Laiguana

relato

El político honesto.

Escrito por laiguana 09-12-2009 en General. Comentarios (0)

El político honesto.

cuento publicado en zonaliteratura.com, para acceder pulse aquí

 

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El impertinente despertador comenzó a emitir una serie de quejidos extraños y me levanté sobresaltado. Hice mis habituales ejercicios de esgrima y doma equina mientras me dirigía tranquilamente a la ducha. Tras enjabonar mi cuerpo lo embadurné con mantequilla y mermelada mientras me sumergía en un mundo de café, croissant y galletas. Comencé a pensar en la estúpida existencia de mi despertador y lo arrojé a la calle. Unos gritos llamaron mi atención y me asomé a la ventana. Una señora muy mal educada señalaba hacia mi ventana entre insultos y blasfemias salpicadas por salivajos que salían disparados de su desdentada boca. Por lo visto, el despertador había caído junto a ella que dormía apaciblemente bajo unos cartones. Cerré la persiana y miré el reloj. ¡Dios mío, si son las dos de la mañana! Bajé a la calle y, a pesar de los gritos histéricos de la anciana y sus golpes en mi hombro, pisoteé violenta y repetidas veces (concretamente doscientas dieciséis) el maldito artilugio. Después hablé con la señora y entendió perfectamente lo que había pasado. Nos reímos mucho y cogió su botella de anís que le servía de almohada. Le dio un trago al anís y me dio una bofetada. En mi cabeza unos pensamientos se iban agolpando. A saber: veía filas y filas de soldados nazis desfilando ante mí llevando a Auschwitz a la infortunada indigente; así como unos trescientos misiles aire tierra lanzados contra los cartones en los que ella dormía; también un verdugo de la inquisición blandiendo su hacha mientras sonreía; y, por qué no decirlo, una joven cuyos pechos cortaban la respiración de cualquiera que la mirase. Mientras seguía relamiéndome le di un par de monedas a la anciana y me marché aspirando el inhalador que me recetaron para mi asma. Cuando estaba a punto de entrar otra vez en el portal algo distrajo mi atención. No sé si era la señora Martínez, mi casera, vestida de cuero negro blandiendo un látigo mientras estaba haciendo el amor con un joven imberbe. O, tal vez, un pingüino con sombrero y bufanda que cruzó por la calle. Pero no, creo que lo que me llamaron la atención fueron unas luces fucsia de neón en las que se leía: “Club de Alterne Puri”. Es el club de alterne que hay frente al portal de mi casa. Y lo debía regentar una señora llamada Puri.

 

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Me atusé el cabello y me encaminé hacia el club. Un fornido hombretón me vio llegar y sonrió displicente. Coloqué elegante y adecuadamente mi albornoz rosa y pisé firmemente sobre mis zapatillas de Snoopy. El hombre me dejó pasar aunque se quedó mirando mi pajarita amarilla un largo rato. Luego hizo un gesto a un compañero que vino a verme y éste, tras taparse la cara con ambas manos, se marchó apresuradamente con los mofletes hinchados y enrojecidos emitiendo un extraño bufido. El matón del club, tras denegar educadamente el Alka-Setzer que le tendía a su amigo, se hizo a un lado y la pesada oscuridad cayó sobre mí cuando abrió la puerta. El humo me hacía toser y enrojecía mis ojos. Una voz metálica presentaba el siguiente número que consistía en una bailarina que salía con muy poca ropa y un pez espada. Todos estábamos expectantes a ver qué hacía con aquél enorme pescado que, sin solución de continuidad, se puso a cantar “Macarena” dando saltos sobre el escenario mientras taconeaba con su aleta caudal calzada con unos zapatos de lunares rojos y blancos alrededor de la joven. Siempre me han emocionado los espectáculos teatrales y unas gruesas lágrimas salieron de mis ojos mientras notaba que un latigazo recorría mi espina dorsal y el cabello se me erizaba. Estaba realmente acongojado y emocionado. De entre los tres hombres que estábamos en aquélla sórdida sala, dos me llamaron la atención. Uno se parecía a mi padre y el otro a mi madre. Me acerqué, entre pucheros, al hombre que se parecía a mi padre y le pregunté qué hacía allí. Se puso hecho un basilisco y, gritándome: “¡No le digas a tu madre nada, ella cree que estoy pescando arenques en el Volga!” Me dio la espalda y se marchó corriendo. Al salir apresuradamente se le cayó la redecilla del pelo con los rulos y el bisoñé se quedó pegado en una butaca vacía pues estaba lleno de fijador. Tuve que pagar su cuenta ante la insistencia de la camarera. Parecía que había invitado a todo el ballet nacional, incluida una botella de peppermint para el director de la compañía. Sorprendido, aturdido y triste me acerqué a la barra. Una señora con barba, la camarera que me había instado urgentemente a pagar la cuenta de mi padre, preguntó qué quería beber. Le pedí un café con leche y un suizo. En vez de eso me trajeron una coca cola y un austríaco que se puso a cantar una canción tirolesa. Golpeé al austríaco con una aceituna rellena de anchoa y le dio tal ataque de sed que estuvo bebiendo sin parar hasta el agua de los retretes. Cuando hubo satisfecho su necesidad de agua se irguió orgullosamente y dijo entre náuseas: “Voy a urgencias”. Acodado en la barra estaba el hombre que se parecía a mamá. Mientras le miraba no pude reprimir un suspiro. Me contuve de abalanzarme sobre ella y preguntarle: “¿Dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estás tú aquí en vez de estar haciendo tus famosas croquetas de mimo?” Di unos pequeños sorbos a la coca cola (concretamente dos) y me acerqué al señor que se parecía a mi madre.

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Era el señor Ríos. Un hombre robusto de anchos hombros, con bigote y pobladas cejas. Contuve la respiración mientras suspiré: “Mamá” pero no me hizo caso. El señor estaba llorando sobre la barra y la había dejado perdida con todas esas babas y los mocos. La camarera de la barba se acercó y con su más que atiplada voz nos preguntó si queríamos algo. Al oír esas palabras de su peluda boca comencé a pensar en todos los años desperdiciados en la universidad de Camembert estudiando gramática tirolesa y salto con potro. Pobre mujer verse abocada a vivir detrás de una barba. Me dio tanta lástima que le dije: “No”. A un gesto del hombre que lloraba le acompañé a una mesa sucia y maloliente. Entonces él se acercó y me llevó a otra mesa. Había varios cadáveres en la mesa que había elegido yo porque, según me dijo, el día anterior había actuado Alex Ubago en el local y varias personas no pudieron soportar el sopor y se suicidaron comiéndose todas las servilletas del club y prendiendo fuego a unos palillos. No hizo falta hacerles un lavado de estómago pero sí un masaje cardíaco que el enfermero disfrazado de antorcha olímpica se negó a realizar a no ser que le cambiaran el traje por uno de mosquetero. Siguió disfrazado de antorcha olímpica y los tres chicos murieron entre extrañas convulsiones y un grito que emitieron al unísono: “Salvemos las ballenas”. El señor Ríos sabía esto porque iba al local todas las noches. No en vano era un político de relumbrón. Cuando me dijo que salía en la televisión, me di cuenta que no se trataba de mi madre. Até cabos y, tras muchas súplicas, le desaté para que me contara su triste historia.
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Dudo de mi existencia, me dijo entre sollozos, soy demasiado bueno para existir. Le tendí una mano y, golpeándole el hombro con cariño, le dije: “Cómo vas a ser bueno ¿has olvidado que eres político?” Miró con desdén su pitillera de oro y me replicó: “No, no es eso... ¿O sí? Se trata de que soy el único político honrado del mundo”. Se me humedecieron los ojos al comprender la terrible situación por la que pasaba, sofoqué mi llanto dando palmas y negué repetidas veces con la cabeza (Concretamente seis). Me acordé, además, de mi tío Arturo que se suicidó tras darse cuenta que era el único cura que respetaba los votos de castidad y silencio de entre todos los futuros sacerdotes que existían en su convento. “He sido tan honrado en mi vida que no he copiado en ningún examen en el colegio” Continuó el señor Ríos, “tampoco me he escondido para verles las bragas a mis compañeras de clase en los vestuarios antes de hacer gimnasia; ni siquiera he bebido alcohol en mi vida; nunca me he masturbado y practico sexo con mi mujer una vez al mes, el día quince para ser exactos, a no ser que caiga en fin de semana que tenemos que ir a casa de sus padres a la granja” Entiendo, le dije. Miré al suelo porque no podía soportar lo que estaba viendo, de hecho le pedí una bayeta a la camarera de la barba y limpié la mesa. Me estaba poniendo enfermo la cantidad de basura que había por las mesas. Tomé la palabra con hielo picado y una raja de limón y continué hablando. “He consultado varias veces con mi psicoterapeuta la conducta de los caracoles y me ha dicho que es mejor asarlos vivos que matarlos con el gas en el horno antes de ponerles el tomate. Evidentemente esto me dio una idea fundamental. Es mejor hacer los sandwiches en la tostadora y, si se quedan fríos, meterlos un par de minutos en el micro hondas. Te voy a contar una parábola” Le dije, cuando vi que recobraba el brillo en sus ojos y sus mejillas se estaban poniendo púrpuras. “Un hombre va al zoo con su mujer y se quedan mirando al gorila, que es un animal. Éste está mirando sus pies y comiéndose un plátano. El hombre sale corriendo y pide un filet mignon y se lo lleva con un buen vino de la ribera del Duero. El gorila se queda mirándolo fijamente y, tras acercarse sumiso a los barrotes de la jaula, se sienta y le recita todo el poemario de Federico García Lorca. El hombre muere presa de terribles convulsiones y la mujer sale disparada a comprar atún que se le había olvidado en el mercado”
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Me miró con ojos desorbitados y preguntó: “Esto dónde nos lleva” A lo que contesté: “A ningún lado. Pero si hubiéramos cogido el metro en Príncipe Pío igual podíamos ir a Argüelles. De todos modos, como estamos en un bar y no hay metro, cercanías o autobuses, tendremos que quedarnos aquí”. Miró con la cara descompuesta y sus mejillas de un tono amarillento, yo proseguí con mi lección: “Hay que dejar que las cosas sigan su curso, no podemos intentar cambiar los hábitos de la naturaleza, por lo tanto, si tú eres político tienes que ser desalmado, cruel, egoísta, pederasta y no reciclar basura” Mientras asentía gruesas lágrimas caían por sus mejillas, que ahora eran verdes, y me dijo: “Gracias, ¿Te apetece ir al teatro mañana a ver Don Juan Tenorio?” Con una sonrisa en los labios contesté: “No” Me miró pensativo y me abrazó. Cuando conseguí desasirme de él tenía el cuello manchado de carmín. Ay que ver lo raros que son estos políticos, me dije. Se arrodilló en el suelo y me besó los pies. Empecé a contonearme febrilmente porque me estaba haciendo cosquillas y me reí. Entonces el señor Ríos me miró desde abajo y dijo: “Me has salvado la vida. Estaba sumido en una terrible depresión. He intentado suicidarme varias veces pero, como la maquinilla de afeitar eléctrica estaba estropeada, me puse crema en las muñecas y me dejé caer en la bañera llena de agua tibia. Me llevaron a urgencias y me hicieron una rectoscopia y no me gustó nada” Se estaba poniendo de pie. Besándome las dos mejillas me dijo: “He aprendido la lección, nunca más intentaré matar a los caracoles con el gas del horno” Sonriendo le alboroté un poco el bisoñé y le quité el cinturón de los pantalones porque me gustaba.

