Laiguana

relato

La Herencia

Escrito por laiguana 17-03-2010 en General. Comentarios (0)

La herencia.

La señora estaba tranquila y sin aspavientos en la cama. Una enfermedad la había postrado desde hacía varios años. Su sueño era reparador, suave y tranquilo. Dormía en la más absoluta de las calmas. Había dejado todo bien arreglado y eso le daba la tranquilidad del deber cumplido. Era una señora con mucho dinero y tierras. La habitación donde estaba era muy grande y espaciosa, aunque algo austera. La cama estaba exactamente en el centro de la habitación. Era una cama pulcramente vestida y perfectamente acomodada. A cada lado de la cama había una mesilla de noche y, aún así, sobraban unos dos metros libres de suelo hasta las paredes. La señora llevaba un camisón de seda cómodo. Era principios de verano y ese era el camisón más fresco que tenía en su guardarropa. La criada entró varias veces a lo largo de la noche. Como hacía cada noche durante los dos últimos meses en que había empeorado ostensiblemente en su enfermedad. Antes aún hablaba un poco con el servicio antes de ir a dormir, ahora se pasaba el día durmiendo o víctima del sopor provocado por los medicamentos que le ayudaban a pasar el amargo trago hasta su descanso eterno. Al pie de la cama había una hermosa y mullida alfombra. Al lado del balcón estaba la puerta que daba al cuarto de baño particular de la señora. Ya no lo usaba pero todas las criadas, por respeto a su señora, lo mantenían inmaculado, como el resto de la casa. Era una especie de homenaje que el servicio le hacía a su señora. Siempre había sido muy buena con ellas. Ese era su modo de agradecérselo. Mantenían la casa en la más absoluta limpieza. Una pequeña tos inundó el tranquilo ambiente de la habitación. Los ojos de la señora se abrieron una milésima de segundo y pudo ver la limpieza que tanto le gustaba a su alrededor. Una sonrisa le hizo curvar los labios mientras los ojos se le ponían en blanco y un gesto de ahogo le invadió el cuerpo. Murió sonriendo. Las criadas llamaron al médico de guardia y éste vino lo más rápido posible. Cuando llegó, certificó la muerte de la anciana y dijo, triste y desapasionadamente, que avisaran a sus familiares.

 

Una casa pequeña en un barrio residencial de la ciudad se hallaba en silencio y tranquila. Era una casa en la que no había orden ni concierto. La limpieza brillaba por su ausencia. El único sonido que inundaba el piso era un monocorde ronquido sordo y rítmico. La familia estaba dormida. Había varios ceniceros repletos de colillas en los brazos de un sillón y en la mesilla de noche. El teléfono sonó una vez hendiendo la oscura y sucia atmósfera de la casa. Nadie le hizo caso. Quizá girasen una o dos veces antes de volverse a acomodar en la cama de matrimonio. Volvió a sonar con insistencia. La mujer se despertó entre sueños y cogió el auricular. Una voz del otro lado de la línea le dio la noticia: Su tía había muerto. Prometió llamar inmediatamente a su otra hermana sin ni siquiera mover un músculo. Colgó pesadamente el teléfono y despertó a su marido. Cuando éste se estaba desperezando le dio la noticia con frialdad y regocijo: “La vieja ha muerto”. Ninguno sintió la menor lástima por la muerte de la acaudalada tía, el marido sonrió ante las palabras de su esposa. Los niños llegaron a la habitación y preguntaron qué pasaba. No les dijeron nada del óbito de su familiar del pueblo, pero sí les dijeron: “Nada, que nos vamos de vacaciones unos días al pueblo”. Pero pudieron escuchar a su madre hablando con su hermana, la tía Antonia. Comprendieron que alguien había muerto y tampoco le dieron la menor importancia. El marido fue al baño y se duchó parsimoniosamente. La mujer, cuando hubo terminado de lavarse frugalmente tras su marido, salió del cuarto de baño y preparó el desayuno para todos. Eran las seis menos cuarto de la mañana y tenían que ir al pueblo porque, tras el entierro, se iba a leer el testamento. Una idea le rondaba la cabeza a la esposa y era que quizá les hubieran dejado una suntuosa cantidad de dinero. ¡Qué demonios! Se dijo, ¡Si somos las únicas familiares vivas, nos dejará todo! Sonreía maléficamente al pensar en lo que haría con las tierras y el dinero de su señora tía. Quedaron con la tía Antonia a las siete en su casa porque les venía bien ir hacia allá para seguir camino hasta el pueblo. Era un largo viaje, de unas seis horas largas, hasta la playa. El entierro iba a ser a la mañana siguiente.

 

Cuando llegaron a casa de la tía Antonia. Ésta y su familia estaban preparados para partir. Parecía que se iban de vacaciones más que a un entierro. Incluso cuando les saludó con afecto y alegría no dio la impresión de estar afectada en modo alguno. Todos sabían la cantidad de dinero que poseía la difunta tía Carmen. Se saludaron y se metieron en los coches para ir en fila india hasta la playa. El corto diálogo que mantuvieron las hermanas fue escueto. Antonia le preguntó a su hermana si sabía si seguía poseyendo las tierras en Argentina, la otra contestó: “Si sólo fuera eso Antoñita” ambas se sonrieron y se frotaron las manos ansiosas. Los coches arrancaron humeantes y sonoramente. El viaje fue tranquilo y cuando llegaron al pueblo se llevaron una sorpresa. No podrían dormir en casa de la tía Carmen porque así lo había dispuesto la difunta, la última vez que durmieron en su casa desaparecieron, repentinamente, algunas joyas y otros objetos de valor que nunca reaparecerían. Así que no volverían a dormir en su casa mientras estuviera en su mano sino que tendrían que ir al hostal del pueblo. Les daba lo mismo porque les iban a dar una importante suma de dinero a ambas. Decidieron las habitaciones en las que dormirían, las más grandes del hostal. Les daba igual el dinero gastado en estos días porque iban a recibir todo de su querida tía. Los días que estuvieron allí se comportaron como señoronas sin reparar en gasto alguno y se gastaron el sueldo de dos meses de sus maridos, que eran un taxista aficionado a las prostitutas y el alcohol y un transportista aficionado al fútbol y las prostitutas pero, en este caso, debían ser jovencitas. Las criadas miraban con recelo a la familia de la señora Carmen. Su bondadosa señora hablaba pestes de las hijas de su hermana Francisca. Casándose con esos despojos de la sociedad y llevando una vida de lo más vulgar. Dilapidaron el dinero del marido de Francisca, su padre, e hicieron lo propio con el de su madre cuando hubieron heredado todos sus bienes al morir éstos. No tenían nada que ver con sus padres, repetiría la anciana a quien quisiera escuchar. De todos modos eran su única familia y, como ella era una buena mujer, les iba a dejar algo, todo no, pero algo en reconocimiento a la familia, sí. El entierro que pretendía ser íntimo, fue un espectáculo multitudinario. Todo el pueblo costero se detuvo en sus faenas para asistir al entierro de Carmen. Todos estaban emocionados y tristes por la muerte de la señora más acaudalada del pueblo y de la que guardarían un grato recuerdo pues siempre era amable, educada y se preocupaba por el bienestar de sus vecinos. No era una familia de caciques puesto que si se tenían que poner a trabajar mano a mano con sus empleados, como gustaba llamar a sus criados, se ponían. Esta costumbre era de siempre. Cuando la maldita guerra civil alguno de sus criados, o empleados, les ayudaron porque siempre había algún envidioso que se quería beneficiar de esa situación caótica y apoderarse de parte de las tierras o de los bienes de la familia. Siempre les estuvieron agradecidos a los empleados de su hogar. Y ayudaban en las tareas. La misma señora Carmen, antes de caer enferma, limpiaba como la que más en su casa. Permitía, si no había visitas, que la llamasen de tú. Además daba fiestas para las familias de sus criadas, la mayoría internas y así las mantenía contentas. Ella, al ver contenta a la gente que tenía a su alrededor, disfrutaba y se sentía tremendamente complacida. Sus criadas agradecían con respeto y cariño el gesto de la señora. Pero sus sobrinas no eran así. Las dos hermanas, únicas herederas del patrimonio de la señora Carmen, tenían la idea de que todos les tenían que servir. Pero nadie sirvió jamás a la tía Carmen, porque todo lo que hacían era remunerado y agradecido. En el cementerio hasta el párroco se emocionó al hablar de la señora Carmen. Luisa y Antonia estaban con muchas ganas de que acabase el sepelio. Así que volvieron al hostal. A la mañana siguiente se leería el testamento. Estaban realmente ansiosas de que llegase el momento.

 

El albacea las había citado a las once de la mañana en el ayuntamiento que era donde tenía su despacho. Era un abogado delgado, con la nariz aguileña y los ojos saltones y de un azul muy intenso. Sus manos eran huesudas y ágiles y su voz áspera y nasal. Sus gafas redondas se resbalaban por la nariz y, de vez en cuando, utilizaba el dedo índice para encajarlas de nuevo en el puente nasal. Habló con mesura y tranquilidad pese a la impaciencia y rapidez con que querían las herederas que se solucionara todo. El albacea les dijo que faltaba alguien por llegar. Era el representante legal de las doncellas y trabajadoras de su tía, pues también ellos habían heredado parte de los bienes de la señora Carmen. Un último acto de bondad que todos alababan, menos ellas, claro. Cuando llegó el joven abogado que representaba a las empleadas de la señora Carmen, unas miradas llenas de odio le acribillaron. El albacea tosió para aclararse la voz y procedió a la lectura del testamento. El joven abogado anotaba con una parsimonia estudiada y endiablada todos y cada uno de los detalles del testamento que leía el anciano abogado. Estos gestos tranquilos y estudiados sacaban de quicio a las ansiosas hermanas que lo veían como el representante de unas usurpadoras.

 

Las herederas consanguíneas habían percibido parte del mobiliario de la casa. Las criadas se quedarían con la casa entera y la parte que no era para las familiares y el resto del terreno que rodeaba la casa, a partes iguales. El resto de los bienes de la señora Carmen se lo repartirían las dos hermanas. Estas gritaron desesperadamente y llegaron a insultar a todos, incluso a su difunta tía, lo querían todo. No comprendían que dejara nada a las criadas, entonando la palabra criada con un desprecio absoluto. El ambiente fue caldeándose cada vez más y los maridos, que esperaban fuera del despacho, entraron atropelladamente y escucharon las quejas y lamentos de sus esposas. Estos, incapacitados para mantener una conversación, la emprendieron a golpes con el albacea y el joven abogado, destrozando también el despacho del abogado. Una extraña neblina se estaba formando en el exterior del balcón que se hallaba justo detrás de la mesa del despacho. La niebla azulada se fue haciendo más y más corpórea y densa. Adoptando la forma de un cuerpo humano. Al principio nadie se dio cuenta del cuerpo que se estaba filtrando por la puerta del balcón hasta que estuvo al lado de los contendientes. Todos se sobresaltaron y asustaron. Los maridos dejaron de golpear a los abogados, que sangraban por la nariz y la boca, las mujeres dejaron de gritar con sus estridentes voces, y todos se quedaron con la boca abierta. La señora Carmen, pues era ella quien se había aparecido, habló con una voz sobrenatural sonriente y tranquila. Les dijo a las hermanas y sus maridos que por su avaricia, pues peleaban porque lo querían todo, y dispendio en anteriores herencias, serían desposeídas de todo lo que les había dejado con la vana esperanza de que algo hubiera cambiado en sus corazones. Las hermanas comenzaron a insultar a su tía difunta. Esta con un dedo señaló el documento y éste se enrolló y desenrolló varias veces en el aire. Cuando lo volvieron a abrir vieron que todo, absolutamente todo, estaba a nombre de las empleadas que había tenido en vida y que tan bien se habían portado con ella. Unos policías, que fueron alertados por el abogado más mayor, llegaron al despacho por si había problemas. Se llevaron a los familiares de la tía Carmen, que tal como vino se fue, no sin antes hacer un guiño a los abogados. Éstos, mientras se curaban las heridas, se mostraban satisfechos del último acto de su difunta vecina. Los familiares de la señora Carmen volvieron a sus casas sin nada, solo deudas. Cuando pagaron el hostal y los lujosos caprichos que habían tenido, vieron como tenían la cuenta corriente en números rojos, una situación que no se aliviaría hasta pasados tres o cuatro meses. No se llevaron nada de la señora Carmen, pues nada merecían.

