque después se decía: “no es mi problema, él quiso, que lo hubiera pensado mejor”

 

Hubo unas cuantas ocasiones en que encerrada en el baño, desnuda, dejó correr el agua caliente de la bañera y sumergió su voluptuoso cuerpo para acercarse, llorando, una cuchilla de afeitar a la muñeca. Nunca se decidía. Le gustaba sentirse admirada, odiada y deseada. Le encantaba provocar esa sensación de impotencia en algunas mujeres y todos los hombres. Por lo que tiraba la cuchilla y se disponía a arreglarse para salir a causar . Tenía materia prima de sobra para ser deseada, amada y venerada en cantidades industriales. Porque Dios le regaló su cuerpo, un cuerpo de auténtica locura, y los hombres le dieron muchas grandes dosis de vanidad. Una vanidad que le hacía sentir bien. Se sentía viva mientras su vanidad se viese colmada. Pues esa era su mayor aspiración: sentirse deseada por cuántos la rodearan. Y a fe que lo conseguía. Eso sí, si alguna vez tenías la indecencia de intentar consolarla o, peor aún, compadecerla, te mirará con su altivez acostumbrada, te anulará y se reirá en tu cara. Y te sentirás la peor sabandija del mundo. Pues su triste risa ataca lo más hondo de tu orgullo, te hunde, te mutila, te desgaja el alma y te hace sentir un cabrón.

 

Un buen día me crucé con ella y tuve que dejarlo todo. Abandoné mi chica a su suerte. Jamás la volví a ver. Mis ojos estaban ocupados en ese cuerpo escultural. Pues sólo un deseo se apoderó de mi corazón: poseer esa mujer. Poseerla como jamás la hubiera poseído nadie. Hacerle el amor despacio, sin prisa, durante toda la noche. Saboreando cada poro de su piel. De modo que, como si la vida dependiese de ello, salí corriendo tras ella. Al llegar a su altura, me miró, sonrió y ¡Dios qué sonrisa más bella! Me dijo que la llevara a mi apartamento sin dejar de sonreír. Tomamos un taxi y llegamos a mi casa. Abrí la puerta y la dejé subir las escaleras delante mío. Me sentí transportado a otro universo. A otro mundo. Contorneaba su cuerpo mientras subía las escaleras y no pude, ni quise, apartar los ojos de sus piernas. Cuando entramos en casa hablamos un poco, si bien no recuerdo la conversación, tomamos unas copas y se desnudó tranquilamente. Hicimos el amor despacio, a mi ritmo, dejé que cada sentido se hiciese eco de lo que estaba sucediendo. Aspiré su aroma, saboreé su saliva, acaricié su cuerpo y me dejé mecer por su cálido abrazo. Estuvimos toda la noche haciendo el amor. Y me quedé dormido.

 

Al despertarme, me puse los pantalones y fui a la cocina. Allí me tomé un café y miré por la ventana la gente, quise gritarle al mundo que me había acostado con ella. Que había sido una noche maravillosa. Entonces lo vi. Mi cartera estaba abierta sobre la encimera  de la cocina. Había vaciado mi cartera, se lo había llevado todo. Mi papelina de medio gramo, mi costo, mi dinero... Todo. Me sentí como un imbécil. Me habían enamorado, engañado, estafado y robado. Así que me empecé a reír de mí, del mundo, de mi chica abandonada. Me surgió una gran risa. Al acabar el café, me puse una copa y luego otra y la risa no desaparecía, en cambio se hacía más y más persistente. ¡Qué sonrisa tiene! Aún así, engañado y estafado, quise gritarle a la gente que había ahí abajo: ¡Todo el mundo ama a Isabel!

School days

Escrito por laiguana 07-04-2011 en General. Comentarios (0)

SCHOOL DAYS (Chuck Berry)

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Yo iba a uno de esos colegios que está plagado de niños bien. Los que tanto asco siempre me han dado. Esos que, cuando hablan, empiezan cada frase con la palabra “o sea”. Esos que van impecablemente vestidos con ropa de la marca de moda. Chicos que van con sus papás al fútbol o a comer al campo todos los domingos. Los que agachan la cabeza cada vez que les regañan. Niños de papá odiosos es lo que eran mis compañeros de escuela. Como ya habrán averiguado yo iba a un colegio privado. Normalmente en los colegios privados es donde más abunda ese tipo de gente, digo gente no compañeros. No les tenía por compañeros míos. La verdad es que nunca, ni siquiera al principio cuando éramos realmente pequeños, les he considerado amigos míos y, lógicamente, poco a poco nos fuimos distanciando. Primero fue por mi culpa, ya que entendía que no tenía nada en común con ellos; después ellos me miraban con caras raras, porque se dieron cuenta de que, efectivamente, no teníamos nada que ver.

 

Siempre he sido completamente distinto a ellos. Verdaderamente siempre he sido distinto a casi todos los que se han cruzado en mi camino, sobretodo en aquellos tiempos. Y, normalmente, lo distinto nos repugna o nos da pánico. A veces, las menos, nos atrae. Yo he sido de ésos tipos que buscan en la rareza algo que disfrutar. Pues en lo por venir, en lo distinto, en la antípoda de nuestra conciencia y de nuestra existencia estará el morbo y la intriga por saber qué hay detrás. Me ha parecido que siempre me podrá enriquecer más alguien que tenga una visión de la vida distinta a la mía que alguien que es exactamente como yo. Sin embargo hay otra gente que no están dispuestos a que les saquen de su placentera monotonía. Aún hay gente demasiado acomodada en sus sillones como para intentar averiguar si les gustaría o no saber qué esconden tipos distintos a ellos. Esta diferencia, cuando éramos pequeños, era motivo de distanciamiento; luego cuando crecemos, este distanciamiento se suele acrecentar para llegar a no ver jamás a los estúpidos que fueron tus compañeros de clase. Con un poco de suerte no vuelves a saber nada de ellos en toda tu vida. Los ridículos niños de mi clase habían bebido la comodidad en sus casas y lo distinto les aterraba porque era malo, grosero o perverso. Lo distinto en el colegio era yo y no querían tener nada que ver conmigo. Así que, como entenderán, yo iba a lo mío. No me integraba con gente que me daba asco, nunca lo he hecho. Otro motivo de nuestro distanciamiento era la conducta de uno y los otros. Pues bien, tampoco en eso tenía nada que ver con mis compañeros de clase. Mientras se comportaban sumisamente y acataban todas las normas, yo las discutía, las esquivaba y me las saltaba. Mientras ponían a prueba su conciencia ante cada decisión que tenían que tomar y perdían el tiempo pensando en si estaría bien o mal, yo ya había acabado de hacer lo que fuera y me había formado una idea bastante clara de si me apetecía o no seguir haciéndolo. Mientras se quedaban quietos, sin discutir, cuando les prohibía algo algún profesor ocioso, yo había ido y vuelto dos veces a probar qué era aquello que no debía hacer. Mientras hacían los deberes en el patio del colegio, me marchaba a fumar algún cigarro a escondidas, nunca han ido conmigo las imposiciones. En fin, que me consideraban un bicho raro por mi forma de pensar y de ver las cosas. Por mi modo de comportarme tan alejado de su pacífica existencia. De hecho, cada vez que le decía a algún profesor que algo me parecía mal se asustaban porque no era lo que les habían enseñado que debían hacer ni decir. Replicar no era lo correcto. Si no que tenían que acatar sumisa y silenciosamente las imposiciones, obligaciones, deberes y prohibiciones de los profesores. Les estaban preparando para convertirse en tiernos corderitos. Es una educación que nunca tampoco ha sido acorde con mi naturaleza. Nunca he sido un cordero, sino más bien un gato. Un gato anárquico, rebelde y salvaje. Nunca fueron capaces de entenderlo.

 

Al principio, en el colegio, solo hablaba con dos chicos mellizos: Pablo y José María. Éramos los más grandes de nuestro curso porque, aunque Pablo era más bajo de estatura que nosotros, estaba más gordo y tenía mucha fuerza; sin embargo José María y yo éramos los más altos de nuestro curso y de los más altos de todo el colegio incluidos los alumnos de algunos cursos superiores al nuestro. Ellos dos tampoco les tenían demasiado cariño a los chicos de nuestro colegio. Quizá por nuestra mutua aversión al resto de compañeros del colegio fue por lo que nos unimos. O puede ser que la gente alta y grande busca gente de su mismo tamaño para relacionarse. De todos modos, los tres teníamos bastante manía al resto de compañeros del colegio, así que empezamos a divertirnos a su costa. Nuestra diversión consistía en ir pegando y martirizando a los demás chicos de la clase que marchaban llorando a decirle a algún profesor lo malvados que éramos con ellos. Por supuesto nos castigaban por golpear indiscriminadamente a todos los compañeros de nuestro curso y de algún curso más avanzado. Los chicos de clase nos miraban divertidos mientras estábamos castigados. Pero el castigo solía merecer la pena. A veces, cuando el delito es divertido, el castigo es más llevadero. Aquél era nuestro caso: nos divertía martirizar a aquellos idiotas y el castigo lo asumíamos con total deportividad. Nuestra actitud para con los demás niños hizo que los profesores nos vigilaran a todas horas para, después acabar marchándose con el chivatazo al padre del imbécil que lloraba más que el resto. Normalmente el padre del llorón ése siempre era un profesor del colegio que después llegaría a ser el director del centro. El llorón cumplía con su obligación y lloraba aunque no le pegásemos. Su hijo nos tenía auténtico terror, en cuanto nos acercábamos a dos metros de distancia ya se ponía a llorar desconsoladamente hipando, tapándose la cara con las manos y agachado en un rincón. Era el clásico llorón de los de toda la vida. Desde entonces detesto a los llorones. A todos los llorones.