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Al darse la vuelta tropezó con uno de los cadáveres que había al lado y cayó al suelo. Avisamos rápidamente a la ambulancia. El pez espada me cogió por el hombro y me dijo que estaba detenido por posesión ilegal de chicles. Le dije que sólo eran caramelos de frutas y me dejó marchar. A todo esto llegó la ambulancia. Los enfermeros iban disfrazados. Uno de torero y el otro de Teresa Rabal. El pobre señor Ríos les miró y empezó a reírse. Los enfermeros hicieron muy bien su trabajo y se llevaron los cadáveres que estaban en proceso de descomposición. La camarera de la barba, al haberse desenmascarado el pez espada, se dio cuenta que era un agente de la policía secreta, así que le metió en el horno y lo hizo con unas patatas panadera y algo de cebolla. Tenía un olor exquisito así que me soné los mocos con la corbata del tipo que presentaba los espectáculos, un enano con dientes de oro (concretamente tres) que se enfadó mucho y no quiso probar la cena que había hecho su esposa, la camarera de la barba. El señor Ríos se levantó de un salto y se llevó a la bailarina en brazos mientras gritaba: “Soy malvado, pero quiero un Almax” Como nadie quiso dárselo no pudo salir por la ventana y se quedó tras la barra del bar con la bailarina. Resultó una velada encantadora. La camarera de la barba me preguntó si quería placa o pistola. Le dije que prefería aleta, aunque tenía un aspecto algo chamuscado y olía a plástico quemado, y un poquito de porra que está más jugosa, donde va a parar. Los gemidos del político, ya corrupto, y la bailarina, que era una menor, nos sirvieron de hilo musical. Después me dirigí a casa con un leve retortijón y me metí en la cama, porque, al ser Domingo, no tenía que madrugar.

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Unos meses después leí en las noticias que el señor Ríos fue encarcelado porque estaba metido en negocios sucios con una promotora que había estafado a los compradores de una urbanización en un pueblo de Toledo; tenía un lío de faldas con dos niños cantores de Viena; había introducido en la política a la bailarina del club, que fue elegida alcaldesa de Fresnedilla de Abajo por la forma en que hacía las croquetas y había malversado una cantidad insultante de euros que depositó en sendas cuentas de Suiza a nombre de su iguana y su castor. Leyendo esas noticias me senté en la cama y, mientras hacía mis ejercicios de doma equina, comencé a llorar. Al principio fue un simple sollozo hasta que se convirtió en un llanto que ni Heidi. Enjuagándome las lágrimas miré el reloj y vi que eran las tres de la mañana, lo que me enfado mucho, así que cogí el despertador y lo tiré por la ventana. Unas voces salpicadas de saliva llegaron a mis oídos. Me emocioné recordando todo lo que había sucedido meses atrás.

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Amor mortal

Escrito por laiguana 08-11-2009 en General. Comentarios (0)

Amor mortal

 

Su vida estaba en punto muerto. Se sentía desconsolado, destrozado, inútil, absurdo. Estaba triste, nada le llenaba. Todo había perdido su sentido, todo había perdido su razón de ser. Su trabajo era una jaula en la que se sentía encerrado. De la que no sabía cómo iba a salir, pero tenía que salir. Tan triste y sólo estaba que, cuando salía con sus amigos, se escapaba, para ir a correr aventuras que, al recordarlas, le destruían, le atemorizaban, le asqueaban y le agotaban. No se tenía el menor aprecio. Nada de lo que intentaba le salía bien. Tenía la inútil esperanza, y vaga, de ser un escritor de renombre algún día. Pero no podría ser, porque no tenía padrinos. Escribía de vez en cuando, sólo soñaba con escribir, pero nunca lo llevaba a cabo. Cuando se sentaba en su casa miraba el folio en blanco y se imaginaba escenas increíbles y maravillosos personajes que retratar. No podía escribir, pues se cansaba, siempre se había cansado de la monotonía, y físicamente estaba destrozado por el cansancio de pensar novelas que nunca terminaría. Pero lo más monótono del mundo es respirar. Y quería olvidarse de respirar. Tal era su estado de abulia y abatimiento. Quería dejar de respirar para nunca más volver a repetirlo. Pero no podía suicidarse. Era un poco cobarde para esas cosas. Cuando lo intentaba hacía unos aspavientos sucios y espectaculares. La cuchilla en su muñeca, las lágrimas en los ojos y, al final, se derrumbaba y lloraba amargamente. Tirando la cuchilla lo más lejos que podía. Todo lo que planeaba se desmoronaba. Incluso su muerte.

 

Todo lo que intentaba llevar a cabo le sacaba de quicio, al poco de haber emprendido la actividad que fuera ya fuese pintar, jugar al fútbol o salir de copas. Novia no tenía: no había nadie capaz de soportarle. Quería mostrarse de forma alegre al resto del mundo, pero así sólo se estaba engañando de un modo estúpido, a sí mismo. Era un poco triste hacer ver que se sentía bien para que la gente a su alrededor no se compadeciese. Eso, que se compadeciesen de él, lo ponía de muy mal humor. No era alegre, la envidia le embargaba. Todo lo que veía conseguir a los demás le asqueaba. Era un resentido. Si él no lo había conseguido, y estamos hablando de cualquier cosa, no veía que nadie pudiera conseguirlo por méritos propios sino por padrinos, mecenas, o el impulso sea cual fuere de cualquier tipo que proviniese de fuera. Se inventó una vida paralela para así no contar la tristeza que le vencía. Se estaba convirtiendo en un mentiroso viejo prematuro. Era feo, grosero, maleducado, estúpido, delgado, bajo y no tenía nada que ofrecer a nadie. Eso era algo que tampoco le gustaba, pues a menudo fantaseaba con la posibilidad de estar con alguna chica saliendo, como si fuesen novios, pero le derrumbaba la idea de que no tenía absolutamente nada que ofrecer. Tenía una gran afición por las mujeres en general. Su peor descubrimiento fueron las películas pornográficas, los teléfonos eróticos y los burdeles. Se escapaba del lado de sus amigos y se tomaba unas copas en algún burdel sin necesidad de tener que acostarse con las putas que le acechaban desde el momento en que entraba en el burdel. Era tan triste que, si bien al principio sí hacía el amor, después sólo pagaba para poder tener una charla con alguna mujer en privado. Algunas no lo entendían otras, en cambio, estaban acostumbradas a semejantes rarezas. Un día le llegó a prometer a una que la sacaría de ese mundo de perversión. La chica en cuestión casi le abofetea. No podía prescindir de unos ingresos tan estupendos para irse con alguien que no podía casi ni mantenerse. Era terrible ver la caridad con que las putas le trataban. Era angustioso para él recordar al día siguiente en lo que se había convertido. Era miserable consigo mismo descubrir lo sólo y triste que se sentía. La necesidad que tenía de compartir sus vivencias con el resto de la gente, aunque esa gente fuesen putas a las que había que pagar para que le escuchasen y le diesen algún consejo. Eran sus psicólogos particulares.

 

 No era consciente de que para conseguir lo que sea hay que luchar constantemente contra todas las zancadillas que, tanto el resto del mundo, como tú mismo te pones. Si te vence la tristeza y la soledad debes luchar para salir de esa situación. Pero cuando estás sumido en una depresión, como era su caso, no ves, incluso a veces los demás tampoco la ven, la solución. Su mirada se estaba volviendo cada vez más vacía y más desesperada. Había gente que decía que se estaba volviendo loco y puede que no les faltase la razón. Cuando tenía algún momento de lucidez y pensaba, a veces, se decía que tenía que cambiar, que salir de la espiral que le tenía descorazonado, su falta total de amor propio le arrastraba a una vida de llantos y asco. Cuando estaba con las putas, con la borrachera consiguiente, se sentía bien. Era poderoso y valiente. Cuando se despertaba al día siguiente en su casa, la amarga verdad le dañaba el corazón provocándole un estado de angustia tal que no podía ni abrir los ojos en el resto del fin de semana. No quería ver a sus amigos porque le daba vergüenza. No podía verse en el espejo sin poner un gesto de amargura y terrible odio. Un odio que cada vez se iba haciendo más visceral. A veces se imaginaba otra persona y cuando se veía en el reflejo de algún cristal se sorprendía pues seguía siendo él mismo. El estómago se le encogía cuando hablaba de algo serio con quién fuese y las lágrimas se agolpaban en sus ojos amargándole la existencia. Su jefe, sus amigos o, incluso su familia. Daba igual. No podía hablar nunca en serio y todo se lo estaba guardando. Necesitaba vomitarle sus miserias a quien fuese. Se estaba haciendo un arduo trabajo de acoso y derribo, tanto física como psicológicamente. Se autodestruía. Se mataba. Peligrosamente se estaba desmoronando. Cada vez estaba cavando más profundo el hoyo en el que sería enterrado por su propia amargura. La tristeza y la dejadez, incluso la desidia, le embotaban tanto el cerebro como todo lo que tocaba. La desgana le abatía pues no se sentía con fuerzas para emprender nada en absoluto. Cada vez que celebraba su cumpleaños venía menos gente. No gente que le quisiera, porque le gustaba verse rodeado de gente, sino que cada vez le aguantaban menos. Debía saltar de un tren en marcha que iba indefectiblemente a chocar contra un muro. Él sabía que se iba a estrellar. Y no se atrevía a saltar de ese tren. Otro de sus mayores logros era esa maldita cobardía de la que siempre hacía gala. No podía sentir el menor dolor. Y si alguien tenía la capacidad de hacerle daño, le rehuía como si fuese el propio diablo. Temía tanto al dolor que no se atrevía a amar a nadie. No podía amar porque, según él, el amor te muestra a carne viva y así es como eres más vulnerable. Si él no se quería cómo iba a darle cariño a otra persona. Si no se apreciaba cómo iba a amar. Si no se respetaba como iba a tener la suficiente confianza con alguien para convertirla en su novia. Era, sencillamente, imposible.

 

Salió de la ducha y se vistió. Había quedado con gente, sus amigos, para ir a tomar unas copas. Se cepilló los dientes con su triste cepillo, que estaba deshilachado. Con las cerdas abiertas, pensó. Se rió de la idea que le había sugerido el cepillo de dientes al pensar en un burdel, porque ahí también estaban las cerdas abiertas. Se vistió sin pensar y se fue a la calle. Cuando llegaron a un bar se puso en la barra y, como si estuviese mal de la cabeza, se puso a beber sin contemplaciones y sin hacer caso a nadie más. Cuando ya se había tomado diez copas, pues bebía como un autómata, decidieron irse a un bar a bailar sus amigos y él. Porque le gustaba bailar. Bailando no tendría que confiar ningún inconfesable secreto a nadie. Allí vino otro de sus amigos con unas chicas que había conocido. Una de ellas era tremendamente guapa. Era rubia, con los ojos rebosantes de miel y un cuerpo precioso y escultural. Era psicóloga. Los psicólogos le volvían loco, y si, además, era rubia y con ése cuerpo, mucho más. Se pusieron a hablar durante un largo rato los dos. Se dieron los teléfonos para quedar algún día. Pasadas dos semanas se llamaron y empezaron a quedar para hablar de los problemas que él tenía. Un día en que sus padres decidieron salir a cenar y luego al teatro, decidió llamarla para trasladar las sesiones de la psicóloga a su casa. Ocurrió un hecho de lo más extraño: se puso a limpiar la casa. En cuanto llegó la chica la agasajó con todo tipo de viandas, ¡hechas por él!. Le dijo que era el oasis, que vio al final del desierto en que estaba sumido, que había estado esperando toda la vida. La chica sonrió.

 

Poco a poco sus amigos se habían hartado de él y habían dejado de llamarle. Ya no querían irse a tomar copas con el imbécil de Carlos. Así que puso todo su empeño en conservar su rubio refugio. Como nunca había tenido nada, se dio cuenta de que era un tipo demasiado absorbente. Llamaba a todas horas. Quería besarla siempre. Se sentía como si el sol saliera en su pecho, pues ya no estaba frío. También se sentía vivo pues antes no podía estar de pie sin sentirse fatigado y ahora podía hacer cuanto deseara ella por arduo que fuese. Cuando la veía se sentía vivo de verdad. Siempre quería verla porque sólo así encontraba un sentido a su camino. Siempre había querido sentir algo así, en realidad, pero nunca se lo había permitido. El se estaba olvidando de sus amigos, de las copas, de los burdeles. Había llegado a la conclusión de que había tocado fondo. En un alarde de optimismo se dijo que si había tocado fondo, todo lo que viniera después era mejorar. Su oasis se sentía acosada, cansada, con miedo, la estaba aturrullando no podía hacer nada sin que sonara el teléfono, a veces hasta tres o cuatro veces en una mañana. Le quería pero no entendía que fuese así cuando siempre se había mostrado como un tipo duro. Le había dado una imagen que resultó ficticia y todo era para conseguirla. Ahora era un pelele en manos de ella y no iba a desaprovechar la oportunidad. Tenía que aprovecharlo. Ella siempre había sido un peluche en manos de los chicos que siempre la habían utilizado. Ahora quería ver el espectáculo desde otro ángulo, quería ser el espectáculo. Quería oír los aplausos del público y sentirse el centro de atención. Se mostraba un tanto ruda con él. Así que le estaba amargando poco a poco. No podía seguir así, la quería dejar. No podía estar con una mujer que le tratase de esa forma. Triste, pero decidido, estaba pensando que ella le estaba utilizando, quizá él tuviese algo de culpa, pero la que se estaba portando mal era ella. Pero había perdido a sus amigos. Y sus penas se las estaba tragando cada vez más. Iba a estallar sin importarle las consecuencias. Si no le gusta lo que vea, cuando salte, que no me hubiera hecho saltar. Que se hubiera enterado de con quién estaba jugando. Todos los miedos que había dejado atrás volvieron de la mano al unísono con más fuerza y encono. La dejó sin aspavientos. Simplemente le dijo, para tratarme así, vete con tu padre y que te soporte él, bonita. Y se largó.