La huída

Escrito por laiguana 24-02-2010 en General. Comentarios (0)

La Huida.-

 

El coche corría vertiginosamente por las calles de la ciudad. Una intensa pero fina capa de lluvia acribillaba las oscuras calles. Las luces brillaban oscilando a su alrededor. El limpia parabrisas del coche luchaba frenéticamente contra la lluvia acumulada en el cristal que no le dejaba ver con la suficiente claridad el camino que debía tomar. El coche torció peligrosamente en una salida a la derecha. Las ruedas chirriaron y a punto estuvo de perder el control del coche. Era la carretera que llevaba a la costa. Unas sirenas sonaban desde detrás del coche y ponían nervioso al conductor. El conductor miraba asustado por el espejo retrovisor y aceleraba sin pensar en la peligrosidad de su carrera. Daba golpes al volante en un intento inútil de que el coche corriera más aún. Subía el volumen de la música para no escuchar las sirenas que se le acercaban peligrosamente. Eran cuatro coches de policía que corrían endiabladamente tras él. En el asiento de al lado había una pistola y un pasamontañas. La pistola estaba aún caliente de los últimos disparos que descargó, hacía unos minutos nada más. En el asiento de atrás había una maleta roja que descansaba con alguna mancha de sangre. Miró otra vez por el espejo y vio que del coche de policía más cercano salía una mano que empuñaba un revólver y le disparaba. Un fogonazo iluminó todo el espejo retrovisor. No le hirieron pero el susto que le produjo le hizo dar un giro brusco que hizo chirriar las ruedas. Siguió conduciendo haciendo peligrosas maniobras para intentar despistar a los policías. Pero eran expertos conductores y le seguían cada vez más cerca. Si alguna vez parecía que les perdía, no pasaba mucho tiempo antes de volver a verles detrás con el previo anuncio de las sirenas que le mortificaban y asustaban por completo. Eran como auténticos perros de presa. Casi imposibles de despistar. Siguió conduciendo a la carrera por una carretera peligrosa, llena de curvas y con un acantilado a la izquierda que daba al mar, mientras que a la derecha había un monte con un frondoso pinar. A la velocidad que iba era prácticamente imposible que se salvase del impacto. O bien los pinos detendrían su carrera, o el mar embravecido y furioso. Estaban llegando a un cabo pues la pendiente se había hecho más pronunciada, que estaba coronado por un faro. Seguía corriendo demasiado. Iba deprisa. Muy veloz pero no los perdía. Los coches de policía seguían acercándose a él. Aceleró aún más y cogía las curvas demasiado abiertas. A veces le chirriaban, en un lastimoso quejido, las ruedas el coche. Siguió mirando hacia atrás. Y, ahora, los fogonazos se repetían una y otra vez. No sólo le disparaban desde un coche. Los disparos iban dirigidos a las ruedas. Decidió hacer eses mientras conducía para intentar hacer más difícil acertar en el blanco a los policías. Estaba absorto intentando despistarles pendiente de los disparos de la policía. Al volver la vista puso una cara llena de pánico y giró el volante bruscamente. El coche se dirigía peligrosamente hacia el acantilado. Los coches de policía detuvieron un poco la marcha. Vio las luces de un camión que venía en sentido contrario y giró bruscamente perdiendo el control del coche por completo que cayó por el acantilado. Por la velocidad con la que iba conduciendo salvó milagrosamente las rocas pero cayó a la oscuridad del agua del mar. Cuando abrió los ojos vio que estaba atrapado y el pánico lo cogió por sorpresa. Si no abría las puertas del coche y salía, moriría pues se le acabaría el oxígeno. Si salía, el oleaje le llevaría hacia las rocas destrozándolo. Decidió intentar salir. No podía abrir las puertas del coche. Pensó que debía bajar las ventanillas para poder salir nadando de la trampa en que se había convertido su coche.

 

Recordó cuando estaba en su casa planeando todo el atraco con minucioso detalle junto a sus dos hermanos. Sus dos hermanos y él estaban hartos de la vida que llevaban. Miraron por última vez a sus hijos, que iban de los dos meses a los cuatro años, harapientos, famélicos y enfermos. No se merecían esa vida. Miraron a sus mujeres y vieron cómo los miraban con cara de preocupación y miedo. Intentaban disimular para animarles aunque no estaban de acuerdo con el crimen que iban a cometer. No estaban de acuerdo, tampoco, con la vida que llevaban, pero no eran unos criminales. Estaban en la mesa de la cocina en la casa donde vivían las tres familias apiñadas como buenamente podían. Cada familia estaba alojada miserablemente en una habitación de la casa, el cuarto de baño y la cocina la compartían. Ellos seguían planeando todo intentando ignorar toda la miseria que les rodeaba y concentrándose en la posibilidad de salir de tan triste situación. Miraban los planos que habían hecho. Debían realizar el atraco al banco en menos de cinco minutos que era lo que tardaba la policía en llegar desde que pulsaban la alarma. Lo habían probado con un amigo al que habían utilizado diciendo que era fácil atracar ese banco y, tras las animosas invectivas con que éstos le animaban a llevar a cabo el crimen se dedicó en solitario a planear el atraco y llevarlo a cabo. No tuvo mucha suerte, la verdad, su amigo pero les sirvió para calcular lo que tardaba la policía en llegar y otros aspectos que no habían tenido en cuenta. Habían conseguido todo en el mercado negro. Tenían los pasamontañas y las pistolas metidas en una maleta roja. Bebieron más cerveza y vieron los rostros preocupados de sus mujeres que negaban con la cabeza y rezaban quedamente. Ellos no hicieron caso alguno. Habían tomado una decisión para salir de la miseria y la llevarían a cabo con todas las consecuencias hasta el final. Uno de ellos se levantó y, mirando a su esposa a los ojos, le preguntó si quería seguir viviendo así. Ella le dijo que no, pero que había otras formas de ganarse la vida. Eso era cierto, aunque ya habían intentado trabajar en multitud de sitios y, entre los salarios precarios que se veían obligados a aceptar y los horarios abusivos que los empresarios les imponían, no les estaba permitido salir adelante. La prostitución de sus esposas ni se la habían planteado, aunque se lo habían propuesto en varias ocasiones los mafiosos compatriotas que habían venido con ellos, nunca aceptaron. Ni lo aceptarían. Ellas eran hermosas y jóvenes pero no estaban dispuestas, además ellos eran muy celosos y no lo permitirían. “No puedo ver a mi familia así” Dijo uno de ellos, los otros dos le secundaron y fueron vehementes en la facilidad del atraco y que dentro de poco estarían con mucho dinero entre manos para salir de esa maldita situación a la que se habían visto abocados. Estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de ver a su familia salir del arroyo. Necesitarían un potente coche. Así que fueron a alquilarlo esa misma mañana, dando nombres falsos y documentación falsificada. Habían planeado hasta el mínimo detalle.

 

Recordó, también, cuando estaban aparcando el coche en la parte trasera del banco. Se miraron a los ojos y, sin decirse nada, asintieron para darse valor. Cogieron las pistolas y se las guardaron, pues no tenía escáner la entrada a la sucursal bancaria, podrían pasarlas escondidas tranquilamente en los pantalones. Se ajustaron las cazadoras y cogieron los pasamontañas y la vacía maleta roja de viaje. Después salieron tranquilamente del coche y llegaron a la puerta del banco para que nadie que hubiera fuera sospechase nada en absoluto. Una vez dentro se pusieron los pasamontañas y entraron apresuradamente. Recordó que todo había durado muy poco tiempo. Gritaron y asustaron a todo el mundo, era una escena de pánico generalizado. Uno de ellos golpeó al cajero en la cabeza con el cañón de la pistola y le hizo darle el dinero de cada caja. El asombrado cajero con el rostro ensangrentado accedió a la petición del violento chico. Deslizó una mano hasta el botón de alarma y le dio el dinero intentando parecer calmado. Otro de ellos les pedía dinero a los que habían estado guardando cola y las joyas a las señoras que iban completamente engalanadas. Lo metieron todo en la maleta roja y se iban a ir, cuando un agente de la seguridad privada del banco salió, no sabía muy bien de dónde, sacó su pistola y acertó de pleno en la espalda de uno de ellos. La bala le entró por la espalda, donde la herida era limpia, y le atravesó el pecho provocando una enorme herida y desgarrándolo a la par que partía el corazón del atracador que caía fulminado, muriendo en el acto. Mientras el hermano moría, otro de ellos le descerrajó doce tiros en la cabeza al agente de seguridad. La sangre que manaba de las heridas del agente salpicó a su asesino, dejó sangre absolutamente por todos los lados. El otro hermano tuvo que tranquilizarle o mataría a todo el mundo. Debían huir rápidamente. La gente que estaba acurrucada gritaba desesperadamente. Les amenazaron con las pistolas para que no gritasen. Algunos se callaron pero lloraban desconsoladamente. Los dos hermanos que quedaban cogieron la maleta roja y, sin tiempo de lástima ni llantos, se dirigieron hacia el coche velozmente. La policía estaba al otro lado de la calle. Les dieron el alto y los dos se parapetaron en la esquina, podían ver el coche alquilado un potente y deportivo coche de color azul. Comenzaron a disparar desesperadamente alcanzando en el hombro a uno de los policías. No les había dado mucho tiempo a mirar, pero parecía que solo había tres policías y uno de ellos estaba herido. Dispararon y dispararon sin detenerse. No duró el tiroteo más de treinta segundos. Uno de los policías alcanzó al hermano que llevaba la maleta en la mano. Le dio en la cabeza desparramando su masa encefálica por el suelo y la pared. La cara del horrorizado hermano estaba manchada de sangre de su hermano que cayó muerto instantáneamente a su lado. Cogió la maleta y corrió en dirección contraria. La policía llegaba al lugar de los hechos. Las sirenas sonaban atemorizándolo. Y un coche patrulla llegaba por el otro lado de la calle. Se metió en un coche aparcado y se acurrucó allí mientras hacía el puente. Cuando hubo pasado el coche policía, arrancó y salió disparado con el coche robado. Era un último modelo rojo metalizado. Dejó la humeante pistola y el pasamontañas en el asiento del copiloto, mientras que la maleta la dejó en el asiento de atrás.

