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Linda

Escrito por laiguana 14-03-2011 en General. Comentarios (0)

Linda

Basada en la canción Carne para Linda de Loquillo y los Trogloditas. Para escucharla, pinchar aquí.

 

Iba vestida con unos vaqueros raídos y una camiseta blanca de los Who. Llevaba sus John Smith negras y su foulard rojo al cuello. Un Ipod en el bolsillo interior de una rebeca gris en el que sonaban mezcladas canciones de Los Ramones, The Who, The Clash, Sex Pistols, Siniestro Total, Leño, Rosendo, Loquillo y Los Extremoduro. En su raída bandolera roja se podían encontrar esquelas y periódicos amarillentos además de algún que otro reportaje sobre algún grupo de música que le gustara. Miraba por debajo del hombro de los demás, con esa mezcla de timidez y odio que hacía que sus compañeros de clase la reverenciaran, envidiaran y temiesen a partes iguales. Había algo extraño en su flequillo ladeado y su media melena negra enmarcando unos ojos almendrados y una brevísima sonrisa que afloraba muy de vez en cuando.

 

No solía cruzar palabra con las chicas de su edad, salvo en raras ocasiones y, muy de vez en cuando, se dejaba ver en las clases de gimnasia en pantalón corto. Demostrando que siempre quería tapar sus pálidas piernas. Era una chica, en cambio, muy hermosa. Era delgada, sí y era extraña también, pero hermosa. Tenía una hábil combinación de fragilidad y autosuficiencia que hacía que no supieras cómo acercarte a ella y, mucho menos, entablar conversación. Ya que solía zanjar las charlas con un par de monosílabos y, si la cosa se ponía más complicada, con un par de improperios que conseguían aumentar su fama de inaccesible.

 

Cuando coincidía en el cuarto de baño con alguna compañera de clase, no solía ni darse cuenta, ya que, en el mismo momento en que salía del aula, conectaba su Ipod, y su música conseguía abstraerla del mundo real. Pues bien, sus compañeras miraban sus delgadas, esbeltas y bellas formas con una mezcla de odio y de envidia. Alguna malintencionada comentaba que debía ser anoréxica, como si ella estuviera libre de pecado. Posiblemente si Linda la hubiese escuchado habría mirado, sonreído y se habría largado sin decir ni mú; pero, si no estuviera por la labor de dejar las aguas correr, posiblemente en ese mismo instante, o al día siguiente a más tardar, toda la escuela supiera lo enorme de la talla de vaqueros de la gorda lenguaraz de turno. Lo que ellas no sabían es que ella era de siempre carnívora. Una carnívora convencida.

 

En su casa las cosas no estaban mejor, puesto que su madre. Una mujer abnegada, preocupada y fuerte como solo una madre puede ser. Estaba convencida, como las envidiosas de su colegio, de que esa niña que no salía de su habitación hasta bien entrada la tarde y que nunca comía con ellos, tenía que estar sufriendo algún tipo de trauma a consecuencia de los cambios que estaban produciéndose, desde hacía unos años ya, en el cuerpecito de su niña. Porque, para las madres, una hija, como era el caso de diecisiete años, era una niña. Siempre sería una niña. Pensaba que la anorexia estaba haciendo estragos en el cuerpo de su niña porque la veía delgada, aunque ella nunca se pusiera mala. El padre, torpe, funcional y engañado, como solo los padres pueden ser, y más aún con una niña en esas edades, pensaba que, si estaba fuerte, podría ser delgada pero la niña jamás se había puesto enferma, así que ¿dónde estaba el problema? él no lo veía por ninún lado. Linda nunca había cogido ni un constipado. Así que sí, era delgada y pálida, pero era una niña sana porque no enfermaba nunca y no daba muestras de debilidad de ningún tipo. Eso era lo que le preocupaba al padre. De hecho, la última discusión que habían tenido por la niña fue algo así:

 

-         ¿Has visto a tu hija? – con esa preocupación que tienen las madres.

 

-         Sí ¿Qué le pasa está mala? – Con esa funcionalidad que tienen los padres.

 

-         No, pero es que sigue tan rara... No me habla... No habla con nosotros...

 

-         Cariño, ya no te acuerdas cuando tú eras una adolescente... También nosotros creíamos que el mundo estaba en nuestra contra y la tomábamos contra todo lo que nos rodeaba.

 

-         ¿No se drogará, no?

 

-         Siempre sacas las cosas de quicio. ¿Qué hace tu hija que te extrañe tanto?