 

Quizá por su tristeza o por sus ideas de acorralamiento, se vio con una carta de despido en las manos. Porque no había sabido mantener el trabajo, de hecho, como no le gustaba, le daba igual. Ya no se mostraba disciplinado y eficiente. La depresión se hizo más aguda. No se podía aguantar. Y lloraba a cada momento delante de quien fuese. En cada lugar lloraba. Hablando con sus padres. Sentado en un taxi. Comiendo. Siempre lloraba y sólo lloraba. Y lloraba sólo. No encontraba salida a su situación. Se sentía tan triste que la idea del suicidio revoloteó por su mente y duró cierto tiempo. Después la idea se marchó dando paso a un miedo a salir increíble. Solo salía, y salía solo, para irse de putas. Volvió a ser bien recibido en los burdeles de Madrid. Y la espiral siguió rodando y rodando. Le siguió enterrando y enterrando más profundo. El rencor y la tristeza eran insoportables. Así que decidió ponerse a escribir sentado en su cuarto, frente a su ordenador. Le molestaba la compañía de la gente, sobraba la gente a su lado. Se quedaba largos días encerrado en su casa sin hacer otra cosa que escribir cartas de despedida, de suicidio. Sólo cuando estaba borracho y caliente se iba a los burdeles porque era en el único momento que aceptaba la compañía de alguien. Se compraba una botella, se la bebía en su habitación y se iba de putas. Un día se encontró con ella en el Parque del Retiro. Él estaba leyendo sus tristes cartas de suicidio, que llevaba en una carpeta forrada con las esquelas funerarias publicadas en un periódico, bajo un sauce llorón, como él. Cuando la vio se sintió incómodo, triste inmensamente microscópico, mientras ella crecía más y más. Sintió que era una mujer imponentemente inmensa. No le conoció, se detuvo delante de él, que estaba hecho un pordiosero, y escuchó sus poemas. A los diez minutos se sentaba en un banco junto con su actual novio. El mejor amigo que jamás había tenido, Carlos, estaba junto a su antigua novia. La rabia le invadió, pero nada hizo. Estaba triste y sin ganas de vivir. Así que se decidió. Se acercó a ellos y con lágrimas en los ojos les dijo: “Gracias, me habéis matado”. La psicóloga y su actual novio se rieron despreocupadamente y su antiguo amigo se levantó y le empujó para que se fuera y no les molestase mientras seguía riéndose. Y no les molestó mientras seguía llorando. Se marchó a su casa, con sus padres, para ducharse. Les contó todo lo que le pasaba. Sus padres muy preocupados le dijeron que se adecentara y empezara a ser persona. Intentaría entrar a trabajar en cualquier sitio. De nuevo volvió, con ayuda de otros a ver alejarse sus miedos y dolores. Dejó de llorar. Se le hizo un callo en el corazón, no volvería a ser débil. No volvería a mostrarse vulnerable ante nadie. No se volvería a enamorar, se dijo. Entró a trabajar en una papelería y allí, entre libros, se sentía a gusto, escribía de vez en cuando. Ya no eran las cartas de suicidio sino hermosos poemas de desamor, alguna novela de terror y una excelente colección de relatos cortos. La encargada era una chica unos años menor que él. Y leyó lo que escribía, le encantó. Se lo hizo saber. Estaba hechizada por él. Era un chico que se mantenía inaccesible y siempre era educadamente frío. Algo que le hacía sentir ciertas ganas de que el chico ese se enamorase de ella. Y, aunque le parecía guapa, no quería enamorarse, tenía miedo a padecer más dolor. Pero un sueño entró en su cabeza: iba a montar una tienda de libros. Y, además, escribiría. Ella le declaró su amor por carta, y le tocó la fibra, porque le habían escrito unas palabras de amor. Cuando leyó la carta sintió que el pecho se le desgajaba a jirones. Estaba completamente convencido que era lo más bonito que jamás le había sucedido. Quedaron en salir juntos, con los amigos de ella, algún día por ahí. Se lo pasó estupendamente bien, tomando unos vinos y unas tapas por el Madrid antiguo. Habían ido al cine, había tomado unas copas en un local tranquilo. Cuando ella se fue al baño, pues ya les habían dejado solos, como ella había solicitado a sus amigos, él se atusó el cabello. Cuando volvió ella se sentó a su lado, le dijo que la quería y la besó con todo el amor que pudo compilar en su corazón. Se sintió mejor que nunca porque ése beso sabía distinto. Era de verdad, sabía a bienvenida, no al amargo sabor del adiós. Sabía a rejuvenecer, a vida, a amor, a ternura, a decencia, a cariño, a gloria, porque ella se llamaba así: Gloria. Y fue glorioso haberla encontrado. Su situación en la papelería era estupenda porque los dueños eran los padres de ella. Les parecía que su hija estaba saliendo con un buen chico. Y lo era, él era un chico decente, cariñoso, agradable, simpático. Se había convertido en todo lo que antes no podía ni imaginar. Pero no la quería mentir. La quería y necesitaba que ella supiese todo por lo que él había pasado. Se querían y estaban orgullosos de sentir amor por la persona que estaba al lado. Pudo, sin miedo, contarle todo lo que le había pasado en su vida. Ella lo entendió no sin ciertos reproches ante ciertas situaciones, le dio cariño, comprensión, ayuda, amor, y a él le conquistó. Estaba completamente enamorado de ella. Era la mujer de su vida, estaba convencido. Estaban locos de amor. Tanto que un día hicieron el amor en la papelería. En la tienda había muchas humedades, algunas cañerías goteaban. La fotocopiadora tenía un gran número de papel en su bandeja y en unos cajones cerca de su enchufe. Una gota cayó sobre el cable pelado y produjo un cortocircuito que provocó una chispa. Las llamas comenzaron a extenderse velozmente por todo el almacén y la tienda. Ellos, sumidos como estaban en su embriagador sueño amoroso, no se enteraron del fuego que, peligrosamente, les acechaba. Siguieron haciendo el amor incluso cuando supieron que se estaban abrasando y que se morían sin ningún tipo de reparos. No se detuvieron. Así murieron ardiendo de pasión en un sueño de Gloria y Carlos por un amor no encontrado y que cuando se encuentra te vence, te atrapa, te consume y te mata. Un fuego de amor mortal.

 

Lo curioso fue que al entierro acudieron sólo los familiares de ambos. Ningún amigo llegó al sepelio. En los ataúdes estaban los amantes abrasados en su pasión. En una pasión inconmensurable en una pasión amorosa increíble. Estaban realmente enamorados el uno del otro. Se querían con terrible cariño. Lo más bonito de esta historia de amor fue que sus huesos fueron entrelazados. Entre los escombros no se pudo discernir cuáles eran las partes del cuerpo de él y de ella y mezclaron los huesos de ambos en los ataúdes. Además los padres de ambos, que habían visto el cariño que se tenían, no quisieron que hicieran ningún tipo de prueba de DNA ni nada por el estilo, sino que quisieron que quedaran así abrazados de por vida. Abrazados para siempre en un eterno beso. Entremezclando los sentimientos de ambos, incluso dando un sentido a sus vidas, para dárselo también a sus muertes. Era una muerte de amor, en un abrazo de cariño apasionado y salvaje veneración del uno por el otro. Por lo que quedaron eternamente abrazados. Nadie quiso, ni se atrevió, a separarlos de su cariñoso abrazo. Un forense que lo intentó se quedó con un trozo del fémur de ella, o de él. Porque nunca lo podrán saber. Estaban en un fervoroso y cándido abrazo lleno de todo el amor que ha corrido alguna vez por las venas de algún ser humano desde que el mundo es mundo. En un abrazo que significaba el sentido y perfecto amor de dos jóvenes que, en su incomprensión, se encontraron para no poder ser separados nunca. Pues nunca nadie se atrevería a intentar exhumar los cuerpos para que nadie los separase. Se quedaron así abrazados para el resto de los días. En un límpido, apasionado, cariñoso y desgarrador abrazo de amor. Un amor mortal. En el lugar donde descansan nacieron de forma espontánea unas orquídeas nadie las quiso cortar. Por que significan amor eterno. Sólo las cuidan con veneración y ternura para siempre.

 

El Hogar

Escrito por laiguana 25-10-2009 en General. Comentarios (0)

 

El hogar.

 

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La habitación estaba decorada de color salmón, con grandes y manufacturadas alfombras llenas de detalles preciosos que ornaban sus, ya de por sí, hermosos tejidos. En las paredes había cuadros de los pintores más cotizados del momento perfectamente alineados y con unos marcos bellísimos que hacía que ensalzaran aún más su belleza al contrastar con la pared empapelada en color salmón. En el techo pendían solemnemente dos lámparas con múltiples perlas cristalinas que emitían y multiplicaban la luz que salía de ellas. Miríadas de rayos luminosos iluminaban unos sofás tapizados en burdeos y resaltaban el ambiente festivo de la habitación. Al fondo los dos sillones cerraban su afectuoso abrazo a la chimenea de la que salía un cálido confort, rompiendo la configuración de la habitación y creando dos ambientes distintos. Además de los sillones, un majestuoso escalón separaba dichos ambientes. La sensación del que entrase en esta habitación era que se trataba de una habitación dotada de un tono festivo y solemne. La gran mesa que estaba al otro lado del escalón y tras los sillones estaba repleta de fuentes de las que salían los más sabrosos olores. Había en platos pequeños trufas perfectamente aliñadas y condimentadas dispuestas a ser ingeridas, el paté de oca servido en pequeñas bandejas de plata, que hacían juego con la cubertería engalanada que rodeaban las servilletas perfectamente dobladas y colocadas que eran iluminadas por las velas de dos grandes candelabros, también de plata. Las fuentes que escondían otros deliciosos manjares, al igual que el resto de la cubertería y los candelabros, era de plata. Una plata perfecta y delicadamente bruñida que brillaba con un tono majestuoso y preciosista. El mantel y las servilletas eran de hilo y estaban tejidas a mano por algún virtuoso de las agujas. Las grandes cortinas de colores rojizos tapaban una ventana cerrada a cal y canto. Esa ventana no se podía abrir por lo que la única iluminación de la estancia la daban los candelabros y la estupenda lámpara del otro lado del salón. Y allí, tras la mesa, en el rincón más oscuro de la habitación un hombre estaba tiritando, llorando y angustiado. Miraba a la ventana con desesperación pues era consciente de que no se podía abrir. Había intentado infructuosamente abrirla en varias ocasiones. Igual que pasaba con el resto de la casa, no permitía que nadie se alejara de ella. Es más, parecía que era la propia casa la que decidía si se podía o no abrir. Fue tambaleándose hasta la puerta corredera de caoba deteniéndose para mirar con cara de asco los manjares que estaban servidos a la mesa y echar un último vistazo a la habitación pues sabía que nunca la volvería a encontrar. En un gran cuadro había representado un amanecer en el mar, en alguna remota isla de un remoto continente. El hombre, al observarlo detenidamente, no pudo contener las lágrimas. El deseo de abandonar esa casa le causaba un trastorno ciertamente grande. Estaba muy triste y, más si cabe, cada vez que pensaba en lo que habría fuera de la casa. Quería salir de esa maravillosa habitación. Así que, con paso decidido, se acercó a las puertas correderas y las abrió. No sin antes intentar, sin éxito, reprimir un hipido y evitar que una lágrima cayera, tras aspirar profundamente salió y cerró las puertas tras de sí.