 

Recordó como a los pocos segundos de arrancar, tres coches policía iban tras sus pasos. Iba conduciendo deprisa, muy deprisa. Imaginaba cómo estarían sus esposas, tremendamente preocupadas, echándose la culpa una a la otra porque la idea había sido de uno u otro marido. Suponía que no se volverían a hablar. Recordó a sus hijos y sobrinos traumatizados por la pérdida de sus padres. Pero si conseguía salir de esta situación les podría ofrecer un futuro esperanzador. Corría y las lágrimas, producidas por los recuerdos, le cegaban casi por completo. Una señora iba empujando el carro de un niño recién nacido y se disponía a cruzar la calle. Él, cegado como iba, no pudo verla y los atropelló dejando un reguero de sangre a su paso. No detuvo la marcha y siguió corriendo salvajemente por la ciudad. Le entristecía profundamente el atropello pero no podía detenerse, ahora no. La mujer yacía en el suelo muerta, mientras el cadáver del bebé estaba atrapado en el amasijo de alambres en que se había convertido el coche cuna. Los coches de la policía pasaron por el lugar de los hechos a toda velocidad. Un cuarto coche se detuvo y llamó a una ambulancia dando aviso al resto de policía de la ciudad del atracador que huía frenéticamente por las calles de la ciudad y no se detenía ante nada. El atracador se secó las lágrimas del rostro y se concentró en la huida. Era prácticamente de noche y comenzaba a llover. Dio un golpe al volante porque la lluvia empeoraba aún más las cosas y la conciencia le rebullía en su interior haciendo que se sintiese realmente mal. Así que siguió corriendo y corriendo. Después recordó fugazmente la luz de un camión que venía a toda velocidad en sentido contrario. Recordó la brusca maniobra para intentar eludir el mortal choque y cómo caía por el acantilado en dirección a la oscuridad del agua. Vio claramente cómo abría la ventanilla e intentaba salir, tras coger la maleta que pesaba muchísimo. A punto estuvo de perder la maleta pues el peso le arrastraba con ella al fondo. Era toda su esperanza. Al intentar nadar hacia arriba se dio cuenta que se le había enganchado el pie en el cinturón de seguridad. Se había hecho un nudo en torno a su pie que era difícil de desatar. Tenía que decidir en décimas de segundo y el aire se le estaba agotando. Miró la maleta y el pie. Decidió intentar desatarse el pie. Miró la maleta que se hundía en el fondo del negro mar y, en un acto instintivo, fue a por ella olvidándose de que estaba atrapado. El cinturón de seguridad no cedía a sus contínuos tirones. Es más, el nudo se hacía cada vez más y más difícil de desatar. Ya le faltaba aire y el agua empezaba a entrar a borbotones en sus pulmones. Recordó la cara de sus harapientos hijos y una lástima enorme le embargó por completo. La imagen de su mujer, y las de sus difuntos hermanos, le llenó de congoja. Era tan terriblemente triste que no se dio cuenta de que se estaba ahogando. Sus hermanos, recordó, eran siempre tan amables y divertidos. Eran tan profundamente cariñosos y habían muerto por un intento de salvar a sus familias de la más humillante de las desgracias. Se hacía insoportable el respirar. Los pulmones le escocían de la sal del agua del mar que estaba ahogándole. Aún así no se dio más prisa por intentar liberarse. Estaba terriblemente angustiado por la infructuosa decisión que habían tomado. Sus hijos y sus mujeres iban a seguir igual, o incluso peor. Seguirían siendo pobres pero, lo más probable, es que la honradez desapareciese de sus vidas. Total, ellos, sus maridos, habían dado ya el primer paso hacia la delincuencia. Pensó que quizá las jóvenes esposas decidieran aceptar el trabajo que les proponían sus mafiosos compatriotas. Quizá vendiendo sus cuerpos a los mejores postores pudieran salvar de esa maldita situación a sus hijos. Sabía que, tomasen la decisión que tomasen, lo harían por su bien. Sus hermanos y él mismo habían fracasado en el desesperado intento de sacar de la miseria a sus familias. Así que no podrían poner ningún pero al intento que hicieran sus mujeres. Pero sus hijos no tenían culpa de nada. Probablemente ellos odiasen a los policías y se creyeran que sus padres murieron por culpa de los agentes de la ley. Simplemente murieron por su incapacidad de pensar racionalmente y lanzarse tras una imposible cruzada. El agua estaba alojada por completo en sus pulmones. Intentó llorar y no pudo. Una tensa calma se apoderó de él. Y, tras ver una luz negra, comprendió que había fracasado al intentar alcanzar un sueño imposible. Hicieran sus familias lo que hicieran que fuesen bendecidas. El ya no podría hacer nada, pues había muerto.

¡Sorpresa!

Escrito por laiguana 24-02-2010 en General. Comentarios (0)

¡Sorpresa!

 

El despertador sonó con violencia en la casa a oscuras donde vivía. Su mujer ya estaba levantada preparando el desayuno como cada día. Fue directamente al cuarto de baño para ducharse y acabar de despertarse antes de desayunar. Mientras el agua corría por todo su cuerpo se detuvo a cantar una melodía que le rondaba la cabeza desde hacía unos días. Era la típica melodía que no te puedes quitar de la cabeza aunque no te gusta, la había escuchado en alguna emisora de radio. Era una balada que hablaba del amor prohibido de dos enamorados. Se enjabonó y restregó con la misma parsimonia con que lo hacía todo, mientras silbaba la melodía. Cuando hubo terminado se enrolló en una toalla y se afeitó tranquilo y seguro. Seguía tarareando la absurda canción del absurdo programa de la radio. Recogió el cuarto de baño y salió para vestirse. Sobre la cama estaba su traje perfectamente colocado para que pudiera ponérselo. Vio a su esposa en el umbral de la puerta que lo observaba vestirse, como cada día, y le pareció que estaba más bella que nunca. Estaba radiante envuelta en su bata celeste y sin pintar, que era como a él más le gustaba. Los cabellos rubios estaban alborotados y sin colocar. Ella, en un gesto instintivo y que tanto le gustaba a él, se apartaba el pelo de la cara sonriente. Se acercó a ella y le dio un prolongado beso en los labios en el que puso todo su cariño. Ella le cogió la cabeza con sus manos y con los dedos le enredó el ensortijado cabello aún húmedo. Se dirigió a la cocina para desayunar las tostadas de siempre y su café con leche. Cuando terminó fue al cuarto de baño  y se lavó los dientes. Fue hacia su mujer para despedirse de ella. Todo era igual que siempre.

 

-         Oye, cariño, ¿hoy vamos a comer juntos? –le preguntó con extremada delicadeza y, casi susurrando- . Conozco un nuevo restaurante italiano al que fui con mis compañeros que no estaba mal...

-         No, no puede ser, mi amor. He quedado con el dueño de una sala para ver si pueden exponer mis cuadros esta primavera. –últimamente estaba muy atareada pues tenía muchas entrevistas para poder exponer su arte. Él se congratulaba de ello y lo entendía de buena gana.

-         Ay, espero que todo vaya bien. Llámame en cuánto sepas algo. Nos vemos después y me cuentas todo. –se acercó aún más para besar a su esposa.

-         De acuerdo. Oye, Luis, que no se te olvide comprar el periódico. –le dijo con una taimada sonrisa.

-         No, no. Tranquila. No se me olvida. –la besó, sonriente.

-         Bueno... Ayer tampoco se te iba a olvidar... Ja, ja, ja. –Se reía y a él le parecía que se iluminaba la habitación.

-         No vale dar golpes bajos, cariño. –dijo disimulando un enfado estúpido. La volvió a besar.

-         Está bien... Venga mi amor que llegas tarde. Luego te llamo y te cuento. Que tengas un día estupendo. –Ya no sonreía pero en sus ojos había un poso de amargura.

-         Sí, no te preocupes. Tú llámame cuando sepas lo que sea. –la miraba con los ojos llenos de devoción hacia la mujer de sus sueños.

-         Sí, sí. Tranquilo. –Dijo automáticamente ella.

 

Se aproximó de nuevo a ella y la besó con una sonrisa en los labios. Se dirigió muy contento a la puerta de su casa y salió. Pensaba en lo afortunado y feliz que era al tener una esposa como ella. Era una artista, muy bella y tremendamente buena y cariñosa con él. Una vez que estuvo en la calle miró hacia la ventana de la habitación, como siempre, y saludó con la mano hacia el lugar en que sabía que ella estaría. Su mujer, al otro lado de la ventana, le devolvió el saludo y le tiró un beso, con intranquilidad. Sonriente llegó al coche y se sentó. Arrancó, puso la radio y allí estaba otra vez la maldita canción que le martilleaba como si de una tortura se tratase. Apagó la radio furioso, pues empezaba a sentirse asqueado con la canción de moda, y arrancó el vehículo para dirigirse al trabajo. Vio un kiosco de prensa abierto y se detuvo en doble fila, sonriendo al recordar las palabras de su esposa, para comprar el periódico. En él hablaban de una banda de atracadores que violaban a las amas de casa y las mataban. Algunas veces no era por ese orden, matizaba el periodista. Sin darle mayor importancia siguió conduciendo hasta que llegó al aparcamiento de la empresa. Se bajó del coche y se fue directamente a su puesto de trabajo saludando a todo el mundo con que se cruzaba con una sonrisa en los labios. Su secretaria le contó todas las llamadas y citas que tenía programadas para ese día. Antes de sentarse en su despacho fue lentamente a la foto que tenía sobre la mesa. Era la foto de su mujer cuando estudiaba bellas artes. Era una chica con el pelo alborotado, víctima de la generación del amor, vestía un jersey unas tallas más grande y unos vaqueros desgastados. Al lado, perfectamente colocada, había una foto de sus dos sobrinas y otra de sus padres y su hermano. Los padres habían muerto unos años atrás, pues eran muy mayores. Se querían tanto que, al morir su madre, su padre se sumió en una profunda depresión que le hizo morir a los dos meses de ausencia de la que fue su única novia y amante. Su hermano se había casado en segundas nupcias con su secretaria. Había abandonado a Mónica, su primera y abnegada esposa, por una mujer más joven. Aunque menos sofisticada, peor persona y más frívola. Ésta era la razón por la que ya prácticamente ni hablaba con su hermano. No sabía nada de su vida y no le importaba. Le vio por última vez en el entierro de su padre y no le dejó que le contara sus problemas con Mónica, ni sus problemas económicos, ni que estaba estudiando medicina... Quizá no se había portado bien con él. Hizo el propósito de llamarle un día de éstos porque la conciencia le remordía. Toda esta parafernalia la llevaba a cabo todos los días con exquisita pulcritud y puntualidad. A las dos horas de estar trabajando se olvidaba de sus buenos propósitos, pues su trabajo le absorbía más de la cuenta. Se sentó tras su mesa de despacho y comenzó a redactar cartas, hacer llamadas y entrevistarse con los clientes con que, previamente, se había citado para ese día.