 

Así que los profesores nos miraban con lupa desde muy pequeños por nuestros castigos físicos al resto de compañeros. Nos sentíamos observados y vigilados por todos los profesores del colegio. Lo que, lejos de evitar nuestra salvaje conducta o hacernos pensar que aquello no estaba bien, nos producía más placer a la hora de pegarles a escondidas. Cuando detestas algo la conciencia no entra en juego, además, la clandestinidad habitualmente siempre ha sido placentera. Casi todo lo que se hace fuera de las normas establecidas y lejos de la mirada inquisitiva de tus perros guardianes suele tener mejor sabor. Sembrábamos el terror entre los niños de nuestra clase y nos reíamos de ellos. Pero, como todo lo bueno acaba, los días felices se fueron de un plumazo: Pablo y José María se marcharon del colegio al año siguiente. Sus padres se mudaron a otra ciudad a vivir y se largaron, así de sencillo. Después, aunque aún pegaba a algún que otro chico por mi cuenta, ya no era lo mismo. Me quedé solo contra todos.

 

Estaba solo frente a ellos. No estaba acostumbrado a estar solo. Al principio la soledad asusta y te hace pensar si lo que piensas está bien o mal. Pero cuando recuerdas el éxtasis de la felicidad que te producía ser distinto al resto, la conciencia no te agobia. Esa diferencia te hace fuerte y te sientes orgulloso de mostrar tu rareza al resto de la gente. Aunque eso cuesta descubrirlo, como casi todo. Antes de descubrir lo divertido que es ir contra corriente te sientes mal, te preguntas todo lo que haces, te paras a pensar si es cierta esa diferencia o una invención tuya. Aquellos años de colegio los recuerdo básicamente así: nadando a contracorriente. Era como el salmón que surca los ríos al revés y remonta todo tipo de obstáculos, pues yo me sentía un poco salmón. Pero la soledad puede llegar a convertirse en un oso agazapado intentando pescarte. Es dura la soledad. Más cuando te dices: “Bueno, vamos a intentarlo. Seamos como ellos” Pero hay cosas que no pueden suceder nunca. Remonté el río y esquivé el oso para seguir a mis anchas el camino hacia el mar, que era mi libertad. Pero en aquélla época aprendí a base de cabezazos contra los bordillos que no estaba en un río sino en una piscifactoría. Y los chichones dolían mucho estando solo. Era considerado por el resto del colegio algo así como un delincuente y me rechazaron. Cuando se marcharon mis amigos intenté integrarme en clase, pero la gente normal y acomodada no acepta las disculpas de alguien distinto a ellos y me dieron la espalda. Hicieron que me reafirmara en mi aversión a todo lo que ellos significaban. Al principio me sentía angustiado y terriblemente discriminado puesto que los compañeros de clase se asustaban de mí y no se acercaban. Así que, poco a poco, mientras ellos me detestaban y no conseguían perdonarme, yo por mi parte, no me acercaba a ellos porque me empezaban a dar verdadero asco. Solamente hablaba con los dos hermanos que se habían marchado y la única relación que tenía con el resto de compañeros de clase eran las bofetadas que les había propinado proporcionándome un inmenso placer. Así que tragué saliva, apreté los puños, respiré hondo y seguí adelante bien erguido y orgulloso de mostrarles mi diferencia. Además ellos tenían la protección de los profesores que parecían estar guiados por la mano maestra de un tipo siniestro y malvado: el padre del llorón, el profesor que posteriormente sería director del colegio.

 

Era un hombrecillo calvo y estúpido que, antes de ser nombrado director se portaba estupendamente con todo el mundo, o con casi todo el mundo. Era profesor de química y quería mostrarse como un alumno más. Intentaba aparentar estar en la honda de los jóvenes alumnos o que se sentía identificado con nosotros. Con algunos quizá, conmigo nunca intentó portarse bien. Además hablaba mal a espaldas del anterior director criticando todo cuánto decía o hacía. Intentaba crearse una complicidad amistosa con los alumnos del colegio. E intentaba embaucar al resto de profesores para que le votasen como director. Inventaba rumores acerca de la incapacidad de su predecesor y el resto de profesores le creyeron. Pensaba ser como un reducto hippie de los años sesenta. Iba de coleguita de los niños y de consejero espiritual de los profesores. Iba de informal para que le creyesen un rebelde y un tipo encantador que sería capaz de sacar al colegio de la crisis en que estaba inmerso. En tiempos fue un colegio estupendo, con alumnos estupendos y profesores sabios. Después se convirtió en la basura que yo conocí. Decía que iba de inconformista. De hecho vestía con unos jerseys realmente feos y grandes. De no ser por su calvicie, parecería uno de ésos melenudos que salen en los documentales de los años sesenta. Pero pronto se descubriría su engaño. Porque después, cuando con sus malas artes le usurpó el puesto al director anterior que tanto criticaba para colocarse en su posición, vestía con trajes de saldo creyéndose el personaje más importante del mundo y el más elegante de los que había pisado la faz de la tierra. Era tan tonto que, seguro, creía pertenecer a una de ésas familias tan estiradas de la aristocracia. Tanto se subió a la nube de sus nuevos poderes que no te llamaba por tu nombre sino que te chistaba por los pasillos. No estábamos a la altura de su calidad humana como para poder tutearle y menos aún yo que había estado martirizando a su hijo y era un delincuente. Era realmente estúpido porque se creía una mezcla de Ángel Vengador y Quevedo. Era muy desagradable. Nunca me cayó bien. Al principio por ser un cotilla que se metía con todo el mundo a sus espaldas. Jamás aguanté a los cobardes. Siempre he preferido al tipo que te insulta a la cara antes que al pipiolo que te pone verde por detrás. Tampoco aguanto a los patosos que van de simpáticos y el director me asqueaba porque también iba de gracioso. Se creía muy ingenioso, pero era un auténtico imbécil. Es asombroso ver en qué llegan a convertirse las personas cuando les dan algún poder sobre otros, por mínimo que este sea. Cuando era un profesor normal y corriente de Química, era el típico que se ponía a hablar con todo el mundo muy amistosamente, dejaba que le tutease todo el mundo y quería que todos sintiesen afinidad hacia su persona. Todo era una artimaña para conseguir el puesto de director. Hacía ver que se preocupaba por los problemas de los alumnos, pero todo era falso, pues le estaba haciendo la zancadilla al antiguo director. El típico lobo con piel de cordero. Era un imbécil que se creía uno de esos humoristas de medio pelo que abundan en clubes tan selectos como Cleofás. Era realmente un auténtico mamarracho detestable. Todo un personaje maquiavélico, el tiparraco aquél.

 

Cuando se marcharon mis amigos me fui convirtiendo en un tipo solitario. Consiguieron que me fuese encerrando más y más en mi caparazón. Es sencillo entender que empecé a aislarme del mundo del colegio. Les tomé manía a todos ellos viéndoles como el enemigo, dejé de lado a todos los que me rodeaban, replicando constantemente a los profesores que sabía conjurados contra mí. El Ángel Vengador en que se había convertido el director orquestaba una Cruzada contra los delincuentes que había en el colegio. Uno de esos delincuentes a exterminar era yo. Estaban intentando cazar a un gato salvaje. Se estaban equivocando. Yo seguía igual que siempre; golpeando, saltándome las absurdas y abusivas reglas impuestas por el director y enfrentándome a los profesores cuando decían o hacían algo con lo que no estaba de acuerdo. Mientras, como siempre, el resto de compañeros me miraban con disgusto cuando les replicaba. No solo me miraban mal, si no que empezaron a cuchichear y a chivarse ellos mismos a los profesores de todo lo que hacía. A veces también de todo lo que nunca he llegado a hacer. Son gajes del oficio de rebelde. Les ignoraba con total devoción. Tampoco es que me disgustase que mis compañeros me mirasen mal, pero yo no era un cordero como ellos. Quisieron domesticar un alma salvaje y eso no es tan fácil. Desde muy pequeño me di cuenta que no había nacido para obedecer. Odiaba que me dijeran lo que tenía que hacer, y más aún si no daban una razón a las tareas que nos encomendaban o a la prohibición que nos imponían. Eso de tener que hacer las cosas porque al vago de turno le apetece, nunca ha ido conmigo. Si me hubieran hecho cómplice suyo de alguna manera, hubiera sido el mejor estudiante del colegio. Pero simplemente me negaba a hacer los deberes ni nada que me impusieran por lo que mis compañeros de clase, que se conducían como unos auténticos borregos aunque muy educados ellos, no me entendían. Cuando había que hacer un trabajo en grupo, yo lo hacía solo y nunca de los temas que proponía el profesor sino de lo que me apeteciera. Hubo un trabajo que había que hacer sobre la revolución francesa y yo lo hice sobre Elvis, me interesaba y me apetecía mucho más. Por supuesto fui castigado. Cuando me castigaban por hacer mi santa voluntad, yo les replicaba diciendo que porqué tenía que hacer lo que a ellos les apeteciese. Mis compañeros de clase miraban extrañados a quien pedía explicaciones por cada cosa que se empeñaban los profesores que hiciéramos, o que dejásemos de hacer. Además se ponían muy nerviosos ante mis enfados y réplicas. De hecho más de una y de dos veces he salido airado y enfadado de clase dando un portazo para largarme a fumar a las gradas del campo de fútbol completamente solo. Era por lo que me empezaron a llevar al despacho del director y del jefe de estudios más a menudo de lo recomendado. Cuando tienes a todo el mundo en contra no puedes mostrar debilidad si no te hunden y te hacen uno de ellos. Los profesores me enviaban raudos al psicólogo, que también era el jefe de estudios, cuando me quedaba callado ante ellos o les rebatía todo lo que proponían con mis argumentos. Hiciera lo que hiciese iba al despacho del psicólogo. Otras veces, por mi afición a la lectura de algún cómic para adultos también iba a su despacho. Allí, el psicólogo del colegio me hacía tests constantemente y yo los pasaba con suma facilidad, por lo que llegaron a la conclusión que no era un problema de falta de inteligencia, quizá fuese lo contrario. No supieron encauzar todo mi odio y toda mi rabia hacia el mundo que ellos querían hacer. Lo único que sucedía es que yo siempre rebatía las órdenes impuestas por nuestros profesores porque quería saber cuál era la misión de los ejercicios y tareas que nos imponían. Eso les decía a ellos aunque, para ser sincero, les preguntaba que por qué razón nos imponían las tareas. El hacer las cosas porque sí no era algo que me gustase. Intentaba razonar con ellos pero era imposible. Cuando hablas con gente que carece del menor estímulo por la enseñanza y la educación pasan esas cosas. Las luces de los profesores debían estar totalmente apagadas. Mi pregunta preferida era “¿Por qué?” Pero nunca sabían qué contestarme. El profesor de turno decía: “hay que hacer estos ejercicios de sociales para mañana por la mañana”. Le replicaba: “Por qué”. Y hubo algún profesor que decía: “porque lo digo yo y punto” Evidentemente esos deberes no iban a estar hechos al día siguiente, ni al mes siguiente, ni al año siguiente, ni, probablemente nunca. Al menos por mí.