 

El pasillo que se adentraba en la oscuridad daba a entender que la casa a la que pertenecía era una hermosa mansión inglesa de estilo claramente victoriano. El hombre palpó la pared y dejó las huellas de sus manos sucias de carbón, pues también había intentado huir por la chimenea del salón. La pared estaba manchada y las manchas rodeaban el interruptor de la luz. La mano temblorosa del hombre dio en la clavija adecuada y una inmensa y preciosa lámpara se encendió iluminando todo el pasillo. En él habían múltiples cuadros de los mismos pintores que había en la habitación anterior. El hombre soltó un suspiro, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Había pasado por ese mismo pasillo unas treinta veces y, cuánto más pasaba, más le daba la impresión de que disminuía de tamaño. La tarima del suelo estaba perfectamente pulida y emitía continuamente un fulgor alimentado por la lámpara que estaba en medio del pasillo distribuidor. En ese pasillo había doce puertas. Haciendo memoria el hombre recordó que antes habría unas veinticuatro. Pero ahora sólo había doce, indiscutiblemente estaba disminuyendo la casa a medida que pasaba el tiempo. Bueno, se dijo, si sigue así, no tardará en ser tan pequeña que me permita salir. Pero otra duda le asaltó ¿y si la casa decidiera engullirlo y matarlo aprisionándolo entre sus paredes? La rabia no le dejó pensar. Había ocho puertas a la derecha, unas correderas a la izquierda –que era la habitación de la que acababa de salir- y tres al fondo. La puerta que había en el centro de las tres del fondo daba la impresión de ser la de la calle, salvo por la extraña silla que había a su lado, como si un vigilante tuviera allí su puesto de guardia. Era una silla de madera y mimbre sin curtir ni barnizar. Y a la derecha de la silla, entre una puerta toscamente decorada y la que parecía ser la de la calle había una escalera de caracol. Las paredes del pasillo estaban pintadas de un color blanco inmaculado y reflejaba la luz dando la sensación de ser un pasillo increíblemente iluminado. El hombre siguió llorando al ver la imagen que tenía ante sí. Estaba completamente destrozado y tropezó varias veces golpeando el hombro con las paredes antes de llegar a la puerta que parecía ser la de la calle y aferrarse al picaporte manchándolo de carbón. Con una inhalación profunda suspiró con franqueza e hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir la puerta y no pudo. Se derrumbó justo al descubrir de nuevo que no era capaz de abrirla. Apoyó su espalda contra ella y lloró desconsoladamente. Pero otro impulso le hizo cerrar los ojos y entrar en la puerta de al lado que era pequeña y daba la sensación de que daba a una habitación lóbrega y oscura. No era tan hermosa como el resto de las puertas, era más bien tosca.

 

La habitación que se abría ante él le hizo cambiar el semblante y poner un gesto de terrible angustia y desesperación. Su boca se abrió para dejar escapar un grito de terror con los ojos desorbitados y un temblor en las manos se quedó paralizado. Tal era el miedo que sentía que, tras el grito sobrehumano, fue incapaz de emitir sonido alguno quedándose llorando seca, profunda y calladamente. Era una habitación que él conocía muy bien. La habitación que tenía en la casa de sus padres, hacía ya muchos años, en su antigua casa de la playa. Estaba tal y como la recordaba, con las raídas y amarillentas cortinas en la ventana con una de las bisagras rotas que había ante su mesa donde solía estudiar de pequeño, la cama a un lado de la puerta y poco más. Algún juguete polvoriento y abandonado yacía en el suelo roto y triste pues nadie lo utilizaba para divertirse desde hacía largos años. Sus ojos se empañaron por las lágrimas y todo se volvió borroso a su vista. Miles de recuerdos se agolparon en su cerebro y prefirió cerrar la puerta llorando y tembloroso, tarea que le llevó más tiempo del que deseaba. De nuevo en el pasillo y, tras apoyar su espalda en la habitación que acababa de abandonar, se detuvo a contemplar las otras tres puertas con miedo. Contó con desesperanza las puertas que se podían ver y eran seis. Las tres de su izquierda y tres a la derecha. Con pasos dubitativos se acercó a la puerta de su derecha y tras coger el pomo se detuvo y respiró profundamente mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano izquierda.

 

Abrió la puerta pesadamente y, con miedo, miró en el interior de la habitación. No era la que buscaba pero era una habitación vestida de verde pálido, llena de cuadros con escenas de caza y una gran mesa que estaba rodeada por sillas de madera ancha con el respaldo y el asiento forrados en tela verde oscuro. Sobre la mesa se podían ver algunos platos con pasteles y pastas y, en torno a ellos, los platos pequeños con las tazas y los cubiertos del café. A la izquierda de la mesa había un gran mueble bar que contenía una inmensa gama de botellas de los más diversos licores. El doble ventanal dejaba entrar una pálida luz gris que iluminaban someramente el asiento y las teclas de un gran piano de cola. Se lanzó frenéticamente contra la ventana pero sabía de antemano lo que iba a suceder: nada. La habitación le produjo una sensación de tranquilidad, aunque era una habitación para quedarse en ella y disfrutar de su comodidad y él quería huir de ese maldito hogar. Salió de nuevo a la espesura del pasillo distribuidor que había abandonado hacía unos minutos. Al salir se detuvo en recordar cómo era ese corredor minutos antes. Antes había seis puertas y ahora sólo cuatro. Aquello le estaba desquiciando. La escalera de caracol que había a la derecha de lo que parecía ser la puerta de la calle, había desaparecido y en la silla que había al lado de dicha puerta había una señora muy mayor bordando algo metódica y lentamente, con una adusta sonrisa en el corte que tenía debajo de la nariz que parecía que eran los labios, pues, al no tener dientes, éstos se introducían dentro de su boca. Lo que tejía tan afanosamente parecían ser servilletas y manteles como los que había en la habitación decorada en tonos salmón.

 

Miró de nuevo hacia la puerta de la habitación que le había dado tanto miedo y huyó de ella sin refrenar el paso ni mirar hacia atrás. El pasillo también había cambiado, pues era más pequeño y oscuro. El suelo era ahora de terrazo, de un terrazo color gris muy extraño. Era casi un cuadrado que en cada lado tiene una puerta. La gran lámpara que había antes, había desaparecido y en su lugar había una pequeña bombilla colgando de unos cables que apenas iluminaba. El traqueteo de la silla de la vieja que estaba cosiendo, el rechinar de sus dientes, las punzadas en la tela negra y el murmullo incesante que emitía ella –como si estuviese rezando- se hicieron de improviso perceptibles. El hombre se acercó a mirar la lámpara desde abajo, para ver si estaba estropeada, y cuando llegó al centro del pasillo pudo ver cómo se movían las paredes de la casa y el pequeño cuadrado con cuatro puertas, en el que sólo cabía la vieja sentada en su silla y él mirando estupefacto a todos lados, se movían hacia él. Los ruidos emitidos por la anciana, que cosía más rápido, se hacían cada vez más fuertes, hasta que se convirtieron en un ronco, continuo y quejumbroso murmullo que le enloquecía. La vieja dejó de tejer y todo se detuvo de repente. Las paredes dejaron de moverse, la anciana dejó de coser y le observaba divertida. El hombre se acercó a ella todo lo posible y, sin decir una palabra, le imploró una respuesta a lo que estaba pasando. Ella continuaba sonriendo. Y sólo dijo la palabra muerte. El hombre le dijo: “Por favor señora explíqueme qué está pasando” Escuchó horrorizado cómo su voz era la de un anciano. Era como si estuviera en el umbral de la muerte. La anciana levantó los ojos al techo y le dijo: “Ese hogar que tan desesperadamente querías abandonar, era tu vida” tosió un poco y arreglándose el pelo coqueta, continuó: “No has sabido aprovechar los increíbles dones que la vida te tenía reservado, los has ido rechazando uno a uno” Lanzó una sonora y sonrojante carcajada, para terminar: “Ahora todo lo que te queda es morir” Dicho esto desapareció. El hombre se quedó con la boca abierta, intentó decir algo. Se llevó las manos a la garganta, de la que no salía sonido alguno, y con los ojos desorbitados vio que las paredes de la casa estaban cayéndose. Las puertas que estaban cerradas se abrieron desgajándose por los goznes y cayendo sorda y estrepitosamente. Los ladrillos y el resto de escombros que iban cayendo, se convertían en un extraño polvo blanquecino y, cuando todos los escombros que caían destrozando la casa desaparecieron, dieron paso a un extenso desierto de un color gris. Toda la vida se había pasado queriendo salir de la casa y lo único que había más allá era la muerte, el desierto. La muerte y el desierto fueron su meta. Se miró las manos y vio que no eran las suyas sino las de un anciano decrépito. Lloró amargamente y murió. Mirando con ojos llorosos al cielo gris y al oscuro y extraño sol, murió.

 

El boicot

Escrito por laiguana 07-10-2009 en General. Comentarios (1)

El boicot.

 

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Toda mi vida ha sido una sucesión de desgracias. Pero desde que nací, no se vayan a creer. Que yo no me quejo de vicio. Otro en mi lugar ya se habría suicidado. Habría cogido una cuchilla de afeitar y se la hubiera llevado a la muñeca para asestarse un buen corte. Pero yo soy un tipo valiente. ¿Quizá debería decir estúpido? Puede ser. Porque el valiente no es si no el estúpido que no se da cuenta del peligro que tiene delante. Cuando veo una de ésas películas en las que un tipo es muy “valiente” e intenta salvar a la chica de turno poniendo en peligro su vida, pienso: “Este tío es un estúpido” Aunque luego recapacito y pienso: “Quizá no todas las mujeres son como la mía y alguna merezca que se arriesgue la vida por ellas” A continuación me doy cuenta de que estamos viendo una película y se me pasa. Es muy sencillo que se me pase, no tengo más que mirar a mi mujer y mis tres niños y me doy cuenta de que jamás en la vida arriesgaría mi vida por ella. Los niños suelen ser inocentes, buenos, pícaros, traviesos... Los míos son una auténtica desgracia. ¿Por qué? Muy simple: Los ha tenido ella. Pero son míos, no se vayan a pensar que también soy un cornudo, porque ya sería lo último. Además no me suicidaría cortándome las venas porque si veo sangre me pongo malo. En serio, me quedo sin fuerzas. Hablando de fuerzas, en mi casa es mi mujer la fuerte. Para qué negarlo. Yo no soy más que un tipo corriente que se marcha a las siete de la mañana a la sucursal del banco del barrio y se mete en la caja. Cuando vuelvo a casa ahí está ella. Con esa cara horrible, sus pechos caídos y su bata raída de flores que se compró en el mercadillo de Gandía hace tres años. Porque entonces sí íbamos de vacaciones. Pero hace dos años y medio que murió mi suegro y, desde entonces, no podemos ir a ningún sitio sin la madre de mi esposa. ¡Qué bonita es una familia unida! Sí, es preciosa. Mi familia es una auténtica calamidad. Estoy asqueado de la vida que llevo. Odio mi trabajo, odio a mi mujer, odio la vida en general y odio la suerte que nunca he tenido. Porque, en serio, yo soy “El desgraciado” Si me ven por la calle, pueden llamármelo que lo tengo muy asumido.