 

-         ¿Que qué hace? ¿No la ves? ¿No ves que nunca come con nosotros? ¿Que no tiene apetito? Que nunca nos cuenta nada de su vida. No sabemos a qué se dedica.

 

-         Pues se dedica a estudiar, saca unas notas increíbles, es callada, sí. Siempre fue tímida. Está en una edad muy difícil y, además, es una niña. Las niñas comen menos que los niños, es un hecho.

 

-         Tú siempre te pones de su parte.

 

-         No es ponerme de su parte, cariño, es que tienes unas preocupaciones que no sé yo a qué se deben.

 

-         Es que, cuando voy al mercado...

 

-         No me digas más... Esas envidiosas... El año que viene menos mal que empieza la universidad, porque, además, no sé si no te has dado cuenta que tu hija es la más pequeña de su clase. Eso ha sido así toda la vida. Se ha defendido siempre ella sola... Me hubiera gustado, por una vez, que ella estuviera delante cuando te digan algo de ella, las madres de esas niñas gordas. ¿Has ido tú alguna vez al colegio? ¿Has visto en los festivales cómo los niños se rifan el bailar con tu hija? ¿Harían eso con una niña rara? De verdad, cariño, no hagas caso a esas catetas, por favor.

 

-         Ya, pero me cuentan que sus hijas les han dicho esto y lo otro... Además, Linda anoche no estuvo en su habitación...

 

-         ¿Desde cuándo espiamos a la niña? Vamos a ver, Carmen, tendrá un noviete y se escapará con él por las noches, se darán besos y se contarán sus penas... No te preocupes... Y a esas petardas tú les dices que tu hija es autosuficiente y no necesita que la defendamos todo el día ni que la tengamos que reforzar en sus convicciones. Es una niña fuerte. Y, cariño, hazme el favor de no llorar, que Linda es lo mejor que nos ha podido pasar en la vida.

 

-         No, si no es espiarla, pero a veces no puedo dormir y oigo cómo se abre su ventana. Probablemente tienes razón, Paco, a veces me dejo llevar por la envidia... Será un noviete, mi hija con su primer noviete ¿no te gustaría saber quién es?... A mí, que me hubiera gustado ponerle lazos y flores y verla con vestidos... Y ahora con un novio que no conocemos...

 

-         Dale tiempo al tiempo, por favor, que es una chica buena, con otros gustos, pero es fantástica... No te preocupes, mi amor, hazme caso que Linda es maravillosa. Cuando ella considere que su relación es lo suficientemente firme será cuando decida traer el chico a casa, no te comas la cabeza, anda Carmen. No permitas que te engañen esas gordas envidiosas.

 

-         Está bien Paco -con esa abnegación que tienen algunas esposas.

 

En las mañanas no solía levantarse hasta bien entrado el día, por lo que nunca solía desayunar con sus padres. Desde que su madre le dijo al padre que la niña se las veía con un novio, eran más condescendientes, sobretodo él, con sus salidas nocturnas. Así que se levantaba con el tiempo justo, se tomaba un vaso de agua y se largaba al colegio deprisa, poco más o menos que su madre la veía el trasero antes de cerrar la puerta tras de sí, sin, siquiera, mirar atrás. Esa era la dieta que la veían hacer sus padres a diario. La dieta que hacía que su madre estuviese preocupada. Luego, Linda hacía lo posible por llegar tarde y, de este modo, no cenaba con ellos. Cuando ella no escuchaba ningún ruído en la casa, tras haber anochecido, se podía escuchar cómo, sigilosamente, abría la ventana de su habitación y salía al calor de la oscura noche.

 

Cuando tenían que ir a alguna comida familiar, aunque ella se prodigaba poco porque buscaba excusas más o menos plausibles. Aunque cada vez se hacía más difícil poder saltarse las comidas familiares. En dichos eventos, a veces accedía a tomar algo de sopa, un poco de pescado o de carne, pero poco más. Comía variado, eso sí, poco pero variado, por aquello del qué dirán. Miraba con tranquilidad a todos los comensales y parecía que los estaba escrutando, lo que al novio de Míriam, su prima mayor, le ponía nervioso y podía ver cómo cuchicheaba con su prima diciendo: "¿Ves? ya está la loca de tu prima" Míriam se reía por lo bajini y le daba un golpe cariñoso. Casi siempre, las comidas familiares acababan igual: sus tíos le decían que tenía que comer algo más; ella les sonreía, les decía alguna gracia y se iba tranquilamente. Como era la menor de sus primos y ellos, al verla tan rara y ser más mayores, se largaban pronto con sus amigos sin decirle nada, ella se quedaba sola. Cosa que agradecía, así no tenía que negarse ni poner ninguna excusa, así que se ponía su música y se largaba tranquilamente caminando.