 

No me comportaba demasiado correctamente con ellos pero tampoco se merecían mi buena conducta. No concibo el hecho de imponer las cosas, ni que tengan que quedar por encima de ti tipejos a los que, sin saber muy bien por qué razón ni su capacidad, les han dado cierto poder sobre ti. Algunos había que además de intentar imponer sus deberes y prohibiciones, las intentaban reafirmar con golpes. En mi caso la letra con sangre jamás entró. Además siempre he considerado que los golpes son el recurso de los que no tienen argumentos para defender sus ideas. De hecho sus únicos argumentos eran los golpes y los gritos. Había un profesor en concreto que se divertía mucho golpeando en la cabeza de los alumnos con una pluma que llevaba. Ni que decir tiene que el que más golpes se llevó en la cabeza con la pluma esa fui yo. Ya me tenía harto. Un día que le pude arrebatar la pluma, ésta salió volando por la ventana que daba al patio. Con el consiguiente enfado del profesor y mi malévola sonrisa ante su cara desencajada y roja de ira mientras me gritaba. Me levanté de mi asiento lentamente y me encaminé hacia la puerta, luego eché un vistazo sonriente aún al resto de la clase y di un portazo terrible. Los demás chicos de clase se asustaron mucho de mi comportamiento, lógicamente. Visité de nuevo al psicólogo. Tuve que hacer no sé cuántos tests.

 

Se preguntarán que qué pasaba en mi familia. Qué pensaban mis padres, que me decían. Normalmente no me decían nada, porque nada sabían de mi comportamiento. Nunca les contaba mis problemas del colegio. De siempre he aprendido, o he intentado aprender, a sacarme yo solo las castañas del fuego. A veces les llamaban a ellos y pasaban un tiempo en el despacho del director. Luego en casa me preguntaban por lo que había sucedido y nunca se lo contaba. Quizá fuese un error porque la única versión que sabían era la que les había querido explicar el director del colegio. Me quedaba callado delante de ellos y no les decía nada en absoluto. Miraba absorto las baldosas del suelo, sentado en la banqueta de la cocina, mientras mis padres me regañaban yo estaba de visita en otros mundos alejados de aquella cocina. Los niños de mi clase, sin embargo, cuando tenían un problema corrían a hablar con sus padres para que se lo solucionara. Mi afán por ser distinto de ellos me hizo querer ser diferente también en eso. Eso era de gente que no tiene iniciativa y no se sabe solucionar sus problemas; y de gente cobarde que no sabe imponerse a sus dificultades. Así que, como yo había visto que a ellos les sacaban las castañas del fuego siempre, les consideraba débiles y cobardes. Nunca quise que nadie me ayudase. Me bastaba para defenderme de todos ellos yo solito. Además sentía que me sobraban fuerzas para aguantar todos los castigos que quisieran imponerme y fueron muchos. Hubo una vez que me castigaron sin razón por haber robado algo que yo no me había llevado. Como me consideraban el delincuente del colegio, me lo tenía que haber llevado yo. Ni siquiera le di la menor importancia. Me quedé castigado el sábado por la mañana y ya está. No lloraba ni pataleaba y, pienso, que eso les sacaba más aún de sus casillas. Había algunos profesores que me miraban con cara de auténtico asco y alguno hay que se habrá quedado con ganas de darme una buena paliza. Tampoco hubiera rechistado. Cuando el verdugo no ve el miedo ni que los nervios se apoderan del castigado, normalmente se debilita y el apresado pasa a ser el poderoso.

 

Pasados un par de años ya me sentía un completo incomprendido ¡y estamos hablando de la época escolar! Mi repulsa hacia mis compañeros y profesores fue aumentando más y más a medida que pasaban los años. Me asqueaba ver que unos gritaban y golpeaban y los otros se comportaban del modo más triste y patético que existía para mí: como corderos sumisos y obedientes incapaces de rebatir nada. No entendían que hay otra forma de educar a las personas que no son castigos, ni golpes o gritos. Jamás supieron el significado del verbo “motivar”. A veces basta una palabra de aliento para hacer que alguien ceda, sin embargo, los golpes hacen que ya nunca ceda el agredido. Este, al menos, era mi caso. Cuanto más quisieran conducirme menos me iba a dejar conducir. Necesitaba otro tipo de estímulos y eso nunca lo consiguieron entender. Algo iba mal porque ya no solo era el típico borde y, para ellos, un “delincuente” que luego aprobaba fácilmente todos los exámenes. En mis notas no había únicamente observaciones de los profesores, tutores, el director o el jefe de estudios referentes a mi comportamiento: empecé a obtener malas calificaciones. No es que fuera muy mal estudiante la verdad. Con el asco que les tenía no podía ni ver los libros. No estudiaba en todo el año y en los tres meses de verano, sin castigos ni profesores que me acosaran, estudiaba todas las asignaturas que me habían quedado para septiembre –normalmente casi todas- y las aprobaba con soltura. Como no tenía amigos con los que salir en verano porque normalmente en edades tan tempranas los amigos son los del colegio. Tenía bastante facilidad a la hora de estudiarme las lecciones. Con un par de veces que me las leyese me bastaba para aprenderlas. Con lo que las calificaciones eran malas por mi inapetencia a la hora de hacer los deberes y estudiar. En verano, sin embargo, cuando estaba con mis padres, que no me golpeaban sino que me alentaban a hacerlo bien, sacaba las asignaturas con suma facilidad. Al ir cogiendo ese asco por quienes impartían las clases, por mis compañeros y por las clases en general, empecé a perder el interés por ir al colegio. Sus golpes y sus gritos me quitaron cualquier anhelo por aprender sus asignaturas.

 

Empecé a conversar con chicos de cursos más adelantados, pues les gustaban las mismas cosas que a mí, aunque después me daría cuenta que eran tan estúpidos como los chicos con quienes compartía el aula. Más grandes o más pequeños pero todos eran de la misma calaña. Era más grande que la mayoría de los chicos mayores y no se atrevían a decirme a la cara las cosas que decían a mis espaldas, ni a decirme que no volviese a ir con ellos. Les asustaba la idea de que me enfadase. Ya, algún tiempo atrás, algunos de esos chicos mayores habían aprendido cómo me las gastaba cuando me enfadaba. Como no quería tener nada que ver con los chicos de mi clase, éstos me fueron dando de lado. Además como me veían con los chicos mayores, tenían más excusas a la hora de esconderse de mi. Ni siquiera me miraban. Pensaban que si era capaz de enfadarme de ése modo con los profesores con ellos sería extremadamente malvado. Razón no les faltaba. La cuestión es que me ignoraban y yo a ellos. Les agradecía de todo corazón ese gesto tan amable de no hablarme ni mirarme, y, en más de un caso, de huir de mi. Les detestaba y me odiaban por lo que, cuando iba a clase, me comportaba como un autista. Me sentaba en la última fila de clase y no les hacía ningún caso. Ni les reía las gracias, ni ellos las mías, tampoco nos dirigíamos la palabra y pasábamos absolutamente los unos del otro. Yo, además pasaba de los profesores que daban clase, pero debía seguir yendo al colegio. Era mi deber y se estaba convirtiendo en mi castigo. Cuando hablaba con alguien era, cada vez más a menudo, con los chicos más mayores. Pero no había química entre ellos y yo. Ellos eran corderos. Más mayores, pero corderos. Nada cambiaba sino la edad. No les gustaba mi música, no entendían mi comportamiento, a su lado también era un bicho raro. A veces venía más gente de su clase para ver cómo hablaba y las cosas que les decía. Se creían que no me daba cuenta, pero el caso es que a mí me daba igual lo que pensaran. Era una especie de monstruo de feria al que todos querían mirar para correr a inventarse historias sobre mi persona. Nunca fue conmigo eso del qué dirán. El recreo era el momento en que me marchaba a fumar a escondidas con esos chicos mayores. Al principio suponía algo así como una especie de oasis entre tanto niño pijo que había en mi clase. Pero poco después me di cuenta que todo era igual. Eran más mayores pero pijos al fin y al cabo. La verdad es que los chicos mayores no eran mejores; de hecho, si les hubiera visto uno de esos fines de semana que me relataban entre las caladas de algún cigarro, no les hubiese hecho el menor caso. Tampoco es que yo saliera mucho los fines de semana, me quedaba en casa escuchando música tranquilamente. Leía algún libro y miraba los tebeos que tanto me gustaban. Seguía sin tener amigos con los que marcharme por ahí. Porque el resto de mi barrio estaba plagado de niños pijos como los de mi colegio. Si hablaba con algún vecino de algo no pasaba de “hola” y “adiós”. Si alguna vez fue más amplia la conversación no encontraba gente que le gustara la música que me gustaba a mi, ni gente que entendiera mi modo de divertirme. Ellos escuchaban la música que ponían en las radio fórmulas y compraban discos de grupos que me eran totalmente detestables. Aún así, y siendo consciente de nuestra diferencia, hablaba con los chicos mayores. Además como me tenían miedo podía fumar de gorra más de una mañana. Iba con ellos porque me tenían miedo, fumaban y hablaban de la cantidad de cerveza que habían bebido o de la música que escuchaban. Aunque no conocían a los grupos que yo escuchaba, que solían ser cintas de música de grupos de los años cincuenta que tenía mi padre por casa. Mientras mis compañeros de clase jugaban al fútbol, yo fumaba hablando de música o de lo que había sucedido el fin de semana en nuestras tempranas vidas. A mí nunca me han interesado las cosas que hacían los chavales de mi clase. Eran unos corderitos, como los mayores, pero éstos al menos entendían de lo que les estaba hablando, mientras aquellos no hubieran sabido de qué demonios se trataba. Hablábamos de tiendas de discos donde comprar música y de la belleza de las chicas que había en mi cómic. Los chicos de mi clase gritaban: “Gol” y nosotros nos reíamos a carcajadas de los pechos de la rubia de la portada. Está claro que, yendo a un colegio privado, estar rodeado de pijos tontos es lo menos que te puede pasar. Les fui detestando pues, aunque hablaran de música –que no era la mía- y fumaran cigarros a escondidas, no eran de los míos. No me sentía para nada entre iguales. Fui aborreciendo poco a poco su compañía.