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Mi amor no siempre ha sido una calamidad. Qué va. Porque yo fui al altar convencido de amar a Julia. ¡Qué digo convencido! Fui engañado por su familia que me hicieron ver lo que no era: Una persona extraordinaria. Hasta ahí es todo normal, porque nos ha pasado a todos. No pueden negarme que uno llega al altar convencido de que la mujer a la que va a consagrar el resto de su vida es la mujer ideal. Es lo mejor que te ha pasado en la vida, es la que hace que cada uno de tus actos tenga un significado absolutamente... ¡Tonterías! Todos y cada uno de nosotros, vamos al altar engañados por una relación idílica y llena de emociones. Somos estafados por una trama que si fuera escrita por Franz Kafka sería una novela de esas que nos dejan impresionados. Todos los hombres, porque por definición somos estúpidos y estamos enamorados (lo que nos hace aún más estúpidos, si cabe) tenemos fetiches raros, el paquete de tabaco que un buen día compraste con ella, días señalados en el calendario con fechas estúpidas como la primera vez que fuiste al cine con ella, o el día en que montaste en la noria del pueblo en la feria de verano, o ¡yo qué se!

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La madre de tu novia es, o suele ser, una señora algo rechoncha que siempre te prodiga sus sonrisas y de la que te sorprende la habilidad que tiene para preparar unas estupendas comidas siguiendo los pasos de algún afamado cocinero que sale en televisión. O eso es lo que te cuenta ella, entre extrañas sonrisas. Años más tarde te darás cuenta que todo lo que hacía con tanto esmero eran platos cocinados por alguna vecina mañosa o pedidos en el bar de la esquina. El padre es ese señor que está en el sillón sin decir nada arropado con una raída bata de cuadros y con las zapatillas llenas de agujeros, y lo único que hace es que te mira con cara de terror mientras niega con la cabeza. Nunca se sabe lo que pinta en el sillón (a veces piensas que ve la televisión, pero no puede ser porque normalmente estará viendo el programa preferido de la señora rechoncha sin decir una palabra, solo te mira apenado) pero te acostumbras. A veces cometes el error de saludarlo. Él, solícito, se levantará y te dará la mano, hasta que la madre le dice: “Mario, quédate sentado en el sillón, que con el lumbago que tienes...” Una de las veces que peor lo pasé al entrar en casa de Julia fue cuando me enfrenté a la prueba de: “Mira que cuadro más bonito ha comprado mamá en la subasta del hostal Loli” Pues bien, miras, escudriñas y te quedas absorto un buen rato. He de reconocer que jamás he tenido el menor impulso artístico y que el arte abstracto y moderno no lo entiendo en absoluto. Eso de fotografiar un huevo frito y decir que es la torre Eiffel no va conmigo. El cuadro en cuestión era un conjunto indescriptible de rayas de distintos colores, todos ellos vivos, con unos círculos inmensos de colores algo más difuminados que englobaban todas esas rayas extrañas. No sabes qué decir hasta que el título te saca de dudas: “Escarabajo” Dices: “¡Vaya, me recuerda uno de ésos documentales de la dos en los que salían numerosos coleópteros volando” y sales del trance más o menos bien. Te das cuenta del error que estás cometiendo cuando ves que el padre se mueve en el sillón y, tras lanzarte una mirada triste y melancólica, niega con su cabeza una vez más. Hay un momento en el que puedes leer en sus ojos: “Pobrecillo, está entrando de lleno” aunque eso lo descubrirás años después. Cuando el padre en bata de cuadros y tú seáis parte del mobiliario e intercambiéis miradas cómplices llenas de rabia. Mirando a todos los lados ves algún objeto que te puede sacar del apuro y desviar la atención del cuadro. No sabes qué hacer. Ya está, has visto un hermoso jarrón de color azul marino y dices: “De todos modos, a mí me gusta mucho más ese jarrón de allí porque como no entiendo el arte moderno...” Tu novia te mira con cara rara, los ojos brillantes por no se qué extraña razón. La madre, sonriente (como siempre) te dice: “Ese se lo regaló a Julia, Iván, su ex, es de jade” te quedas mirando al más allá con cara de bobo: “¿Jade? ¿Azul marino?” y te extrañas. Sin saber dónde meterte, al haber mencionado al ex de tu novia, dices, nervioso y mirando a todos los lados, pero sobretodo, buscando al padre que sigue haciéndose el remolón en el sillón: “¿Podemos cenar ya? es que traigo un hambre...” La madre mira el jarrón con un infinito cariño. Mira a Julia con cara de resignación y me prodiga una malévola sonrisa para continuar con su emoción. En todos esos momentos es cuando ves la certeza del famoso dicho: “Tierra, trágame”

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Pero bueno, yo ya he pasado por todos esos tragos absurdos. Me engañaron. Fui embaucado por una especie de secta familiar para que me casara con su hija Julia, la envidia de sus primas (por su belleza) y un primor en el colegio y en las clases de danza clásica. Después sería una arpía. Se convirtió en arpía desde el mismo momento en que dijo: “ Sí quiero” en el fatídico altar, el triste y lluvioso día de mi boda. Es curioso, debía haber hecho caso a las señales divinas, porque casarme el diecisiete de julio y que lloviera tenía que ser algún tipo de mensaje divino. A lo mejor significaba que mi vida iba a ser llantos continuos. Si hubiera querido decir eso no se habría equivocado lo más mínimo.

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Siempre me he preguntado por qué razón los novios en el día de su boda están tan nerviosos. ¿Será porque entran dudas? ¿Acaso porque, el novio en cuestión, se ha dado cuenta que ha sido embaucado por una familia que ha conspirado para llevarle hasta el altar? No lo sé. Lo único que sé es que, si me volviera a pasar, me dejaría engañar de nuevo. ¿Qué pasa? ¡soy un hombre! El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Sólo hay algo más tonto que un hombre: dos hombres.

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De hecho, a mí me engañaron hace ya cinco años. Tengo una casa, una mujer, un trabajo ridículo (con un sueldo aún más ridículo), tres diablos que se han disfrazado como si fueran mis hijos, un perro que antes era bueno y al que ahora han embaucado también para ponerle en mi contra... ¡Ah! y una suegra. Mi suegra. ¿Hay que hablar de ella? Prefiero que no, a ver si va a estar escondida por ahí... ¡Me da un miedo...! Lo que iba a contarles es tan sencillo como un día normal y corriente en mi casa. Concretamente el viernes. Tras estar toda la semana estresado y nervioso quieres llegar a casa para descansar de tu semana laboral. Pero ¡cómo vas a descansar! Según llegas te asaltan tres niños que te empiezan a preguntar cosas del estilo: “Papá, papá ¿la raíz cuadrada de 169?” ¡Yo que sé! Que se lo pregunten a su madre que es la que guarda todo. El otro, el mediano, te dice: “¿Por dónde pasa el río Cares?” Pues debe pasar por el salón porque con las humedades que tenemos... Y llega la pequeña Andrea, a ésa no la han podido poner aún en mi contra, se echa en mis brazos y me besa, mientras, con su graciosa voz, me dice: “¿Qué es follar?” Sus hermanos se hinchan a reírse. Me desplomo en el sillón y empiezo a sollozar. Pero es que es igual todos los viernes. Bueno, todos los viernes no me pregunta mi niña pequeña que qué es follar, porque sino me tendría que asustar. Si sólo piensa en eso con tres años... ¡Se va a convertir en una golfa! A lo mejor tiene suerte y se lía con algún famoso. ¡Qué sé yo! Hay que ver el aspecto positivo.

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Llega un hedor insoportable de la cocina. No me gustan las sardinas, no me gustan nada las sardinas. Pregunto, sabiendo la respuesta de antemano: “Cariño ¿qué hay hoy de cena?” Y la arpía responde lacónica y cortante: “¡sardinas!” Ya, ya lo sabía. Era por si, por una extraña conjunción de Saturno con Urano, ese hedor irresistible llegaba de la cocina de algún vecino. Terminas de cenar, o de hacer que cenas, porque no hay quien me haga comer sardinas. Con un magnífico truco que aprendí en la mili, las aparto a un lado para, tras mucho disimulo, echárselas en el plato a mi hijo mayor. Pero ella que es un sabueso se da cuenta, así que, tras discutir con mi mujer, me pongo a cocinar una tortilla francesa que me salen muy bien, quemadas pero bien. Devoro la tortilla sabor a sardina (pues se me ha olvidado coger una sartén nueva) y me tomo un vaso de leche con galletas que eso sí que alimenta: tienen no sé cuántas vitaminas y hierro. Tras cenar opíparamente nos vamos al salón-comedor-cuarto de estar-cuarto de la plancha-tendedero y ponemos la fabulosa televisión de quince pulgadas. Tenemos que sentarnos cerca para poder verle la cara al presentador del telediario.

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Es increíble si has tenido un día malo no hay nada como el telediario para que te entren náuseas y ganas de darte al alcohol y las drogas. Pero a las duras ¡sin chorradas! Tú te sientas a ver la tele con tu familia, tranquilamente, y ves que ha habido siete asesinatos, miras a tu mujer con una sonrisa cómplice. Catorce intentos de suicidio, acaricias la cabecita del niño que tienes más a mano con los ojos entrecerrados imaginándote un mundo mejor. Un atentado horrible en Estados Unidos, piensas en la casa de tu suegra y te repantingas en el sillón. En los deportes anuncian que tu equipo de fútbol ha vuelto a perder. De todos modos, y tras meditar un buen rato, piensas: “Los americanos sí que son listos” En serio, porque en cinco minutos ya sabían que el loco que había hecho el atentado ése se llamaba Iván. Luego te enteras de que los talibán son una especie de secta musulmana que deben ser parientes cercanos de mi familia política por lo malos que dicen que son. Y, hablando de política, te tragas ocho o nueve casos de corrupción que te hacen pensar: “No tendré yo un familiar, por lejano que sea, ejerciendo la política y que pueda enchufarme en algún ministerio” Pero, da igual, con la suerte que tengo, si tuviera un familiar que ejerciera la política, seguro que sería el único honrado y jamás llegaría a proponerme nada. Cuando va a salir el hombre del tiempo te empiezas a estirar porque te das cuenta que estás realmente cansado. No puedes con tu alma, estás destrozado. ¡Ha perdido tu equipo de fútbol! Desde luego en este mundo no hay justicia. Así que te marchas a la cama abatido y derrotado.

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Cuando te acuestas una ligera mejoría inunda tu cuerpo. Toda la cama para ti, pues tu mujer tardará unas horas en llegar al lecho marital. Aprovechas para practicar ese deporte que tanto te gustaba de pequeño. Arropado hasta las orejas y tirándote pedos sin parar. Una risa efímera asoma a tus labios. Estás recordando tu niñez y tu juventud, cuando eras libre. Ni más ni menos. Ahora miras el techo. Una nueva gotera, es estupendo. Si vinieran los del seguro a arreglarlo... Pero, qué mas da, si cuando vienen ésos chapuzas te exasperas, porque te hacen cada canallada terrible. Así que decides no llamarles hasta que les veas a los vecinos de arriba por algún agujero del techo. Ahuecas las mantas para que el hedor de tus gases salga directamente a tu cara y te vuelves a reír. Así, te quedas dormido como un santo. De lado, en posición fetal y con una sonrisa en los labios. Hasta que llega tu mujer. Entra en la cama y, como si de un okupa se tratase, de dos patadas te manda a la cruda realidad de tu esquinita. Adiós a la posición fetal, adiós a los pedetes graciosos... ¿o no? Si, tu me arrinconarás, pero yo te voy a... ¡Pffft! Se lo tira ella antes para que te enteres de con quién estás jugando. Te tapas en tu zulo catril y procuras que no haya ninguna rendija para que el hedor no traspase y te llegue directamente a la nariz. Pero ¡zas! Justo en ese momento, ella se mueve y hace que todo su pedo salga directamente a tus fosas nasales. Con arcadas y todo, intentas sobreponerte y dormir. Cuando estás a punto de caer, empiezan unos sonidos extraños. Una vieja añoranza te llega a través del oído: Los vecinos de arriba están haciendo el amor. Tú ni te acuerdas de cuando fue la última vez que lo hiciste. Sí, si que te acuerdas, porque ¿cuántos años tiene Andrea? 3 ¿no? Pues ahí está la respuesta. Así que giras sobre tu cuerpo con un esfuerzo sobrehumano y acaricias suavemente a tu mujer, con un esfuerzo aún mayor. No te hace caso y tú sigues acariciándola, pues tienes unas ganas locas de hacer el amor, aunque sea con tu esposa. Ella, no tiene demasiadas ganas, porque no te hace caso. Así que, con su más que delicada y primorosa mano (y gracias a las clases que religiosamente le pagas de defensa personal), te da un tortazo para que te estés quieto y vuelvas a tu zulo. Mientras, te ha arrebatado la manta. Te levantas y, tras coger la bata, te metes en tu rincón de la cama. No sin antes echarla un vistazo. Ahí está ella: Despatarrada y a sus anchas y miras tu pequeño escondite. Pones cara de resignación y te duermes.