 

Cuando llegó la hora del bocadillo, a eso de las once y media o doce de la mañana. Dejó de trabajar y fue al bar donde siempre quedaba con sus compañeros. Había solo dos compañeros, de los doce que solían bajar, y hablaron del partido de fútbol del siguiente domingo, del bajón que había dado la bolsa y lo malas que eran las mujeres. El dijo: “Todas son malas menos la mía, amigos” Los demás se rieron de él llamándolo incauto, ingenuo y cosas peores. Se acabaron el desayuno y se citaron para largarse a comer luego al restaurante italiano nuevo que habían visto el otro día y tenía muy buena pinta. El mismo que le había dicho su jefe que estaba muy bien. Cuando llegó a su despacho, la secretaria le dijo que había llamado un cliente muy enfadado. Así que se sentó en su despacho y comenzó a llamar a clientes y a citarse con ellos para otros días. De repente, una imagen curiosa le pasó por el cerebro. Era la noticia de los atracadores que había leído esa mañana en el periódico. Al principio no le dio ninguna importancia pero un rato después empezó a preocuparse. Llamó a su esposa pero el móvil estaba apagado. En casa no había nadie y saltaba el contestador con su romántico y estúpido mensaje. Dejó de trabajar para dedicarse en exclusiva a llamar a su esposa. Tras dos horas de llamadas y respuestas negativas de la operadora, logró hablar con ella. Le contó que la entrevista había ido muy bien y que tenían que quedar para otro día para concretar fechas, cuadros, tamaños, decoración. En fin, lo de siempre. Normalmente pasaba lo mismo con las entrevistas, se alargaban durante semanas y al final, sin saber muy bien por qué, se venían abajo. Ahora se iba a ir a ver a su madre, le dijo y colgó tras enviarle un beso. No quería asustarla con la noticia del periódico. Además, estaba seguro que ella le llamaría paranoico. Siempre se preocupaba en exceso, según ella. La absurda canción sonó en el hilo musical y se puso de muy mal humor. Encendió la radio y puso otras canciones, pero ya no trabajaba. Así llegó la hora de comer. En la comida estuvieron charlando sus compañeros y él, se rieron, se metieron los unos con los otros, con bromas inocentes y se fueron cada uno a su puesto de trabajo, tras pagar a escote, como siempre solían hacer.

 

Por la tarde, cuando se acercaba la hora de salir del trabajo, llamó a su esposa para ver si le apetecía ir al cine y cenar por ahí. Total, era viernes, algo deberían hacer. Su esposa estaba radiante y alegre. Le dijo que sí y le dijo que le habían hablado de un restaurante turco que estaba muy bien. Ella, al ser artista, se dejaba influir claramente por los gustos de los demás. Aunque a ella no le gustaba experimentar con la comida. Cuando hubo colgado él sonrió para sí. Recordaba la vez en que le habían hablado del restaurante hindú y ella, pese a que no le gustó nada la comida, dijo que era todo muy sofisticado y exquisito. Pero cada vez que sus amigos les llamaban para ir a comer a un hindú ella se negaba vehemente pero educada y tranquilamente. Ese capítulo se repetía casi sin distinción cada vez que iban a un nuevo restaurante de comida exótica. Una vez fue él quien se enfadó porque le llevaron a un restaurante de comida experimental. Decía que cómo podían decir que era increíblemente delicioso y bien presentado. Era de buen comer, y un plato de unas dimensiones extraordinariamente grandes que contenía una ración extraordinariamente minúscula de comida no era su idea del buen comer. Así llegó, con sus cavilaciones acerca de la escena que tendría lugar al día siguiente cuando ella se sintiera mal o dijera que no quería volver a un sitio así. Se rió, miró con ternura el retrato de su esposa y lo besó antes de salir del despacho. Era también algo que hacía todos los días. Dejó la agenda en la mesa de la secretaria y se marchó deseando un buen fin de semana a cuantos se encontraba en su camino. Se dirigió de nuevo a su coche y se esfumó. Habían quedado en su casa. Condujo tranquilamente por las calles iluminadas, pues a las ocho y media de la tarde comenzaba a oscurecer y encendían las farolas. Miró a algunos transeúntes que se besaban, que discutían, otros bailaban y reían y algunos que iban solos estaban taciturnos y tristes. Se compadeció de ellos pues no entendía su soledad, cuando él era tan feliz con la mujer de sus sueños. Casi se saltó un semáforo en rojo. Detuvo el coche de sopetón y, asustado, siguió su camino hacia casa. Ya iba más cauto, no se dejaba ir por sus ensoñaciones ni por sus pensamientos hacia otras personas. Iba pensando en la discusión que tendrían al respecto de la película que iban a ver. Había varias de acción y dos o tres películas de directores nuevos que hablaban de amor indefectiblemente pero de un modo distinto, afectado y torpe. Alguna de ésas dos o tres películas serían las que verían, seguro. En la radio volvió a sonar la estúpida canción y en un arrebato de cólera apagó el aparato de música.

 

Una luz anaranjada iluminaba intermitentemente la calle y las casas próximas a la suya. ¿Era una sirena lo que sonaba?. Cuando fijó la vista vio que la ambulancia estaba detenida en la puerta de su portal. Aparcó apresuradamente el coche y salió corriendo hacia su casa. Le llegó con total claridad la noticia que había leído esa mañana en el periódico. La imagen de su esposa asesinada y violada por unos atracadores no se le iba de la cabeza y le atormentaba. Nadie le hizo caso al entrar en el portal, entró presuroso y rápido, pero el resto de gente parecía no haberle visto. Llegó a la puerta de su casa y estaba abierta de par en par. Había varios médicos del servicio de urgencias con batas blancas y uno de ellos, al que no podía verle la cara, estaba abrazando cariñosamente a su esposa. Él se acercó con miedo hacia ellos. No le veían. No le escuchaban. Nada de nada. Parecía que no estuviera allí. Gritó con todas sus fuerzas y, con la cara desencajada por la sorpresa y el pánico, a punto estuvo de desmayarse al verse completamente entubado en la camilla. Miró el cuerpo demacrado de la cama y se miró palpándose. Nada, todo era normal. Estaba bien, perfectamente bien, no era ese despojo de la camilla. No entendía nada. Miró a su alrededor y la casa estaba igual que la había dejado esa mañana. Pero él estaba tumbado en una camilla e iba a ser trasladado al hospital. No podía ser, él estaba allí. El médico que abrazaba a su amada esposa le dijo a ella que no pasaba nada. Se acercó para enterarse de la conversación que mantenían con los hombros caídos y un gesto de pánico en el rostro. Esa voz le resultaba extrañamente familiar. No podía saber cuándo ni cómo pero la había escuchado otras veces, estaba seguro.

 

-         Cariño, no te preocupes. Ahora le trasladamos al hospital y así verás como no te molesta más. –dijo el médico de la voz familiar.

-         Yo creo que nos puede ver y está enfadado porque nos hemos estado viendo tú y yo mientras él iba a trabajar durante este último año. No era tonto. ¿quién se puede creer que tenía tantas entrevistas para exposiciones? –él se sobrecogió al escuchar las palabras de su esposa. ¡Había sido un ingenuo!

-         Bueno, igual no era tan inteligente como tú te creías. –notó algo parecido a la mofa en las palabras del médico.

-         Sí, sí que lo era, de verdad. Algunas veces he estado a punto de meter la pata. En los restaurantes que nos llevaban sus amigos yo decía que estaba todo estupendo y me miraba con cara rara. Luego por la mañana tenía que vomitar metiéndome los dedos en la boca para que se riera de mí y no sospechara nada... ¡Le hemos engañado! –ella hundió la cabeza en el hombro del médico y lloró afectadamente.

-         Bueno, cariño, seguro que entiende que te hayas enamorado de mí. Teniendo en cuenta que no te hacía caso y vivía absorbido por su trabajo...

-         Ya... Era muy bueno. Era excelente conmigo. Siempre me trató estupendamente y me quería. Así se lo pago yo. Pero yo le engañaba. Además ¿tú crees que practicando la eutanasia se acabará este problema?

-         Sí, cariño. Yo creo que todo es producto de tu imaginación. No sé. Igual una parte de ti todavía quiere que viva. Lo que es prácticamente imposible dado su estado. Si saliera de ésta sería un auténtico milagro. Pero se quedaría en estado vegetal para el resto de sus días. Y tú tampoco quieres eso ¿verdad?

-         No, no quiero eso... De todas formas, todos esos besos que sentía por la mañana, todas esas voces que oía... ¿Crees que me estoy volviendo loca? –él se asustó, todo lo pasado ese día, comprendió, había sido su espíritu o su recuerdo, pero realmente estaba en la cama. Encima estaba acosando a su propia esposa... Algo no iba nada bien.

-         No, cariño. ¡Qué va! Lo que pasa es que eres víctima de una depresión por vivir con un vegetal. Suele ocurrir. La cantidad de fármacos que le dimos le produjo ese estado en vez de la muerte... No sé qué pudo fallarnos. Es mejor que lo atiendan en el hospital. Esta noche, cuando nadie me vea, le desenchufaré para que dejemos todos de sufrir. Además nosotros nos queremos y él querría lo mejor para ti. –las lágrimas no le dejaron ver claramente el rostro de su esposa que lloraba pero se iba tranquilizando.

-         Siempre ha querido lo mejor para mí. Está bien, cariño. Hazlo y, cuando lo hayas hecho, me llamas. ¡Ah! Llévate el disco éste a veces lo pongo para acordarme de ti y, entonces es cuando más ruidos escucho en la casa. –Era la maldita canción que le había estado mortificando todo el día... ¡La canción de amor de su esposa y el amante! Aún no había podido verle la cara al médico ese.

 

Se quedó mirando con la boca abierta mientras escuchaba lo que tenían que decirse los dos nuevos enamorados. No pudo ver la cara del médico, aunque su voz le sonaba. Era alguien que él conocía, estaba seguro. Uno de ésos amigos de su esposa. Había tenido la desfachatez de llevarles a cenar juntos. Un miedo agudo le asaltó porque... ¡Le iban a asesinar esa misma noche sin que pudiera hacer nada!. Intentó tirar algún jarrón o hacer algo de ruido, pero nada. Sus manos traspasaban todo lo que intentaba tocar. Intentó abrazar a su esposa, a pesar de todo, pero también la traspasó. Le había estado engañando. Le había puesto los cuernos con un médico. Pero ¿Cómo había enfermado? ¿Qué tenía? No recordaba nada. Le habían intentado asesinar con unos fármacos, pero no podía recordar nada en absoluto. De hecho, se creía que su vida era absolutamente plena, normal y sencilla. Vivía con su esposa y ésta tenía entrevistas de trabajo. Él deseaba fervientemente que la llamaran para alguna exposición que tanta ilusión le hacían. Pero, en vez de eso, le estaba engañando con un médico. Un médico y, ella misma, que le había intentado asesinar. El mismo que después le estaba tratando. El mismo que se dirigía al hospital para taimada y sigilosamente desenchufar su cuerpo y matarle. Miró a su alrededor y vio que ya estaba la casa desierta. Ni siquiera su esposa estaba en ella. Salió a la ventana y vio que la ambulancia estaba muy lejos. Tenía que intentar detener al maldito médico ése. Hacer que le cogieran con las manos en la masa. Darle su merecido. Todo el mundo sabría que le había asesinado para quedarse con su esposa. Salió corriendo desesperadamente. Fue a coger el coche, pero no estaba. Así que salió corriendo detrás de la ambulancia. Nadie le veía ni escuchaba, con lo que no podía coger un taxi. Estaba desesperado y casi exhausto cuando llegó a la puerta de urgencias del hospital. Entró y vio mucha gente saliendo y entrando, preguntando a los médicos y esperando desesperadamente. Vio en la hoja de ingreso su nombre y un número de habitación. Subió las escaleras, tras varios intentos de entrar en el ascensor y no poder, frenéticamente, angustiado, triste y roto. Cuando hubo llegado al sexto piso, encontró sin dificultad su habitación. Jadeaba continuamente y su electrocardiograma resaltaba que estaba el corazón del vegetal de la cama muy acelerado. Aunque viera al médico no podría saber quién era. Así que entró en la habitación y se intentó despertar. No pudo abofetearse, ni darse golpes, ni zarandearse. Lloró al comprender la situación en que estaba. Qué estúpida broma estar presente en el momento en que van a asesinarte y no puedes hacer nada. Desesperadamente intentó dar a la alarma de las enfermeras, intentó avisar a alguien. No pudo. El médico venía a hurtadillas por el pasillo vigilando que nadie le viera. Más frenético, si cabe, de lo que estaba, intentó avisar a alguien de nuevo, intentó hacer algún ruido. Intentó tirar todo por los suelos. Pero fue imposible. Entró en la habitación y escuchó al médico detenidamente mientras intentaba rodearle para verle la cara.