 

Estaba sintiendo realmente asco por todos los que me rodeaban y eso no es nada bueno para un chico de unos doce años. Simplemente no quería ser como ellos, ni mezclarme con ellos en absoluto, los detestaba con total odio. Mi error fue no decirles a mis padres que me cambiasen de colegio. Aunque no vale compadecerse ni pensar en qué hubiese sido mejor. Todo se ve mejor cuando ya ha pasado, lo difícil, normalmente, es tomar la decisión oportuna en el momento adecuado. No lo hice, pero no quería estar con esa gente. Como detestaba cada vez con más rabia estar entre ellos, los novillos fueron la ocupación fundamental en mis horas lectivas. La verdad es que iba poco a clase, aunque había clases que no me perdía a pesar de todo. Cuando faltaba los profesores no pasaban el mal rato de mis réplicas; mis compañeros no tenían que temer cruzarse conmigo por el patio; los mayores no tenían que venir en procesión a ver al bicho raro; y yo no me asqueaba con sus “enseñanzas”, sus miradas y su triste compañía. En las horas de las clases que detestaba me marchaba solo con mi radio a escuchar buena música y buscaba cualquier ocupación que distrajera el aburrimiento de no saber qué hacer cuando ante ti tienes tres o cuatro horas sin nada que hacer. Esas ocupaciones eran tales como trepar muros, leer algún libro a solas o mirar algún cómic para adultos, como “El Papus”, “El Jueves” o “El Makoki” mientras en el estanco compraba tabaco “Tres Carabelas” sin filtro y me lo fumaba tranquilamente.

 

La desidia me llevó a pasear por las calles de mi barrio esquivando la zona del mercado donde estaría haciendo la compra mi madre. Vi un grupo de chicos a la puerta de lo que yo creí que sería un bar. Como estaba acostumbrado a que no me aceptasen yo no quería acercarme a ellos. Así que me escondía y les espiaba. Tanto iba por allí que decidí entrar. Resultó que eran unos billares y descubrí el alborozo de jugar a las maquinas de marcianitos. Poco a poco fui frecuentando los billares del barrio y convirtiéndome en un asiduo de las maquinitas. No hablaba con nadie y me dedicaba a jugar yo solo tranquilamente. Con la práctica fui siendo bastante bueno a las maquinitas. Se formaba un corro de gente a mi alrededor para ver en cuanto dejaba el récord de la máquina. Entre exclamaciones de sorpresa ante mi excelente dominio del juego fui intercambiando algunas palabras con los chicos que pasaban su tiempo en los billares. Así fue como empecé a hablar con otros chicos que eran bastante parecidos a mi. Sabían de la existencia de las revistas que siempre llevaba encima. Conocían la música que a mí me gustaba y me prestaban discos y cintas para que empezase a escuchar otros grupos que tocaban el mismo estilo de música que me encantaba. Cada vez fui queriendo estar con ellos más y más. Era distinto a ellos porque solían vestirse y peinarse al estilo de los chicos que aparecían en las portadas de los discos que me dejaban. En cambio yo iba vestido con el uniforme del colegio y me peinaba con la raya a un lado, como un auténtico idiota. Poco a poco mi forma de vestir, de peinarme y de hablar fue cambiando. Estábamos formando nuestra pandilla. Porque esos tres chicos son la pandilla junto a la que pasé el resto de mi vida como si de una familia se tratase.

 

Cuando salía de casa me marchaba con esos chicos que, al igual que yo, eran considerados por todo el mundo como bichos raros. Cuando la gente de nuestra edad nos veía por la calle a los cuatro juntos intentaban disimular su descontento y, algunos su miedo. Incluso había veces que cruzaban de acera antes que tener que pasar cerca. Pero no hacíamos daño a nadie, simplemente queríamos estar juntos porque no teníamos nada que ver con el resto de la gente del barrio. La gente nos aborrecía y nosotros aborrecíamos a la gente. Nos denegaban su compañía y les denegábamos la nuestra. Nos pasábamos las horas muertas jugando al billar y al futbolín mientras hablábamos de la música que nos gustaba comentando el último disco que nos habíamos dejado, leíamos juntos el último número del tebeo que llevábamos y, a veces, comprábamos alguna revista de música porque salía en portada la fotografía de algún grupo que nos gustaba. También solíamos ir a una vía muerta de tren y, tras comprar unas cervezas, nos las bebíamos escuchando música y fumando cigarros sin filtro. El sabor de aquellas cervezas y el humo de aquel tabaco se quedaron grabados a fuego en mi alma. Fueron tiempos felices.

 

Cuando los estúpidos chicos de mi edad estaban jugando al fútbol, al escondite o las chapas, yo me marchaba a beber las primeras cervezas y fumar cigarrillos a escondidas. A veces íbamos a la salida del colegio y nos apoyábamos en la tapia, para ver a los chicos de mi clase que tanto miedo nos tenían. Nunca les hicimos nada pero nos divertía mucho ver el miedo en sus ojos cuando pasaban a nuestro lado. Nosotros nos apoyábamos en la tapia del colegio con una cerveza de litro en el suelo, un cigarro en la boca y una maléfica sonrisa en el rostro. Ellos abrazaban fuertemente sus carpetas forradas con fotografías de los cantantes de moda o de los futbolistas de la época y miraban al suelo mientras aceleraban el paso para dejarnos atrás cuanto antes. Nos reíamos del miedo que les provocábamos. Alguna vez alguno de esos chicos  ha tropezado delante nuestro y nos hemos reído a mandíbula batiente a costa de su ridícula torpeza. Normalmente teníamos un brillo alcohólico en los ojos y la sempiterna sonrisa. Algunos de los chicos que me acompañaban les decía alguna guarrería a las chicas que se ruborizaban y se largaban mirando al suelo. Era nuestra forma de decirles que estábamos ahí, que éramos distintos y que eso nos hacía sentir muy bien. Sabíamos que estábamos fuera de su sociedad y de su vida, pero no por ello íbamos a escondernos. Cuando no se quiere ser como alguien no hay que demostrar temor ante la diferencia sino sentir orgullo de la distinción. Aunque el distinto sea uno solo.

 

No sé cuál es la razón pero cuanto más te intentan obligar a hacer algo, o dejar de hacerlo, más tentado te sientes a intentar no hacer lo que quieren que hagas. No se daban cuenta que prohibir no es un modo de educar. Es mejor informar que reprimir. Aunque claro, yo era un bicho raro. Por lo menos para su modo de ver éramos chicos muy malos y auténticos bichos raros. Todos criticaban en el colegio mi modo de actuar a mis espaldas. Para ellos era un “macarra” mientras que ellos eran auténticos modelos de conducta. Me daba igual, siempre tuvieron bastante facilidad a la hora de poner etiquetas a todo lo que no les gustaba. Evidentemente yo no les gustaba. Eso era algo que me hacía sentir muy bien. Ellos se debían creer que me molestaba que me llamaran esas cosas, pero no. Les detestaba y yo no les gustaba en absoluto así que todos tan contentos. Mientras no me molestaran, yo no iba a molestarles a ellos. Que me dejaran vivir mi vida en paz era mi deseo. Que me olvidara de ellos, era el suyo. Por supuesto yo estaba abierto a concedérselo con todo mi cariño.

A mis cuarenta.