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Evidentemente sueñas con todo lo que te gustaría hacer. Estar con tus amigos en casa viendo el fútbol, mientras tu mujer a golpe de palmada en el trasero os trae las cervezas. Los niños dormidos en la cama sin hacer ruido, y tú disfrutando de la velada futbolística. Tu equipo va ganando dos a cero. Estás realmente contento. Tu mujer te trae una cerveza y, tras besarte en la oreja, te promete una noche de lujuria y desenfreno. Te dice: “Cariño” Tú la miras con cara de felicidad. Tu amigo le da en el trasero y ella, obediente, va a la cocina y trae otra cerveza para él. Tú les sonríes a todos. Estás pletórico, es tu sueño. “Cariño” El perro está dormido a tus pies y tu mujer, espléndida, sensual y displicente, trae cervezas y aperitivos a mansalva. “¡Cariño!” Y te despiertas. Estás un poco desubicado, pero la cruda realidad está ahí: Bata de guatiné, redecilla con los rulos en el pelo, la cara llena de crema y, con una voz que no es para nada sensual, te dice: “¿Es que no te acuerdas que hemos quedado con mi madre para ir al campo?” ¿Cómo lo ibas a olvidar? Una vieja bruja, sin escrúpulos, que critica todo lo que haces, lo que dices, lo que piensas, lo que no has llegado a hacer, ni a decir y, ni siquiera, has podido pensar. Cierras de nuevo los ojos como intentando llegar al onírico paraíso del que te acaba de sacar tu mujer. Pero es absurdo, su voz sigue martilleando tus, ya de por sí maltrechos oídos (producto de sus ronquidos durante las tres horas que has podido dormir): “Tenemos que ir a por mamá” “¡Venga, levántate!” Y tú, cuando ya creías que el peligro había pasado oyes las famosas pisadas de los tres pequeños que vienen a lanzarse en tromba sobre ti. Al unísono gritan como posesos: “!Al campo, al campo!” El perro, babeando y ladrando entra en la habitación y me lame la cara. Ya no puedo más. Me voy a duchar.

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Ya estás en el baño. Y, cuando llevas cinco minutos (si llegan), te empiezan a aporrear la puerta. No has podido terminar de enjabonarte y ya te están metiendo prisa. La dulce voz de los niños está recordándote que tienen que miccionar: “¡Papá, que me estoy meando!” La niña, que es más sutil, te dice: “Ya llevas ahí dentro dos horas ¿qué haces? Da palmas, por si acaso, ¡cerdo!” Así que te das un agua (si llega) y les dejas el baño a ellos, que entran como una jauría. A ti no te a dado tiempo a aclararte la cabeza del todo y el champú ha entrado en tus ojos a borbotones con lo que los tienes realmente enrojecidos. Tu mujer te trae, solícita, un colirio que debe estar caducado porque no paran de escocerte los ojos y se han producido seis derrames en cada uno. Pero da igual. Ellos ya están listos y ya es la hora (sí que llega, porque esa fatídica hora siempre llega) de ir a por mi suegra.

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Entramos en el parking con cerca de trescientas cuarenta y seis bolsas para un día de campo. ¡Un día! Pero, cualquiera le dice algo a mi esposa. Yo no. Vemos en el aparcamiento de al lado el coche de Pedro. Un Audi A-4, precioso que se compró gracias a mí. Aunque mi mujer lo niegue estoy seguro de que fue él. A ver: Yo compré el boleto de la lotería primitiva y puse los números: 6, 10, 17, 22, 36, 41. El seis por el día en que nació mi hijo mayor, el seis de Febrero, el 10 por el día en que nació mi hijo mediano, el 10 de Agosto, el 17 por el día de nuestra boda, el 17 de julio, 36 que son los años de Lucía y 41 que son los míos. Es que soy un romántico en el fondo. Bueno pues estábamos viendo la televisión y en las noticias salieron los números premiados. Yo me levanté del sillón de un salto y grité: “¡Nos ha tocado la primitiva!” Mi mujer me miró con los ojos desorbitados, yo le dije: “Haz las maletas” me dijo: “¿Meto ropa de invierno o de verano?” Y yo, en un ataque de sinceridad, le dije: “Métela toda que te marchas de casa” Pero, justo en ese momento, me llegó a los oídos la voz de mi “querido” vecino. Se repetía la escena pero en su casa. Yo me asusté. Le dije a mi mujer: “¿Qué has hecho con los pantalones que me puse ayer?” y cerré los ojos esperando la respuesta. “Ah, pues lo de siempre, la sacudí por la ventana” En el bolsillo de la camisa amarilla que nunca me he vuelto a poner, ahí. Dobladito, guardadito, esperando que lo sacaran para hacerme millonario, ahí, justo ahí estaba mi boleto premiado. Mientras mi vecino se compraba el Audi, se hacía un tríplex en la casa, y echaba a su mujer (justo lo que yo había pensado hacer) mi vida se iba derrumbando poco a poco. Pero ella dice que no vio que se cayera nada de los bolsillos. Un día tiró mi móvil que estaba en unos pantalones vaqueros y no se dio cuenta. Y eso que era de los grandes. Es uno de esos que parece un ladrillo con teclas. Con mil móviles como el mío te puedes hacer un chalet pareado. Ahora, el móvil de mi vecino es minúsculo y el mío sigue siendo el gigante, además de estar adornado con cinta aislante. Si en vez de sonar una de las canciones de operación triunfo suena una especie de zumbido raro...

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El caso es que abrimos el maletero. Yo nunca he sabido jugar al tetris, pero lo de meter las maletas en el maletero debe ser muy parecido. Pásame la bolsa alargada de Luisito, ahora dame la mochila de Andrea, Lucía haz el favor de acercarme tu Samsonite, ¡ah!, que no se te olvide por favor, mi bolsa de alcampo. Tras echar la partida de tetris que supone la acción de introducir las maletas en el maletero, nos vamos de camino a casa de mi suegra. Vive en la plaza de Castilla. No hay tráfico para ir ¿sabes? Podemos estar parados durante horas. Al llegar a la Castellana tenemos que dar la vuelta y volver a casa porque son las diez de la noche. Con el consiguiente reproche por parte de mi esposa y las peleas de mis hijos. Pienso nuevamente en las noticias de la televisión y sonrío. Regresamos al hogar familiar, con sus goteras, sus vecinos estupendos y con tus ganas de hacer el amor reprimidas por tu mujer. Empiezas a comprender el sentido de la palabra suicidio.

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El Carnaval

Escrito por laiguana 07-10-2009 en General. Comentarios (1)

El Carnaval

 

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La música sigue acompasando los rayos del sol; un sol que está brillando en un cielo azul. Es una melodía caribeña, típica en cada fiesta de carnaval. Los árboles, frondosos y verdes, se yerguen, crujiendo, para contemplar el espectáculo que ofrece un sol bailarín. Se oyen gritos de gente embriagada por la fiesta y el alcohol. Algún perro alborozado, se quiere sumar a la fiesta, ladrando y saltando entre todos los espectadores. Se ven ancianos que hacen esfuerzos por levantarse de sus habituales bancos del parque para contemplar la imagen festiva que, cada año, llega a su barrio.

 

La habitual lluvia de confeti, se produce con la ordinaria puntualidad; exactamente a las nueve de la tarde del Sábado de Carnaval. Este año, está aderezada por serpentinas que cimbrean en el aire. Todo ello al compás de la melodía, que, ya, suena estruendosa. Se siguen oyendo los rumores de la barriada, que vitorean a su paso a las bellas mulatas que mueven sus esplendorosos cuerpos delante de los músicos. Son cuerpos que brillan con una inusitada luminosidad, se mueven al compás de la música. Se agachan, suben, se vuelven a agachar. Todo ello lentamente con unos indescriptibles giros de sus caderas. Los ancianos, que llegan extasiados, se asombran al ver los esculturales cuerpos flotando sobre la calle manchada de confeti.

 

 Son cuerpos morenos, suaves, brillantes por el sol y el sudor, larguísimas piernas, vientres muy lisos, pechos que trotan y miradas lascivas, allá donde se mire, que acompañan cada uno de sus movimientos. Incluso las mujeres se asombran de las maravillosas bailarinas. Todas, mientras bailan, sonríen; miran a ambos lados; se acercan a la multitud; y, sin dejar de girar sus caderas, rozan los ardientes cuerpos de los hombres que las admiran. Este deja escapar un suspiro, aquél toca un trasero, y siempre son correspondidos por sonrisas de las hermosas mulatas. Y son conscientes de que sus cuerpos están siendo inundados por las miradas de deseo con que las obsequian.

 

La banda de música la componen varios trompetistas, algunos tamborileros, y un chico que toca el tambor con las manos, es algo parecido a unos bongos. Este último, un joven de aspecto desaseado, mira furtivamente el trasero de la mulata que tiene delante. No puede pensar, pierde el ritmo, contempla sus caderas, se excita; mira sus piernas, sus glúteos, sigue excitado. Mueve los labios, como si quisiera decir algo, y, es que, en realidad, está manteniendo una terrible discusión en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con un tono entre la tristeza y el derrotismo-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, como queriendo decir: “...como siempre pasa”

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir...

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –ignorando el intento de convencerse-

-         Venga, joder, no seas tonto y acércate.

 

Al final se decide a acercarse, mientras no puede dejar de mirar el culo de tan linda señorita. Es un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se mueve... ¡Dios, cómo se mueve! Luis está con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque, ya, no lo toca, lo acaricia excitado. Suda, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrocha, aún más, la camisa de flores. Muestra un torso brillante y poderoso y, deja intuir, unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraen y no dejan de hincharse, como si estuviera sintiendo el más intenso y mudo de los orgasmos.

 

Ella no deja de sonreír, a pesar de que siente miedo al ver acercarse al chico aquél. Es que, Luis, es un chico, no muy alto, bastante fuerte, casi gordo, con barba de tres días, su largo pelo recogido en una coleta. Con la camisa de chorreras floreada, que llevan todos, anudada en la espalda, lo que le deja al aire su torso impregnado en sudor. Unos dientes blanquísimos se asoman en su boca, que está haciendo unas extrañas muecas. Una piel morena, de un tono tostado. Viste unos vaqueros deshilachados y desgastados, que se ciñen a su trasero y sus piernas, y lleva unas playeras, el calzado más cómodo que ha podido encontrar –aunque, casi siempre lleva deportivas- Miranda, le mira estupefacta a los ojos, son de un azul intenso, que resuenan en el moreno de su rostro. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, interesada por aquél tipo tan apuesto.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre morbosa y caliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un suspiro ronco. Mirando los exuberantes y balanceantes senos, le dice:

 

-         Hola ¿cómo te llamas? –temiéndose lo peor-

-         Miranda, y tú. –perdiéndole el miedo por completo y, mostrando un sensual acento brasileño-

-         Yo soy Luis, pero puedes llamarme como quieras.