 

-         ¡Sorpresa! ¿Sabes quien soy? Soy yo tu querido hermano. Bien, hermanito, ahora sí querrías hacerme caso, pero es muy tarde ¡Ooooh, cuánto lo siento! Ja, ja, ja. Ahora vamos a ver quién ríe el último. Siempre me has estado haciendo de menos. No hacías caso de mis problemas. Ahora yo no voy a hacer caso de los tuyos. Por cierto tu mujer me hace sentir un hombre de verdad. La he tenido que enseñar algunas cosas porque, a la hora de practicar sexo estaba un poco anticuada. Sólo el misionero y tal. Muy mal, hermanito. Ahora verás la sorpresa que te he tenido reservada, durante tanto tiempo. Vas a morir. ¿Te da pena? Mira una lagrimita que cae por tu rostro angelical... Te la secaré ¿Vale? ¿Has visto como te cuido?. Me he quedado con tu esposa, con tu casa, con tu vida. Eres un estúpido ¿quién se puede creer que su esposa tiene tantas entrevistas de trabajo y no sale bien parada en ninguna? Eres un tonto. ¿Te duele?. ¡Ay! Otra lagrimita. Tranquilo que tu hermano te la limpiará. Te he despojado de todo lo que tienes y, ahora, vas a morir. ¡Estúpido! ¿Te gusta la sorpresa que tenía para ti? Luego haré una infeliz a tu esposa y, tras utilizar sus encantos, la abandonaré creándola una sensación de culpabilidad que la va a atormentar el resto de sus días. ¡Sorpresa! Es bueno ¿Verdad? No, no me digas nada. Mejor duerme y estáte tranquilo, que vas a hacer un largo viaje. Ja, ja, ja. No volverás jamás a vernos. Pero quería que supieras cómo voy a tratar todo lo que tú más quieres. ¡Jódete, hermanito!

 

Se llevó las manos al rostro con los ojos empapados en lágrimas. Ese hombre era su hermano. Su malvado hermano. Le había odiado durante toda su vida pero no había posibilidad de que pudiera hacer nada. Sólo estaba allí como un mero espectador de su asesinato. Iba a morir en pocos segundos, minutos quizá. Intentó golpear a su hermano, intentó chillar pero nada. Empezó a llorar lastimosamente. Vio que su hermano manipulaba alguno de los tubos y sonreía mientras contemplaba cómo moría. Empezó a sentir un ahogo intenso. Su cuerpo se estaba haciendo cada vez más translúcido y veía borroso todo lo que había a su alrededor. Un luz empezó a iluminarlo todo, era una luz que sólo él podía ver. El hermano cogió su móvil y llamó a alguien.

 

-         ¿Cariño? Ya está. ¿Oye, reina, qué música es esa que suena? Nuestra canción qué romántica. De verdad que eres una romántica incurable... Bueno, el imbécil de mi hermano ha muerto por fin. Está bien, si, si. No hablaré así de él. Pero recuerda, cariño, que nos dejará en paz para siempre. Ya no sufriremos ninguno, ni nosotros, ni él. De verdad que es una enfermedad muy dolorosa. Y tú querías que acabásemos con él, para poder ser felices juntos. Sí, claro, que fue idea mía, pero nunca dijiste que no... No sufras que todo ha terminado. Por fin descansa en paz. Y tú también descansarás, mi vida. ¿Eh? Claro, claro que te quiero. ¿Si no por qué razón haría todo esto? Venga, un besito. Te quiero, mi niña.

 

Sintió que la luz le atraía con una fuerza salvaje. Las lágrimas se desbocaron empapando su rostro. Se sintió volar, estaba flotando en el aire infecto de la habitación. Miró su cadáver otra vez y observó a su hermano con tal cara de enojo... Pero ya era tarde, nada podría hacer. Flotó sobre la cabeza de su hermano y una repentina calma le sobresaltó. El tumultuoso estado de su espíritu cesó de atormentarlo. Y la canción que salía del auricular del móvil de su hermano no le produjo la congoja acostumbrada. No sentía nada. Miró a su hermano y la habitación y todo había desaparecido. Sólo las malévolas palabras de su hermano flotaban en su recuerdo. Lloró pero todo se apagaba. La luz era, cada vez, menos intensa. De repente, sin darle tiempo a reaccionar, todo desapareció, incluso él, pues había muerto en la habitación del hospital a manos de su hermano que ahora atormentaría a su esposa. Pero nada podría hacer. Se quedó triste y vencido, así llegó al mundo de los muertos.

El perro guardián

Escrito por laiguana 24-02-2010 en General. Comentarios (0)

El perro guardián.-

 

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La tapia estaba llena de líquenes y musgo, pues hacía más de tres semanas que no dejaba de llover. Grandes charcos se habían formado a su alrededor. Era una tapia hecha en piedra muy antigua. El enrejado era negro y con los barrotes de un estilo gótico temprano. La puerta era también de reja y un enorme candado con una gruesa cadena, ambos oxidados, se encargaban de no permitir el paso a nadie ajeno a la propiedad. El edificio, también antiguo y del mismo estilo gótico, se conservaba aparentemente en buen aspecto. Salvo el jardín, que estaba descuidado, y algún cristal de las ventanas que estaba roto por las piedras que tiraban los chiquillos del pueblo, todo parecía estar en su sitio y perfectamente conservado. En el jardín un perro mastín jugaba con unos pequeños huesecillos que parecían de cordero o caballo. Estaba royendo lo más metódicamente que podía la carne que había pegada a esos huesos. Era un fiero perro guardián que no permitía que nadie entrara en el edificio. Este edificio era la antigua escolanía de las monjas clarisas. Estas monjas siempre fueron famosas por su buen gusto a la hora de hacer todo tipo de bollos y pasteles. Dentro del edificio aún se conservaban los estupendos tornos y hornos que éstas habían utilizado para hacer sus afamados pasteles. Pero hacía ya treinta o cuarenta años que el convento estaba cerrado. Nadie sabía a ciencia cierta porqué se había cerrado.

 

El actual dueño era, se decía, el hijo de una de aquéllas monjas que huyó de su vida de recogimiento y virtud para recorrer mundo y descubrir los placeres de la carne. Pero, a pesar de la vehemencia con que algunos aldeanos afirmaban incluso haberla conocido, no era cierto. El dueño era un antiguo posadero de la capital que se retiró al pueblo y encontró la oportunidad de ganarle el convento a su primer comprador en una extraña partida de cartas. El hombre pensaba que haría un buen negocio. Pero las constantes habladurías sobre fantasmas en el edificio y las entradas de los curiosos para profanar los antiguos claustros de las monjas, le llevaron a comprar un perro guardián. El extraño que le vendió el perro le dijo que no podría entrar nadie en el edificio sin que el perro se diera cuenta, pues era muy inteligente y haría su trabajo estupendamente. Desde que se hizo con los servicios del enorme perro nadie intentó de nuevo entrar en el convento. Todos estaban aterrados ante la visión del fabuloso perro. Pero ahora él había perdido toda la ilusión y no quería saber nada de ese maldito edificio. Desde que lo ganó no tuvo más remedio que ir haciendo pequeñas reparaciones aquí y allá. Cada vez que se decidía a venderlo un nuevo problema surgía hasta que se quedó prácticamente arruinado. Quiso donarlo pero nadie se quiso quedar con el edificio. Por lo que estaba prácticamente abandonado. Algunos afirmaban que era el propio edificio el que quería conservarse de este modo. El dueño, que se negaba a ir a visitar su adquisición, era uno de los personajes que creían a pies juntillas ese hecho.

 

Algunas gentes del pueblo se afanaban en seguir diciendo que era un edificio maldito y embrujado. Esto, unido al comentario general de que en las noches claras se podía ver alguna sombra dentro y que se escuchaban los llantos y quejas de las antiguas monjas, llevó a un grupo de escolares a tener la idea de intentar entrar dentro del edificio. Como siempre suele ocurrir, cuando se lanza un rumor de esas características se consigue mantener a algunos apartados del edificio en cuestión, mientras que a otros les entran unas enormes ganas de saber que se esconde dentro y entrar para demostrar su valentía y coraje. Era una especie de prueba de hombría y valor para un grupo de jóvenes que estaban dispuestos a entrar a cualquier precio. Además estaba el espectacular ejemplar de san bernardo guardando la entrada, lo que le daba aún más valor a la hazaña. Cada vez que alguien se acercaba unos dos metros a la valla, el animal saltaba furioso contra ella y la hacía temblar mientras ladraba y miraba con los ojos desorbitados al intruso, soltando babas y enseñando los dientes grandes y afilados a todo el mundo. Acercar a los forasteros a la valla era una de las bromas más preciadas por los aldeanos. Éstos acercaban con cualquier pretexto, normalmente era para enseñarle el fabuloso edificio, al extranjero a la valla y se apartaban sigilosamente mientras el incauto se quedaba solo contemplando el precioso edificio. Sabían que el animal se acercaba cauteloso y a escondidas y, cuando el salvaje animal se lanzaba contra la valla obstinadamente, el infortunado forastero saltaba y gritaba víctima de un susto aterrador. Los aldeanos allí congregados se retorcían de la risa y tiraban un trozo de pan al perro guardián. Éste lo olisqueaba y lo dejaba allí tirado casi nunca solía comer nada de lo que le lanzaban por la valla. Nadie sabía de qué se alimentaba el afamado perro guardián.