Escrito por laiguana 30-03-2011 en General. Comentarios (0)

A mis cuarenta

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Ha llegado la hora de hacer balance de mi vida. A saber, voy a cumplir cuarenta años el próximo día ocho de Abril por lo que me siento ante la subida de un nuevo escalón vital. No sé si me explico. A ver, mis sensaciones son como de estar cumpliendo etapas y a la vez estar retrotrayéndome una y otra vez. Se cumplen etapas a medida que se van consiguiendo metas o se van alcanzando estados vitales que no sabías que ibas a ser capaz de alcanzar. Ejemplo: me he casado y tengo un hijo. Dos etapas superadas. Y la nostalgia. Porque algunas veces pienso que mirar atrás no es más que un ejercicio de nostalgia y, ahora, con toda esta cultura retro y “revivalista” de los ochenta, te lo ponen más fácil a la hora de hacer balance.

 

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Lo peor del revival que estamos viviendo es tener que volver a escuchar a Mecano y otras infumables hierbas. Lo mejor es volver a tu juventud o, en algunos casos, infancia. En mi caso, sin ir más lejos, es una mezcla de primera juventud e infancia. Los ochenta, la década prodigiosa, la década del todo vale, la década de Eva Nasarre y sus calentadores fucsias, de pelos cardados y siete hombreras en cada hombro... No sé qué narices se echa de menos de los ochenta. Las chicas ibais horribles y nosotros teníamos acné. Bueno sí que lo sé, antes se permitía crear con absoluta libertad. Lo que llevó a que, además de mucha basura (de la que nadie se acuerda) se hayan obtenido auténticas obras de arte; o hayan emergido artistas mediocres y otra gente que lo de artista le viene muy grande pero se subió en la cresta de la ola y ha vivido (o viven) del cuento de lo que fueron, sin tener la menor opción de volver a ser ni la sombra del cuento que contaron ser.

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Lo de cumplir años sirve para ir, cada vez, echando más cosas de menos, gente o situaciones que dejaste en el camino. Lo normal es que se echen de menos personas. Bueno, hay quienes dicen que la vida es un puente que hay que cruzar deprisa, lo que no dicen es que en ese trayecto, te encuentras personas maravillosas que estarán a tu lado toda la vida; gente formidable que no volverás a ver; gente que creías fantástica y es una basura como persona y como gente del montón; y payasos que te alegran el rato pero no sirven ni para traerte el pan los domingos por la mañana. También, una amiga argentina me dijo una vez que la vida es pérdida. Y no, no lo dijo tras la eliminación de Argentina en el pasado mundial, lo dijo porque su hijo vino llorando y diciendo: “Mamita, perdí el auto rojo” A lo que ella le contestó: “Ay, hijito ¿viste? La vida es pérdida” Y no le falta razón. Desde que llegamos a este mundo vamos perdiendo cosas, desde el cordón umbilical, la virginidad, la sensatez o la inocencia hasta la vida; todo se va perdiendo. Sin prisa pero sin pausa. Como un buen tango. Besos, Adriana.

 

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También conozco gente que te dice que la vida hay que ir saboreándola segundo a segundo y no dar un paso hasta que en el anterior hayas observado hasta la menor brizna de polvo con la que te encuentres. Pienso que la vida es un poco una mezcla de las tres, pero es mi opinión y este post no es de auto ayuda, creo. Va tan aprisa que no te permite más que ir a la carrera, por lo que te vas preparando para saber qué cosa tiene que hacerte detener y tienes que observar y qué cosa desechar y, cuando sabes qué es lo que te merece la pena y te enriquece, es cuando estás más cerca de irte al otro barrio.

 

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A propósito de otro barrio. He tenido un par de años en los que he estado bastante hundido, porque me detectaron una enfermedad precancerígena de esófago y estoy en tratamiento, así que me veía cerca de irme, luego te vas animando y, cuando te dicen que solo revisiones anuales, te apetece una fiestecita. Pero bueno, a lo que iba, he estado hundido por eso y, cuando estás hundido, empiezas a pensar en gente que ya no ves. A muchos te apetecería volver a ver. Pues bien, tuve la suerte de que un amigo mío del grupo de amigos que frecuentaba hace más de diez años, se casaba por segunda vez. Así que iba a tener la oportunidad de volver a ver a muchos de mis amigos de entonces. Una alegría enorme me produjo ver a la mayoría de ellos. Pero, en el fondo, las aguas vuelven a su cauce y comprendes, tras estar apartado, por qué razón los caminos suyos  y el mío se han separado. Somos absolutamente distintos. Y, mientras nos divertimos, fue estupendo. Hay algunas anécdotas grandiosas. Hay momentos lamentables pero graciosos y hay momentos de auténtico cabreo, que intento olvidar. El caso es que volvía ver la razón por la que nos separamos y, esa especie de mala conciencia que, mientras estaba en tratamiento, me acechaba, se esfumó de un plumazo. Sí que hay gente que merece que la sigamos viendo y, prometo que intentaré hacerlo. Además, para eso también están las redes sociales, vamos digo yo ¿no, Sesil?

 

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Ahora me veo en una situación un poco delicada, porque tras cumplir las etapas de la boda y de ser padre, que jamás llegué a imaginar cumplir, me veo de nuevo en paro. Esta maldita crisis nos está matando a todos. Estoy buscando trabajo y tengo un problema enorme, porque, por un lado, debo ser funcional y buscar un sueldo que me dé para vivir y para que mi mujer y mi hijo vivan lo mejor posible, que es la tarea fundamental. Aunque ahora mismo lo que me ofrecen es menos de lo que gano en el paro. Y, por otro lado, mi sueño siempre ha sido escribir y “vivir” de la literatura. Vivir de escribir. ¿Qué bien suena, no? Eso lo quieren hasta los grandes literatos, pero cada uno tenemos un sueño y ése es el mío. Es muy difícil porque, cuando más intento entrar en ese mundo, peor me siento y más me alejo. No me siento identificado con nadie. Pero bueno, soy muy mío. Aunque lo llevo intentando desde hace tiempo, no os vayáis a creer. De hecho, escribí para una productora unos guiones de un par de largos y de tres series de animación; estoy colaborando, por amor al arte, con una revista de tendencias y he regalado a un colega unas letras de canciones que se me ocurrieron, pero este no me ha contestado, ni me ha enseñado cómo quedaron, así que las retomaré yo y las voy a cantar junto con un amigo mío y, también, he regalado a loquillo unos relatos basados en sendas canciones suyas. Si alguno, lee algo de lo que he escrito y le gusta y me quiere pagar por ello, podemos llegar a un acuerdo rápidamente, je.

 

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He perdonado varios desmanes que han tenido conmigo en varias ocasiones y de personajes variopintos. A saber, desde Sabina, que negó una entrevista a la radio de Rivas, Radio Cigüeña, hace muchos años y al que, desde entonces, no le volví a escuchar, ahora me he regalado su disco “Vinagre y Rosas” y me encanta. Así que, Joaquín, perdonado. De hecho, estoy recomponiendo toda tu discografía. Por otro lado, los desmanes van pasando por el de unos amigos que se olvidaron de llamar a mi mujer cuando su madre, la que ahora es mi suegra, fue operada de un cáncer de mama y a los que, no es que haya perdonado o no, es que se me ha olvidado. Hay cosas de las que mejor pasar. Hasta un colega, al que no veía desde nuestros tiempos de calimocho y Bernabéu y que dejó de venir con nosotros al fútbol no sé muy bien por qué. Pues bien, un amigo común me dijo que el padre de Jorge había muerto de un infarto y fui junto con mi mujer a su funeral, cosa que nos agradeció de corazón. Un abrazo, Jorge.

 

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Bueno, pues el próximo día ocho son cuarenta tacos. Aquí me veo, en paro, queriendo escribir pero teniendo que ganar dinero; perdonando a cuántos me han tocado las pelotas; superando dramas, avanzando, cumpliendo etapas y me siento joven. Es curioso, me ha salido un post en plan: Yo, en plenas facultades físicas y mentales... Pero estoy bien, me siento bien. Estoy mejor que nunca. Tengo la mujer más maravillosa del mundo y un hijo que es una auténtica bendición. La vida, una vez alguien me dijo, que es nada más que ir sabiéndose conformar con lo que tienes. Puede ser. Lo que está claro es que la vida es para vivirla y lo que a mí me gusta no tiene por qué gustarte a ti, pero juntos si nos esforzamos, podemos encajar como dos piezas de tetris, y entre todos formar algo grande, importante y poderoso. Lo que pasa es que hay veces que las piezas no encajan, ni encajarán. Lo que debe asumirse y se tiene que tirar para adelante. No queda otra.

 

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El dirigible rojo

Escrito por laiguana 24-03-2011 en General. Comentarios (0)

El dirigible rojo.

Relato basado en la canción SUPERSONICA de Loquillo, para escucharla

haz click aquí

 

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Como cada noche, aquí estoy, mirando por la ventana la noche estrellada. Me siento, enciendo un cigarrillo y dejo volar mi imaginación. Algunas veces, logro escaparme a la azotea del edificio donde vivo, lo suelo hacer cuando las noches son realmente claras y cálidas, y contemplo el paisaje de antenas y estrellas. Aunque con la luz de la ciudad las estrellas estén más bien tapadas. De vez en cuando veo alguna estrella fugaz y pido con todas mis fuerzas dos cosas, a saber: poder ir a un concierto de Buddy Holly y volver a ver a Mónica. Dios, qué bella es.

 

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A veces me tumbo en la azotea, dejo volar mi imaginación y, mirando al cielo, imagino fantásticas carreras de Harleys y Cadillacs interestelares. De hecho, me veo embutido en un traje de cuero negro y una camiseta blanca, con el negro pelo engominado formando un enorme tupé en forma de quilla de barco y, junto a mis colegas, me imagino tomando copas en bares estelares que hay en la cara oculta de la luna. Ah, si pudieseis ir allí lo que os encontraríais sería fascinante. Grupos de chicos y chicas de mi edad tomando copas, escuchando música, hablando de sus problemas y de sus novias y sus cacharros. A veces, me despierta el frío de la madrugada. Otras veces me despierta tu recuerdo, Mónica.