 

Al finalizar el colegio, la invitaron a la fiesta de fin de curso, al menos quince chicos de su edad. Todos los más populares y más solicitados por las compañeras de Linda, lo que llenaba de envidia y odio a sus compañeras. Ella los miró a todos y accedió a ir con el más pálido, desaliñado y de peor aspecto de cuantos solicitaron su compañía. Dejando al resto de chicos que se tenían por bien guapos, no en vano eran los que más éxito tenían con las chicas de su clase, terriblemente extrañados. Todas sus compañeras se preguntaban si tramaba algo; porque Linda no podía hacer nada sin que el resto de compañeras tuvieran la certeza de que era sospechoso. Según ellas, si iba con una camiseta de Los Sex Pistols, significaba que estaba de mal humor; eso lo habían decidido ellas. Pero a Linda el qué dirán le importaba más bien poco. Así que accedió a ir con Marcos, el chico más delgado y pálido de la clase de al lado.

 

Llegó el baile, que hicieron en el gimnasio del colegio, y se pusieron a bailar todos. Linda no bailaba, lo que hacía que Marcos estuviera algo incómodo, porque se había puesto lo más guapo posible ¡hasta se había engominado! Cosa que las compañeras se tomaban a risa. Hasta que, en determinado momento, Linda se acercó al DJ y le dijo que pusiera: “Baby, I love you” de Los Ramones, para poder bailar con su chico. Sacó a Marcos a bailar y éste le demostró a los atónitos compañeros que sabía sacar partido a su oportunidad. Linda dejaba que él acercase sus labios a escasos milímetros mirando fijamente a sus ojos, lo que hacía que él se excitara sobremanera. Bailaban sensualmente pero no era nada que el resto de chicos no hicieran, lo raro era la pareja que lo hacía. En un momento de la noche, en la que Linda parecía haber tomado vitaminas, porque se había revitalizado, le dijo al chico que se iba a dar una vuelta. El quiso acompañarla dondequiera que ella fuese.

 

Llegaron a las afueras del pueblo por un camino que Marcos no había sabido que existía. Desde allí se podían ver las estrellas y se escuchaba el mar rompiendo abajo, en el rompeolas. Era un sitio de lo más romántico. Ellos estaban en lo alto de un acantilado dejando que el aire les refrescara las ideas y Linda parecía estar husmeando el aire. El la seguía atónito y vio como llegaba hasta el antiguo faro, en cuyo jardín trasero había tierra removida. Linda, en un susurro y con su leve sonrisa, le dijo: “¿Te quieres acercar un poco más?” y él, atraído por la voz de la chica, se acercó hasta que Linda le besó los labios. El paroxismo del placer le llevó a perder la cabeza hasta el punto que él creía estar volando. Sólo tuvo la certeza de su muerte un breve instante, al darse cuenta que el mar se acercaba vertiginosamente. Ahora lo comprendía todo. Linda le había empujado al acantilado, o quizá no. A lo mejor se había caído mareado al besarla. No sabía. Pero todo se oscureció repentinamente.

 

En ese momento, Linda entró en el faro, cogió una libreta y apunto en ella el punto exacto donde había caído Marcos. Se acercó a un lugar donde había señales de fuegos anteriores y quemó varias páginas amarillentas con esquelas en las que los nombres estaban tachados con rotulador negro. Vio cómo se consumía el papel y dejó que se extinguiera el pequeño fuego desmenuzando cada hoja de papel con un palo. Con total normalidad, abrió una pequeña nevera y extrajo un brazo humano, que empezó a comer con total avidez. De vez en cuando, entre bocado y bocado, se acordaba de algún familiar, o compañero enfermizo y le brillaban los ojos. Marcos no había sido más que un "daño colateral" tenía que hacerse con un chico débil al que pudiera tirar fácilmente al acantilado. Además, apenas quinientos metros más allá, es donde iban las jóvenes parejas a retozar. Cuando ese pensamiento se consumió como las esquelas en el fuego, volvió a concentrarse en el sabor salado de la carne del brazo que estaba comiendo. Cuando lo hubo terminado, guardó los huesos en su bandolera y se largó no sin antes mirar que ya no quedara ningún resto de Marcos. Se acercó a donde las basuras del pueblo eran depositadas y tiró los huesos de la carne que había comido, allí pasarían desapercibidos entre la basura. En aquél faro solían pasar la noche algunos mendigos a los que no se les volvía a ver jamás. Nadie les echaba de menos y ella, en sus felices noches, se comía con total placer la carne de los muertos.