 

En el colegio situado a la salida del pueblo, se acercaba la hora de volver a casa por la tarde. La mayoría de las casas del pueblo humeaban y despedían un sabroso olor. Estos olores se mezclaban en el aire produciendo una amalgama de sabores y olores que difícilmente dejaba entrever los menúes que habían preparado en cada casa. Los niños salían de la escuela tranquila y pausadamente. Hablaban de sus cosas, de los partidos de fútbol que podían ver en la casa consistorial, del susto que se había llevado la semana pasada los finolis primos de Antonio, o de cualquier otra cosa que les interesara en ese momento. Pero un grupo de chiquillos se quedó rezagado al resto del grueso de estudiantes. Eran tres chicos y una chica, más grande y valiente que ellos. Ella era quien parecía ser la líder del grupo. Se llamaba Pilar y era la cabecilla sin duda. Ella organizaba todo lo que, también ella, decidía. El grupo se quedó atrás y, cuando parecía que nadie les observaba, se detuvieron para hablar del plan que se traían entre manos. Era sencillo. Luis, un chico menudo y con gafas, debía robar un filete grande y sangrante de casa de su padre, puesto que era el carnicero del pueblo. Andrés, que era un chico espigado y con múltiples granos en la cara, robaría a la boticaria, que era su madre, un frasco con cloroformo. El resto era pan comido. Debían llamar la atención del perro y, tras rociar el generoso filete con cloroformo, echárselo por encima de la valla. El perro comería la carne y, en pocos segundos, caería fulminado víctima de un profundo sopor que le duraría unas cuantas horas. El efecto, pensaban, duraría casi toda la noche. Pero daba igual porque ellos querían pasar la noche entera metidos en el convento abandonado. Pilar, por su parte, no tenía que hacer nada, puesto que ella era quién había ideado el plan y tenía bastante con ello. Daniel tampoco “porque su padre es banquero y no le vamos a echar un cheque al perro” como había dicho Andrés, mientras los demás se reían.

 

-         Entonces ¿A las doce aquí? –dijo Andrés como esperando que Pilar cambiase los planes de improviso.

-         Sí, a las doce. Sed puntuales ¿Vale? –Pilar les miró a todos detenidamente para subrayar sus palabras, con un tono apremiante y de amenaza.

-         Vale. –Todos se mostraron de acuerdo con la cabecilla del grupo.

 

Tras haber quedado en la plaza del pueblo a las doce, hora en la que todos los aldeanos estarían durmiendo, se dirigieron cada uno a su casa tranquilamente. El pueblo se quedó desierto con total presteza a las diez y media de la noche. Era una noche oscura y desapacible pues el viento no dejaba de ulular, las copas de los árboles se retorcían haciendo extrañas muecas. Los sonidos del pueblo, igual que las luces, se fueron apagando pausada y tranquilamente. Lo único que sonaba era el viento que silbaba monocorde y parsimonioso y algún que otro aullido cercano proveniente de dentro de la tapia del convento. Poco a poco empezó a orvallar tranquila pero obstinadamente. Caían menudas gotas pero con una perseverancia y paciencia dignas del santo Job. La luna se fue ocultando paulatinamente detrás de las grises nubes que poblaban, cada vez más, el oscuro cielo. Las estrellas se estaban ocultando dando un aspecto tenebroso a la noche que se cernía sobre el pueblo como una amenaza. Las ventanas de las casas ya no emitían ninguna luz y el humo de las chimeneas dejó de salir. Todo el pueblo estaba durmiendo a la espera de un nuevo día. Parecía que era un pueblo desierto y abandonado.

 

Los niños fueron llegando puntualmente a las doce al lugar de reunión. La última en llegar fue Pilar como casi siempre. Ninguno de los tres niños se atrevió a echarle en cara su tardanza. Pero ella enérgicamente les indujo a llevar a cabo el asalto con total presteza, no dio ningún tipo de disculpa por su retraso al resto de la banda. Se aproximaron a la tapia del convento con sigilo y, cuando presintieron que el perro guardián estaba cerca, lanzaron por encima de la tapia el filete, que previamente habían impregnado con el cloroformo. Este cayó pesadamente sobre el suelo parcialmente empedrado y el perro, al cabo de unos segundos, salió de las sombras para cogerlo con sus enormes fauces y llevárselo a algún escondite seguro. Andrés se aproximó a la valla y comenzó a realizar algunos ruidos para ver si el perro estaba dormido. Sin duda lo estaba, pues si no ya se habría lanzado frenéticamente contra los osados aventureros. Andrés, por lo tanto, fue el primero en iniciar el asalto. Comenzó a trepar por la valla del convento con una agilidad asombrosa. Al llegar arriba instó al resto del grupo para que le siguieran. Al ir a pasar la segunda pierna por encima de la valla se rozó con la oxidada reja y se produjo un profundo corte en el muslo. Sacó el pincho de su muslo y la sangre le manaba a borbotones dejando en el suelo un reguero de sangre. Sangraba abundantemente y se hizo un burdo torniquete utilizando el jersey que llevaba atado a la cintura. Daniel y Luis saltaron tras Andrés y vieron el inmenso cuerpo del perro desplomado en el suelo que respiraba tranquila y pesadamente. La visión del perro les aterrorizó pero, a pesar del miedo que les invadía, siguieron adelante. Ninguno quería ser tachado de cobarde. Pilar saltó la última al llegar a la parte más alta del convento se resbaló y a punto estuvo de acabar con el cuello cercenado por uno de los majestuosos pinchos que la coronaban. Se levantó orgullosa, saltó al otro lado y, sin dar tiempo a que nadie le preguntara, se acercó a la puerta del convento. Era una inmensa puerta doble de madera con intrincados dibujos desgastados por el paso del tiempo. Los dibujos representaban vívidamente las escenas del via crucis que tuvo que pasar Jesús antes de morir. Empujaron pesadamente una de las hojas de la puerta que chirrió hendiendo el insonoro ambiente del pueblo y perdiéndose en la oscuridad. Unos cuervos que había en el poyo de una ventana cercana empezaron a revolotear y graznar amenazadores y nerviosos. Los aleteos y cantos de los pájaros sobresaltaron a los niños casi más que el chirrido de la puerta. Aún así entraron lenta y sigilosamente al interior oscuro del convento. Nada escuchaban sólo el ruido de sus pasos y los jadeos y respiraciones profundas salpicadas con algún quejido de Andrés, pues la pierna le dolía mucho. El interior del convento estaba prácticamente en ruina algunas paredes estaban caídas dejando ver los pilares de contención y algún muro al descubierto. La zona de las escaleras que daban a los claustros minúsculos que habitaban las monjas en la planta de arriba estaba repleta de cascotes y algún tramo estaba completamente hundido. No había forma de subir a los pisos superiores. Tuvieron mucho cuidado de donde ponían los pies y de hacer ruido, pues aunque dormido, el perro les atemorizaba. Y vieron una extraña oscura y pequeña puerta que daba a algún remoto sitio. Era una puerta de hierro sin inscripciones ni nada que la identificara. Debía ser la despensa, pensaron todos. Lo que había detrás de esa puerta era un angosto pasillo que estaba rematado por unas escaleras perfectamente conservadas que daban a algún sitio bajo el convento, al final del pasillo se veía una barandilla. Eran unas interminables escaleras de caracol. Al término de las escaleras había una especie de habitación que estaba rematada por otra pequeña puerta, casi más oscura que la que había un par de pisos más arriba. Al abrirla los niños se quedaron estupefactos. Un enorme camposanto se hallaba ante ellos. Nadie en el pueblo sabía que allí se encontraba un cementerio. Pero las monjas debían ser enterradas también aunque todos daban por hecho que eran inhumadas en el pequeño cementerio que había en las afueras del pueblo. Al acostumbrarse a la grisácea luz vieron que la mayoría de esas tumbas estaban abiertas, habían sido profanadas, había huesos esparcidos por el suelo que emitían una especie de fulgor blanquecino y montones de tierra al lado de las tumbas que habían sido asaltadas. Pensaron que había sido el perro quien excavara en las tumbas para comer los huesos que se hallaban esparcidos por todo el camposanto, algunos de ellos estaban hechos astillas. Al acordarse, todos pensaron en el perro y comenzaron a mirar nerviosamente hacia atrás. Creyeron oír ruidos en la escalera y se armaron con palos, piedras e incluso huesos. Al fondo del cementerio vieron un extraño bulto negro moviéndose lentamente. Todos se pusieron a la defensiva y cerraron el círculo. Al fijarse aún más en el extraño bulto vieron que era algo parecido a un hombre que estaba en cuclillas devorando los restos de carne de los huesos que tenía al lado. No es que les reconfortara su visión pero era mejor que si hubiera sido el perro, pensaron en un primer momento. El aire comenzó a azotar salvajemente las copas de los árboles y la lluvia arreció. Los sonidos de la naturaleza llegaron distorsionados a través de las escaleras. También de las escaleras les llegaba un sonido como de pasos cada vez más nítidamente y una respiración profunda y prolongada que todos conocían. No tenían escapatoria, o se enfrentaban al hombre oscuro que comía huesos o al salvaje perro que se acercaba por las escaleras. Decidieron que era más fácil doblegar al hombre que a la salvaje bestia que venía a devorarlos. Se aferraron a sus armas y se dirigieron amenazadores hacia el hombre.

 

Vieron entonces cómo el hombre estaba destrozando con sus manos algún extraño animal que había caído cerca suyo. Se estaba comiendo un animal vivo. Pues el pobre cuervo aún aleteaba mientras su sangre espesa y roja caía a borbotones por las comisuras de los labios y chorreaba por la barbilla del extraño y pálido ser vestido de negro. Era un hombre con una expresión de alegría en los ojos, aunque parecía que esa alegría era provocada por la visión de los niños ante él. Aunque tenía los dientes manchados de sangre, se le veían pequeños y muy blancos ligeramente afilados. Las manos huesudas y los ojos hundidos pero escrutadores. El pelo lacio y escaso era de un tono blanquecino. Las uñas estaban manchadas de barro y sangre. Y cuando se levantó sonriente para hacerles frente vieron que debía medir alrededor de los dos metros. Extendió los brazos abarcando todo el camposanto como dándoles la bienvenida. El perro llegó al cementerio sigilosamente y se escurrió entre las sombras y tumbas tras los chicos. Estos estaban absortos intentando calcular como atacar al inmenso ser. Le intentaron rodear pero, justo en ese momento, el perro se abalanzó sobre Pilar y de un bocado le desgarró el cuello haciendo que manara una abundante cantidad de sangre. Pilar, con los ojos llenos de terror, intentó gritar emitiendo sólo el vacío gorgoteo de la sangre que la estaba ahogando y salía espumosa por la herida. Los tres chicos se quedaron paralizados ante la aterradora visión de su amiga que moría. El perro con un trozo de carne aún colgando entre los dientes saltó sobre Daniel y le mordió en la espalda haciéndolo caer hacia delante. Daniel se golpeó con una lápida en la cabeza y quedó inconsciente en el suelo mientras sangraba a borbotones. El golpe le desnucó y ya no sintió nada en absoluto pues el perro le arrancó media cara de un bocado dejando los huesos del cráneo a la vista y él ni se movió. La sangre manchó rápidamente casi toda la lápida. Los otros dos chicos se abalanzaron sobre el hombre en un intento desesperado de infligir algún daño en el extraño ser. Éste, vertiginosamente, cogió la pala que había usado para profanar las tumbas y descargó un enérgico y salvaje golpe en la cabeza del espigado Andrés. Le dio con el filo en el cuello decapitándolo en el momento. El cuerpo decapitado cayó y se retorció convulsamente varias veces en el suelo. Una arcada le brotó a Luis en los labios y sintió que el perro hundía los dientes en su nuca. Un gesto de horror surcó su cara al sentir que se moría en ese espantoso lugar. Ya nada notó, vio acercarse el suelo frenéticamente a sus ojos y cayó muerto. El perro se detuvo en Pilar y comenzó a comérsela desgarrando jirones de carne y manchando todo el suelo con la sangre de la niña esparciendo sus vísceras mientras las mordisqueaba y jugueteaba con el hombre que, por su parte, se sentó entre Andrés y Luis, o lo que quedaba de ellos, y empezó a cortar con sus afiladas uñas la carne de los niños llevándose grandes filetes sangrantes a la boca. La expresión de su rostro fue de una absoluta alegría y hacía extraños ruidos dando a entender la exquisitez de sus carnes. Cuando, ya a la mañana siguiente, hubieron dejado todos los cuerpos convertidos en un montón de huesos rebañados hasta la saciedad, el hombre se levantó satisfecho y acarició al perro. Dándole las gracias, le dijo: “Gracias Satán”. El perro movió la cola y le empujó con el morro indicándole que se fuera. El hombre salió por la puerta trasera del convento y nadie le vio. En el pueblo todavía están buscando a los cuatro infortunados jóvenes. En un principio pensaron que se habían ido de acampada ese fin de semana. Pero llegó el lunes y no volvieron. Como una caravana de gitanos había pasado ese mes por allí, pensaron que los habían secuestrado, pero tampoco. Así que pensaron que se habían ido de casa. Estaban hartos del pueblo y se fueron a la ciudad, decían en el pueblo. Nadie pensaba que sus cadáveres estuvieran en ese edificio. Y el perro, aún hoy, sigue ladrando salvajemente a todo aquél que osa acercarse a la valla de su convento.