-         Ja, ja, está bien, como quieras, dime: ¿qué quieres de mí? –entre misteriosa y sensual-

-         Todo, absolutamente todo, quiero saber de tu vida, tus aficiones, quiero que me digas qué haces aquí, todo, de verdad. –con total seguridad-

-         Soy bailarina, bailar y bailar, creo que no se me olvida nada de lo que me has preguntado. –en un tono un tanto divertido-

-         De dónde eres –con un gesto que parece decir: “joder, tío eres tonto, no oyes su acento o qué-

-         Brasileña. –más divertida aún-

-         ¿Quieres tomar una copa conmigo, después que acabe todo esto?. –con un hilo de voz, pues tiene miedo de haber ido muy rápido-    

-         De acuerdo, espérame en la salida trasera del centro cívico, a las doce. –mirando la abultada bragueta de los vaqueros que lleva Luis, y con una voz decididamente sensual-

-         Vale, te voy a llevar a unos sitios que verás. –sonriendo por primera vez-

-         Ja, vale. –risueña y misteriosa, se marcha bailando, cosa que no ha dejado de hacer aunque estaba hablando con Luis-

 

A las doce menos cuarto, Luis ya está nervioso, la espera fumando un cigarro. Ya van tres. Se ha quitado la estúpida camisa y se ha puesto una camisa de Ralph Lauren, se ha cambiado varias veces y, ha decidido, que debe mostrarse tal y cómo es él. Después de otros seis cigarros, a la una menos cuarto, llega ella. El se queda alucinado al verla venir, es increíble que vaya a salir con una chica así. Lleva puesta una falda muy corta que le aprieta sus nalgas con violencia, lo que marca el minúsculo tanga, lleva una camisa blanca, casi transparente que deja entrever, pues no lleva sujetador, sus firmes y redondos pechos. Y los punzantes pezones que, parece, van a rasgar la seda de la camisa. Se ha soltado el pelo que le cae, graciosamente, por la cara. Es un cabello rizado y castaño, que aún está húmedo, lo que le transparenta totalmente la espalda.

Luis besó el rostro de la pequeña bailarina, diciendo:

 

-         Estás preciosa. –atónito pero sonriente-

-         Gracias, tú estás más guapo que esta mañana. –con la más bella de sus sonrisas-

-         No es muy difícil, llevando ese estúpido traje... –hace un gesto como de burla-

-         Ya, ¿qué vamos a hacer? –ansiosa por ir al grano-

-         ¿Quieres cenar algo? –quiere ser lo más romántico posible-

-         Sí, pero me refiero a después... –pensando: “en tú casa o en la mía...”

-         Después, déjame hacer a mí. Te gustará. –sintiéndose tremendamente seguro-

-         Vale, pero me apetece bailar un poquito... –“...vas a alucinar, te voy a poner a mil”

-         También habrá baile. Tú tranquila. –piensa: “me la llevaré a cenar al “Dómine Cabra” y después de copas por Huertas”- -después, levantando la cabeza y la mano, dice:

-         ¡Mira un taxi!

 

Después de una frugal cena en un restaurante vegetariano, pues no la pudo convencer para ir dónde él quería, se fueron a tomar unas copas tranquilos en algún bar de la zona de Huertas. En uno de ellos, cuya planta de abajo se encontraba vacía, se sentaron y se contaron chistes estúpidos, hablaron de los hombres que acosaban a las bailarinas durante el desfile y sonó la canción. Luis, súbitamente, le pidió que la bailara para él. Ella, inmediatamente, se levantó, sumisa y sonriente, se alejó. Levantó a Luis del asiento en que se encontraba, para que bailara con ella. Luis era muy torpe bailando, pero daba igual. A medida que se movían, y sin darse cuenta, el bar se empezó a llenar de gente, que contemplaron el espectáculo.

 

Se acercó con ese movimiento de caderas que vuelve loco a cualquiera y empezó a rozar su trasero con el pantalón de Luis. Estaba preciosa. Con esa larga melena rubia girando salvaje, la camisa desabrochada hasta el tercer botón dejando al descubierto sus pechos. Unos pechos brillantes y redondos; que, además, se habían endurecido por el contacto con él. Este se sentía confuso y no sabía qué hacer. Miraba como un tonto a todos los lados y la maldita Miranda seguía con ese movimiento satánico. Violentamente se dio la vuelta. Quedándose cara a cara con Luis que la miraba extasiado. Vació su copa en la mano y la metió dentro de su blusa. La camisa iba trasparentándose lentamente; Luis se iba endureciendo salvajemente y ella seguía. Cogió con sus dientes un hielo y, sin dejar de bailar desnudó su fornido y frondoso torso. Tiró la camiseta a un lado y empezó a restregarle por los pezones el hielo que tenía en la boca. Lo pasaba por el cuello, la boca, el pecho, el ombligo y seguía descendiendo muy despacio. Luis no podía más, le dolía la hinchazón. La tomó violentamente en sus brazos, cogió el hielo con sus dientes lentamente, lo escupió y besó a Miranda. Fue el beso más caliente que jamás había dado. Su lengua parecía de fuego en contacto con la gélida lengua de ella. Quería hacerla el amor salvajemente; tal y como a Miranda le gustaba. Quería que fuese su amante. Palpó la dura  y firme tripa de ella y descendía peligrosamente al abismo. Ella le cogía fuertemente el miembro a Luis que estaba a punto de entrar en erupción. Palpándose lentamente estuvieron un par de minutos y ella se apartó rápidamente –como había venido- y se marchó al cuarto de baño. La gente que los vio estaba excitada y cuando miraban a Miranda les recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Esta recogió la camisa del suelo y le dijo que se la pusiera.

 

Tomaron de nuevo un taxi y, como los dos estaban tan excitados, decidieron ir a casa de Luis, que vivía solo. El taxista no podía apartar los ojos del espejo y, se movía porque quería contemplar en todo su esplendor a Miranda, que besaba a Luis. Ella se dio cuenta de la lascivia del taxista, que le recordaba un antiguo amante suyo: el señor Chamorro. El amigo de sus padres. Ella miraba, sonriendo, mientras dejaba que el taxista se excitase, pues Luis no dejaba de besar y tocar todo su cuerpo. Ella se movía de modo que fuese más fácil para el señor Chamorro, que era como ella veía al taxista, mirara bien todo su cuerpo. Abría las piernas, para mostrarle su sexo; ahuecaba la camisa, para que se vieran sus pechos y gemía mientras miraba al extasiado conductor. El taxista sudaba. Ella recordó, entonces, su encuentro con el señor Chamorro en la fiesta en casa de sus padres. Recordó que, en la fiesta, la señora Chamorro, se había enfadado con su marido, porque no dejaba de mirar a la hija de su compañero de trabajo. Una mocosa, increíblemente guapa, que, todavía en uniforme de colegio y peinada con dos trenzas, se paseaba por toda la casa sonriendo a aquél que osara mirar su estupendo cuerpo. La señora Chamorro, no vaciló y le quitó las llaves del coche a su marido, largándose, después de varias amenazas. Al ver que su marido no hacía caso y seguía mirando a la niña, le dejó tirado en casa de esa pequeña putita, como después llamaría a Miranda. El señor Chamorro, cuando llegó el momento de irse a su casa, quería que le diera el aire, así que no dejó que el padre de Miranda, ni nadie, le llevara a su casa. La niña, se deslizó por la ventana trasera de su casa y, unos metros más allá, se acercó al señor Chamorro mirándole con una morbosa maldad brillando en sus ojos.

El pobre miraba aturdido cómo la niña, tan dulce y sensual, comía un caramelo, lo lamía, lo pasaba por sus labios y no dejaba de mirarle. Ella trazaba círculos en torno a Adolfo Chamorro moviéndose como una loca. Andaba balanceando las caderas de modo que la falda del uniforme saltaba y chocaba con sus nalgas, entraba y salía de la oquedad que su trasero y sus piernas formaban. Adolfo seguía con lascivia cada uno de los movimientos de la falda. Ella jugó el papel de ingenua. Se iba comiendo el chupachús de una forma salvajemente sensual, haciéndose la tonta. El pobre hombre miraba y se ponía a sudar. A Miranda se le cayeron las llaves y se agachó a recogerlas con las piernas rectas, la falda corta se le subió y dejó al descubierto unas redondas y brillantes nalgas. Como hacía calor se desabrochó la blusa blanca, sin sujetador, lo que mostraba sus estupendos senos ya bastante desarrollados, a pesar de sus quince años. El hombre no sabía qué hacer; era la hija de su compañero. Decidió salir corriendo y abrazarla y hacerle el amor a esa mocosa de una manera salvaje y brutal. Cuando el hombre se fue a acercar, ella se alejó corriendo e hizo que se había tropezado y caído en el césped, de modo que el compañero de su padre la encontró en el suelo boca abajo, con las piernas abiertas y la faldita subida, mientras ella lloraba. Al fingir el llanto provocaba que todo su cuerpo temblase, y, el señor Chamorro, al verla llorar y repetir, una y otra vez, esos hipos se enterneció. Abrazó a Miranda y le preguntó si se había hecho daño. Cuando giró la cabeza, la dulce niña, fue para lamerle con su lengua roja toda la cara. El hombre gemía de placer y ella empezó a hacerle un masaje en los pantalones con mucho cariño, con ternura, despacio, muy despacio. El señor Chamorro estaba a punto de explotar. Sus deseos de toda la noche se estaban haciendo realidad. Ella se puso de rodillas y le puso las manos en sus pechos. El notaba los pezones duros como piedras, pensaba que le iban a hacer sangre, que eran armas asesinas. Ella gemía como una loca y le palpaba con más fuerza el endurecido miembro. Desgarró la camisa del señor Chamorro y le empezó a chupar los pezones. Se tiró hacia atrás para que él pudiese investigar, primero con su lengua, luego con sus manos y, finalmente con su miembro lo que ella tenía entre las piernas. Se dejó caer en una espiral de placer como nunca había conocido; su mujer nunca había sido capaz de hacerle sentir tanto éxtasis. Mientras el sudor de ambos se mezclaba, ella se sentó sobre él y se empezó a mover mientras, gimiendo, le cantaba una canción caribeña muy caliente y sensual. El la cogió entre sus brazos e inspeccionó sus nalgas así le entró por detrás mientras ella dejaba caer alguna lágrima por su mejilla. Y sentía una extraña mezcla de dolor intenso y éxtasis. Estaba muy húmeda y empezó a masturbarse con su mano derecha mientras, la izquierda se perdía entre sus pechos y la boca. El señor Chamorro terminó en el césped y ella se abalanzó sobre el miembro y empezó a besarlo. Cuando se despidieron con un gélido adiós el pobre incauto tenía un brillo en los ojos que rozaba el patetismo. Posteriormente, el señor Chamorro, se hizo un habitual de la casa de Miranda. Pero, ya no le volvió a hacer caso, pues ella ya había obtenido lo que quería de él. El matrimonio de los Chamorro se fue a pique y, poco a poco, la carrera de Adolfo Chamorro también. Se hizo un asiduo de todos los burdeles y derrochó todo el dinero que tenía ahorrado en casas de citas. Poco a poco su fortuna fue extinguiéndose y se quedó en la más absoluta pobreza. Mientras, Miranda seguía yendo a clase de baile y crecía escultural y preciosa.

Un claxon devolvió a Miranda al taxi donde estaban. Habían estado a punto de sufrir un accidente. Si no se produjo, fue por la pericia del conductor del otro coche, que frenó a tiempo. El taxista había sido poseído por un inmenso placer, se calló y dejó que Luis y Miranda se masturbaran en el asiento trasero de su coche. Mientras se acercaban al destino que le habían dicho. Los cristales se iban empañando. Las ganas de sexo que estaban apoderándose del taxista iban en aumento. Y, ya había decidido, que, a pesar de ser su primera carrera y que acababa de salir de su casa, iría a algún club a sepultar sus deseos sexuales dentro de alguna mujer fácil.

 

Cuando llegaron a la casa de Luis se bajaron del taxi y le dejaron otra suculenta propina, ésta monetaria. Miranda se acercó al taxista, desde el asiento de atrás y le dijo: “Algún día repetiremos lo del parque, infeliz” El taxista, asombrado, se largó de allí para ir a parar al burdel más cercano. Y, es que, Miranda provocaba la lujuria de todos los hombres que la veían. Llegaron al portal de Luis y, ya en el ascensor,  continuaron tocándose. Lentamente y despacio fueron inspeccionando todos los orificios del cuerpo de Miranda. Las manos de los dos entraban y salían de su boca, su vagina y su trasero. Luis, entonces, dijo que él iba a ser policía para ella, y que la iba a cachear cuando entrara a su casa. A lo que ella contestó con una sonrisa y un cálido “sí”. El ascensor se detuvo en la séptima planta. Luis abrió la puerta de su casa y dejó que Miranda se adelantara al entrar. Sin dejar de mirar el escultural cuerpo de la brasileña, cerró la puerta tras de sí.