 

Así, llegó hasta el lugar desde donde pudo ver a varias parejas en coches y directamente en el prado retozando tranquilamente. Se alborotó el rostro y se tuvo que esforzar por tirar una roca por el acantilado con cuidado de que nadie la viese. Y nadie la vio, estaban absortos en sus besos y sus caricias. Así que, tras un inmenso esfuerzo, tiró la piedra e intentó llorar cuando lo consiguió, empezó a gritar salvajemente ¡Marcos! Se ha caído... Marcos, Noooo. Varias parejas la oyeron y se acercaron. Al preguntarle, se pusieron a buscar con la mirada y alguien llamó a la policía. Pero Linda no había sido, pobrecita niña, ella no podía haber tirado al chico por el acantilado. Ella siguió disimulando su dolor varias semanas, pero seguía largándose por la noche a comer su carne de los muertos. Disfrutando su alimento. Con eso es feliz. No necesita nada más.

El cinco de copas

Escrito por laiguana 01-03-2011 en General. Comentarios (0)

El cinco de copas. Una nueva muerte.

 

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La mañana era gris, de un gris luminoso propio de un día de lluvia. Un aguacero que, tenuemente, caía sobre Madrid. Era una lluvia ligera que garabateaba las vistas del hermoso cielo de la ciudad. La gente caminaba apresuradamente para intentar librarse de las gotas de agua. Mujeres con paraguas miraban ilusionadamente los escaparates de las tiendas de la calle Goya. Hombres trajeados, también con paraguas, se detenían a mirar las portadas de los periódicos en los quioscos de prensa. Toda la ciudad mantenía su latido intacto, seguía la vida al mismo ritmo de siempre. Aunque, por la lluvia quizá, todos los movimientos de gente parecían más veloces. Los mendigos seguían pidiendo la limosna que religiosamente pagaban los viandantes. Estos mendigos sabían a ciencia cierta cuáles eran los puntos más fructíferos para su recolecta de ayudas. De hecho, en la puerta de la iglesia de la Concepción, había dos indigentes que estaban tratando de librarse del aguacero. Las cornisas de la iglesia les parapetaba del orvallo que caía. Los magníficos portones de la casa de Dios estaban abiertos para todo el mundo, como es natural. Dentro, unas ancianas estaban arrodilladas en los reclinatorios de los bancos de madera, pasando suavemente las cuentas del Rosario que rezaban como autómatas, entre sus marchitos dedos. Un murmullo invadía el silencio reinante. Era un silencio atronador en el que relampagueaban, de vez en cuando, los murmullos monocordes de las devotas mujeres. El olor de la cera ardiendo se posaba sobre cada rincón de la iglesia. Sus minúsculos puntos de luz centelleaban por toda la nave. Los pobres rayos de luz luchaban contra la penumbra, dibujando reviradas sombras grotescas en el suelo. Un monaguillo, ayudante del sacerdote, limpiaba con pasión las herramientas de trabajo de un buen cura. El altar, deliciosamente adecentado, resaltaba sobre cualquier otro punto del templo mientras destellos dorados hacían girar la cabeza hacia el maravilloso retablo. Las gotas de lluvia se precipitaban sobre los cristales de las ventanas produciendo un repiqueteo continuo que acompañaba rítmicamente las oraciones de las ancianas. En toda la iglesia imperaba una tranquilidad pasmosa.

 

Esa tranquilidad se vio aniquilada en el momento en que se abrió la puerta. Una claridad gris se apoderó de todas las sombras que se esparcían por el suelo. Las llamas de las velas bailaron conjuntamente la música inaudible, cantada por la brisa que penetró, cercenando la vida de algunas de las lucernas más cercanas a la puerta. Las ancianas se sobresaltaron y cesaron en sus oraciones, algunas de ellas se levantaron de su postración. Los murmullos se callaron y dieron protagonismo a unos apresurados pasos que semejaban el ritmo del latido de un inmenso corazón. El eco de los cojos zapatos aplacó toda la salvaje quietud que se había impuesto en el templo. El ayudante del cura giró su cuerpo tambaleándose mientras sus abultados ojos no distinguían la figura que se recortaba contra la dolorosa luz que se derramaba por la puerta. De improviso todo volvió a la calma, la puerta se cerró de un portazo. Reverberó la sombra de nuevo liberada. Pero una nueva sombra se movía confundiéndose con las otras más intrincadas y volubles. Era una sombra alargada que pugnaba con las demás por hacerse la dueña del suelo. Se retorcía impasible mientras avanzaba, a paso acelerado por toda la sala.