El Anciano

Escrito por laiguana 24-02-2010 en General. Comentarios (1)

El Anciano.-

 

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Sentado sobre un charco de heces, vómitos y orines estaba el anciano. Era un hombre mugriento y harapiento que se estaba llevando a la boca cuantos desperdicios tuvieran a bien echarle en lo que él denominaba su hogar. Al lado había unos cartones que le servían de cobijo cuando el frío apretaba. Era un anciano con los ojos grises hundidos en el rostro y los dientes sucios y amarillentos saliendo por debajo de su poblada barba que estaba cubierta por migajas de la escoria que devoraba. En sus manos había unos guantes de lana, también grises, que dejaban ver las puntas de sus dedos totalmente cubiertos de mugre y con las uñas negras y largas. Eran dedos ágiles, por cómo los manipulaba para extraer alimentos de cuántos objetos cayeran en sus manos, a pesar de los abultados nudillos producto de una más que probable artrosis. El gabán gris lucía orgullosamente todo tipo de manchas y un extraño sombrero de copa roto tapaba su calvicie de la intemperie. Por debajo del gorro dejaba caer unos mechones de pelo que no se podía saber de qué color era. Alguno diría que verde, otros que amarillo, pero lo que predominaba era el color blanco de un cabello canoso. Era un cabello largo, sucio y lacio que caía sobre los hombros. Cogió otro envase de comida preparada que había en el cubo de la basura de al lado y miró su contenido. Había un par de alitas de pollo casi intactas y manchadas con una extraña salsa que semejaba sangre. El anciano sonrió y devoró esos excelsos manjares. Escupió los huesecillos que sobraban de las alitas de pollo y se limpió la boca con la manga del mugriento gabán. Cogió una botella de vino que olía a vinagre puro y le dio un largo y tedioso trago. De pronto se detuvo en seco, dejó caer la botella y frunció el ceño. Como si acabara de recordar algo, miró presuroso, casi con miedo, su reloj de bolsillo –que se había detenido a las siete- y, sonriendo mientras miraba al cielo con alegría, dijo: “Es la hora”

 

El hombre del traje azul marino iba con un grupo de gente caminando alegremente. Hablaban y se reían. Iba impecablemente vestido con un traje azul marino y unos zapatos italianos, el pelo lo llevaba engominado hacia atrás. Su blanca camisa se veía inmaculada y la barba y el cabello perfectamente cortados y limpios. Estaban caminando juntos por un aparcamiento. Era el aparcamiento de la empresa donde trabajaban, pues eran compañeros de trabajo del joven. Sus compañeros de trabajo fueron desapareciendo a medida que se acercaban a sus coches, los abrían y se largaban para ir a su casa. Así fue acompañando a todos hasta que se quedó a solas con una chica rubia de piernas largas que lucía una alianza en su dedo anular. Él la besó con cariño en los labios y ella repitió con tono cansino: “Es la última vez, Eduardo, no podemos estar así. ¿Qué pensaría mi marido?” Él, cuando fue a contestar, alargó la mano y cogiendo la de ella se la llevó a los labios besándola y se esfumó, sonriendo. Dio la vuelta y se despidió de ella, que también sonreía. Hasta que se dio cuenta de que su amante había ido a saludar a su marido que venía hacia el coche. Ella borró su sonrisa en el acto adoptando una actitud taciturna y se metió en el coche, acto seguido el marido entró en el asiento del acompañante. Eduardo se quedó mirando la escena oculto tras unos coches y, cuando su jefe entró en el coche de su amante, se decidió a salir y seguir su camino hacia casa. Negó varias veces con la cabeza y pensando en su novia comenzó a caminar. ¿Por qué extraña razón no podía quitarse de la cabeza a la esposa de su jefe? ¿Se merecía Camino eso? Sabía que no, pues era una sencilla chica que le permitía hacer lo que quisiera y le quería con locura. Eran novios desde hacía más de doce años y él, siempre él, retrasaba la fecha de la boda, cada vez que a ella se le ocurría preguntar cuándo se iban a casar. Él miraba los ojos de ella límpidos y amorosos y le decía: “Todo llegará, Camino, todo llegará” Ella, parecía contenta con esa escueta respuesta y le besaba en los labios con candorosa pasión.

 

Las farolas iluminaban la calle, pues estaba anocheciendo. Eduardo iba ensimismado, totalmente absorto y ausente de todo lo que sucedía alrededor suyo. Podía haber estallado una bomba atómica a su lado y no se hubiera dado cuenta. Seguía pensando en su novia. Tenía que acabar con esa situación. Debía decidirse entre Silvia o Camino. Entró como un autómata en el restaurante de comida rápida y salió dando buena cuenta de unas patatas fritas que llevaba en su mano izquierda. En la muñeca derecha llevaba colgando la ingente cantidad de alimentos con que se había aprovisionado para ir a su casa y comérselos tranquilamente mientras veía el partido de fútbol. Era martes y daban por televisión el partido de la copa de Europa en el que participaba su equipo de toda la vida. No podía perdérselo. De una bocacalle salió un anciano andrajoso y maloliente que le miraba a los ojos. Eduardo sin poder apartar la vista del anciano se quedó parado en medio de la calle. Aunque le miraba y se detuvo, no le veía. Este seguía metido en su mundo y no se dio cuenta de que el anciano venía por la callejuela de la izquierda, hasta que el hedor que emanaba lo sacó de sus pensamientos y le provocó náuseas. El anciano, con una sonrisa en la boca que dejaba entrever una dentadura maltrecha y amarillenta, se acercó a él con la mano extendida y le dijo: “Dale algo a un pobre anciano que ha tenido mala suerte en la vida” Eduardo se sorprendió, pues no sabía que los pobres olieran tan sumamente mal, y le contestó: “Déjeme en paz, no tengo dinero” El anciano hizo un gesto negando con la cabeza y, señalándole con un dedo ennegrecido, le dijo: “No deberías portarte tan mal, chico, ten en cuenta que a cualquiera puede pasarle lo mismo y de cada encuentro de tu vida puede abrirse ante ti un nuevo y fascinante mundo... o un terrible futuro” Eduardo le miró con cara de asco y le dijo: “Lárguese, no tengo dinero y, aunque lo tuviera, no se lo daría. Además no creo en supercherías. ¡Deje de beber que le hace decir tonterías!” Dio media vuelta y se largó dejando al indignado y maloliente anciano negando con la cabeza. En un gesto casi imperceptible el anciano miró al cielo y dijo, para sí: “No dirás que no lo he intentado ¿eh, chaval?” Luego asintió con la cabeza apesadumbrado, como si le hubieran ordenado algo que no le hiciera mucha gracia, y dijo en el mismo tono inaudible: “De acuerdo, pero no creo que éste tenga mucha salvación” Volvió a mirar al cielo con miedo y se quedó sin acabar la siguiente frase: “Ya, tranquilo, ya sé que es...”

 

Eduardo seguía caminando mirando absorto su sombra que se alargaba y menguaba según era proyectada por una u otra farola. Ahora sus pensamientos se alternaban, pasaban del extraño anciano a Silvia, su amante, y de ésta a Camino, su novia. Miraba tranquilamente, hasta que una rata grande y gris cruzó la acera y, tras casi chocarse con su pie, le asustó. El sobresalto le sacó de su mundo de ilusión y fantasía. Miró a su alrededor y vio de nuevo al anciano acercarse desde otra callejuela, justo la que estaba al lado del portal de su casa. Resuelto a no hacerle caso caminó a grandes zancadas con paso firme y seguro hasta el portal de su casa dejando al anciano con la palabra en la boca. El anciano cerró un puño e hizo un gesto de rabia e impotencia mirando al insolente joven, diciendo: “No es justo lo que le haces a tu novia”. Eduardo no respiró al pasar junto a él, para evitar el hedor insoportable, y aceleró el paso para llegar cuanto antes a su hogar. Cuando la puerta del portal se cerró a su espalda, un cosquilleo extraño le recorrió desde la nuca hasta la rabadilla. ¿Había dicho el anciano algo de su novia? No estaba seguro, además sería el delirio de un borracho. Subió lentamente las escaleras de su casa y llegó a la puerta de la entrada. Cuando se puso cómodo y se comió toda la cena que había llevado a su casa viendo el fútbol por la televisión, volvió a pensar en el extraño anciano. ¿Cómo sabía él que tenía novia? Sentía algo extraño cada vez que veía al anciano, aunque nunca se había fijado en él detenidamente. Mañana, pues seguro que me lo encuentro, voy a fijarme bien, pensaba. Le dio vueltas a la cabeza. Intentó poner en orden todos sus pensamientos. Pero no pudo. Debía decidirse entre Silvia y Camino. Evidentemente elegiría a Camino, pues tenía muy claro que ella iba a ser la mujer de sus hijos, pero ¿qué opinaría Silvia? ¿Había alguna oportunidad de que abandonase a su marido y se fuera con él? No sabía las respuestas a esas preguntas y así, entre entristecido por su novia y excitado por su amante, se sintió muy cansado así que marchó a la cama. Después durmió, durmió tranquilamente hasta que una extraña pesadilla le hizo levantarse empapado en sudor. En el sueño veía al anciano que le había acechado en su camino a casa violando a su novia, mientras su jefe y su amante miraban divertidos desde la parte trasera de un coche cómo él era acechado por varios perros salvajes y pedía ayuda a todo el mundo pero todos le rehuían como había hecho él con el anciano ése. Luego el anciano, con la cara borrosa, le señalaba con un dedo ennegrecido y se reía ostentosamente. Llegó la mañana y todas las sombras de la noche se desvanecieron, incluso las que le habían acechado y no le habían permitido dormir más que un ligero e intranquilo rato. Al despertarse se descubrió unas amoratadas ojeras y los ojos enrojecidos más de la cuenta por el sueño. Se sintió cansado y le dolía todo el cuerpo. Se duchó y desayunó en la cocina antes de vestirse para ir al trabajo.