 

Sin dar tiempo a reaccionar a Miranda, se abalanzó sobre ella y la empujó hasta la pared. Miranda sostuvo las manos en alto, bien abiertas, casi en cruz, de cara a la pared. Luis le abrió las piernas más de lo que la pequeña falda permitía, lo que hizo que ésta se subiera dejando entrever el trasero redondo de ella. Luis comenzó a palpar los brazos de Miranda, comenzó a acariciar suavemente las muñecas de ella y descendía pausadamente. La pausa de los movimientos de Luis la ponía muy nerviosa y la excitaba. Siguió bajando hasta llegar a los hombros, unos hombros redondos y bien torneados, dorados como el resto de la piel de la mulata. Acarició su cuello y hombros dulcemente, y ella únicamente podía gemir, estaba poniéndose ansiosa. Luis eludió los senos ingrávidos de Miranda, y siguió palpando la tersa y dura tripa con ambas manos y con infinita calma. Miranda comenzó a balancear su cuerpo muy despacio, al ritmo que Luis imponía. El, descendiendo, casi arrodillado, pasaba dulcemente las manos por esas piernas largas y duras, tratando con esmero cada milímetro de su piel. No dejaba que ella se desbocara, la sostenía con las suaves caricias. Entonces volvió a levantarse y repitió la operación, pero ahora se ayudaba de su lengua y labios. Besaba el cuello de la diosa del sexo. Mientras sus pacientes manos manoseaban la cara de Miranda, cuya boca buscaba con anhelo los dedos ásperos de él. Dejó que la boca de Miranda se entretuviera con sus manos. Entonces comenzó el masaje en los ardientes y deseosos senos de Miranda. Los pezones de la chica miraban el cielo, al igual que el miembro de Luis. Estaban duros y alegres siendo bendecidos por tan amable mano. El masaje comenzó a ser más rápido y descendía a las calderas de Miranda. Ella se balanceaba con más energía, él, casi, no podía contenerla. Desgajó la camisa de Miranda de un movimiento brusco y tiró de la falda hacia el suelo. El desnudo cuerpo de ella resplandeció, solo mantenía el tanga, que, momentos después, saltó por los aires arrancado por los dientes de Luis. La saliva y el sudor se confundían en el cuerpo de ella, que palpitaba con un inmenso placer. Entonces Miranda se liberó, giró sobre sus talones y arrancó la camisa de Luis. Besó el fornido pecho de él. El cuerpo de Luis se convulsionaba a cada beso de la chica. Le desabrochó los pantalones y vio salir de sus calzoncillos un inmenso pene, lo besó y lo acarició durante un largo rato. Se tomó la revancha de la pausada y meticulosa inspección que le había realizado Luis. Entonces, mientras tarareaba la canción caribeña del carnaval, comenzó a levantarse bailando al son de la música, rozando todo su escultural cuerpo con el salvaje sudor de Luis que se retorcía en una febril pasión. Los gemidos se confundían con la melodía que ella entonaba. La desnudez de ambos se echó en el suelo para proseguir la danza ritual en una espiral de convulso éxtasis. En un interminable abrazo Luis entró en ella y comenzó a cabalgar con desesperación. Salvajemente encima de ella. Mientras Miranda se movía con gran entusiasmo y placer y cantaba cada vez más alto. Luis cambió varias veces la posición de sus cuerpos, que se convirtieron en una amalgama de gritos, humores y sudor. Ella, terriblemente ansiosa de que le entrara por detrás, le tumbó con dulzura y le indicó con gestos que dejara que ella tomara el relevo. Así que Luis se tumbó mirando el techo, con un gesto de incontenible pasión, y dejó que se sentara de espaldas a él introduciendo todo su miembro en sus nalgas. Luis gritó salvajemente y sintió la oscura estrechez mientras Miranda cantaba y bailaba como una posesa. Cuando estaba a punto de terminar, Miranda lo notó por las convulsiones inconfundibles en el pene de Luis, saltó como una gata salvaje y besó la totalidad de Luis. Ambos, jadeantes, se encendieron un cigarro y, mientras Miranda se daba un baño, Luis recogió la casa y encargó, ya a las diez de la mañana, comida china. Enrollada en una toalla, salió del cuarto de baño. Posteriormente entró Luis, que se duchó rápidamente. Al salir de la ducha escuchó cómo se cerraba la puerta y, se entregó al aroma de la comida china que acababan de dejar en su casa. Cenaron juntos y se dispusieron a dormir en la cama de matrimonio que Luis tenía en su apartamento. Se entregaron al sueño con vehemencia y pasión. Ni siquiera pasaron diez minutos desde que se acostaron y, ambos, se durmieron. A las cuatro de la tarde Miranda se disponía a marchar y llamaba suavemente a Luis, que dormía plácidamente. Después de varios golpes suaves en la cara, Luis empezó a abrir los ojos.

 

Al despertar vio el cielo azul, el sol impregnando todo el barrio. Escuchaba nítidamente la canción que le había hecho el amor. Miranda seguía bailando delante suyo. Así que se decidió a acercarse. No podía pensar, perdía el ritmo, contemplaba sus caderas, se excitaba; miraba sus piernas, sus glúteos, estaba cada vez más excitado. Esta sensación le resultaba extrañamente familiar. Movía los labios, como si quisiera decir algo, y le recordaba algo. Estaba manteniendo una lucha interior. Recordaba, cada vez más nítidamente, lo que había pasado. A pesar de ser consciente de que esto lo había vivido, no podía olvidar la terrible discusión que mantuvo, o, quizá mantiene, en su cabeza:

 

-         Luis, tío, tienes que acercarte y decirle algo.

-         Es que, no me atrevo. –con una terrible tristeza e impotencia-

-         ¡Bah, no seas imbécil! ¿qué puede pasar?

-         Que me coja asco. –desesperado, pensando: “Esto lo he soñado...”-

-         Joder, eso depende de lo que le digas.

-         Es que, es eso, no sé que decir... –“...coño, cómo me suena esto...”

-         Dile que baila muy bien, que dónde ha aprendido, o... ¡Yo qué se!

-         ¡Pf! Mira cómo se mueve, es increíble. –“...entonces ¿nada ha sucedido?-

-         Venga, tío, no seas tonto y acércate. –llorando desconsoladamente, comprendiendo que fue un sueño-

 

Al final decidió acercarse, mientras no podía dejar de mirar el trasero de tan linda señorita. Era un culo perfecto: redondo, no muy grande, respingón, y que se movía... ¡Dios, cómo se seguía moviendo! Aunque él ya sabía cómo se movía y cómo era capaz de usarlo. Lo ha probado, ha probado ese cuerpo. Luis está, todavía, con los ojos en blanco, tocando el tambor como un autómata, aunque ya no lo toca, tiene las manos caídas, derrotado. Sudó, como nunca ha sudado en su vida. Se desabrochaba, pues se estaba ahogando, la fea camisa de flores. Desnudó su torso brillante y poderoso y unos hombros anchos y robustos. Las venas de su cuello se contraían en un llanto de pérdida y confusión. Sentía el más intenso y mudo de los llantos. Unas lágrimas recorren su rostro, está desesperado y triste. No, esto no le puede suceder a él.

 

Ella sigue sin dejar de sonreír, a pesar de que sigue sintiendo miedo al ver acercarse al chico aquél. Viste unos sucios y rotos vaqueros y lleva deportivas. Miranda, le mira estupefacta a los ojos, que son de un azul intenso húmedos y enrojecidos. A medida que lo ha observado, le ha perdido el miedo y se ha ido sintiendo cada vez, más y más, asqueada de ver aquél cerdo acercarse. Estaba tan triste que, aunque ella deseaba romperle el cuello por lo que había hecho, no pudo en un primer momento.

 

Luis llega jadeante hasta donde se encuentra Miranda, que sigue mirándolo con inquietud, entre dolida y doliente. Y, al intentar sonreír, se le escapa un llanto ronco. Mirando al público que le observa extrañado y, entre sollozos, le dice:

 

-         Hola Miranda –temiéndose que ella no lo recuerde-

-         Hola Luis. –con un sensual acento brasileño, mirándole fríamente-

-         ¿Cómo sabes mi nombre?

-         Tú eres Luis ¿no? El chico a quién todos llamaban para que dejara de jadear y masturbarse delante de todo el mundo gritando mi nombre. –totalmente enfadada, con ganas de ver morir al cerdo aquél-

-         ¿He hecho eso?. –casi sin poder hablar, pues el llanto le corta las palabras-

-         Sí. ¡eres un cerdo! Mis hijos estaban ahí mirándote extrañados. Luis, mi marido, me miraba, porque no hacías más que gritar mi nombre como un loco. –apenándose de la triste imagen que tiene delante; es la imagen de la tristeza y la derrota-

-         Tu marido ¿se llama Luis? –con una extraña luz en los ojos y sin dejar de llorar-

-         Sí, le conocí aquí hace siete años. Mientras bailaba se me acercó y, dejando a un lado el tambor que tocaba con sus manos, se puso a hablar conmigo. Después de varias noches de amor y locuras, tuve que volver a Brasil, pues no tenía permiso para quedarme más tiempo. El trabajó de todo, desde albañil a pintor, para traerme de vuelta. A los trece meses, y cuando creía que se había olvidado de mí, me escribió diciendo que tenía suficiente dinero para pagar mi viaje. Así que vine y nos casamos. Ahora tenemos dos hijos y somos muy felices. –observando la cara de estupefacción del chico que, con el torso desnudo, lloraba ante ella-

-         Miranda, me alegro de que seas feliz, de verdad. Espero que tu vida sea una felicidad continua. Que tu amor dure eternamente. Creo que me voy a marchar. He hecho bastante el ridículo por hoy ¿no crees? Así que hazme una promesa, no pienses y dime que me lo prometes. –dejando de llorar, o, al menos, haciendo un titánico esfuerzo para aguantar el llanto-

-         ¿Cuál? –observando con ternura el chico que contenía el llanto en un gesto de terrible pesar-

-         No, tienes que decir que la haces sin saber cuál es. –brillando los ojos y forzando una tenue sonrisa-

-         Pero... no voy a poder... estoy casada. –temiendo que se trata de algún favor sexual-

-         Bueno, ese es el trato. Tan sólo tienes que decir que sí, que me lo prometes. Luego eres libre de hacer lo que quieras. –sonriendo abiertamente, pues, cada vez, se siente mejor-

-         Está bien, sí. –temiéndose lo peor del exhibicionista aquél-

-         Pues no cambies nunca. Prométeme que no cambiarás. –guiñándole un ojo al amor de su vida, antes de dejarla marchar para siempre-

-         De acuerdo. Lo intentaré pero eso no sólo depende de mí. –suspirando con una amplia sonrisa-

 

Luis, cabizbajo y triste se largó. Nunca jamás, nadie le vio por el barrio de nuevo. Pero, tampoco, nunca jamás, nadie le olvidó. Mientras vivieron los asistentes al carnaval del año noventa y nueve recordaron, entre divertidos y asombrados, la estúpida y funesta reacción de Luis. Acabó sus días viviendo sólo en Potes. Allí vivía de lo que recolectaba en un huerto pequeño que tenía. El no era consciente de que la gente no le olvidaría, aunque uno de sus sueños –como lo es de otras muchas personas- era ser recordado. Miranda, fue feliz siempre, nunca cambió. Cumplió la  promesa que hizo a aquél joven tan apuesto que recordaba de los carnavales del barrio, donde se quedó a vivir para siempre. No dejó de estar bella. De hecho, hasta el día de su muerte, la gente admiraba la belleza que poseía. Admiraban la irresistible dulzura del rostro de aquél cadáver. Su marido, Luis, la sobrevivió varios años. Estuvo triste y melancólico. Nunca olvidó el día en que estuvo en los carnavales de Rivas. Primero porque, en ellos, encontró a la mujer de su vida; de todas sus vidas. Y después, porque su mujer le dijo que el tamborilero que ejercía de exhibicionista, le hizo prometer una cosa. Y, para ella, aquélla había sido la prueba de amor más bonita que, nunca, le habían hecho. Ya nadie olvida los carnavales de Rivas. No es que sean grandes ni espectaculares. Es que son, es que existen. Y, nadie los olvidará, cada uno tiene sus razones, pero nunca serán olvidados. Y, como suele suceder, ahora, se han convertido en la mayor atracción del barrio.