 

El monaguillo, cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la sombra, se sorprendió al ver la majestuosa figura del hombre que se le acercaba. Aunque mal vestido, llamaba la atención su compostura y gran elegancia en sus movimientos. Llevaba un apolillado gabán sobre un jersey de punto rojo y unos pantalones vaqueros. Calzaba unas zapatillas de deporte y llevaba en la mano un raído paraguas con las varillas oxidadas. Bajo el brazo portaba un sobre con algunos folios garabateados, en cuyo exterior –y con rotulador rojo- había escrito un nombre: Don Antonio. Era, Don Antonio, el cura de la iglesia de la Concepción de Madrid y antiguo compañero, en el convento donde habían recibido sus votos. Se acercó, refrenando su paso y persignándose, mientras le dijo al muchacho:

 

-         ¿Dónde está don Antonio? –Con una voz gutural que denotaba el cansancio que padecía el hombre cojo.

-         Debe de estar al llegar, si quiere puede pasar a la sacristía y le espera usted allí. –Le hizo un gesto con la mano, mientras le escrutaba con el rabillo del ojo.

-         No, déjalo, no me vendrá mal rezar un poco. Además, creo que me sobra el tiempo. –Dijo , como anhelante, mientras miraba de reojo la puerta de la iglesia.

-         Pues, ya le digo, don Antonio tiene que venir enseguida, ha ido a hacer unas gestiones. –Se sonrió el muchacho al escucharse decir semejante estupidez.

 

Qué es una gestión, pensaba, cualquier cosa que se vaya a hacer. Mientras, vio cómo, sin que casi hubiera podido darse cuenta, el hombre que acababa de preguntar por el sacerdote, se había sentado en un banco alejado de las señoras que rezaban. Después de depositar cuidadosamente el legajo en el banco, se arrodilló y empezó a mover la boca de un modo casi imperceptible.

 

Las sombras le ocultaban la mitad del rostro, al postrado caballero. Tenía la cara alargada, tanto que parecía un inmenso pasillo de sufrimiento y pesar, pues, aunque joven, unas profundas arrugas le horadaban la cara. La nariz aguileña y afilada se dejaba caer sobre su poblado bigote. La nuez abultada y quejumbrosa remataba la profusa invención de ángulos que iluminaban al extraño. Nadie le conocía en aquélla iglesia, pensaba, así que un rato de descanso no le vendría mal. Tenía que ver a su antiguo amigo, pues sólo un sacerdote que todavía estuviera en activo podría ayudarle a confesar sus pecados. Quería quedar en paz con Dios, pues sabía que estaba a punto de morir. Lo comprendió cuando le llegó una incompleta baraja de cartas a su casa.

 

Las sombras se agitaron de nuevo. El velo de tranquilidad que reinaba en la iglesia volvió a verse aniquilado. Esta vez los pasos fueron más presurosos y el hombre arrodillado seguía rezando haciendo caso omiso a los recién llegados. Las sombras danzaron con un ritmo incesante y macabro. La luminosidad de algunas de las velas que permanecían encendidas dejó de existir. El monaguillo miró con los ojos crispados a los dos recién llegados. Eran un hombre y una mujer vestidos de negro y que se dirigían presurosamente hacia el hombre arrodillado. El monaguillo no podía ver sus caras. Solo percibió un leve movimiento en los labios, producto de sus rezos, del hombre que le acababa de preguntar por Don Antonio. Cuando los dos recién llegados estuvieron a la altura del beato, éste, sin dejar su postura arrodillada y clemente, preguntó con una voz crispada que se hizo audible para todos los feligreses: “¿Es la hora?” Un leve movimiento en los labios de la mujer y el hombre arrodillado alzó los brazos en cruz y alzó la cabeza al cielo, dejando que su frente fuese un blanco perfecto. Sin dejar de mirar el crucifijo que pendía sobre el altar murmuró: “Esto es hecho, Señor”. Un brillo metálico aterrorizó al monaguillo que se quedó echado en el suelo, bajo la protección del altar, cuán largo era. Al ver el revólver no pudo contener sus intestinos y un ruido gutural salió de sus entrañas. Un sonido seco y profundo como un trueno llenó la estancia. El resplandor del disparo iluminó la cara del Cristo. Las plañideras se sobresaltaron y callaron sus rezos. Los recién llegados giraron y, tras lanzar algo al suelo, se marcharon como habían venido. Nadie supo ni siquiera exhalar un suspiro de angustia. Y el hombre yacía muerto en el suelo. Al acercarse al cadáver pudieron ver nítidamente que a su lado había un naipe. Un inocente cinco de copas.