 

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Otras veces acompaño a mis amigos a las carreras de los anillos de Saturno. Son unas carreras algo complejas y muy peligrosas, ya que si te sales de la trazada, te vas al limbo. Ponen sus máquinas a punto y, tras las carreras, solemos ir a tomar algo de planeta en planeta. Mientras volvemos. Les gustan las azuladas venusinas que tienen algo de irreal pero un carácter muy difícil, porque son muy suyas. A otros les gustan las tostadas marcianas que son más cálidas y muy melosas. Pero yo no dejo de pensar en Mónica. Ella es mi chica. Aunque haga mucho tiempo que lo dejamos, siempre serás mi chica.

 

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Tan es así que el otro día un amigo me dijo que si quería, una noche clara que no hiciera mucho viento, podíamos intentar acercar un convertible a la casa de Mónica. La idea me sedujo, la verdad, aunque, entre cervezas, las ideas suelen parecernos más memorables de lo que son en realidad. Así que, dejo que se aleje con su venusina cogida a la cintura y les veo alejarse con una mezcla de ternura, incredulidad y esperanza. Miro dentro de mi cerveza, la espuma se va deshaciendo y me bebo de un trago la jarra, pensando: “Qué demonios” Porque ¿por qué razón uno no puede perseguir su sueño?

 

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Así que, desde ese mismo momento me puse a investigar dónde vivía Mónica. No dejaba que las mañanas en el instituto me abstrajeran de mi deseo, que no era otro que ver a mi chica. Así que, en cuanto pasaban las ocho horas de rigor en el instituto, me cogía una manta y me subía a la azotea a esperar a Toni, a Ovy, a Javi, a Tante y a Cris, a ver si podíamos hacer algo. A Cris siempre se le ocurren las ideas más descabelladas y fue el que me dijo lo de ir en convertible. Creo que Toni se ha agenciado uno rojo enorme, en él cabemos todos. Hemos quedado el próximo viernes para ir a buscarla. Tengo unas ganas indescriptibles. El estómago me hace unas cosas rarísimas, no me entra la comida, no dejo de pensar en ello.

 

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Y ahí estaba yo. Con mi cigarro, escuchando una canción de Buddy Holly en mis auriculares y esperando que llegase el momento de ir en busca de Mónica. De modo que esperé a que llegaran con su dirigible rojo que, pensándolo bien, nadie sabía de dónde lo había sacado Toni. No hacíamos preguntas, no fuese que nos las contestara. Lo único que sé es que, cada vez que venía a mi casa, si el coche de mi padre tenía algún problema, lo arreglaba. De hecho, la primera vez que vino a casa mi padre se sorprendió muchísimo, porque le habían cambiado todos los tapacubos. La semana pasada, sin ir más lejos, le puso ruedas nuevas. Mi padre, que ya no se sorprendía, me dijo mientras desayunábamos: “Ayer vinisteis tus amigos y tú a casa ¿no?” Le dije que sí y me dijo que ya lo sabía, su coche tenía ruedas nuevas.

 

Bueno, el caso es que llegó el dirigible y Toni me dijo algo de la luz del sol, no sé muy bien. Yo quería ir a casa de Mónica con todas mis fuerzas y así empezó a bambolearse en el aire el dirigible y fuimos sorteando antenas y eligiendo azoteas, hasta que llegamos a la de Mónica. Al llegar, llamé a la ventana con el llavero y ella, tras dar un respingo en la cama, me miró con su camisón puesto, me sonrió y abrió la ventana. Parecía como si me hubiese estado esperando todo este tiempo, desde que ¿lo dejamos? No podía recordar nada, pero bueno. La emoción no me permitía reír, ni llorar, me movía de un modo algo robótico. No podía hablar, la saliva había huido de mi boca y se escuchaba el latido de mi corazón cada vez más fuerte y, de fondo, aunque llevaba aún los auriculares puestos, Peggy Sue de Buddy Holly. A un gesto de Mónica, entré en su habitación.

 

Al pasar, ella cerró la ventana y me pidió que la besara sin dilación. Qué dulce, qué suave, ¡Dios, como la quería!. Le di un beso con todo mi amor y rodeé su cintura, torpemente, con mis brazos. Entramos en una espiral de calor, pasión y de amor como nunca jamás he sentido. Nos desnudamos lentamente sin dejar de besarnos. Acaricié su cuerpo lo más suave, delicado y despacio que pude y supe. Ella me acariciaba también, las caricias más suaves que nadie nunca ha conseguido otorgar a ninguna otra persona en este mundo. Lo era todo, yo no me sentía  más que un juguete para ella, y era consciente de ello. No me importaba. ¿Por qué carajo tuvimos que dejarlo? No podía recordar nada en absoluto de todo aquéllo.

 

Supongo que eso es el amor. Sentí la felicidad más grande que Dios ha regalado a nadie nunca. No era sólo el sexo, que fue torpe por mi culpa. Me estaba entregando, de nuevo, todo su ser. Me estaba regalando su vida, se estaba dando al hombre que ella misma hizo. La emoción, el deseo y que fuese la primera vez que hacía el amor condicionaron la torpeza con que me conduje. Me emocioné, eso es amor: te das a alguien sin falsas promesas, sin dudas, sin esperanzas, sin nada. Esperando nada. Te das y después, si todo va bien, recibirás. Pero tan sólo con el amor que sientes, con la pasión que transmites y con la felicidad que das. La segunda vez estuve algo mejor. Eso me dijo. También me contó que era su primera vez. Todo el mundo le había dicho que se sentía dolor cuando lo haces por primera vez. Ella me confesó, con una emoción que hizo que mi endeble entereza se tambalease, sólo había sentido que era lo que quería hacer desde hacía muchísimo tiempo. Me hizo temblar de la emoción. ¿Por qué tuvimos que dejarlo? le pregunté y ella, con una mirada entre triste y distante, sonrió de un modo extraño. Carente de emoción. Me dijo: "no preguntes nada, sólo debes saber que te quiero".

 

Es tremendo que tu vida entera, que tu paz, que tu felicidad que el sentido de tu vida te diga eso. Yo no pude hacer más que temblar y dejarme caer en el inmenso amor que sentía por ella. Me sentí como si me sumergiera en un universo de paz. La quiero, la quise y la querré siempre. Y para siempre, estamos hechos el uno para el otro. Experimentamos el placer por primera vez. Me dijo que me quería, que me estaba esperando y que, si bien me había esperado, yo había tardado mucho en ir. Sentí como si me hirieran aquéllas palabras. La verdad es que mi corazón, cada vez que palpitaba, gritaba su nombre con una pasión infinita. Estábamos enamorados. La besé de nuevo antes de irme. Era casi de día.

 

Al día siguiente, llamé al instituto y dije que no podía ir porque estaba malo. Así que me fui por la mañana a casa de Mónica otra vez. Había escrito una pequeña poesía y la quería dejar en su buzón para que ella la leyese. La había metido en un sobre en el que ponía “para Mónica” y, al llegar allí, lo que descubrí sacudió mi mente y mis sentidos como si una corriente eléctrica recorriera mi espina dorsal. El edificio estaba en ruinas, era un solar enorme que se había derrumbado hacía mucho tiempo. Comprobé una vez tras otra la dirección; subí a las azoteas de al lado, y nada. Era ahí, no cabía duda. Lloré. Unas  lágrimas cayeron desde mis ojos y todo alrededor se volvió gris, sucio, áspero, feo.

 

Sólo entonces recordé que ella ya no estaba. Había muerto hacía unos meses en aquél maldito accidente de tráfico que estaba en un lugar tan recóndito de mi cerebro que no era capaz de recordarlo. Recordé nítidamente la noticia en el periódico. Las muestras de dolor en el instituto... Así que desee con todas mis fuerzas que llegase la noche para verla de nuevo. Esa noche me subí a la azotea, con mi manta, mis auriculares, mis cigarros y mi mechero y esperé a que llegaran de nuevo mis amigos. Pero no podía esperar. Así que salté desde lo alto de la azotea. Sabía que ella estaría allí y sabía también que mis amigos me recogerían en el convertible rojo. Pues todos ellos, por unas u otras razones, también habían muerto. Todo lo que había vivido y me había hecho sentir ganas de vivir estaba en el cielo. Me sentía feliz y no era consciente de la caida. El aire me alborotaba el cabello y me abrazaba entre cálido e irrespirable. Al caer, todo se fue haciendo más difuso y lejano y la oscuridad me invadió.

 

Mi mente empezó a vagar por mis recuerdos y se detuvo en la lánguida y hermosa sonrisa de Mónica. Su pelo recogido hacia atrás en una hermosa, alta y rubia coleta. Sus pómulos sonrojados que servían de asiento a dos inmensos ojos azules, alegres y vivos, ligeramente achinados, como si de los de una gata se tratase. Podía ver su  cuello perfectamente liso y alargado que se hundía en los cuellos de una camisa azul pálida, mientras los picos de los cuellos de esa camisa sobresalían por una chaqueta burdeos que yo le había regalado nada más empezar a salir. Su cintura se estrechaba graciosamente y dejaba ver un perfecto y redondo trasero que estaba embutido en unos pantalones vaqueros que se amoldaban a su delgado y grácil contorno. Llevaba el pantalón ligeramente remangado, una o dos vueltas por encima del bajo, y dejaba ver sus calcetines burdeos sobre unas bailarinas negras. Llevaba la cazadora de baseball recogida al hombro. Era la chaqueta sobre la que había bordado la letra G del gato, mi letra, la de su novio.