 

La escena se volvió a repetir. Salió junto con todos sus compañeros de trabajo y se acercó al aparcamiento donde estaba estacionado el coche de su amante. Era miércoles y no iba a ver a su novia, así que ¿quién le impedía acostarse con la mujer de su jefe? Pero la escena fue exactamente igual a la del día anterior, el jefe estaba allí aunque, esta vez, cuando le vio cerca del coche de su esposa, no pudo reprimir un gesto de odio hacia el joven que trabajaba en el departamento de ventas. Este se dio cuenta de que su jefe estaba sospechando algo así que tuvo que irse sin hacer el menor aspaviento. Tampoco hizo caso a los suplicantes ojos de Silvia. Salió airoso esta vez. Así que sonrió congratulándose de su inteligencia y continuó el camino hacia su casa. Las imágenes del día anterior se fueron repitiendo como si de una réplica exacta se tratase. Al ir fijándose pudo comprobar que estaba pasando por la misma calle, que estaba el mismo guardia de seguridad en la garita del museo antropológico, la misma gente a la puerta del mismo restaurante de comida rápida. Pero ese sentimiento de repetición se fue de su cabeza y se centró en lo que había sucedido unos minutos antes. Estaba, de nuevo, pensando en la cara de odio que pudo ver por el rabillo del ojo a su jefe al verle, cuando, casi sin darle tiempo a reaccionar, un hombre harapiento que rezumaba un extraño y profundo olor se acercó hasta él. No supo que lo tenía al lado hasta que el olor que emanaba el anciano le produjo varias arcadas. Entonces se acordó de la estúpida escena de ayer, un pobre que le acosaba, era un extraño anciano. Pero no estaba para muchas zarandajas hoy. Miró fijamente sus ojos y vio un brillo extraño. Era el mismo anciano de ayer. De no ser porque ciertos pequeños matices lo diferenciaban, hubiera dicho que el día anterior se estaba repitiendo con asombrosa exactitud. Hizo un ademán de golpear al anciano y le gritó: “Vete”. El anciano levantó un brazo como intentando protegerse del golpe que no llegó a recibir. No pudo contener las lágrimas porque ese extraño anciano le recordaba algo o alguien. No sabía si podría ser alguien de su familia o qué. La rabia le hizo entrecerrar los ojos y girar vertiginosamente, tan rápido que casi tropezó con un vendedor ambulante que le miró con cara extraña y le insultó al pisar sus pañuelos expuestos sobre una manta en medio de la calle. El anciano miró al cielo, como hiciera el día anterior, y con lágrimas en los ojos negó con la cabeza, al tiempo que susurraba: “No hay nada que hacer. Es muy orgulloso y demasiado estúpido para darse cuenta” Desapareció entre las sombras de la oscura bocacalle de la que había salido cabizbajo y taciturno.

 

El joven siguió intentando recordar a quien le recordaba el anciano harapiento. “Un sucio mendigo” se repetía una y otra vez mientras miraba al cielo y negaba con la cabeza. “¿Quién puede ser? Ese hombre me suena de algo, me recuerda a alguien...” Estaba absorto en sus pensamientos yendo hacia su casa por el camino que siempre solía tomar. El anciano estaba bajo una farola y el joven se detuvo en medio de la calle. Un coche que pasaba a gran velocidad casi le atropella, con el consiguiente insulto y toque de claxon dirigidos a él. El sonido estridente del claxon le sacó de su embotamiento y le hizo ser más cauto. Una vez hubo alcanzado la acera opuesta se dirigió hacia la farola, en la cual ya no se apoyaba el mendigo. El chico se detuvo delante de la farola y la examinó lo mejor que pudo, solamente había una colilla tirada en el suelo de un tabaco inglés que solía fumar cuando empezó hacía algunos años al imaginar ser un hombretón por dar una calada a un cigarro a escondidas de sus padres. Era un extraño tabaco que su padre traía de Inglaterra asiduamente. Lo único que quedaba del mendigo en cuestión era la colilla humeante y el intenso olor que desprendía el anciano que inundaba el sitio donde había estado minutos antes. El joven sacó un pañuelo del bolsillo de su americana y se tapó la nariz y la boca para seguir mirando, pero nada descubrió. Al darse la vuelta un bulto sospechoso se ocultó tras la calle con la que hacía esquina el bloque de edificios donde él residía. Salió corriendo hacia la oscura calle y vio al mendigo. En el momento en que le iba a coger éste se escabulló, increíblemente ágil, en las sombras dejando al joven con un palmo de narices. El anciano que hacía aspavientos extraños y con gesto de ira estaba alzando un amenazador puño al cielo mientras le gritaba desde el otro lado del oscuro soportal: “¿Qué culpa tiene Camino de tus andanzas con la esposa de tu jefe? Estúpido. No eres más que un estúpido. Vas a destrozar tu vida. No mereces mi ayuda”

 

El chico ya no pudo más, no pudo reprimir su odio hacia ese maldito anciano. Salió corriendo despavoridamente hacia él para darle su merecido, pues le había tocado en lo más profundo de su orgullo. Tenía los ojos inyectados en sangre y se acercó a él peligrosamente. El anciano que lo vio llegar dio unos pasitos torpes hacia atrás y llegó a la mitad de la calzada. Una vez allí el joven le dio alcance y cogiéndolo de la solapa de su desgastado gabán e ignorando el desagradable olor del anciano, le zarandeó al tiempo que alzaba el puño para golpear su mugriento rostro. El anciano puso cara de terror y con una extraña calma le dijo:

 

-         No te sofoques, Eduardo, no te sofoques.

-         ¿Cómo sabes mi nombre?

-         Eso no es importante aún. Pero debes saber que tus sueños ya no se van a hacer realidad. Por tu estupidez todo va a acabar...

-         ¿Qué quieres decir con eso? ¡Habla! No puedo entenderte...

-         Que tus padres, que viven en Salamanca, y tu hermana que está en Jávea no te van a volver a ver. Además está la golfa de la mujer de tu jefe, Silvia, ésa que te tiene sorbido el seso...

-         ¿Cómo sabes tú todo eso?

-         ¡Te he dicho que ya da igual! ¡Escúchame! Tu novia, Camino, es una chica estupenda que no se merece lo que la estás haciendo...

-         ¿Qué sabrás tú de mi relación con Camino? –le dijo con rabia al tiempo que alzaba el puño para golpearle-

-         Lo sé todo, absolutamente todo, estúpido. Sí, eso, golpéame igual así te sientes mejor... Quizá creas que así vas a tener una segunda oportunidad...

-         ¿Qué estás diciendo? ¿me quieres volver loco?

-         No, Eduardo, no te quiero volver loco.

 

Sin darse cuenta estaban los dos levitando sobre la calzada, en la cuál había un hombre vestido con un traje azul marino inmaculado haciendo extraños aspavientos y gestos como de ahogarse. Ninguno pareció percatarse de ello porque siguieron hablando durante largo rato. El anciano siguió hablando a Eduardo de su vida, de sus sueños, de su gente. De todo lo que apreciaba y de lo que repudiaba. Eduardo prorrumpió en un desconsolado llanto y le dijo:

 

-         ¿Y como sabes todo eso? Es mi vida, todo eso es mi vida ¿sabes? –dijo sorbiéndose los mocos y secándose las lágrimas, pues le habían provocado un llanto sordo y seco las palabras del anciano.

-         Lo sé muy bien, Eduardo, lo sé tan bien... –el anciano miraba al cielo con los ojos enrojecidos, como si fuese a llorar por la angustia que le estaba provocando al pobre Eduardo.

-         Siempre te quedas así, pensando, siempre enigmático... ¿Cuándo vas a  contestarme? –El llanto dio paso a un acceso de rabia contenida, se estaba poniendo muy nervioso porque el anciano no parecía querer llegar a ningún lado con sus explicaciones.

-         Eduardo, mira hacia abajo... ¿Ves? Estás muerto. Yo no soy sino tu propio yo si hubieras vivido más tiempo. Soy el futuro que te aguardaba y quería prevenirte de ello. De haber seguido con esa actitud en mí te hubieras convertido... No llores... Ya no hay tiempo para lamentarse. Ahora lo que te queda es peor... Tienes una muerte por delante... y en un sitio que no te va a gustar nada... El infierno es peor de lo que te contaban de pequeño... Y lo sé porque era lo mismo que me contaban a mí... –el anciano no pudo reprimir una lágrima y se quedó mirando la reacción de Eduardo, que se quedó paralizado.

 

El viejo se desvaneció y Eduardo cayó al suelo junto a su propio cadáver. Miró a todo el mundo a su alrededor que no parecían haberse dado cuenta de la aparición de Eduardo. Todos estaban intentando atender al joven caído en la calzada. Algunos pensaban que le había dado un paro cardíaco, otros que un coche lo había atropellado. Eduardo los miró a todos con cara de espanto pues no le veían. Intentó llamar la atención de la gente sacudiendo sus brazos en alto, gritándoles al oído, pero nada pasó. Intentó tocarlos pero no podía, cualquier objeto que quisiera tocar, y cualquier cuerpo también, era atravesado por su mano sin que ni él ni la persona tocada notasen nada en absoluto. Todos parecían irse difuminando lentamente en el aire, se iban haciendo translúcidos a los ojos del aterrado chico. Todo se fundía en un tono grisáceo que no le gustaba en absoluto. Todo se estaba oscureciendo, salvo un pequeño punto de luz que iba creciendo situado cerca de una alcantarilla. Cuando todo lo que estaba a su vista se había convertido en poco más que una mancha gris, Eduardo fue cabizbajo y triste hacia la luz –que ahora era del tamaño de una persona- , y llorando llegó a ella y se introdujo en lo que sabía que sólo podía ser el infierno. Mientras, un harapiento y maloliente anciano se acercaba al cuerpo sin vida de Eduardo y le acariciaba el rostro con las mugrientas manos. El resto de la gente que rodeaba el cadáver intentaron taparse el rostro por el insoportable hedor que despedía el andrajoso anciano. Le insultaron, le dijeron de todo, el anciano no les hizo caso y, con un cariñoso beso en la frente del chico le susurró “perdóname, por favor”. La gente le empezó a gritar que se marchase de allí. El anciano se levantó vencido por la tristeza de ver su propio final y les miró a todos con una cara llena de ternura tal que alguna señora tuvo que reprimir el llanto que le provocaba ver esa expresión de respeto y cariño. El anciano se dio la vuelta y se alejó lentamente del tumulto y fue distraídamente hacia la luz –puesto que el final era el mismo para el chico y para él- , una vez dentro todo lo que recordaban se disipó para ellos dos. Estaban juntos siendo la misma persona compartiendo el infierno.