 

Destacaba sobre el gris del asfalto y no podía apartar mis ojos de ella. Se acercaba desde lo lejos, al fondo de una estrecha calle angosta y oscura tan pausadamente como sólo Mónica sabía caminar. Andaba tranquila con la media sonrisa que me dedicaba y tanto me gustaba. La veía acercarse con un brillo descarnado en los ojos que me miraban sin pestañear. Cuando estuvo a mi altura, la luz que emanaba de su sonrisa y sus preciosos ojos envolvía toda la callejuela. Se acercó a mí y me besó. Un beso profundo. Comprendí que yo había muerto. Sentí que flotaba agarrado suavemente a su dulce beso. Saboreé sus labios con los míos y me dejé llevar hasta donde ella quisiera. Era mi guía, mi luz, mi norte, mi amor, mi cariño. Era Mónica. La mujer que siempre he llevado en el interior de mi roto corazón. Cogió suavemente mi mano y me guió a través de la espesa negrura que nos envolvía hacia un punto de luz muy brillante que se veía a lo lejos. Pude sentir más que escuchar sus dulces palabras que me susurraban una y otra vez que me quiere con locura. Que siempre me ha querido. Que ha estado observándome y que estaba muy triste porque me veía realmente mal mientras ellos estaban aquí pasándoselo en grande. Sí, estaban todos mis amigos. Ya que, entre las drogas, los accidentes y demás, todos han ido muriendo. Aunque ahora estaríamos todos juntos de nuevo.

 

Pero yo no quería soltarme de la mano de Mónica que era quién tranquila y dulcemente me llevaba hacia la luz. Una intensa y brillante luz que me cegaba por completo. Una luz que me llenaba de paz interior que destrozaba todas mis dudas y que me hacía sentir tan bien como nunca he sabido que se pudiera sentir. La mano de Mónica seguía siendo igual de suave, su caminar pausado. De repente dejó que su otra mano me abrazara justo antes de entrar en la inmensidad de la luz que se adivinaba al otro lado del agujero luminoso que se abría entre toda esa oscuridad. Rodeó mi cuello con sus brazos y acercó de nuevo sus labios a los míos. Besó mi boca y me sentí estremecer totalmente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Una lágrima de gratitud y emoción recorrió todo mi rostro. Sus ojos estaban iluminados. El sol no brillaba porque nosotros éramos ese sol. Todo a nuestro alrededor estaba apagado. Me dijo: “Sólo el amor te pudo traer hasta mí” Sin saber muy bien por qué  me sentí orgulloso de haberla conocido. Estaba enamorado de Mónica. Siempre he estado enamorado de Mónica. Una infinita gratitud envolvió mi cuerpo, mi alma, todo mi ser. Nubló mis sentidos y comprendí por una vez en mi vida lo que era sentirse realmente enamorado y amado. Lo que era salir de la oscuridad. Una sonrisa brotó en mis labios y, cuando escuché a Buddy Holly cantarnos "Peggy Sue" al otro lado del túnel, comprendí que aquél era nuestro sitio.

 

Elogio de la tristeza

Escrito por laiguana 17-03-2010 en General. Comentarios (0)

Elogio de la tristeza.-

 

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Mi máquina de escribir se ha roto. No es ningún tipo de metáfora. No me creo tan listo ni tan ingenioso. Ni es que no pueda seguir escribiendo; es que se ha roto. No me permite seguir practicando mi mediocridad en folios blancos cuya utilidad final es ser reciclados. Y yo, derrotado, me he tendido sobre mi cama, un cigarro encendido me enseña que no puedo dormirme en esta situación. Y me lo ha enseñado drásticamente, pues cuando estaba a punto de dormirme me he quemado en un dedo y he despertado sobresaltado, lógicamente. El dolor es, a veces, muy didáctico. Miro al techo y veo, revoloteando, palabras que no soy capaz de plasmar en el papel. Ideas que no soy capaz de darles una forma clara para que quien lo lea sepa de qué demonios estoy hablando. Destruyo todo lo escrito y me derrumbo. Ni lloro ni me siento angustiado, simplemente soy consciente de mi mediocridad. Miro al suelo y lo veo alejarse, rápido, miro al cielo y veo que se acerca, vertiginoso. ¿Qué quiere decir?. ¿Qué significa?. No lo sé, sólo sé que la mediocridad me supera, me atrapa, me golpea y me vence. Apago el cigarrillo y me acurruco, llorando, me tapo con las sábanas y me introduzco en un mundo, el de los sueños, donde las palabras fluyen fácilmente por mis manos y se plasman en un papel para dar forma a un poema bellísimo. En ese mundo no hay que escribir, las palabras salen de tu piel. Es como un parto sin dolor, y sin epidural. Es donde se pare la creatividad. Al despertar nunca me acuerdo de lo soñado y es que soy un mediocre. Si no fuera un mediocre sabría lo que quiero escribir a cada momento y, eso, nunca sucede.

 

Ya, dormido, veo una nube de humo morado que se me acerca, me susurra la palabra mediocre y se evapora dejando un extraño aroma en mi cuarto. Noto mi cuerpo sudar, extraños escalofríos me recorren la espalda y un miedo inhumano me inunda el cuerpo. No sé qué es lo que me provoca ese terror paralizante. Abro los ojos y veo mi cuerpo ahí abajo, acurrucado en la cama y durmiendo tranquilo. Me da la impresión de que hay alguien más en la casa que me acecha y me quiere matar. El miedo me hace querer despertar pero no puedo, es como si algo me retuviera para que pueda presenciar mi muerte. Hay una extraña risa que ilumina mi oscura vida. Una vida a la que le queda muy poco. Veo mi vida acabar, y mi arte, ya muerto, se burla de mí. De nuevo aparece ese humo, que ahora es de color gris, que lo envuelve todo y me mete en un torbellino de palabras extrañas de las que no conozco ningún significado. Me siento torpe, me siento inculto y terriblemente angustiado porque me doy cuenta de que el lenguaje es superior a mí. Me machaca. El humo gris me hace un guiño, no lo veo pero sí que lo siento, y, sonriente, se me acerca aún más. Ya envuelto en él, noto que mi cuerpo va formando parte de la gris desesperanza, se hace uno con la tristeza que me invade. Veo muerte, desesperación, intranquilidad, no es que esté mirando las noticias de la televisión porque estoy dormido, pero sí que noto que ese humo gris se ha introducido en mí cuerpo, riéndose de mi mediocre existencia, y me hace ver todo lo que miro con una terrible tristeza. A partir de ese momento veo a todas las personas que quiero que desaparecen, muriendo o simplemente marchándose a extraños lugares, para alejarse de mí. Es un espectro, comprendo, y me veo poseído por él. Y, más que verlo, siento que me invade todo el cuerpo y derrota a mi vana resistencia, mezcla de la arrogancia propia del estúpido y la tristeza propia del sabio. Me posee y me muestra la vida tan triste como es; me enseña mi vida tal y como la deben ver los demás. Me siento abrumado, desolado, derrotado y vacío. Así que doy gracias al cielo por darme la oportunidad de ver la tristeza. Porque así, pienso, podré huir de ella. No por que lo pueda utilizar para escribir; soy mediocre. Sino porque me da la visión real de todo. Entiendo que, a partir de este momento, mi vida va a experimentar un cambio; el de ver todo con absoluta claridad. La claridad del triste. A partir de ahora, la paleta de colores que colorea mi vida ha cambiado. Ahora es todo una gama de grises. No existen otros colores más luminosos. Y el gris es el color de la tristeza.

 

He quedado con la chica con la que comparto mi mediocridad que, a ratos, me hace sentir bien. Porque me hace olvidar que soy mediocre, aunque cuando se va ese pensamiento vuelve con más fuerza y se revuelve contra mí. Es mi novia. Ella es un poco ignorante porque siempre que le enseño algo escrito por mí, se pone muy contenta y me dice que voy a ganar tal o cual premio literario, que le parece que soy muy bueno, que tengo mucha inventiva e imaginación... Pobrecilla, si supiera que nunca envío mis escritos a ésos premios. Es normal, yo soy consciente de mi ignorancia. Pero , la pobre, cree que soy un maestro de las letras; si supiera la verdad. A veces me siento triste al engañarla, pero una vez que te montas en la noria de la mentira no hay quien te baje de ella, y menos aún si no hay nadie que la detenga y yo no voy a ser quien lo haga. Yo soy triste pero no quiero mi tristeza para los demás. Normalmente me mira, con un brillo cegador en los ojos, y me dice que soy el hombre de su vida y un genio escribiendo. He quedado hoy con mi ignorante novia. Voy decidido y dispuesto a decirle todas las verdades que le he estado ocultando. No es que le haya puesto los cuernos; yo soy un tío fiel. Es, por ejemplo, lo de los premios literarios, o que no, no me gusta como guisa su madre, o que no soporto la estupidez, tanto la suya como la de su padre. Y le tengo que decir que no puedo seguir estando con ella porque la arrastraré en un torbellino de ignorancia, mediocridad y tristeza. Y, aunque yo sea capaz de soportar mi tristeza, no quiero ver que las demás personas que están a mi alrededor se sienten invadidos por esa amargura que me tiene embotado y sin fuerzas para reaccionar ante nada.

 

Se lo he dicho, no se pueden imaginar lo triste que se ha puesto. Ya lo sabía yo pero debía ser así, debe rehacer su vida con alguien que la merezca, con alguien que no se parezca a mí. Espero que lo consiga porque es alguien que me importa. Sé que se ha puesto muy triste por mi culpa, es normal tengo la curiosa virtud de transformar todo lo que toco en tristeza. Soy el rey Midas de la tristeza y poseo el don divino de hacer llorar a toda la gente que me importa, y a la que importo también. He dejado que me dijera de todo, y lo he hecho con bastante entereza aunque, en el momento en que me ha dicho que prefería estar triste conmigo que alegre con cualquier otro, casi he tenido que suplicar que se fuera de mi lado. Pero, como ya les he dicho, es una ignorante. Creo que, ni siquiera, sabe el significado de la palabra tristeza. Yo un amanecer que a cualquiera le parecería una escena bucólica y preciosa, lo veo como una muerte. La muerte de la noche anterior, ni siquiera como la llegada o nacimiento de un nuevo día. Hay gente que ve el vaso medio vacío. Yo soy ese vaso y, en estos momentos, estoy desierto y triste. He seguido sentado mucho tiempo después de que ella hubiera derramado su última lágrima. O una de las últimas. De hecho, he tenido que cenar en este bar porque he empezado a escribir algo en unos folios y, por supuesto, los he destruido. No quiero dejar constancia de mi incultura e impotencia, sólo quiero que sepan lo que le pasa a un ser triste, orgullosamente triste, como yo. Cuando se ha marchado, como siempre suele suceder, todo el mundo estaba mirando. No es que hayamos hecho una escena como las de las películas baratas que emiten en televisión para propagar un sopor a todos los televidentes y hacer que siga viva la tradición de la siesta. Les he interrogado con la mirada y he visto la tristeza que les producía. Algunos, los de las mesas más cercanas, han llegado a negar con la cabeza mientras me miraban como si no entendiesen lo que estaba haciendo. Pero lo que era más significativo es la tristeza que ellos me producen. Son estúpidos y tristes seres que se creen mejores que los demás, por sus sueldos, el tamaño –enorme- de su coche o el de su teléfono móvil –minúsculo- . Se creen todos tan a salvo de la tristeza y la amargura, que me dan asco. A salvo de qué, se preguntarán. Es muy sencillo: a salvo de la ignorancia, la mediocridad, el absurdo, el odio, las guerras, de cualquier cosa que nos invade. Están demasiado metidos en su mundo, tanto que no saben que existen desgraciados y, lo que es más triste, ignoran que ellos mismos son unos desgraciados. Yo había creado una desgraciada pero era para proporcionarle un poco de paz. Más desgraciada sería si hubiera seguido compartiendo mi tristeza y desolación. La paz de vivir lejos de mí, que no es poca paz, teniendo en cuenta el futuro que me estaba aguardando allí mismo.

 

Volviendo hacia mi casa he visto un pobre que estaba tumbado en el suelo sobre unos cartones y le he ofrecido mi ayuda. Se ha negado a recibirla, no lo entiendo pero se ha negado. Aunque yo sea triste, le he dicho, yo no comparto mi vida con nadie. Le podía ofrecer un poco de comida, de bebida, de alojamiento, incluso le invitaría a soportar mi decepcionante existencia. Total como el mendigo no me importa, me da igual compartir mi tristeza con él. Pero se ha negado. El orgullo no le deja ser feliz. Su orgullo le va a provocar tal tristeza que le va a devorar ávidamente sus raídas vísceras y le va a hacer morir en soledad y agonía. Pero yo debo seguir mi camino, lo siento por ti pero mi presencia te produciría más tristeza. Igual lo que pasa es que es tan sumamente inteligente que ha preferido su propia tristeza que la que le puedo provocar yo. Supongo que el pobre lo ha sabido ver y por eso ha denegado mi auxilio. Recuerdo un día que fui a misa con mis padres y, un cura regordete y triste, hablaba de la humildad de Jesús. Claro que Jesús era humilde, Jesús era Dios. Tenía que tener todas las virtudes y, una de ellas, era vivir tristemente. Así que supongo que yo tengo algo de Jesús. Debería seguirme la gente para propagar mi triste evangelio. Quizá no, quizá esté equivocado. El caso es que me hace mucha gracia que la gente diga como debemos vivir los demás sin darnos ejemplos de cómo se debe vivir, como hizo Jesús. Me acabo de cruzar con un sacerdote por la calle y hemos mantenido una discusión muy animada. Era sobre la soberbia. El cura decía que Jesús era su ejemplo. Le he insultado, claro.

 

Después de enumerarle las razones por las que yo creo que la Iglesia, actualmente y desde hace algunos siglos, ha dejado de ser la Iglesia, se ha marchado llorando. Creo que el cura lloraba por la minuciosa crítica que he realizado contra su jerarquía. Aunque también puede ser por el ejemplo que le he puesto delante de sus narices: Le he dado un bofetón tremendo y le he dicho que pusiera la otra mejilla. Me ha dado tal puñetazo, justo después, que me ha sentado de culo. A eso me refería con lo de la soberbia, debería dar ejemplo, señor cura. Creo que lloraba por mis palabras: “Da ejemplo y pon la otra mejilla”. Aunque creo que ha podido ser por la ira que le ha invadido. Al fin y al cabo son curas y un poco raros. Cierto es que la mayoría no merecen ese apelativo de sacerdotes de la ley cristiana, pero me ha dado una lección: sabe vivir tristemente, sino por qué extraña razón se habría ido llorando.

 

Si hay algo que produzca aún más tristeza que ver tanta degradación en toda esta sociedad, y tanta decadencia. Es la política. Es la forma más asquerosa de engañar a todo un pueblo, o un país, para que alguien se siente en una poltrona a recibir dinero bajo cuerda. Es triste ver cómo se producen guerras por esta basura de la política y por la falsedad de las religiones, más aún. Todas predican el amor al prójimo pero ninguna lo lleva a cabo sino que luchan para ver cuál tiene razón. Pero a mí me parece estupendo que se apasionen con esta mierda de la política. Tengo tanto asco a la vida en general que creo que me voy a suicidar. No sé, me ha dado por ahí. Sería lo mejor que podría hacer así la gente no se sentiría triste en mi presencia. Largarme con mi ignorancia y mi mediocridad a un lugar estupendo del que no debo salir: el cielo. Debe ser algo así como estar soñando eternamente. Porque, al ser casi como el Jesús de Nazaret de la tristeza, éste sería mi sitio. Debería huir de este mundo, o de esta sociedad porque no puedo vivir viendo tanta tristeza en el mundo y provocándosela a toda la gente con la que me cruzo. Tanto la producida por mí como la que les producen los demás a mi triste vida.

 

Al pasar delante de una escuela he matado a una niña para que no sufra mi tristeza: la tristeza de esta agobiante vida. Su padre ha venido para defenderla y se lo he explicado, aunque como era más ignorante que yo, no lo entendía y le he tenido que matar también. No ha sido nada macabro, ni nada. Simplemente la he cogido del cuello con mis manos y he apretado hasta que se ha puesto morada y con los ojos desorbitados. Su boca se contrajo en una extraña mueca. El padre, al verlo, se ha puesto hecho una furia. Decía que me iba a matar o no se qué tonterías. A ver, le he dicho, ¿no comprendes que lo he hecho por el bien de su hija? Me ha dado varios golpes y me he sentido triste por la mediocridad del miserable ése. Es un ignorante. Se lo he dicho, y casi ha sido peor, me ha pegado más y más fuerte. Entonces ya me he hartado de poner la otra mejilla y le he asfixiado con mis tristes manos. También ha puesto la extraña mueca que su hija había puesto unos minutos antes. He sentido sangre que me caía por la cara desde la ceja izquierda. Después he escuchado sirenas de policía.

 

Me largo, al huir de la policía, corriendo a toda prisa por las calles de la ciudad. Está anocheciendo y me estoy cansando de correr. Así que he llegado a una alcantarilla, he levantado la tapa y me he metido dentro. Mi casa ahora es una alcantarilla de la que no salgo porque no quiero ver nada. No quiero, tampoco, que nadie me vea. Así que cuando alguien baja a la alcantarilla, o bien hago ruidos extraños para asustarles o me acerco sigiloso y les mato. Ya he matado a tres o cuatro en los dos meses que llevo. Me sirven de alimento. Es increíble la cantidad de comida que puede haber en el cuerpo de un hombre de unos setenta kilos. Cuando no viene nadie a importunarme sólo me alimento de líquenes y ratas. Mi cama la he hecho con algunos brotes de una extraña y maloliente maleza que crece en esta alcantarilla de las afueras de la ciudad. Es una cama muy mullida que nada tiene que envidiar a las camas de la mediocre y triste gente de la ciudad. Aquí tengo todo lo que puedo desear. Me paso el día durmiendo tranquilamente sin que nadie me moleste con sus tonterías. Algunas veces, cuando no tengo comida, salgo y mato a algún mendigo. Lo bajo y ya tengo alimento suficiente para unas semanas. De repente, un día mientras duermo, vuelve ese humo gris que vino a mi casa hace un año, y me muero envuelto en un humo gris. La tristeza no se ha desvanecido porque, al volver a sentirme tal y como era antes he vuelto a sentir lo mismo por las personas que he abandonado. No había sido consciente de todo el mal que estaba haciendo a gente que merecía la pena. Es triste. La verdad es que no era consciente de nada. Únicamente mi tristeza era lo que me importaba. Nada más merecía mi atención. He tratado mal a mucha gente y, al menos, algunos, no lo merecían. Me duele. De hecho, estoy destrozado por todo lo que he hecho en este último año. Voy al cielo y al infierno y me quedo en este último para ver cómo es eso. No es muy triste y debería serlo, pienso. Bueno, ya he llegado yo para darle la forma adecuada a todo esto. Estoy intentando, al vivir con ellos en triste armonía, enseñar a todos a ser más parecidos a Cristo. Pero se enfadan.